Hemos compartido hace poco un texto de Francisco, en forma de intervención coyuntural suya en un evento, donde habla de las diferentes dimensiones que pueden orientar “una política arraigada en el pueblo”.

Se trata de una intervención dirigida a los intentos de articular un pensamiento sobre la política desde espacios que son cristianos, por un lado, y que tienen un anclaje en los países centrales por el otro. Así Francisco interviene en el debate sobre la cuestión del populismo tal como se expresa, pero también se preocupa por cómo se conceptualiza en los países centrales. En ellos, esta noción se asocia casi exclusivamente a los movimientos reaccionarios o de derecha. No es casual que ahí el argentino deba recurrir incluso a la introducción-invención de un término, “popularismo”, para intentar hacerse entender. O sea, para dar a pensar lo que él tiene en mente, en memoria y en experiencia cuando insiste en la noción de “pueblo”.

El pensamiento de Francisco desconcierta y al mismo tiempo confirma e invita.

La reciente partida de Alcira Argumedo es una oportunidad para visitar la larga tradición de un pensamiento nacional que se inserta en los modos de comprensión de los pueblos. La queremos relacionar acá con esa otra oportunidad que la figura de Francisco puede constituir, para interrogar el pensamiento no sólo desde “otro pensar” o desde otras formas de argumentar y otras fuentes intelectuales, sino también desde el desafío de incorporar una dimensión de trascendencia. Esta no se relaciona ni con la utopía ni con algún eje sublime o ancestral arcaico, sino con una apertura que la dimensión religiosa expresa, media y tensa.

La doctrina social de la Iglesia, la teología y el mismo Evangelio son elementos que pueden fecundar el pensamiento en su politicidad, porque implica un modo de conocer el mundo pero también de relacionarse con lo decisivo. Por eso, el pensamiento de Francisco hay que tomarlo no solo desde sus raíces profundas y vivas de lo nacional, sino también de la comprensión universalista de la larga tradición cristiana, la doctrina de la Iglesia Católica y, más cercanamente, de los teólogos del siglo XX y sus aportes para pensar la modernidad más allá de las categorías del racionalismo.

No es posible abarcar el vínculo intenso y complejo del pensamiento nacional y el pensamiento de Francisco en un texto o una reflexión, sino que merece una larga conversación y diálogo entre muchos. Es una oportunidad de encuentro, retroalimentación y, sobre todo, proyección de nuestra fuente nacional en perspectiva universal. Por eso hoy compartimos, como una primera aproximación, un conjunto de expresiones y aportes panorámicos, en la estela del recuerdo de Alcira Argumedo -cuyas intervenciones recientes relacionadas con la figura de Francisco hemos compartido en un dossier especial de #FF-.

Horacio González comparte unas pinceladas sobre el modo de relación de Alcira con la cuestión religiosa y cómo vivió esto en las cátedras nacionales. De Humberto Podetti compartimos un extracto de una exposición sobre la dimensión de universalidad del pensamiento de Francisco puesto en relación con el pensamiento latinoamericano. Juan Rattenbach conecta históricamente las figuras de Rosas, el peronismo y la experiencia kirchnerista, con la figura de Francisco, trazando una línea de memoria histórica pero también las coordenadas de otra narrativa del pensamiento partiendo desde la periferia. MIguel Barrios jalona los nombres y la perspectiva del pensamiento nacional como búsqueda y ejercicio de autoconciencia, señalando las articulación e intersecciones con el magisterio católico y los teólogos y pensadores nacionales. Emilce Cuda señala cómo el pensamiento, de algún modo alternativo o contrahegemónico de las cátedras nacionales, hoy actúa desde la universidad y la academia en generalm y se proyecta y resuena en los planteos del Papa. Ana Jaramillo rescata la posibilidad de hacer una hermenéutica de Francisco con la valoración que podemos hacer de él y la amplitud de la interpelación que habilita. Mara Espasande señala cómo en la relación de pensamiento nacional y doctrina cristiana están las fuentes de Francisco, al tiempo que su pastoral expresa este pensamiento en forma de programa, gesto y acción, lo cual propone, de regreso, una lectura nueva del pensamiento nacional y latinoamericano.

En una próxima entrega plantearemos nuestra mirada sobre la dimensión intelectual y de pensamiento estratégico de Francisco, integrando las tareas y desafíos propios que habilita su “factoreo”. Ahí, en el mismo punto donde “factorea”, o sea, saca a la luz nuevas facetas de la reflexión, el pensamiento y la creación conceptual e histórica. 

HORACIO GONZÁLEZ (Sociólogo – Director de la Biblioteca Nacional, 2005-2015)

Muy brevemente escribo una líneas sobre un tema muy profundo que no puede agotarse en un espacio tan somero. Podría decir que en el trasfondo de todos nuestros pensamientos está el cristianismo, en la medida que el pensar mismo es un modo de la religión, con toda la lejanía que se quiera, pero hay una semilla interna e imperceptible que vino de algún lado desconocido y vibrante. Los que estudiamos sociología, salvo excepciones, nos pusimos en contacto con lo que se llamaban procesos de secularización, con lo que el tema de las «anteriores etapas de la religión» quedaban sellados, ya concluídos. Yo nunca lo sentí así, y podría decir de las religiones, que se hallan en las conciencias de forma explícita o en forma de misterio. Las dos son diferentes y válidas.

Alcira, como ustedes saben, no era religiosa, aunque por razones políticas hoy comprensibles, saludó las posiciones de Francisco en materia social, como es mi mismo caso. Pero lo que se puede decir de Alcira, sobre sus grandes esquemas panorámicos en torno el desarrollo de una humanidad despojada y doliente, por razones económicas, pero también por los desquicios morales a los que es sometida, llevaba a que esas descripciones sobre el saqueo de los pueblos, no pudiera disimular cierto manto redentor y escatológico, que de un modo u otro, la acercaba a los pensamiento proféticos, por más que su túnica discursiva fuera el manto histórico-sociológico.

HUMBERTO PODETTI (Abogado – Coordinador del Programa de Reflexión sobre América Latina de la Cátedra Pontifica de la Universidad Católica Argentina)

En uno de los párrafos iniciales de Fratelli Tutti (12-13), Francisco habla del fin de la conciencia histórica. Dice que este fin perseguido por el sistema tecnocrático implica una penetración cultural, una suerte de deconstruccionismo donde la libertad humana pretende construir todo desde cero, como si no tuviéramos historia. Y nos dice claramente que tenemos que evitar estas formas de colonización que pretenden licuar la conciencia histórica, el pensamiento crítico, la lucha por la justicia y los caminos para la interacción. 

Este peligro de generar un pensamiento único, raquítico, implica siempre negar nuestra historia y nuestro pasado.

Desde distintos puntos de vista, es necesario generar un nuevo pensamiento crítico de estos tiempos contemporáneos. El pensamiento de Francisco, entraña a la vez la universalización de la doctrina social de la Iglesia y la profundización del pensamiento de Benedicto XVI y San Juan Pablo II, llegando a confines del mundo y culturas muy lejanas de la cultura o el pensamiento cristiano, y la proyección a escala global del pensamiento latinoamericano. Pensamiento que en realidad está mal denominado. Estrictamente es un pensamiento indo-ibero-afro-americano, porque tiene estas tres raíces profundas, importantes y significativas. Una raíz de los pueblos originarios, una raíz ibérica (la parte menos europea de toda Europa), y una raíz africana, un pueblo que llegó esclavo al continente y aquí se liberó. En consecuencia, este pensamiento indo-ibero-afro-americano manifiesta desde hace 500 años casi todas las categorías, sentidos y conceptos que expresa el pensamiento de Francisco. 

EMILCE CUDA (Teóloga y Docente UNAJ – Directora del GT CLACSO “Futuro del Trabajo y Cuidado de la Casa Común)

Pensar un vínculo entre el pensamiento nacional, del cual Alcira Argumedo fue gran pilar, y del cual el Papa Francisco es hoy uno de los grandes exponentes y voceros a nivel global, es retomar una categoría que llamamos el “universal concreto”. Algunos confunden que pensar en términos de pensamiento nacional implica querer imponer al mundo un modo de entender la vida local. Por el contrario, pensar el universal concreto es partir de una realidad de injusticia para elaborar, con argumentos, categorías que sean universales, válidas para todos. Sobre todo en este momento de crisis global, en que se impone la necesidad de avanzar hacia una transición justa. Vivimos un cambio de época drástico, producto de nuevas tecnologías que aceleran los procesos y las comunicaciones, pero que no garantizan el destino positivo de su rumbo. Si no somos capaces de aportar el componente ético y comunitario en este proceso, no será un futuro de justicia. Y la justicia no habría que entenderla como principios universales abstractos, dando como resultado un ideal de futuro al margen de lo concreto, sino como principios sociales, desde la memoria comunitaria de un pasado histórico. Esa es la experiencia mística comunitaria de la que habla el Papa Francisco, y que las Cátedras Nacionales fueron escuela viva de esa memoria mística de los pueblos. Recuperar ese pasado de injusticia que hace que ese concreto, que es la realidad social, se vuelva un universal por la justicia, no como algo ideal sino como algo que implica una reparación inmediata.

Lo que en su momento fueron las Cátedras Nacionales se volvieron a activar con otro nombre. La presencia de ese pensamiento de referentes queridos y admirados por la juventud -de diferentes credos y de diversas corrientes políticas- hoy son unas cátedras vivas. Los espacios académicos están hoy atravesados por el pensamiento popular que, con los aportes de Francisco, construye puentes que entrelaza eso con un credo católico, que no es una religión fundamentalista, sino que es un credo en una forma de vida con sabor a Evangelio. Esas cátedras nacionales de los ‘70 hoy son parte del discurso académico, está generalizado, está instalado, está conduciendo nuevas formas de pensar la política, la comunidad y la transición justa. Y el mundo lo está escuchando.

JUAN RATTENBACH (Abogado – Secretario ejecutivo del Museo Malvinas)

Cuando hablamos de la historia del pensamiento de la humanidad a través de nuestra educación, no sólo en la escuela secundaria, sino también la escuela primaria y las universidades, los profesorados y los terciarios, siempre se hace un eje en el pensamiento europeo nacido en la Grecia antigua, desde Sócrates, Platón y Aristóteles, la tríada originaria. Cuando llegamos al siglo XX se nos aparecen un Foucault, un Sartre, un Heidegger. En el siglo XXI quizás se nos presenta un Zizek, pero pareciera que nosotros, quienes estamos -al decir de Francisco- al fin del mundo, somos unos meros espectadores de una narrativa de la humanidad. Y lejos de eso, creemos que hay un pensamiento nacional, que hay un pensamiento argentino, que se puede amalgamar con un pensamiento latinoamericano y, a su vez, generar una narrativa de la humanidad cambiando un poco el centro del eje. Tiene que ver mucho con la actualidad.

Cuando hablamos del pensamiento nacional argentino, no nos referimos sólo a los intelectuales, a los que se definen como pensadores per se, sino también a aquellos líderes y figuras en los cuales el pueblo arge,ntino se ha sentido representado. Empezando por San Martín, y luego en la trilogía de Juan Manuel de Rosas, Juan Domingo Perón y Cristina Kirchner, hay de alguna manera una traducción y un reflejo de lo que sería el pensamiento argentino. No solo para nuestro país, sino también para el mundo. Y creo que esa idea de que Argentina podría llegar a ser, incluso soñar, con ser una usina de pensamiento de alcance global, se termina gestionando con la figura de Francisco como Papa, en representación de los cristianos católicos a nivel mundial. 

En el caso de Rosas, su pensamiento se encuentra fragmentado. Lo encontramos en sus cartas, discursos, correspondencias. También en algunas palabras preliminares de las leyes, los dispositivos jurídicos que él estableció con esta unión de las provincias a través del Pacto Federal. Y tras su caída en 1852 sobrevino un genocidio. El genocidio múltiple del siglo XIX, donde no solamente se aniquilaron a los pueblos indígenas del sur y del norte, sino al pueblo gaucho, quienes adherían a un proyecto de país y nación de hermanamiento continental. Tras ese genocidio, de a poco (y ahí vamos uniendo la figura de Rosas con la de Perón), hubo una transición de intelectuales que trataron de recuperar el sentido de la memoria para hacer luego soberanía popular. Adolfo Saldías, autores revisionistas como Julia Irazusta, y eso desembocó en la década del ‘30 con la creación de FORJA, donde había autores como Scalabrini Ortiz, José María Rosa, John WIlliam Cooke, Arturo Jauretche, que sentaron las bases de esta memoria y de esta reconstrucción de la identidad popular que luego eclosionó el 17 de octubre de 1945.

El peronismo, que se consagra a mediados del siglo XX, fue seguido de otro genocidio, el que conocemos más de cerca, que se inicia el 24 de marzo de 1976 y termina en 1983. Y hubo que esperar hasta el año 2003, veinte años desde el retorno de la democracia, para volver a ensamblar la recuperación de la memoria como un una praxis del movimiento popular y, de alguna manera, militante, con la llegada de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández, generando no solamente una unión de quienes estamos viviendo el tiempo presente respecto de quienes vivieron las décadas del siglo XX, sino también con aquel pueblo argentino que defendió la soberanía en los ríos y en los mares en el siglo XIX. 

Francisco, como figura argentina para el mundo, nos muestra de alguna manera que ese pensamiento argentino se puede proyectar a nivel universal en un contexto de un capitalismo en crisis, por su estructura económica y por esta pandemia global que nos azota. El pensamiento de Francisco, que es también argentino, habla de que podemos narrar también la historia del mundo del sur hacia el norte, y no del norte hacia el sur. Junto y desde el pensamiento nacional, en Francisco hay una respuesta al resto del mundo de estos problemas que estamos viviendo ya no sólo como naciones, sino como especie humana. 

MIGUEL BARRIOS (Profesor universitario – Doctor en educación y Ciencia Política)

Cuando se habla de pensamiento nacional, se puede malinterpretar diciendo que es un pensamiento demagógico, en búsqueda de los mal llamados populismos. Vamos a poner las cosas en su lugar: en realidad los populismos nunca han llegado al poder en América Latina. Los populismos son fenómenos no electorales, dictatoriales, que han surgido en Estados Unidos y en Rusia en el Siglo XIX. Lo que acá emergió fueron los movimientos nacionales populares, es decir verdaderos frentes nacionales policlasistas, nucleados alrededor de un conductor, bajo un proyecto estratégico de liberación, nacional, cultural, tecnológico, económico.

El pensamiento nacional es la búsqueda incesante, a través de un sistema de ideas, para reencontrarnos con la identidad de nuestro pueblo, porque la verdadera soberanía no reside en el territorio, reside en la capacidad cultural, en la capacidad de autoconciencia cultural de los pueblos, de sentirse un nosotros delante del otro. Solamente se es libre en una cultura, y la dimensión más profunda de una cultura es la dimensión religiosa, eso lo dijo en la UNESCO en el año 1981, como producto de la vivencia de su Polonia natal, el papa Juan Pablo II.

Por lo tanto, el pensamiento nacional, entendiéndolo como la búsqueda incesante de nuestra identidad para lograr nuestra autoconciencia cultural, para ser un pueblo con identidad en el mundo, va ligado indisolublemente en América Latina a la identidad cultural católica barroca, porque durante 300 años hubo una evangelización constituyente que le dio a América Latina el carácter de nación por el mestizaje cultural, la lengua y la religiosidad popular. El primero que dijo que hay un pensamiento que refleja a la nación fue un Jesuita, Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, que planteó: “Somos una nueva patria, somos un pueblo nuevo”. En ese sentido, el papa Francisco, es el primer Jesuita latinoamericano, argentino y mundial en ser Papa, y es hijo intelectual y pastoral de una teología de raigambre popular que forma parte de una de las vertientes del pensamiento nacional. Me refiero a la teología de la cultura. La teología de la cultura, que hoy representa el papa Francisco en el papado, es una teología de la periferia que se volvió centro. Esa teología de la misericordia tiene sus precursores: el padre Lucio Herrera, el padre Juan Carlos Scannone, monseñor Gerardo Farrell, el padre Rafael Tello, y el católico uruguayo Alberto Methol Ferré. Ellos nacen a la vida del pensamiento nacional y también católico con la revista víspera en Medellín, pero toman su verdadero esplendor en la redacción y en la preparación del documento de Puebla. La síntesis central es que no hay pueblos si no hay en la historia, y no hay pobres si no están en los pueblos. Y por lo tanto, las categorías generales de patria grande y de patria chica, están por encima de las categorías sociológicas del marxismo. El pobre es un pobre latinoamericano. La evangelización es la evangelización desde y para los pobres. Es lo que plantea Puebla, encuentro que sesiona bajo la advocación de la Virgen de Guadalupe, patrona de América Latina, y cita por primera vez a un socialista católico, creador de la categoría de patria grande, Manuel Ugarte. En Puebla se identifica a la patria grande con la cultura latinoamericana del mestizaje. Se rescata la historia, se rescata la filosofía del comunitarismo latinoamericano y se rescata la religiosidad popular, es decir el ethos cultural latinoamericano. Todo eso es lo que se sintetiza en Aparecida, cuando el entonces arzobispo cardenal Bergoglio, redacta el documento en la línea de Puebla, que tiene como antecedente dentro de la doctrina social de la Iglesia, a la encíclica de Pablo VI, Evangelii Nuntiandi.

Puebla rescata para la Iglesia y para siempre la patria grande, rescata la figura del gran socialista Manuel Ugarte. Y Ugarte en su itinerario se entronca con la figura de ese gran pensador monumental, como fue Alberto Methol Ferré, de ese gran historiador de la Iglesia, como fue monseñor Farrell. De ese gran reinventor de las grandes festividades populares como la caminata a Luján, el padre Rafael Tello, de ese gran pensador de la teología del pueblo, como es el padre Lucio Gera, de ese gran pensador que rescata las categorías pastorales, entroncándolas con las categorías de la historia de América Latina, y todo ello que es nuevo, porque es una teología reflejo, se transforma en teología puente. Esa teología puente es lo que le da al Papa, en mi opinión, el programa de su papado que es la Alegría del Evangelio, donde hay que buscar el corazón y la alegría de ser católico; por supuesto la Laudato Si’, y la última encíclica, Hermanos Todos, que vendría a ser el núcleo central de la teología de la cultura, de la teología de la historia, de la teología del pueblo, y eso es una vertiente, sin ninguna duda, de los principales afluentes del pensamiento nacional latinoamericano. No haciendo un reduccionismo, reitero, como dije anteriormente, sino amplificándolo al mundo entero, porque en un momento en que las ideologías implosionan, ese mensaje católico al corazón, desde una pastoral de la misericordia, es la única que le brinda salida a la humanidad en el medio de la pandemia. 

ANA JARAMILLO (Socióloga – Rectora de la Universidad Nacional de Lanús -UNLA-)

A mí me tocó escribir la hermenéutica laica del Papa Francisco. Está en el libro “El pensamiento de Francisco. Reflexiones desde y para América Latina”. Ahí señalé que no todas las universidades explicitan sus valores. Nosotros desde la Universidad de Lanús explicitamos nuestros valores porque somos una Universidad urbana comprometida, orientada hacia los problemas concretos y, por eso, organizada desde la transdiciplinariedad. El positivismo pedagógico y académico no siempre lo explicita. Nosotros nos dedicamos, como decía Santos Guerra, a que los educadores ayuden al individuo a incorporarse a una cultura, pero de manera crítica y comprometida. Que ayuden a discernir qué es lo bueno y lo mano de esa cultura, y que insten a aceptar lo moralmente bueno y combatir lo que resulta inadmisible desde el punto de vista moral. Entonces, nosotros hemos explicitado entre nuestros valores la defensa de la justicia social, la conciencia de la dignidad humana, igualdad de género y oportunidades, defensa y fortalecimiento de la democracia y de la construcción de ciudadanía, educación para la paz y la solidaridad, promoción y defensa de los derechos humanos –entendiéndolos como sociales, económicos, políticos y culturales en nuestra casa común-.

Entonces, ¿Qué valoramos del Papa Francisco? Además de su compromiso con la defensa del medio ambiente, nos interpela de forma especial su planteo sobre el destino universal de los bienes. Compartimos su mirada respecto a que no sería verdaderamente digno del hombre, un tipo de desarrollo que no respetara y promoviera los derechos humanos, personales, sociales, económicos y políticos, incluidos la de las naciones y de los pueblos. Por eso, escribir esa hermenéutica laica no fue una exigencia ni una contradicción. Uno puede ser laico, no ser creyente, pero admiramos la figura de Cristo y nos interpela el mensaje de Francisco.

MARA ESPASANDE (Hitoriadora – Directora del Centro de Integración Latinoamericana «Manuel Ugarte» UNLA)

Existe una rica y fecunda relación entre la matriz de pensamiento nacional y el pensamiento católico desarrollado en América Latina. Gran cantidad de pensadores y pensadoras católico/as se enmarcan dentro de esta corriente epistemológica de carácter autónoma, popular, situada, heterodoxa, mestiza y elaborada desde el pueblo y desde la periferia. El Papa Francisco es, sin dudas, muestra de dicha relación. 

En sus homilías, discursos, y en sus Encíclicas puede observarse la presencia de los elementos fundantes de esta matriz, expresados en la Teología del Pueblo. La opción preferencial por los pobres, la valoración de la religiosidad y la sabiduría popular, reflejan una concepción y definición de la categoría “pueblo” desde una dimensión histórico-cultural donde se rescata la historia de lucha en cuanto pueblo-nación y pueblo-trabajador. Por otro lado, en su obra y accionar, denuncia a los sistemas económicos injustos y realiza un llamado al cuidado de la “casa común”. La teoría y la práctica se presentan aquí, totalmente imbricadas. 

Por otro lado, la pastoral impulsada por el Papa Francisco -así como su producción teológica-, muestra la vigencia de la teología latinoamericana que sigue recreándose, resignificándose y enriqueciéndose en nuevos contextos, bajo nuevas lecturas -tal como ocurre con el pensamiento nacional en su conjunto- ya que no es pensamiento anquilosado sino una matriz de reflexión que acompaña las luchas de los pueblos por su emancipación, aún hoy en curso. 

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