En esta etapa del país desde #FF tenemos una convicción: el pensamiento de Francisco es uno de los aportes más fuertes que tenemos para pensar las cosas que hay que hacer para reconstruir el país, darle forma a lo colectivo y para vivir nuestra y nuestras vidas. No es casual que el discurso de Alberto Fernandez en su asunción esté estructurado en un planteo del Papa: derribar muros. No se trata de que Fernández sea papista ni Bergoglio peronista, ni nada de esas cosas triviales que se dicen por comodidad. Tampoco se trata, como pretenden algunos, de dejar intacto al Papa porque el está mas allá de todo. En esta etapa difícil, en Argentina y en el mundo, las buenas referencias no las podemos desaprovechar. Porque no son muchas y porque orientarse de manera trascendente es indispensable. Por eso #FF en este domingo trae un aporte sobre los cuatro principios de Francisco para construir un pueblo. Ponemos unas pistas que creemos que sirven y después los dejamos con el Papa argento, que provoca haciéndole honor a todos sus títulos.

PERFUME DE ACA

El tiempo es superior al espacio. La unidad prevalece sobre el conflicto. La realidad es más importante que la idea. El todo es superior a la parte.

 “Quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero”

Así introduce Francisco en su exhortación pastoral Evangelii Gaudium (“La alegría del Evangelio”) que es su documento programático, unos párrafos que han dado que hablar en todo el mundo.

Tienen su fuerza personal y una impronta muy propia. Llevan su tono, hasta su ritmo de pensamiento y pronunciación.

Los introduce después de dar un mazazo, delicado y certero, pero mazazo al fin, con la contundencia que lo caracteriza, a algunos de los imaginarios sobre la vida colectiva más arraigados en los países centrales, y en la modernidad. Unas líneas más arriba invierte el orden habitual en que las democracias liberales de occidente “ordenan”, justamente   la noción de pueblo con la de ciudadanía.

Mientras en todas partes se afirma que se parte de un pueblo, pero hay que construir ciudadanía, como un estadio posterior, y superior, Bergoglio/Francisco, se despacha potente afirmando:

“El ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral». Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía”(EG 220)

Por esos cuatro principios Francisco ha sido acusado de hereje, impreciso, distorsivo, poco teológico, heracliteano, fuera de orden. O sea: muchos notan que ahí hay algo que molesta. Algo nuevo. Probablemente, ese tipo de incomodidad que provocan las verdades con su efecto característico: incomodar.

Los que saben dicen que muy tempranamente en su vida los incorporó.

Por eso podemos decir que esos principios vienen de la vida de acá. De nuestra historia. Del punto donde el Sumo Pontífice es el Jorge de Flores, el sacerdote ordenado en el 69, el jesuita de los años bravos de acá. Lo que resuena ahora en latín y en todas las lenguas del mundo, para entusiasmo de muchos y escándalo de otros tantos, es experiencia argentina. Provocación de la mejor. Llamado.  Son del mismo tipo que otras tantas intervenciones del Papa argentino que, si no se cuidan en la escucha y en la recepción, se pierden en la traducción. “Franciscus: lost in traslation”. Esa es una cuestión presente y seguramente una aventura futura. Para nosotros es un desafío traerlo hoy para nuestra historia.

Porque, además, contaba Juan Carlos Scanone, uno de sus maestros fallecido recientemente, gran teólogo del pueblo, que los principios están inspirados nada menos que una carta que le escribe Rosas a Quiroga, y que este último llevaba cuando fue asesinado en Barranca Yaco.

Los cuatro principios no pueden venir más de dentro del drama argentino, están marcadas nuestra tierra y nuestra historia. Inspirados por la lectura atenta de las luchas y las cartas en medio de la formación de un pueblo. El nuestro.

Por eso los traemos ahora.

Porque pensamos que el pensamiento de Francisco, es un aporte para nosotros que nos vuelve hoy desde la Cátedra de Pedro, y al mismo tiempo de la boca de un compatriota que, con todo lo que le puede molestar a unos y enfervorizar a otros, es sin duda un referente mundial. Una voz casi única en tiempos del capitalismo que todo lo disuelve en el aire.

Acá van unas reflexiones sobre estos criterios. Son como un aire de arrabal en medio del gregoriano. Cuatro principios. Como si fueran esos otros cuatro del tango: primero hay que saber sufrir, después amar, después partir y al fin andar.

Y como en el tango, también: es perfume de  acá. Pero que evoca promesas nada vanas. Para la vida toda, que es hoy y mañana. Y queremos ser pájaros con luz.

La unidad prevalece

Francisco plantea no solo la importancia y la primacía de la unidad, sino sobre todo el destino de los conflictos, la matriz que le da sentido a intervenir en ellos. Ya se sabe que el pueblo y la unidad del pueblo – y ahora de los pueblos- es una referencia permanente en el pensamiento del Papa. 

No se trata de un mero llamado a la armonía, sino un señalamiento de que los verdaderos conflictos unen a nuestras sociedades. O, dicho de otro modo, que el destino de los conflictos, su horizonte y su realización se plasma en la unidad a la que aspiran.

En ese sentido plantea la unidad propuesta no es la negación o la eliminación de los conflictos, sino su creativa superación. Es un llamado a atravesarlos. En otras intervenciones Francisco usa una expresión particular, muy de él también: “acariciar los conflictos”. Marca una presencia, una corporalidad, una cercanía, un contacto con ellos desde una perspectiva de delicadeza y humanidad.  

También, por eso mismo, ahí donde la unidad “prevalece sobre”, de lo que habla es de un dinamismo. No es un que la unidad “sea” más que los conflictos: se trata de un camino por el cual prevalece. O más claramente, se trata de actuar de tal manera que el resultado sea que prevalezca. Hacerle surgir el valor. Amar la unidad en los conflictos.

Las partes y el todo

En la relación entre la parte y el todo, como en los otros principios, podríamos decir que no se trata tanto de engolosinarse rápidamente con el todo. NO llenarse la boca de un mero “todismo”, un holismo light y un poco new age, ni una diversidad amorfa. Tampoco se trata de un simple e ingenieril “catch all”. Sobre todo, se trata de e no darlo por hecho al “todo”, de no apurarse a definirlo. Y de asumir con fuerza el problema y la invitación y la exigencia que suponen las partes.

Pasar por las partes. Saber partir, diría el tango. En la acción colectiva en la política, en la historia, la parte está presente en diferentes modalidades. No es difícil verlo desde la palabra misma, casi desde el sonido: la parte, lo particular, la participación, lo partidario, lo partido y los partidos, el compartir, el reparto. Vale la pena ver como muchas veces estas cuestiones tienen a considerarse de manera opuesta. No faltan quienes proponen ampliar la participación, pero tienen miedo o rechazo a la cuestión de lo partidario y, mucho más, a la toma de partido. Muchas organizaciones de la sociedad civil y el mundo “oenegeista” más o me nos liberal o comunitarita, cuando no la misma Iglesia, suelen tener este problema. Un miedo al todo que surge de pasar por las partes.  Y no faltan tampoco quienes piensan lo partidario como mera pertenencia totalizante, como si el partido – o la “forma partido”- pudiera ser, por si solo y a priori, la expresión literal del todo.

En el momento político actual del país, “todos” tiene un significado particular para la construcción política. Por eso el vínculo y el paso con las partes resulta un desafío y una exigencia. Quizás, especialmente, una condición de posibilidad, y una oportunidad de ampliar la capacidad de ser y hacer (el) todos-juntos. Tejer, convocar. Instituir.

Espacio y tiempo

La diferencia entre el espacio y el tiempo es la misma que va delo “meramente” social a lo político. La primacía del tiempo no es solo un señalamiento del movimiento y una propuesta de atención y vivencia de la historicidad.

También es un reclamo de politicdad, de la primacía política en sentido profundo. Podría decide incluso, dando un paso más, un señalamiento de que no se trata simplemente de quedarse en los espacios re-partidos de la política explicita, positiva, limitada, inmediata. Ya dada, Sino que, más bien, es posible y necesario sumergirse- o subir, como se prefiera imaginar que están estas cosas en una geometría- a la zona profunda y soberana de lo político. Ir ahí donde está el movimiento que es creación, el llamado a andar y a crear.

No se trata solo de combinar o rediseñar los espacios, lo cual al final es solamente, en todo caso transitar la gestión técnica. Se trata de crear en el camino de la vida compartida colectiva. Camino que siempre es un desvío de la inercia de lo meramente posible. Va más allá. Lo amplia. Hace lo que no está previsto. Lo que implica dar pasos más allá del horizonte, del espacio que se ve. Nos saca no sólo de donde “estamos”, sino del lugar en donde, cómodos, “somos”.  El tiempo pone en cuestión lo que somos, y nos invita a hacer-nos.

La superioridad del tiempo también es una mirada que dice que la decisión y la acción son más importantes que la situación y la identidad. Que lo que viene, lo que va llegando porque se va buscando, tiene algo para decir que es más importante, sobre todo más fecundo, que lo que ya hay. Que lo que ya conocemos.

Una invitación a “salir de la propia tierra”, a ponerse en modo de promesa. Es lo que pasa en el inicio de la creación de un pueblo en la tradición desde la que habla el Papa: “sal de tu tierra y ven donde te mostrare”. Salir. Que el tiempo es superior al espacio supone que hay que saber partir: andar.

Las palabras y las cosas: realidad efectiva.

Andar. Y quizás, de algún modo, “andar sin pensamiento”. En este sentido se puede interpretar la afirmación de que la realidad es superior a la idea. “Andar sin pensamiento” no porque Francisco desprecie este último, sino porque reclama, exige, que salgamos de los pensamientos cristalizados, de los discursos clausurados y clausurantes que él llama, sencillamente, “ideologías”.

Cuando el Papa argentino advierte sobre la ideologización, o sobre las ideologías, no está, como pueden pensar muchos, señalando que hay que alejarse del marxismo y las ideas “extraña” o “ateas”. Más bien está diciendo que hay que pensar-de-nuevo, otra vez, pensar-nuevo.

En el modo de la cercanía y el discernimiento. Tocando el mundo, las cosas, los cuerpos, las vidas, las gentes, los pueblos, cada uno y cada una. Otra vez el contacto que rompe las corazas discursivas.

Por eso, cuando critica las ideologías, mucho que el marxismo le preocupa el clericalismo, que es la ideología excluyente cerrada, y por eso necrosada y fatal, de su propia institución.  Ideología cuya critica le está costando tan caro y que, sin embargo, mantiene y redobla con amor, constancia y firmeza. Crítica costosa, que lo pone cerca de la gente y lejos de los burócratas de la fe y de todos los rubros.

Que la realidad sea superior a las ideas es como decir que la emoción del encuentro, que no es un sentimentalismo, sino que tiene su propia racionalidad, es superior a los discursos sobre, que es mejor que el deber ser, que deja atrás el tonto tono de  “habriahayqueismo”. Que la realidad es superior a la idea es una propuesta de proximidad y de projimidad, de solidaridad fraterna. Es ser buenos samaritanos como el buen samaritano. En esa parábola, el “héroe”, el ejemplo, es el que levanta al caído. Otros dos, un sacerdote y un doctor de la ley, pasan de largo: seguramente elucubrando su sistema de ideas legales, religiosas, científicas, técnicas, morales, metodológicas, políticamente correctas o prolijamente revolucionarias o cuidadosamente perfectas sobre lo que habría que hacer con el hombre lastimado a la vera del camino. El samaritano deja de sermonear y de balbucear. Sale del camino y levanta al caído.

Cuerpo a cuerpo: la Patria al hombro

Los cuatro principios son un llamado a la acción cuerpo a cuerpo. No por nada Francisco ha hecho menciones a la necesidad de dar prioridad y valor otros sentidos que no sean solamente los de la vista y el oído – fundamentales en la ilustración y en la modernidad- y ha planteado que bien valdría prestarle atención al tacto, al saboreo, al olfato. Sentidos de presencia, de humanidad, sentidos sensuales y primarios del encuentro, el cuidado y la ternura.

Como un hospital de campaña. Algo real puesto en lo real. En su complejidad árida y exigente, La que es sede de las heridas. Y la que única que contiene alguna posibilidad concreta de vida digna y fiesta compartida.

Sólo ahí se encuentra: en lo real. El único registro donde se pueden construir cosas o, más todavía, donde se puede vivir la vida, personal y colectiva.

La realidad efectiva: controversial, contradictoria, costosa. 

La que llama a estar presentes cada vez y en camino.

La que no es blanco o negro, y no porque sea un gris indefinido, sino la que clama con y por matices, concretos, específicos, los únicos desde los cuales puede hacer el concierto de los colores.

La que implica no tanto diagnosticar como decidir. La que tiene los costos del posicionamiento y no el mero discurrir del optimismo.

Los campos de tensión de nuestro pueblo. Entre unidad y conflicto. Entre las partes y el todo. Entre las palabras y las cosas. Entre el espacio y los tiempos.

Tensiones polares. Lugares impuros. Emplazamientos de decisión.

Invitación a ser sujetos. A discernir, decidir y amar, construyendo en el mismo movimiento lo colectivo y la propia vida.

No es una dialéctica abstracta ni un juego de palabras.  Es el sitio luminoso y oscuro a la vez donde nuestra voz es débil y fuerte, donde no se puede hacer otra cosa sino cantar. En esta tierra incendiada donde, en una nueva etapa, creemos de nuevo y creamos otra vez, desde abajo y con todos, la felicidad del pueblo.

Ahí mismo, donde parece oscuro, puede brillar una gran luz, como dicen los viejos cantos de la Navidad.

Una gran luz. Si nos encendemos.

Hasta acá nosotros. Lean a Francisco. No se van a arrepentir.

Exhortación Apostólica «Evangelii Gaudium» (Fragmentos)

III. EL BIEN COMÚN Y LA PAZ SOCIAL

217. Hemos hablado mucho sobre la alegría y sobre el amor, pero la Palabra de Dios menciona también el fruto de la paz (cf. Ga 5,22).

218. La paz social no puede entenderse como un irenismo o como una mera ausencia de violencia lograda por la imposición de un sector sobre los otros. También sería una falsa paz aquella que sirva como excusa para justificar una organización social que silencie o tranquilice a los más pobres, de manera que aquellos que gozan de los mayores beneficios puedan sostener su estilo de vida sin sobresaltos mientras los demás sobreviven como pueden. Las reivindicaciones sociales, que tienen que ver con la distribución del ingreso, la inclusión social de los pobres y los derechos humanos, no pueden ser sofocadas con el pretexto de construir un consenso de escritorio o una efímera paz para una minoría feliz. La dignidad de la persona humana y el bien común están por encima de la tranquilidad de algunos que no quieren renunciar a sus privilegios. Cuando estos valores se ven afectados, es necesaria una voz profética.

219. La paz tampoco «se reduce a una ausencia de guerra, fruto del equilibrio siempre precario de las fuerzas. La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres»[179]. En definitiva, una paz que no surja como fruto del desarrollo integral de todos, tampoco tendrá futuro y siempre será semilla de nuevos conflictos y de variadas formas de violencia.

220. En cada nación, los habitantes desarrollan la dimensión social de sus vidas configurándose como ciudadanos responsables en el seno de un pueblo, no como masa arrastrada por las fuerzas dominantes. Recordemos que «el ser ciudadano fiel es una virtud y la participación en la vida política es una obligación moral»[180]. Pero convertirse en pueblo es todavía más, y requiere un proceso constante en el cual cada nueva generación se ve involucrada. Es un trabajo lento y arduo que exige querer integrarse y aprender a hacerlo hasta desarrollar una cultura del encuentro en una pluriforme armonía.

221. Para avanzar en esta construcción de un pueblo en paz, justicia y fraternidad, hay cuatro principios relacionados con tensiones bipolares propias de toda realidad social. Brotan de los grandes postulados de la Doctrina Social de la Iglesia, los cuales constituyen «el primer y fundamental parámetro de referencia para la interpretación y la valoración de los fenómenos sociales»[181]. A la luz de ellos, quiero proponer ahora estos cuatro principios que orientan específicamente el desarrollo de la convivencia social y la construcción de un pueblo donde las diferencias se armonicen en un proyecto común. Lo hago con la convicción de que su aplicación puede ser un genuino camino hacia la paz dentro de cada nación y en el mundo entero.

EL TIEMPO ES SUPERIOR AL ESPACIO

222. Hay una tensión bipolar entre la plenitud y el límite. La plenitud provoca la voluntad de poseerlo todo, y el límite es la pared que se nos pone delante. El «tiempo», ampliamente considerado, hace referencia a la plenitud como expresión del horizonte que se nos abre, y el momento es expresión del límite que se vive en un espacio acotado. Los ciudadanos viven en tensión entre la coyuntura del momento y la luz del tiempo, del horizonte mayor, de la utopía que nos abre al futuro como causa final que atrae. De aquí surge un primer principio para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio.

223. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos. Ayuda a soportar con paciencia situaciones difíciles y adversas, o los cambios de planes que impone el dinamismo de la realidad. Es una invitación a asumir la tensión entre plenitud y límite, otorgando prioridad al tiempo. Uno de los pecados que a veces se advierten en la actividad sociopolítica consiste en privilegiar los espacios de poder en lugar de los tiempos de los procesos. Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno. Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad.

224. A veces me pregunto quiénes son los que en el mundo actual se preocupan realmente por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana. La historia los juzgará quizás con aquel criterio que enunciaba Romano Guardini: «El único patrón para valorar con acierto una época es preguntar hasta qué punto se desarrolla en ella y alcanza una auténtica razón de ser la plenitud de la existencia humana, de acuerdo con el carácter peculiar y las posibilidades de dicha época»[182].

225. Este criterio también es muy propio de la evangelización, que requiere tener presente el horizonte, asumir los procesos posibles y el camino largo. El Señor mismo en su vida mortal dio a entender muchas veces a sus discípulos que había cosas que no podían comprender todavía y que era necesario esperar al Espíritu Santo

(cf. Jn 16,12-13). La parábola del trigo y la cizaña (cf. Mt 13,24-30) grafica un aspecto importante de la evangelización que consiste en mostrar cómo el enemigo puede ocupar el espacio del Reino y causar daño con la cizaña, pero es vencido por la bondad del trigo que se manifiesta con el tiempo.

LA UNIDAD PREVALECE SOBRE EL CONFLICTO

226. El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada. Cuando nos detenemos en la coyuntura conflictiva, perdemos el sentido de la unidad profunda de la realidad.

227. Ante el conflicto, algunos simplemente lo miran y siguen adelante como si nada pasara, se lavan las manos para poder continuar con su vida. Otros entran de tal manera en el conflicto que quedan prisioneros, pierden horizontes, proyectan en las instituciones las propias confusiones e insatisfacciones y así la unidad se vuelve imposible. Pero hay una tercera manera, la más adecuada, de situarse ante el conflicto. Es aceptar sufrir el conflicto, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. «¡Felices los que trabajan por la paz!» (Mt 5,9).

228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias, que sólo pueden facilitar esas grandes personas que se animan a ir más allá de la superficie conflictiva y miran a los demás en su dignidad más profunda. Por eso hace falta postular un principio que es indispensable para construir la amistad social: la unidad es superior al conflicto. La solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierte así en un modo de hacer la historia, en un ámbito viviente donde los conflictos, las tensiones y los opuestos pueden alcanzar una unidad pluriforme que engendra nueva vida. No es apostar por un sincretismo ni por la absorción de uno en el otro, sino por la resolución en un plano superior que conserva en sí las virtualidades valiosas de las polaridades en pugna.

229. Este criterio evangélico nos recuerda que Cristo ha unificado todo en sí: cielo y tierra, Dios y hombre, tiempo y eternidad, carne y espíritu, persona y sociedad. La señal de esta unidad y reconciliación de todo en sí es la paz. Cristo «es nuestra paz» (Ef 2,14). El anuncio evangélico comienza siempre con el saludo de paz, y la paz corona y cohesiona en cada momento las relaciones entre los discípulos. La paz es posible porque el Señor ha vencido al mundo y a su conflictividad permanente «haciendo la paz mediante la sangre de su cruz» (Col 1,20). Pero si vamos al fondo de estos textos bíblicos, tenemos que llegar a descubrir que el primer ámbito donde estamos llamados a lograr esta pacificación en las diferencias es la propia interioridad, la propia vida siempre amenazada por la dispersión dialéctica.[183] Con corazones rotos en miles de fragmentos será difícil construir una auténtica paz social.

230. El anuncio de paz no es el de una paz negociada, sino la convicción de que la unidad del Espíritu armoniza todas las diversidades. Supera cualquier conflicto en una nueva y prometedora síntesis. La diversidad es bella cuando acepta entrar constantemente en un proceso de reconciliación, hasta sellar una especie de pacto cultural que haga emerger una «diversidad reconciliada», como bien enseñaron los Obispos del Congo: «La diversidad de nuestras etnias es una riqueza […] Sólo con la unidad, con la conversión de los corazones y con la reconciliación podremos hacer avanzar nuestro país»[184].

LA REALIDAD ES MÁS IMPORTANTE QUE LA IDEA

231. Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea. Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría.

232. La idea —las elaboraciones conceptuales— está en función de la captación, la comprensión y la conducción de la realidad. La idea desconectada de la realidad origina idealismos y nominalismos ineficaces, que a lo sumo clasifican o definen, pero no convocan. Lo que convoca es la realidad iluminada por el razonamiento. Hay que pasar del nominalismo formal a la objetividad armoniosa. De otro modo, se manipula la verdad, así como se suplanta la gimnasia por la cosmética[185]. Hay políticos —e incluso dirigentes religiosos— que se preguntan por qué el pueblo no los comprende y no los sigue, si sus propuestas son tan lógicas y claras. Posiblemente sea porque se instalaron en el reino de la pura idea y redujeron la política o la fe a la retórica. Otros olvidaron la sencillez e importaron desde fuera una racionalidad ajena a la gente.

233. La realidad es superior a la idea. Este criterio hace a la encarnación de la Palabra y a su puesta en práctica: «En esto conoceréis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios»

(1 Jn 4,2). El criterio de realidad, de una Palabra ya encarnada y siempre buscando encarnarse, es esencial a la evangelización. Nos lleva, por un lado, a valorar la historia de la Iglesia como historia de salvación, a recordar a nuestros santos que inculturaron el Evangelio en la vida de nuestros pueblos, a recoger la rica tradición bimilenaria de la Iglesia, sin pretender elaborar un pensamiento desconectado de ese tesoro, como si quisiéramos inventar el Evangelio. Por otro lado, este criterio nos impulsa a poner en práctica la Palabra, a realizar obras de justicia y caridad en las que esa Palabra sea fecunda. No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo.

EL TODO ES SUPERIOR A LA PARTE

234. Entre la globalización y la localización también se produce una tensión. Hace falta prestar atención a lo global para no caer en una mezquindad cotidiana. Al mismo tiempo, no conviene perder de vista lo local, que nos hace caminar con los pies sobre la tierra. Las dos cosas unidas impiden caer en alguno de estos dos extremos: uno, que los ciudadanos vivan en un universalismo abstracto y globalizante, miméticos pasajeros del furgón de cola, admirando los fuegos artificiales del mundo, que es de otros, con la boca abierta y aplausos programados; otro, que se conviertan en un museo folklórico de ermitaños localistas, condenados a repetir siempre lo mismo, incapaces de dejarse interpelar por el diferente y de valorar la belleza que Dios derrama fuera de sus límites.

235. El todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas. Entonces, no hay que obsesionarse demasiado por cuestiones limitadas y particulares. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia. Del mismo modo, una persona que conserva su peculiaridad personal y no esconde su identidad, cuando integra cordialmente una comunidad, no se anula sino que recibe siempre nuevos estímulos para su propio desarrollo. No es ni la esfera global que anula ni la parcialidad aislada que esteriliza.

236. El modelo no es la esfera, que no es superior a las partes, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad. Tanto la acción pastoral como la acción política procuran recoger en ese poliedro lo mejor de cada uno. Allí entran los pobres con su cultura, sus proyectos y sus propias potencialidades. Aun las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos.

237. A los cristianos, este principio nos habla también de la toYutalidad o integridad del Evangelio que la Iglesia nos transmite y nos envía a predicar. Su riqueza plena incorpora a los académicos y a los obreros, a los empresarios y a los artistas, a todos. La mística popular acoge a su modo el Evangelio entero, y lo encarna en expresiones de oración, de fraternidad, de justicia, de lucha y de fiesta. La Buena Noticia es la alegría de un Padre que no quiere que se pierda ninguno de sus pequeñitos. Así brota la alegría en el Buen Pastor que encuentra la oveja perdida y la reintegra a su rebaño. El Evangelio es levadura que fermenta toda la masa y ciudad que brilla en lo alto del monte iluminando a todos los pueblos. El Evangelio tiene un criterio de totalidad que le es inherente: no termina de ser Buena Noticia hasta que no es anunciado a todos, hasta que no fecunda y sana todas las dimensiones del hombre, y hasta que no integra a todos los hombres en la mesa del Reino. El todo es superior a la parte.

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