“Donde (dos o tres) se reúnen: ahí”
Evangelio de Mateo, 18:20

“Siempre seré zarpado de argentino, fanatico del Diego y fanclub de nuestro vino”
Made in Argentina, MALA FAMA

“Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al compartir”
Evangelio de Lucas, 24, 25

“Che, si es que entraste a mi apartamento, si en verdad me tomás en serio, si te ponés la camiseta: deberías saber por qué”
Deberías saber por qué, CHARLY GARCIA

Hace un año entramos a una austera sala de tres por cinco metros. Austera dentro de una residencia austera. Domus (casa) Santa Marta, viernes 13 de septiembre 2019 AP (antes de la pandemia), 18 hs. En nuestro código interno le decimos “el viejo”, con afecto y resonancias, y lo escribimos #F. El Factor Francisco es una nube de hashtags desde el principio. Justo ahí donde “#” es una marca sobre las palabras, que las vuelven articuladoras de cosas, centros posibles de galaxias de significados y de historias. 

#FactorFrancisco lleva por nombre una “operación”: Factorear, que implica descomponer algo en sus partes y tensiones, para poder realizar tareas, pensamientos, más allá y más acá del nombre. Queríamos “hacer” con Francisco. Dicho en argento: operarlo. Opus es obra en latín. Y un Papa es por definición y misión, un operador de unidad y apertura. Alguien nos dijo hace poco: “quien opera a un operador, tiene cien años de perdón“. En eso estamos, semana a semana, desde entonces. Tratando de aprovechar y multiplicar a este hombre, compatriota controversial y querido, argentino y universal, místico y político, pastor y gestor, que de operaciones sabe y hace. Operamos a y con él. Y como dijo “el viejo” en el primer momento de su pontificado: “Dios no se cansa de perdonar”.

FRANCISCO ES BERGOGLIO

Un año después están, para nosotros, las resonancias de un encuentro. Así como están las resonancias del nombre. Nadie mejor que él sabe de eso. Si uno mira en perspectiva la resonancia del nombre que se puso, sobre todo ahora en medio de la pandemia y de aquello que la pandemia desnuda y nombra, la operación de ponerse el nombre del loco de Asís deja a la vista una intuición, una correspondencia y una anticipación. Y un nuevo  desciframiento que hay que hacer. El medio ambiente, la pobreza, un mundo -y una forma de Iglesia e incluso de religión-, que se derrumba. El nombre de un santo cantador que se desnuda de sus viejos hábitos, de sus ropajes de clase y de destino, y que se dispone al mismo tiempo a relacionarse de un modo diferente con la fuente de su fe y con los que lo rodean. Nombre pretencioso, dirá alguno. Nombre exigente, podemos decir también. Pero oportuno. Resonador.

Muchos nos dijeron y nos dicen: “atenti, Francisco es Bergoglio’‘. Nos lo dicen como para que desconfiemos, o para que no caigamos en una trampa. Tal cual nosotros los vemos, la gracia de la cosa es, justamente, que Francisco es Bergoglio. Le sabemos la historia, la compartimos. Le conocemos los modos, las picardías y la gestualidad italiana, al cuadrado o al cubo, de ida y vuelta como una valija de inmigrante que vuelve a la patria de los padres. 

El encuentro con Francisco que tuvimos en San Marta resultó una figura, una metáfora y un eslabón, del encuentro reflexivo que se expresa en el portal, en #FF. Y que creemos que es parte de un encuentro mayor, una reflexión más amplia aún que hay que hacer con otros.

Francisco, el primer Papa no europeo de la historia moderna es un argentino, periférico, del fin del mundo, de acá donde el diablo perdió el poncho, puesto en el centro de una institución y un sistema en medio de un punto de inflexión. Es el Papa del fin del mundo en el fin de un mundo.

Un Papa, como todo líder, como todo santo o conductor o figura, es un ser humano. Cuando le conoces las cuitas, algo, como a este, te sirve para historizar la mirada, para reconocer y reconocernos, para encontrarse. Y es Bergolgio, y es Frsncisco. El Papa que lleva el nombre exigente del que probablemente es el santo más querido de occidente, cuyo cántico y figura puede hablarle a un mundo desolado. 

Encontrarnos con el Papa nos hizo recordar que las grandes tareas, cuales sean, están en manos de hombres y mujeres iguales a nosotros. Que es cuestión nomás de asumir cada cual lo que debe y considera que puede hacer. Será por eso que lo primero que nos dijo fue algo así como ‘vengo contento pero molido, esto es un líos de cosas’ y lo último fue esto otro: “No me mitifican, solo soy un hombre que hace lo que puede y tiene que hacer”

ENCUENTRO DE DOS, DE TRES… DE MUCHOS 

Factor Francisco es buscar lo que Borges llama en la milonga para Jacinto Chiclana: “lo que se cifra en el nombre”. Nosotros fuimos ahí descifrando señales, llevando las preguntas y las apuestas de nuestras propias trayectorias y búsquedas. Posiciones políticas y de fe, construcciones y ganas de hacer. Así llegamos a ese encuentro de una hora llena de cosas. Desde entonces, lo seguimos descifrando. 

Por un lado, el encuentro nos marcó las biografías. Los trayectos personales. Un encuentro subjetivo y compartido. Más allá de toda pompa y fama: todo lo contrario, fue austero y compacto, intenso y muy “privado” en el sentido de muy personal. Pero ese mismo encuentro de “uno por uno” (como dice lacan que toma el psicoanálisis, ese ejercicio espiritual, a los sujetos) también fue compartido de a dos y de a tres contando a Francisco. 

Y desde ahí nos sirvió para seguir pensando el encuentro de muchos. De los argentinos y nuestro pueblo con sus expresiones sociales, políticas, culturales y vitales. Los desafíos de la construcción de un país con justicia social. Y también nos sirvió y nos sigue invitando a pensar y proponer formas en que esta sociedad que somos se puede encontrar no solo con el pensamiento y las propuestas -a nosotros nos gusta decir “las provocaciones”- del Papa argentino, sino también con aquello de nosotros mismos que de manera paradójica nos llega desde Roma. Al menos, si queremos y nos animamos a escuchar.

Es eso lo más importante de que el Papa “venga a la Argentina”. No importa tanto el viaje apostólico a su tierra natal -sería sin dudas un acontecimiento- sino el hecho de que lo que él dice pueda llegar y ser pensando acá. Ahí entendemos que se juega lo fundamental de “que venga”.  

Rápidamente identificamos esto del Papa “del Fin del Mundo” -como él mismo mencionó la primera vez que salió al balcón de la Plaza San Pedro- con dos acepciones y lecturas respecto a qué es ese fin del mundo. El fin del mundo como periferia, la nuestra en términos geográficos pero también políticos desde América Latina y Argentina. Pero también el fin del mundo por el momento de inflexión global, de cambio de época, del “crack” de una forma de ser, de organizar, de distribuir y de concebir lo que es la vida en la faz de la tierra. Y la pandemia ha generado que ese fin del mundo ya no sea una inquietud o una interrogación sino una evidencia y una urgencia. Por lo menos, entre quienes se animan a asomarse, acaso, a un recomienzo. 

Subjetivamente para nosotros, después de la visita de ese viernes empezó la segunda parte del papado de #F. En este momento, con la pandemia que desnuda lo que desde el principio Francisco asoció y contrastó con el virus de la indiferencia, y también caracterizó como “tercera guerra mundial en cuotas”, comienza objetivamente el segundo periodo de su  tarea pastoral y política. No es casual que en unas pocas semanas, desde Asís, el Papa se disponga a presentar su segunda encíclica, que continuando a Laudato Si, se llamará “hermanos todos”. 

Las búsquedas personales adquieren significado colectivo. Los hechos colectivos están llamados a traducirse en decisiones y apuestas personales. Los encuentros decisivos son los que median y posibilitan ambas. 

ENCUENTROS DE UNO EN UNO Y EL PUEBLO

Del encuentro en Santa Marta, siempre resaltamos algo sobre los modos de estar presentes. La administración de los tiempos, de las miradas, de los detalles, y una capacidad inmensa de, meramente, estar. Y al mismo tiempo, meramente estando, ser en sí mismo un signo, un símbolo, como una humanidad, una cercanía, una naturalidad y a la vez signo de universalidad y singularidad total. 

Visto en perspectiva hay unos acentos que podemos reconocer en Francisco, que tienen que ver con cuestiones de las que él habla mucho: la consistencia de los vínculos, la calidad de los encuentros y una jerarquía de lo que importa ahí, en el lugar, en situación. La importancia de los gestos acompañando la palabra, los modos en que el uno por uno del encuentro interpersonal se conecta con la construcción colectiva más amplia, la importancia de hacer coincidir una gratuidad espontánea y humilde, con una astucia y una estrategia de construcción detallista y artesanal. 

Cuando en Laudato Si, o en intervenciones posteriores aparecen formulaciones del tipo “todo está conectado”, “el hombre es un ser relacional”, para los que conocen pastoral y catequesis hay una remisión clásica a las relaciones del hombre consigo mismo, con la naturaleza, con los otros y con Dios. Pero si uno mira ahora estos planteos en el marco de lo que cotidianamente se vive con el “quedate en casa”, la cuarentena, la pandemia y lo que pasa en términos sanitarios y también políticos, económicos, de discriminacion, de miedos, de explosion de solidaridad, vemos cómo esas que parecen viejas palabras y fórmulas gastadas están en el centro de lo que está en juego.

ANTICIPACIÓN Y DISPONIBILIDAD

La anticipación es otra de las cosas que llaman la atención, y lo podemos decir tanto respecto al encuentro como a lo macro de los planteos de Francisco. Esto lo hemos compartido con los amigos con quienes hablamos del encuentro: la sensación de que no tenía ni idea de quiénes éramos cuando entramos a la habitación pero que al mismo tiempo sabía perfectamente todo lo que nos iba a decir y las cosas que iba a hacer en esos casi sesenta minutos que estuvimos. 

En estos últimos meses, eso de ‘no tenía la más pálida idea de quienes éramos’ la entendemos como una cuestión de estar disponibles. Horacio Gonzalez nos decía hace poco en una entrevista que “hay que estar disponibles para un nuevo capítulo de la historia nacional”. Y ahí otra vez una correspondencia. Estar disponibles para encuentros nuevos, no exentos de astucias y cálculos, pero sobre todo expectantes de qué es lo que emerge. No exento tampoco de “estar vigilantes”, como dice el Evangelio. Estar vigilantes es la atención a que algo puede venir de donde no se lo espera. No se puede esperar que venga siempre lo que ustedes creen y de donde piensan que vendrá. 

En la vida y en la historia, se nos impone una cosa (una pandemia, un frente, un momento histórico, una sociedad compleja y fracturada) y al mismo tiempo se nos regala una cosa: una posibilidad de encuentro, de creación, de superación y transformación de lo que en primera instancia parece una quita, una limitación, una restricción. 

Hablando de la entrada de Jesus en la casa de Marta, Francisco ha dicho que el Mesías “organiza y sorprende”. El mesías en el lenguaje de Francisco es, obviamente, Jesús. Pero vale entender “mesías” como todo aquello que puede redimirnos, realizarnos, convocarnos, salvarnos o invitarnos a ser. Todo lo que salva, en la práctica cotidiana, en los encuentros domésticos, pero también en la vida colectiva, en la historia y la geopolítica, “organiza y sorprende”. Es un criterio que hemos incorporado, porque lo hemos vivido. 

ESCALAS Y CAMBALACHE

Después de verlo en su escena cotidiana lo hemos escuchado con otra intensidad, color y temperatura. La distancia de un encuentro fraterno. Después de regalarle un vino (va el chivo, un Durigutti Cabernet Franc) y ver cómo lo agarró, lo miró y se lo puso bajo el brazo, volvés a reconocerlo uno más de nosotros. Eso fue justo antes de llevarnos de la sala de recepción a su oficina, nos dijo con picardía: “ahora los de acá afuera van a decir que el Papa está en curda”.  

Como estas, tantas otras imágenes. El Papa de Roma subiéndose a un banquito tipo escalón para alcanzar uno de los muchos libros que nos dio para #FF. O el momento en el que abrió el cajón para buscarnos la película que hizo Wim Wenders -”todavía no la ví”, nos dice al paso- sobre él y encontró un montón de los que le van regalando. En el medio, mientras pasaba los discos buscando el de la película, pasó el de “The Wall” firmado por Roger Waters, y lo tiró por ahí. Después agarró uno de tangos de Canaro –“el mejor, sobre todo Ada Falcon, una mártir”– y le preguntamos por su tango favorito: ”Cambalache, profético”, no dijo al toque.

Ese mismo compatriota, es el que le habla al mundo en medio de la pandemia. En el epicentro de la angustia y muerte en Italia, las imágenes que proyectó fueron muy contundentes. “Urbi et orbi” es el modo en que venimos nombrando el vínculo entre la singularidad nacional y la universalidad. Lo singular y lo universal dos veces, o tres, o cuatro. De lo nacional a lo global. De la diócesis de Roma al pastoreo de toda la Iglesia. De la palabra para la Iglesia a las palabras para toda la humanidad. Y del encuentro entre unos pocos, en este caso tres porteños como somos, a los encuentros grandes que hay que generar. 

FALTAN UN MONTÓN

Le dimos la carpeta con todas las imágenes y producciones de entonces de #FctorFrancisco. Le mostramos en especial el collage que es la portada, el que tiene el abrazo de Francisco y Diego, rodeado de una multitud de personajes, para nosotros, muy variada. Le preguntamos si faltaba alguno más. Lo mira con atención, se agarró la cruz del buen pastor que lleva en el pecho, levantó la vista y nos dijo: “faltan un montón”.

Es así, las cosas que Francisco dice, las que hemos podido escuchar y también las que hemos pensado a partir de él, toman un significado fuerte no solo en torno a la realidad global de hoy, sino sobre todo en relación a lo que nos pasa como país, lo que hemos vivido desde setiembre de 2019 y enfrentamos ahora en el marco de la pandemia.

La gran carencia, la vacancia que hay, y al mismo tiempo constituye la gran apuesta que hay que hacer por lo que nos falta, lo que y los que hay que sumar, valorando lo poco o mucho que ya tenemos, pero que de todos modos exige ir por más, sumar más, articular más, hacer más. Es un momento tan crítico, más allá de la pandemia (que lo desnuda y lo exacerba, pero no lo genera), que demuestra que hay algo del mundo y del vivir juntos que está agotado y que hay que recrear. En Argentina esto toma el nombre de desafíos políticos concretos, invita a recrear una tradición de cultura y acción política, y propone una apertura y al mismo tiempo una vuelta a las fuentes de lo mejor del campo popular. 

Otra vez, acá nuestro objetivo, bajo otras formas, no es tanto que venga el Papa sino que su mensaje pueda ser recepcionado de manera inteligente, valiente y enriquecedora. No en el mero sentido de mencionar su nombre o de repetir sus palabras -que mal no viene, por otro lado, porque incluso entre los propios se lo cita poco- sino en el sentido de capturar e interrogar, y en todo caso también contestar y cuestionar lo que Francisco plantea y propone. De manera no pasiva, no usandolo como simple cita de autoridad o como moralina de consigna, sino como un corpus discursivo que trama la gran tradición cristiana de occidente con la experiencia pastoral en estas tierras y la función global en un momento -un relámpago diría Benjamin- de tempestad.  

Sería una pena que lleguemos demasiado tarde, que el mensaje del Papa se desperdicie. En estos tiempos, una fórmula simple de su mirada y propuesta está en boca de todos, porque, por ejemplo, el presidente ha sabido ver que ahí había cuatro palabras angulares: “Nadie se salva solo”. Es una consigna corta, un lema, una oración, una advertencia. Tiene detrás toda una teología, una espiritualidad. Pero tiene también delante toda una política, una tarea de organización, un modo de hacer comunidad, unas prácticas y una ética para cada uno y para todos. 

El mensaje de #F tiene la potencia de ser profético y de estar hablando como una figura  imposible y solitaria en la escena global. Pero al mismo tiempo tiene una pedagogía, una pastoral, una paciencia, una artesanía en su forma de narrar y de organizar sus planteos, que deja marcado un surco y unas coordenadas para poder organizar no solo el “plan para resucitar” (acá en #FF decimos “plan quinquenal para resucitar”) sino también los sujetos personales y colectivos (“héroes anónimos” y “ejército invisible”).

El mismo, como decimos, nos pidió especialmente que lo tomemos y lo concibamos como alguien limitado. Es la indicación más taxativa que nos dio, cuando nos íbamos: “no me mitifiquen”.  Es decir, vean, sepan, trabajen sobre la hipotenusa de que soy limitado. Del mismo modo nos había dicho un rato antes hablando de la estructura de la curia romana, con el gestito de las manos abiertas, “yo no soy el gran reformador” pero “hay que transformarla en una verdadera comunidad de trabajo”. Nada menos. Un modo de decir somos limitados” pero “soñemos en grande” y de algún modo “no menos que esto”. 

TRES LOCOS

Fue una hora. Ni más ni menos. Un instante de una tarde soleada de Roma. Larga, para ser la entrevista con un Papa. Importante para nuestro proyecto y para nuestros trayectos.

Un momento y un encuentro para ser resignificado. Como el episodio evangélico de Emaús: un encuentro en medio de la zozobra, de rememoración de lo que nos pasa y de indagar los modos de entenderlo. De compartir. Y reconocer. Para releer y para seguir escribiendo y caminando. Una articulación entre el modo de compartir y los modos de asumir una resurrección.

Cuando nos íbamos, nos agarró a ambos, el Papa que se puso el nombre de “el loco de Asís”, y nos dijo: – Voy a escribir en mi diario que me reuní con dos locos.

“Acá parece que somos tres, por lo menos”, le dijimos.

Que seamos muchos. Un montón.

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