Acariciar los conflictos

¿Qué dice el Papa sobre lo que pasa en Chile y Bolivia? Mucho esperan, y no pocos se quejan o se decepcionan porque no hay declaraciones de Francisco sobre el Golpe en Bolivia o la represión en Chile. No podemos decir mucho al respecto., salvo que el modo en que juega la diplomacia del Vaticano tiene sus particularidades, y , sobre todo otra cosa, de otro carácter, que tiene que ver directamente con este Papa.

Es lo siguiente: Francisco juega de otro modo que como se espera que juegue. Y con esto no estamos diciendo que acierta, que es mejor, que tiene una vision mas apropiada de lo que sucede, una altura etica mayor, una mirada politica mas sagaz o precisa, resortes secretos o misteriosos o un acceso a un punto trascendente de la política y de los pueblos. No es eso lo que estamos planteando. Estamos diciendo que juega de un modo diferente. ( también podriamos decir que nos desconcierta, enunciado que incluye a quienes escribimos acá). Des-concierta: en otro concierto, o en el concierto pero «des-» fasado. ¿Cuál es esa lógica con la que actua? ¿Qué podemos saber o incluso aprender de ella? Hay que pensar. Incluyedo en ese pensar la lección que nos puede dar la posible decepción que a cierta militancia-en-velocidad-de-redes le llega al ver que Francisco ni twitea nada ni dice nada en el Angelus, y supone que por eso no interviene.

Sobre todo esto, proceso lógico y comprensible entre personas que sienten junto con el fragor de las noticias la lógica desesperación e indignación no sólo frente a procesos políticos complejos o «avances de la derecha», sino a muertes y heridas corporales y colectivas que se dan en concreto en los cuerpos, aunque nos lleguen mediadas por la gramática de las redes y la televisión, con lo que esta gramática la hace a la comprensión de la política.

Y así como esto esperable, también es posible, y quizás útil o muy útil, volver sobre cosas – tantas- que Francisco ha dicho en America Latina. Dichos que, en su contenido y en su forma, en su oportunidad y su retórica, en los gestos que los acompañan y en las tan espontáneas como estratégicas «salidas de protocolo», dicen cosas también para hoy.

Acá compartimos entonces, una homilía que el Papa hizo en el sur de Chile, en 2018. La publicamos casi completa, retirando apenas algunas alocuciones referidas directamente a la liturgia.

La formula de Francisco es «acariciar los conflictos». Propuesta de esas que desacomodan. La frase no se deja agarrar fácil. Por ahi va. Esa es nuestra propuesta: agarrar por el lado no fácil, que suele ser el real.

NOTA: na recomendación de clave de lectura. Conviene leer ñla no solo -y yo diría que no tanto- en torno al problema indígena (donde los mapuches serían las víctimas) sino también en torno al gran problema de los secesionismos (en primer lugar territoriales, pero no sólo) . Es interesante porque en esa segunda lectura los mapuches no son sólo víctimas, sino que incluso no son las víctimas. No vamos a decir claro que son victimarios, pero si vale la pena ver con un poco de frialdad,. Qué funcionan en el caso chileno como un factor hegemoniza hable por la lógica de la secesión territorial. Puede parecer un poco enredado, no es fácil agarrarlo para ese lado, y quizás es riesgoso incluso plantearlo. Pero es probable que sea bueno pensarlo. y en ese movimiento sumar a la secesión territorial, la dualización social, la expulsión del ámbito de humanidad de casi toda la periferia, los usos de la grieta, etc.

(…)

Artesanos de la unidad

(Temuco, Chile, enero de 2018)

«En el Evangelio que hemos escuchado, Jesús ruega al Padre para que «todos sean uno» (Jn 17,21). En una hora crucial de su vida se detiene a pedir por la unidad. Su corazón sabe que una de las peores amenazas que golpea y golpeará a los suyos y a la humanidad toda será la división y el enfrentamiento, el avasallamiento de unos sobre otros.«

Esta unidad clamada por Jesús es un don que hay que pedir con insistencia por el bien de nuestra tierra y de sus hijos. Y es necesario estar atentos a posibles tentaciones que pueden aparecer y «contaminar desde la raíz» este don que Dios nos quiere regalar y con el que nos invita a ser auténticos protagonistas de la historia.

1. Los falsos sinónimos

Una de las principales tentaciones a enfrentar es confundir unidad con uniformidad.

Jesús no le pide a su Padre que todos sean iguales, idénticos; ya que la unidad no nace ni nacerá de neutralizar o silenciar las diferencias.

La unidad no es un simulacro ni de integración forzada ni de marginación armonizadora.

La riqueza de una tierra nace precisamente de que cada parte se anime a compartir su sabiduría con los demás.

No es ni será una uniformidad asfixiante que nace normalmente del predominio y la fuerza del más fuerte, ni tampoco una separación que no reconozca la bondad de los demás.

La unidad pedida y ofrecida por Jesús reconoce lo que cada pueblo, cada cultura está invitada a aportar en esta bendita tierra.

La unidad es una diversidad reconciliada porque no tolera que en su nombre se legitimen las injusticias personales o comunitarias.

Necesitamos de la riqueza que cada pueblo tenga para aportar, y dejar de lado la lógica de creer que existen culturas superiores o inferiores.

Un bello «chamal» requiere de tejedores que sepan el arte de armonizar los diferentes materiales y colores; que sepan darle tiempo a cada cosa y a cada etapa. Se podrá imitar industrialmente, pero todos reconoceremos que es una prenda sintéticamente compactada.

El arte de la unidad necesita y reclama auténticos artesanos que sepan armonizar las diferencias en los «talleres» de los poblados, de los caminos, de las plazas y paisajes.

No es un arte de escritorio, ni tan solo de documentos, es un arte de la escucha y del reconocimiento. En eso radica su belleza y también su resistencia al paso del tiempo y de las inclemencias que tendrá que enfrentar.

La unidad que nuestros pueblos necesitan reclama que nos escuchemos, pero principalmente que nos reconozcamos, que no significa tan sólo «recibir información sobre los demás… sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros».[3]

Esto nos introduce en el camino de la solidaridad como forma de tejer la unidad, como forma de construir la historia; esa solidaridad que nos lleva a decir: nos necesitamos desde nuestras diferencias para que esta tierra siga siendo bella.

Es la única arma que tenemos contra la «deforestación» de la esperanza. Por eso pedimos: Señor, haznos artesanos de unidad.

Otra tentación puede venir en la consideración de cuales son las armas de la unidad.

2. Las armas de la unidad

La unidad, si quiere construirse desde el reconocimiento y la solidaridad, no puede aceptar cualquier medio para lograr este fin. Existen dos formas de violencia que más que impulsar los procesos de unidad y reconciliación terminan amenazándolos.

En primer lugar, debemos estar atentos a la elaboración de «bellos» acuerdos que nunca llegan a concretarse. Bonitas palabras, planes acabados, sí —y necesarios—, pero que al no volverse concretos terminan «borrando con el codo, lo escrito con la mano». Esto también es violencia, porque frustra la esperanza.

En segundo lugar, es imprescindible defender que una cultura del reconocimiento mutuo no puede construirse en base a la violencia y destrucción que termina cobrándose vidas humanas. No se puede pedir reconocimiento aniquilando al otro, porque esto lo único que despierta es mayor violencia y división.

La violencia llama a la violencia, la destrucción aumenta la fractura y separación. La violencia termina volviendo mentirosa la causa más justa. Por eso decimos «no a la violencia que destruye», en ninguna de sus dos formas.

Estas actitudes son como lava de volcán que todo arrasa, todo quema, dejando a su paso sólo esterilidad y desolación. Busquemos, en cambio, el camino de la no violencia activa, «como un estilo de política para la paz».[4] Busquemos, en cambio, y no nos cansemos de buscar el diálogo para la unidad. Por eso decimos con fuerza: Señor, haznos artesanos de unidad.

Todos nosotros que, en cierta medida, somos pueblo de la tierra (Gn 2,7) estamos llamados al Buen vivir (Küme Mongen) como nos los recuerda la sabiduría ancestral del pueblo Mapuche. ¡Cuánto camino a recorrer, cuánto camino para aprender!

Küme Mongen, un anhelo hondo que brota no sólo de nuestros corazones, sino que resuena como un grito, como un canto en toda la creación.

Por eso, hermanos, por los hijos de esta tierra, por los hijos de sus hijos digamos con Jesús al Padre: que también nosotros seamos uno; Señor, haznos artesanos de unidad.

———–[1] Gabriela Mistral, Elogios de la tierra de Chile.
[2] Violeta Parra, Arauco tiene una pena.
[3] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 246.
[4] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2017

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