Contemporánea a la revolución del tercer mundo, el Documento de Medellín y protagonista de las Cátedras Nacionales, la socióloga latinoamericanista ve en Francisco el anuncio de un cambio sistémico.  Y plantea la necesidad de invertir la cultura del descarte para comprender que no son los 3.500 millones de excluidos los que sobran sino el 1% que concentra la riqueza global.

#FF – Luego de décadas de investigar sobre América Latina y como referente del pensamiento latinoamericano. ¿Qué reflexión te genera  la elección y presencia global y nacional del “Papa latinoamericano”?

AA – Francisco no es sólo un Papa nacido en América Latina, sino que es un Papa latinoamericanista. Es jesuita y viene de una Iglesia forjada en la potencia de la revolución del Tercer Mundo. Yo lo conocí en el año 1972 en el Colegio Máximo de San Miguel durante un encuentro sobre la socialización del poder y la economía. Esa era la impronta de la Iglesia Latinoamericana que había irrumpido con la Conferencia Episcopal de Medellín de 1968. Esta opción preferencial por los pobres en nuestro continente era parte de este cambio de época. Para que tomemos dimensión, entre 1945 y 1973, el 80% de la población mundial, que en los siglos y décadas anteriores había estado sometida a dominios coloniales o neo-coloniales, inician caminos de liberación nacional y social como la descolonización de África y la emergencia de gobiernos populares en América Latina. Estos procesos tenían en común la reivindicación del carácter integralmente humano de todos los seres humanos y la reivindicación de sus identidades geo-étnicas-culturales, despreciadas hasta entonces por la cultura occidental dominante. Así nace también en Latinoamérica la teología de la liberación con sus grandes vertientes: la proveniente de Perú y Brasil, con la idea de incorporar al marxismo para comprender la dinámica de América Latina; y la vertiente latinoamericanista, que planteaba que América Latina tenía una densidad cultural e histórica que era una matriz propia de pensamiento popular latinoamericano.

#FF – Ese era uno de los ejes fundamentales del debate de las Cátedras Nacionales en Argentina, del que  fuiste parte activa. ¿Cómo era ese diálogo que se dio en lapolitica, la filosofía, las ciencias sociales y la teología?

AA – Recuperar el potencial de esa herencia y de esa matriz propia fue la gran búsqueda que hicimos en las Cátedras Nacionales. Nosotros teníamos entre 27 y 31 años y veníamos de la filosofía, la historia, la sociología, la economía. Era una mirada realmente interdisciplinaria que se nutría del diálogo con los curas del Tercer Mundo. De hecho, nuestro referente en las Cátedras Nacionales era Justino O’Farrell, que a su vez compartía el mismo seminario con Lucio Gera, quien era uno de los fundadores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Sus aportes teológicos fueron fundamentales en esa búsqueda de construir una teoría social latinoamericana. De hecho, la Iglesia Latinoamericana que se manifiesta en Medellín fue absolutamente de avanzada y de referencia al identificar y asumir la existencia en América Latina de una realidad propia que demandaba una pastoral que respondiera a esa especificidad.

#FF – Esa camada de sacerdotes eran referentes, formadores y cuadros políticos. ¿Cómo los recordás?

AA – Eran figuras de mucho peso. Además para muchos de nosotros fue una ruptura de la imagen tradicional de cura que teníamos en esa época. Pasamos de señores de sotana negra a sacerdotes que eran amigos y compañeros, con los que discutíamos de todo. Y el valor de ellos fue haber buscado, desde una institución estratégica, una teología que fuera capaz de responder a la magnitud de las transformaciones de esos años haciendo una opción pastoral y política por los pobres. Igual, es importante tener en cuenta que los sacerdotes del “Tercer Mundo” existieron siempre en América Latina. En todas mis investigaciones sobre la colonia y sobre todo en lo referido a la etapa de la independencia, fui encontrando sacerdotes como líderes populares. No hay rebelión negra o indígena de América Latina donde no haya participado un cura. Eran los transmisores de la rebelión.

#FF – ¿Cómo operaba en esas rebeliones el sincretismo entre el culto originario y el cristianismo del bajo clero?

AA – A nadie le incorporás la religión a los palos y perdura tanto tiempo. La clave para la efectividad de ese sincretismo religioso del monoteísmo católico fueron las decenas de santos y las múltiples advocaciones de la virgen. Eso permitió que se produjera una fusión de dioses indígenas que tenían características similares a los santos y a las vírgenes. La virgen de Guadalupe es clave. Está vestida de Virgen María pero si vos le ves la carita, es la diosa Tonantzin de los Aztecas, que tenía las mismas cualidades. Creo que hubo una comprensión de que había que trazar una continuidad entre las creencias. Generar un entretejido de identidades que no cayó en la fosa de la herejía, sino que se fundió en un sólido sincretismo. Esa es sin duda la matriz identitaria y política de nuestra América.

#FF – Como decías antes, la transformación del cristianismo de la fe de los dominadores a la creencia movilizadora del pueblo tuvo en los años 60 y 70 su máxima expresión. Analizando en retrospectiva ¿Cuál fue su potencialidad y qué límites encontró ese proceso?

AA – Creo que la experiencia más potente fueron las comunidades eclesiales de base, que plantearon una organización popular a partir de una religiosidad con los valores del cristianismo primitivo. La impronta comunitaria, solidaria y de reciprocidad de la Iglesia del hijo del carpintero encontró afinidad con los valores de las comunidades indígenas que permitió una articulación fluida. Esa religiosidad popular, permisiva, no encorsetada, fue la que los sacerdotes populares incorporaron, comprendiendo también que la creencia legitima. Esto me parece que fue la gran clave de por qué podían tener esa capacidad de convocatoria, liderazgo y organización. Esto fue identificado por los tanques de pensamiento estadounidenses como una barrera a la hegemonía norteamericana en la región. Y esto no lo digo como hipótesis. En 1979 estando en el exilio en México, me llegó un documento que yo subestimé, en el que se señalaba que Estados Unidos no podría alcanzar un dominio cultural sobre América Latina hasta que no lograra revertir los lazos de la religiosidad popular. Los valores de reciprocidad, cooperación y solidaridad debían ser desarticulados, para imponer una religiosidad individualista en la que cada uno dependa de su salvación y no de la acción colectiva. Ese es el modelo de la religión norteamericana, en la que cada individuo tiene una relación directa con Dios. Cuando en 1984 volví y vi la presencia de las sectas evangélicas en los medios de comunicación, en los barrios y con tantos recursos, comprendí la potencia de la ofensiva neoliberal en la región. Lamentablemente esto coincide con Juan Pablo II, que por su impronta antisoviética desarticula las comunidades de base, desplaza los sacerdotes y obispos populares, abriendo así las puertas para este avance. Esta desarticulación de la iglesia popular de base empoderó a los grupos evangélicos que, contando con amplios recursos, comenzaron a dar respuestas materiales a los sectores populares en un contexto de crisis del estado y de la economía. Hoy son un poder impresionante.

#FF – La ofensiva neo-restauradora de las últimas décadas del Siglo XX y comienzo del siglo XXI fue implacable. El proceso de globalización derivó en una hiperconcentración del poder y de la riqueza mundial. En este escenario global y regional, ¿Qué representa la figura de Francisco?

AA: A Francisco lo veo como un anuncio profético que advierte sobre los peligros de esta crisis civilizatoria y plantea una salida de reivindicación de los desheredados. Tengo una teoría medio insólita de la historia, y por eso creo que Francisco puede ser un anuncio. El mundo contemporáneo comenzó con la Revolución Francesa. La restauración monárquica buscó reafirmar que la verdad de la historia eran las monarquías absolutas y las diferencias aristocráticas. Luego de casi 50 años, este esquema reaccionario entró en crisis y evidenció que esa restauración no era más que el último manotazo de ahogado de un régimen deshumanizante y destinado a desaparecer. La revolución del Tercer Mundo en esos 30 años fue más importante que la Revolución Francesa, por la cantidad de sujetos sociales que conllevó. Un corte histórico que inició una nueva edad en la historia en la que emergieron valores y reivindicación humanística que habían sido despreciadas. La restauración conservadora consolidada en los 80’ derivó en un capitalismo más salvaje y un sistema radicalmente deshumanizante. La voz de Francisco denunciando la crisis civilizatoria de este modelo recupera las ideas y valores que fueron consideradas un equívoco y reinstala esas luchas como el anuncio de un nuevo tiempo histórico.

#FF – En los años ’70 también se hablaba del inminente fin del capitalismo. ¿Qué elementos te indican que el sistema está agotado?

AA – El sistema no da más. Los datos del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), señalan que el 20% de la población más rica concentra el 95,5% de la riqueza. Los otros 6.000 millones de habitantes se distribuyen el 4.5% de la riqueza y esto es inviable incluso para quienes la concentran. Porque la crisis actual es una crisis de sobreproducción por carencia de demanda. Ese mercado de 20% es muy chico para el salto cualitativo de la tecnología y la presencia de China en el mercado mundial, y por eso aparecen las guerras comerciales. Y esto va en paralelo de un conjunto de guerras en la periferia que son las que denuncia Francisco. 5 guerras en el mundo árabe y 7 guerras en África negra. Son guerras genocidas, supuestamente religiosas o étnicas, pero detrás de cada bando están las potencias disputando recursos y áreas estratégicas.

#FF – La tercera guerra mundial en cuotas…

AA – Exacto. Francisco denuncia esto buscando visibilizar lo que reflejan los datos de UNICEF. En estos momentos hay 250 millones de chicos menores de 18 años que están creciendo en condiciones de guerra. Un sector de ellos, serán víctimas transformadas en victimarios. Los cálculos indican un 20% de ellos va a tener secuelas psicológicas graves debidas al terror, a la angustia, al hambre, a la muerte de sus seres queridos y al derrumbe de su mundo. Estas secuelas son casi irreversibles, dejando jóvenes con cuadros psicológicos con una fuerte pulsión de muerte, propensos a engrosar las filas de grupos extremistas. El terrorismo activa los instintos más básicos y genera las condiciones para la reaparición de la ultra derecha y la estigmatización de los migrantes. Es una combinación donde la lógica de la globalización neoliberal y de estos fenómenos va generando condiciones realmente explosivas.

#FF – ¿La agenda de la apuesta por los movimientos sociales y de la economía popular es la respuesta de Francisco a esta lógica?

AA – La voz de Francisco es de las pocas voces de alcance mundial que está viendo esta problemática. Está defendiendo a los “nuevos bárbaros” de un sistema salvaje que descarta a las mayorías y plantea una lógica permanente de concentración. El desarrollo tecnológico está generando una reconversión brutal del trabajo que plantea un dilema a la humanidad. En estos últimos 40 años la cantidad de tiempo humano necesario para la producción se redujo drásticamente. Por ejemplo, en la década de los ‘80 se necesitaban promedio 80 horas hombres para la producción y eso se redujo a 40 horas hombres en la actualidad. Ante esto, se presentan tres opciones: te quedás con cinco  personas trabajando ocho horas, te quedás con cuatro trabajando diez horas, o te quedás con los diez trabajando cuatro horas, resolviendo así el problema de la desocupación y generando una redistribución intensa de la riqueza. La disminución masiva de la jornada laboral no es una locura sino que ya se implementó. Desde la segunda posguerra hasta la crisis del petróleo, período que todos los economistas coinciden en llamarlo los 30 años de oro, coincidió con la disminución masiva de la jornada laboral. En esos años se pasó de 72 horas (12 hs diarias, seis días a la semana) de principios del siglo XX a 40 horas semanales, registrándose un crecimiento sostenido inédito. No es delirante hacer eso sino que implica otro modelo de sociedad. El cooperativismo es otro ejemplo de esto. Desde las cámaras empresarias se insiste siempre en la necesidad de bajar el costo laboral, mientras que las cooperativas plantean eliminar el costo empresario. La amenaza más grande que representa una cooperativa exitosa es evidenciar que los que verdaderamente sobran son los empresarios.

#FF – ¿Cómo se relaciona esto con lo que Francisco llama la “cultura del descarte”?

AA – Estamos en un mundo en el cual estos tipos efectivamente sobran. Hay un 1% de la población que concentra los mismos recursos que 3.500 millones de personas. Esa minoría efectivamente piensa que esos 3.500 millones de seres humanos son población sobrante y descartable. En su esquema no sirven como mano de obra barata ni como consumidores por sus niveles de pobreza e indigencia. Pero esto mismo puede ser visto a la inversa y demostrarse que los que verdaderamente sobran son ellos. Eso representa un cambio de perspectiva drástico pero necesario para hacer frente a esta profunda crisis civilizatoria.  Urge fortalecer los valores de solidaridad, cooperación e integración como alternativa humana hacia el futuro. Francisco lo plantea con claridad y por eso su figura es profética.

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