“Grande es el poder de la mano tendida y de la amistad que se juega en lo concreto! Qué importante es que aprendamos a ser manos amigas y tendidas. El gesto de la mano extendida.  Busquen crecer en la amistad también con los que piensan distinto, para que la solidaridad crezca entre ustedes y se transforme en la mejor arma para transformar la historia. La solidaridad es la mejor arma para transformar la historia.”

Francisco en Mozambique 2019

«Hoy se nos pide que redimamos y restauremos la amistad social, que está refundida. Y esto es trabajo artesanal, es trabajo que pasa por nuestras manos, por nuestra vida toda, por nuestro cuerpo, por nuestra carne», 

Jorge Bergoglio, V Jornada de Pastoral Social, Argentina  2002

“La amistad entre ustedes, su presencia aquí, recuerda a todos que el futuro no es monocromático, sino que es posible si nos animamos a mirarlo en la variedad y en la diversidad de lo que cada uno puede aportar. Cuánto necesita aprender nuestra familia humana a vivir juntos en armonía y paz sin necesidad de que tengamos que ser todos igualitos. No nos hicieron a máquina, todos en serie. Cada uno viene del amor de sus padres y de su familia, por eso somos todos distintos, cada uno trae una historia para compartir. Necesitamos crecer en fraternidad, en preocupación por los demás, en respeto por las diferentes experiencias y puntos de vista. Este encuentro es una fiesta porque estamos diciendo que la cultura del encuentro es posible, que no es una utopía, y que ustedes, los jóvenes, tienen esa sensibilidad especial para llevarla adelante.” 

Francisco en Japón, Noviembre  2019

En unos días, Francisco hace pública su primera encíclica después de Laudato Si: “Fratelli tutti”. Vuelve a la colina de Asis para firmarla en la tierra del santo de la alegría y la pobreza del que tomó su nombre y que cita en el título. Señala la amistad social como el remedio básico para las enfermedades “físicas, sociales y espirituales” de las cuales la indiferencia ante la injusticia y el dolor de los otros es la más peligrosa. Nos adelantamos unas semanas para inscribirla en nuestra historia y nuestras historias de acá, presentar el marco de sus planteos y disponer algunos puntos para interpretar su contenido activamente. 

AMISTAD SOCIAL

“Un amigo es uno mismo en otro cuero”,  dice Atahualpa Yupanqui recordando los fogones de la pampa, donde conoció la música y el verso. Uno mismo en otra piel. Anhelos, miedos, angustias y pasiones de igual intensidad cruzados por experiencias singulares.  

Francisco se prepara para dar a conocer una nueva enciclica después de Laudato Si: “Fratelli tutti”, cita de Franciso de Asis. Con la marca y los antecedentes de sus planteos durante la pandemia como insumos, el eje del documento será “la amistad social”.

La amistad social pensada  como armonía pero sobre todo como confianza, como acto de fe. Fe en esto: que los que somos parte de lo mismo sabemos qué es aquello que debemos cuidar en medio de nuestras disputas. Y esto no como una concesión educada, como buenos modales como la expresión de una tolerancia correcta pero instrumental. Más bien como la apuesta valiente y prudente que se hace por ser parte, justamente, de un mismo cuero. La disciplina y el discernimiento que derivan de  saber que en el otro hay algo mío que ahí está vivo. ¿Cuál es el límite que debemos respetar para no destruirnos? ¿Qué es lo sagrado en una sociedad? 

Desnudadora y reveladora, la tempestad de la pandemia nos hizo vernos en la misma barca. La salida de la pandemia –“no se sale igual: se sale mejor o peor” dice Francisco- suma al reconocimiento de la misma barca la sensibilidad práctica de sabernos un “mismo cuero”. 

Reconocimiento interpersonal y subjetivo, pero también acción colectiva y construcción política: una olla popular, un abrigo, una donación de plasma o un impuesto a las grandes riquezas, no son simplemente gestos de paz social, sino movimientos hacia el otro necesarios si pretendemos vivir juntos y proyectar lo que somos hacia adelante. 

FRATERNIDAD, LA PARTE DE LA ILUSTRACIÓN QUE FALLÓ

La gran revolución que marcó el imaginario de occidente levantó como bandera, junto a la libertad para contratar y la igualdad ante la ley, la fraternidad como valor y horizonte universal. Esta proclama supo ser complementada con el categórico “o muerte”, propia de los años en que la decapitación del antiguo orden escalaba en tensión y resistencias. 

Toda revolución tiene su “termidor”, dice una frase que toma de los sucesos de Francia de finales del siglo XVIII la referencia fundamental para pensar los grandes procesos de transformación social. El jacobinismo no logró imponer su proclama a sangre y fuego -el acero ni la pólvora alcanzan si no hay un pueblo entero detrás-, y fue entonces cuando los partidarios de la libertad y de la comunidad ilusoria de iguales, consideraron oportuno reemplazar la subversiva fraternidad por la sagrada propiedad.

Desde entonces, la democracia liberal reproduce una contradicción de base: reconoce que la soberanía es la que nace del pueblo, pero desarticula la posibilidad de la fraternidad entre iguales al consagrar la propiedad como un absoluto. Es esta contradicción la que está de fondo en las disputas y enfrentamientos que una y otra vez vuelven a irrumpir entre nosotros, desatando guerras fratricidas o abriendo grietas insalvables. 

Vivimos en las ruinas o la degradación del mundo de la revolución francesa. La idea de “ciudadano” y la de “revolución” estaba sostenida por el “trilema”: igualdad y libertad prosperaron, pero la fraternidad quedó atrás -o afuera- de la construcción política y cultural. Al final del tiempo, el largo ciclo capitalista ha hecho de los vínculos, los afectos y las emociones que estaban en la vieja y bella palabra que nombra la hermandad, una mercancía laxa e inofensiva. Pero en el camino, los diferentes populismos “hermanearon” la política y la cultura: quizás por eso, por llevar la fuerza difícil de la fraternidad, los populismos son señalados como la sombra y la perversión de la democracia. En un mundo clausurado, siguen trayendo desde la tierra otra versión de lo que significa vivir juntos. 

Hoy, una hermandad-del-odio se suma a la escena de las figuras que se ofrecen como modo de pertenencia. Por debajo, figuras inofensivas y edulcoradas del humanitarismo y la tolerancia son, como un bajo continuo, el modo universal en que la indiferencia se ha hecho cultura, moneda de cambio y coartada. Los vínculos de amistad social están atravesados por la dinámica de las redes sociales y unos sentidos gregarios orientados por la exclusión. Sin embargo, no todo está perdido.  

FRATRICIDAS 

TATITA: La miseria no es pelear, la miseria es matar al par. El uno crece de a dos. El dos peleando es armonía. Es vuelo. El uno solo crece monstruo. Pájaro de un ala sola, como vos. Te amputaste un ala. Juntos podían ser un ángel. Y mirate: terminaste gallina bataraza, El uno es la tragedia,  Cain…

Mauricio Kartun, Terrenal, pequeño misterio ácrata

“Frater” -hermano- es desde siempre el vínculo más fuerte, intenso y de proximidad. La imagen de Caín matando a su hermano Abel se encuentra en el núcleo de la antropología judeocristiana, ejemplo de cómo la envidia y ambición humana no tienen límites y a la vez está en el origen. El gran Mauricio Kartún la ha escenificado en estas pampas y con la picaresca gauchesca, enhebrando nuestra tragedia nacional con el mito bíblico en su obra “Terrenal”. “¿Que hiciste Caín?”, pregunta desesperado el Tatita no pudiendo comprender dónde habitaba en su hijo ese veneno letal capaz de impulsarlo al más oscuro de los crímenes. 

Esa misma pregunta puede enunciarse al repasar la historia nacional: el exterminio de nuestros hermanos originarios -”¿Que hiciste Caín?”-, los trabajadores rurales reventados en la Patagonia -”¿Que hiciste Caín?”-, los aviones de los navales bombardeando la Plaza de Mayo –”¿Que hiciste Caín?”-, miles de desaparecidos que no van a volver –”¿Que hiciste Caín?”-, bebes que hoy son hombres y mujeres que aún no conocen su identidad -”¿Que hiciste Caín?”-.  

Tanta sangre derramada y angustias repetidas, acá en el fin del mundo y en tantas otras latitudes, vuelven a poner a la fraternidad como una bandera necesaria y urgente.   

HERMANDAD DE RAIZ

En el cristianismo se radicalizó y se universalizó la idea de que todos somos hermanos al ser hijos de un mismo padre. Un hermanamiento que además queda transitado y articulado con lo más alto y que interroga y cambia de lugar la relación política, ya desde su formulación evangélica: “ya no los llamo siervos, os llamo amigos”.

Desde el principio, el amor en la cultura cristiana tuvo dos expresiones, prácticas, organizativa, sépticas y teológico espirituales: eros y agapé. Una doble denominación para dos conceptos o para dos caras de una misma cosa: la cercanía afectiva entre personas, y el banquete del pan compartido. Desde entonces, la polisemia, la materialista y corporalidad de la palabra “compañero”, encarna, ilustra y acompaña, pone en el plano público y también en el económico -compartir el pan- la dinámica vincular del amor. 

Francisco de Asís, de quien el Papa actual toma el nombre, hizo del hermanamiento un cántico, un despliegue de alabanza, una construcción y una aventura. Un descentramiento y una espiritualidad. Un modo de entender y de hacer. Abrazando al leproso y despojándose de todo, hace de la vida fraterna una práctica concreta, experimentada como acontecimiento, orientación y “regla”: «Y después que el Señor me dio hermanos, nadie me mostraba qué debería hacer, sino que el mismo Altísimo me reveló que debía vivir según la forma del Santo Evangelio».

Tan fuerte es la compenetración del Papa actual con el hombre que le prestó el nombre -ese mismo santo que bastante tensión tuvo con el papado, de quien era interpelador, interlocutor, interrogante y espejo desafiante- que su nueva encíclica, igual que la carta central que ha sido Laudato Si, también llevará unas palabras textuales de Francisco de Asís como título: “Fratelli tutti”. Otra vez el título de la encíclica no será en latin, sino en el idioma original. El Papa Francisco vive la fraternidad activando el mestizaje, la mezcla, las palabras del pueblo común. Son señales. 

“Me dio hermanos” dice el texto de Francisco de Asis que inspira la encíclica. Son un don. Los hermanos y los amigos, son dones. De lo más alto. La fraternidad experimentada desde otro lado y concebida como otra cosa. Algo que viene de más allá de la ilustración, pero la puede iluminar con un retorno al origen. 

Si se sigue, por otro lado, la alabanza desbordada que es Laudato Si, el de hace ocho siglos “hermana” al sol y la luna, y a todas las criaturas, e incluso llama hermana a la muerte. En los dos extremos del cántico de las criaturas, la ecología -nudo de nuestra encrucijada contemporánea y límite del capitalismo- se despliega desde otra fuente, y la muerte -esa gran negación de la cultura, y con la que nos encontramos retornando de mil maneras-, están en clave de amistad, fraternidad, hermandad y compañerismo. La imagen de Francisco y el lobo, completa en la cultura popular, la fuerza de esta figura del santo de Asís. 

UN RECORRIDO POR ACA – INFLEXIONES Y CONJUGACIONES POLÍTICAS DE “TODOS” Y “HERMANOS”

El peronismo es un “todo”. De algún modo, un catolicismo, ahí donde el “holos” que esta segunda palabra contiene e implica, justamente, ese todo del que hablamos. La dinámica de incluir a los que faltan. “Con todos adentro” o “un país donde todos entren” fue también una consigna orientadora en la anterior etapa de lucha contra el neoliberalismo y la exclusión que le es constitutiva. 

“Todos” somos hermanos y compatriotas. Es una noción que atraviesa y marca nuestra experiencia y cultura política reciente. El frente que gobierna en este momento a nivel nacional, extensión justamente frentista de la tradición política popular troncal, lleva “todos” en su nombre. 

“Todos y todas” expresó en los años pasados una inflexión también referida a que no va tan de suyo que todos estén realmente adentro en la palabra “todos”. En el tiempo en que los gobiernos del Frente para la Victoria los sostuvo una mujer, la expresión se volvió identitaria  y contraseña. 

El movimiento de mujeres contemporáneos, vino a traer -¿de nuevo?- a la dinámica propia del peronismo, esa cuestión. Pero además señaló y señala en el vínculo otras dimensión de las maneras de la fraternidad, en clave propiamente femenina: la “sororidad”. Otros colores, acentos y espíritus para el hermanamiento.

La amistad social está en el ideario político del peronismo desde el principio, junto con las controversias propias de los enfrentamientos que la propuesta de justicia social trae. Proponer la hermandad de todos, la igualdad, divide a la sociedad. La tensión entre todos y división, por un lado, y hermandad y conflicto (o enfrentamiento), por otro, le es constitutiva.

El “frente de todos”, por otro lado, es la expresión organizativa, electoral, partidaria justamente frentista, que estuvo orientada por el imperativo de la unidad “por arriba”, interpelada y motivada por las consecuencias fatales que la desunión traía “abajo”, en todo el cuerpo social. Poder y fraternidad, pragmatismo y amor lo atraviesan constitutivamente. 

Nuestro pueblo salió del macrismo con un gesto de hermandad y un talante de amistad social, transformados en una apuesta a la política: si Argentina no estalló violentamente en los últimos años, incluso si acaso pagó el precio de “implotar”, fue porque gran parte de la población hizo al mismo tiempo una apuesta por construir poder de otro modo, vivir la solidaridad, aguantar y hacer ejercicio de una cultura política democrática acompañada de una fuerza sapiencial con perfume de amistad. La amistad en la cultura y la práctica política no es romanticismo edulcorado: es una prudencia valiente y una valentía conflictiva y desafiante.

En la pandemia, la política como cuidado y proyección, y la acción conjunta del Estado y de cientos de organizaciones sociales y personas solidarias, vienen sosteniendo a muchos y muchas del lado de adentro de la vida. No es casual que los odiadores al mismo tiempo se manifiesten como promotores de la “libertad” y del disfrute individual expresado como derecho humano excluyente. 

ATRAVESAR LA PANDEMIA Y “SALIR MEJORES”

Finalmente, aquello de amistad social y hermanamiento de todos que está en el origen de esta etapa política, en las exigencias de los días que vivimos y en lo que precisamos para salir adelante, necesita encenderse conceptualmente, desplegarse prácticamente, plasmarse en organización renovada que componga lo común en situaciones de exigencia, peligro y restricción. La pandemia lo ha puesto a la vista, toca mirar de frente y hacerse cargo y encontrar criterios para recomponer lo común. En el mundo todo, pero de manera particular en nuestro país. 

Por tres motivos centrales, que hacen que este momento se inscriba en una inflexión política que lo trasciende:

Porque en nuestro país se han plasmado unas expresiones identitarias, políticas e incluso partidarias del capitalismo como cultura -pero además y sobre todo-, como religión. Y por lo tanto como estilo de vida productor de sujetos acoplados a su promesa. Estas expresiones tienen una propuesta muy fuerte en torno a lo vincular, que ha quedado impresa y se ha hecho carne en una parte importante de nuestra sociedad. En este sentido, no basta con decir que el neoliberalismo es “individualista” y pensar que así se lo condena, porque éste contiene, muy por el contrario, una propuesta compleja de cómo vincularse con los demás. Lo hace proponiendo un tipo de lazo, incluso en términos de una cercanía, que se conjuga con la indiferencia de una manera quizás forzada, pero eficaz. El macrismo-neoliberalismo, impone lo común y tiene su propia versión de la “amistad social”, que es un vínculo fundado en el respeto a lo de cada uno, que incluso tiene sus versiones cool y su racimo de emociones. 

Entonces, a esta propuesta hay que oponerle no sólo una versión del “todos” y la “hermandad”, sino unas ideas de cómo cada cual puede mantener la vincularidad y la singularidad personal en lo colectivo. Necesitamos una versión nuestra para comprender y contener lo individual y lo personal. La noción de amistad social tal cual la propone Francisco, en gesto, pastoreo y propuesta y palabra, tiene algo para decir allí. Porque el amor político cristiano, más propiamente evangelico, es personal y personalizante, y concibe la comunidad y lo colectivo tomando también “el uno por uno”, el “cada cual”. Es el prójimo pero es también el “como a ti mismo”.

En segundo lugar porque, si lo de arriba es así, nuestra energía y práctica militante, que es un diferencial propio del campo nacional y popular y de la fuerza política que lo expresa, tiene que encontrar una capilaridad, una diversificación, una cercanía práctica, que acompañen a la justicia social con reconocimiento y ternura, en unos tonos que no siempre hemos tenido. En la larga historia del peronismo, la figura de Eva Peron permanece allí como inspiración y referencia que combina el uno por uno y el todos, la justicia y la ternura, lo aguerrido y la cercanía. La energía militante y la fuerza política que se plasma en ella, va a necesitar en este tiempo de pandemia y post pandemia, un ejercicio de cercanía y amabilidad, de “samaritanismo” diría seguramente Francisco, muy potente y cuantioso. Ser “compañeros” va a ser interrogado otra vez por el desafío de ser “amigos” con las connotaciones de amabilidad y afecto personalizado en la práctica política que son propias de la palabra amistad.

En tercer lugar, ya que la grieta, la fractura y el odio siguen siendo gramáticas y prácticas, acaso no generalizadas ni masivas, pero sí presentes y, en todo caso propuestas una y otra vez por los aparatos políticos y culturales como las ideas ordenadoras más disponibles y “realistas” para la sociedad, vale hacer el esfuerzo de poder ver el reverso de la efectividad de estos conceptos, hacer otra versión de los mismos desde la idea de amistad que ellos encubren y distorsionan. 

La grieta, que oculta y deforma los verdaderos conflictos, es horrible y tenebrosa. Envenenadora y mortífera. Pero, como contrapartida, ofrece fluidamente la idea de un conflicto entendible e inmediato, y unas formas de “pertenecer” a una (parte de la) comunidad. La fractura y fragmentación social que se proponen como modelo, vienen a “tapar” el hecho de que nuestra sociedad está rota y herida, y que todos lo estamos. “Sublima mal” esa cuestión y la pone en escena de manera desviada. Y el odio es un sentimiento detestable pero intenso: por eso habrá que proponer una amistad política con la misma temperatura y potencia, con la misma capacidad de hacer lazo social, pero orientada de otro modo.

ELEGIR LA AMISTAD

Hay quien dice que Francisco prefiere el término amistad social al de “reconciliación”. Esa otra palabra tan cargada de controversia en nuestra Patria y en nuestra historia. Tomando toda la densidad histórica de nuestros dramas, encuentros y desencuentros, asumiendo las exigencias inmensas de la inflexión histórica y política que nos toca vivir, con la pandemia como acontecimiento singular que nos deja desnudos unos frente a los otros, si somos capaces de ver nuestra fragilidad y la de la tierra que habitamos, es una oportunidad para elegir la amistad. Para pensarla y politizar. Para practicarla, articularla, organizarla. Hagamos de sus emociones y colores, de su música que nos desborda y que impregna nuestra cultura, un vector de la acción, un tono de la palabra y un factor de construcción y orientación.

Estamos en un mundo y en un momento histórico donde faltan textos orientadores. Todo es balbuceo. Una encíclica es un modo de la palabra y de la escritura que todavía se anima a afirmar con contundencia y sistematicidad, con fuerza moral y alcance universal, con encarnadura y trascendencia, criterios fuertes que van a contracorriente del amor mercantilizado. 

Por eso pensamos que va a ser bueno poder recibir la próxima encíclica del Papa, y lo que propone desde el vamos con su título “Hermanos todos”, como otra manera de ponernos “la patria al hombro”.

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