El mundo que conocimos llega a su final y allí irrumpe otra vez, con la potencia de lo que quiere ser un recomienzo, el nombre Francisco. Llega con la fuerza de la periferia y viene cargada de la potencia de nuestro pueblo y su historia. Un Papa argentino es un acontecimiento de la Iglesia Universal, de la historia de nuestro mundo, un desafío teológico, histórico, cultural y político. Francisco es un factor que merece ser factoreado, y eso es justamente lo que hacemos en estos párrafos que forman la columna vertebral de esta lisergia llamada #FactorFrancisco.  

Francisco es un nombre de recomienzo. “Reconstruye mi Iglesia”, dicen que escuchó el hijo loco del comerciante en la capilla en ruinas de San Damián. No sabemos bien como fue esa visión pero todo indica que el desastre era total y empezar de nuevo era una necesidad. Ese mismo nombre aparece en la Iglesia otra vez y viene desde el fin del mundo. No solo porque llega desde Argentina. La dimensión geográfica existe y esa es la primera idea que irrumpe.

Francisco de Asís es el santo de la pobreza pero también el que se conmueve, se rebela y se desnuda de las ropas lujosas del capitalismo mercantil que está naciendo y que no es otra cosa que el inicio de la modernidad. Al final de ese túnel, después de siglos de oscuridades y luces, aparecerá otra vez ese nombre propio, y como no puede ser de otro modo, el final de ese mundo conecta con lo que había en su comienzo. Modernidad, capitalismo y veneno. Francisco llega en un momento descarnado y extremo de la civilización, en el que el capitalismo demuestra no solo que sabe cómo usarla sino que se desenvuelve como una religión. La fase superior del neoliberalismo es un capitalismo del alma, un sistema que comprendió que su terreno no es solo el mercado sino también el alma humana. El capitalismo es más que nunca una promesa, una ansiedad de colmar el vacío buscando en el resplandor del celular una palabra que nos sea dirigida pero que nunca llega. Francisco lo sabe y el modo en que habla del capitalismo tiene mucho que ver con esto. No es casual que sea, quizás, la única voz a escala global que puede desafiar al sistema mundo en esos términos. Solo un líder religioso puede apuntar al núcleo religioso del capital.

Y este fin del mundo implica inevitablemente la emergencia de otro. Como en “Game of Thrones”, el sol está cambiando de lugar. Hay una mutación geopolítica en la que el sol se va del Atlántico hacia el Pacífico, y esta hipotética revolución astrológica se materializa como guerra comercial. Un jesuita en el papado en el preciso momento en el que China vuelve decidida a recuperar su peso completo en el mapa global no es un dato más. Sabemos que la Compañía de Jesús tiene una cuenta pendiente en el lejano oriente. En esa premisa de la Iglesia en salida hay un horizonte de máxima que es el gran afuera, esa población mayoritaria del mundo no cristiana. ¿Qué hacer con las enormes masas humanas que no provienen de nuestra tradición? En el TEG de la Iglesia ahí hay un gran desafío.

También es el Papa que le avisa a Europa que se convirtió en un mausoleo. El que a contramano de la ola reaccionaria y de la progresía aterrada le dice al viejo continente que “el populismo no es lo que ustedes creen”. Esa advertencia parece estar diciéndoles algo más: si dejan las nociones de pueblo, pertenencia y tierra a la ultraderecha, claro que el pueblo se va a hacer de derecha y el neofascismo va a seguir avanzando en Alemania, Italia o Francia. Regalar la noción de pueblo es siempre un problema y por eso el Papa insiste en recordar que en América Latina el populismo, y así lo indican las experiencias históricas, no es otra cosa que el protagonismo de los pueblos.

Es un Papa del mar. De los desplazados de sus tierras, de los que sobreviven fuera de las fronteras, de los que mueren en el mar. Por ellos rezó en las costas de Lampedusa. Un viejo libro de Carl Schmidt llamado “Tierra y Mar”, explica la historia de las guerras tomando como eje las confrontaciones entre civilizaciones de la tierra y el mar. Grecia y Troya. Francia e Inglaterra. En Francisco hay una lógica de extraterritorialidad que no implica deshistoricidad, pero si una apuesta por los procesos antes que por los lugares. Las conferencias de prensa en el avión, tierra de nadie si las hay, no son solamente una forma de optimizar el valioso tiempo papal sino que se vislumbra en eso un disfrute en propiciar diálogos allí donde se suspende la seguridad de lo estático. Los inmigrantes saben de eso y esa es la memoria familiar de la que él viene.

En los mapas antiguos, allí donde no se sabía qué había se escribía “ubi leones”, “donde hay leones”. Muchos de la curia romana deben pensar algo así de Argentina. ¿Quién es este hombre del sur que nos viene a decir a nosotros que es qué, y encima en un italiano bastante cocoliche? Las palabras de Francisco vienen de donde hay leones, son palabras bárbaras, de los que no hablan la lengua oficial. Ahí están cada día los burócratas de la sintaxis latina tratando de traducir expresiones como “primereando” o “re filtrado”. Con el lunfardo como lengua oficial el famoso apotegma “Vox populi, vox dei”, parece ser algo más que una frase hecha.   

Quizás por eso se repite una y otra vez que “no es un Papa teólogo”. Los catedráticos de la gregoriana y Tubinga le bajan el precio pero vaya si hace teología el sudaca. Es una teología pastoral, un discurso sobre Dios que entiende que la realidad es superior a la idea y que se nutre permanentemente de las luchas y fiestas de todos los días. Es una teología con olor a rebaño y que se piensa para su conducción. La homilía de la Misa Crismal del Jueves Santo que pasó, condensa todo esto en la expresión “llamados para ir a las multitudes”, frase que se complementa con la indicación de hacerlo “según una dinámica de preferencialidad inclusiva”. Una teología que comprende tanto la fuerza redentora del pueblo de Dios como la sagrada singularidad del corazón humano. Una cosa son las viudas, otra los huérfanos, otra los extranjeros. Francisco propone una teología pastoral que acepta que el pueblo de Dios  también esta segmentado pero apuesta a comprenderlos a todos en una unidad que no demande la eliminación de su rasgo propio. Una teología que no se obsesiona con la esfera perfecta sino que apuesta a una unidad poliédrica.

Es una palabra profética. Levanta la voz contra el capitalismo, apoyándose en toda la doctrina social de la Iglesia que desde siempre es crítica, pero con el plus del gesto y la potencia de cierta irreverencia. Francisco habla sucesivamente sobre el diablo, aunque no quede plasmado en la mayoría de sus escritos oficiales. Nombra al mal y lo desafía, justamente por su obsesión por la unidad. Lo demoníaco es aquello que “divide para el mal”, esa es su raíz etimológica. No importa que sea una categoría revulsiva para los modernos o posmodernos, es ese mal sin nombre que atraviesa nuestra sociedad y que también gobierna. Existe y no lo pueden ocultar porque se nota en sus ojos.

Decir que un Papa es político es desde el vamos una obviedad. Su función es exactamente esa: conducir, negociar, decidir, consensuar. Quizás la novedad sea el modo en que Francisco encara cada una de estas tareas. Se lo acusa de populista. ¿Qué esperaban de un argentino? Si un Papa viene de estas latitudes está marcado por esa experiencia del pueblo argentino llamada peronismo. No importa cual haya sido su vínculo y el modo en que esta impactó sobre él. Pero si naciste en Argentina, te cabe y no tenes más remedio que procesarlo. Justamente su énfasis en torno a la cuestión del pueblo no le viene de cualquier lado. Francisco viene de un país cuya experiencia histórica central que dice bien claro que “sin el pueblo no se puede y que por eso el pueblo cuenta”. Ese es, quizás, el corazón de nuestra historia.

Entonces, un Papa que viene de Argentina tiene desde el vamos un tema con el populismo, también es inevitablemente futbolero –más allá de San Lorenzo-, y es siempre un poco borgiano. Jorge Luis Borges es un conservador –para ser técnicamente más precisos diríamos un “gorila”-, que sin embargo tiene una sensibilidad para lo popular que no tiene Cortázar ni ningún afrancesado. Borges alcanza con el gauchaje una intimidad y una profundidad que a veces en el mismo mundo popular se nos escapa. La lente borgiana que permite tomar un gesto, una mirada o un suceso completamente pedestre en la Pampa húmeda y detectar allí un punto en el que el universo entero se condensa, irrumpe una y otra vez en Francisco.

Pero además de argentino, es un Papa porteño del barrio de flores, y por tanto, también psicoanalítico. Buenos Aires es la capital nacional de la neurosis y ostenta el porcentaje de psicólogos por cabeza más alta del mundo. Las consecuencias están a la vista, tanto en este portal como en las encíclicas papales. Prácticamente todos los documentos del Papa tienen el “gaudium” –goce- como idea fuerza (Evangelii Gaudium / El goce del evangelio; Gaudete et Exsultate / Gócense y exulten). Vale releer la entrevista al gran Daniel Santoro en la que señala que el planteo heroico de Francisco es la creación de un goce no capitalista. En ese sentido, se hace cargo de eso que está en el corazón de nuestra fe y por la cual Jesús mismo fue ultimado. Hay un goce que no puede ser capturado por el sistema y que habilita un afuera del dominio de los imperios.

Hay que insistir en cruzar a la teología con Lacan, más aún es este tiempo donde la batalla es justamente al interior de la subjetividad popular. Porque es hora de asumir que el neoliberalismo no solo fue impuesto desde afuera, sino que también encontró algún tipo de click en el corazón de “nuestro” pueblo. Hubo algo que quedó abandonado y disponible ahí donde creíamos que estábamos para siempre. Los planteos de expansión de derechos, de épica nacional y popular, imaginaron un pueblo eterno mientras por abajo, en la soledad de lo cotidiano, se iba generando un hiato que se llenó de globos y recetas de “pare de sufrir”. La astucia de ellos fue advertir que la batalla debía darse ahí, en ese vacío que queda cuando se apaga el plasma comprado en cuotas y los deseos se mezclan con la angustia de querer ser.

El alma del pueblo, que es también el alma de cada uno, está en disputa. Francisco lo sabe, y no le es indiferente. No le desvela definir con precisión que es el pueblo sino insistir que sin él no hay proyecto de salvación. Siempre con el pueblo, nunca sin el pueblo, y la definición precisa de que significa pueblo puede esperar. Esta indefinición es también una estrategia discursiva, en la que indistingue y conjuga, casi sin criterio lógico “pueblo”, “pueblo de Dios”, “Iglesia” y “pobres”. En un mismo escrito la misma palabra refiere al pueblo como concepto teológico pastoral, como realidad sociológica o como entidad institucional. Es una confusión adrede que genera e invita a hacer sentido. ¿Dónde termina la Iglesia y empieza el Pueblo? Esta manera de entender al pueblo que tiene Francisco conecta lo popular con lo mesiánica y con la redención.

Francisco es un Papa del para todos y todas. Lo es, aunque quizás no use esta expresión, porque el pueblo no es solo el todo. No alcanza con el “todos” sino que se trata del “todos y de la parte que falta”. Pensarlo así ayuda a interpretar los aportes y los no poco límites de Francisco con respecto a la mujer y la perspectiva de género. Es un núcleo difícil de procesar para todos y todas, pero también es verdad que hay pistas para configurar confrontación distintas, más inteligentes, potentes y, quizás, superadoras.

Y es el Papa de la periferia, el primero nacido en tierras americanas y desde aquí mira lo Universal. ¿Por qué todo lo que dice Francisco parece dicho en la mesa de un cafetín de Buenos Aires? Sencillamente porque ese es el método jesuita. Mirar lo local y expandirlo a escala global en una lógica dialéctica de centro-periferia. Ese es el modo de lo universal. Francisco mira su propia comunidad, la que ama y conoce, para luego predicar Urbi et Orbi. Para llegar a todos los pueblos va al corazón del que lo engendró y busca esa fibra única trascendental que es la que lo conecta con toda la humanidad. Todos los pueblos son el pueblo elegido, pero lo universal se alcanza fundiéndonos en el núcleo del nuestro.   

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