Tan dificil, para tantos, decirlo con todas las letras: MÁRTIRES PALOTINOS. Se cumplen 43 años de la masacre de San Patricio y todavía algunos calculan. Temen decirlo. Temen saberlo. Hay quien preferiría esperar a que la burocracia vaticana se pronuncie antes de llamarlo por lo que son. Lo saben todos, lo reconocen muchos, lo creen en Santa Marta, lo gritan quienes se encienden con esta historia. Se canta sin dudarlo cuando se sabe lo que la memoria hace cuando sopla: libre como el viento.

Fue a la madrugada, entre la una y las tres de la mañana. Era 4 de julio de 1976. La calle Estomba del barrio de Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires, va a quedar marcada para siempre. Los sacerdotes Alfredo Leaden, Pedro Dufau, Alfredo Kelly y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti, todos de la comunidad  palotina, son asesinados sobre la alfombra roja del pequeño living del primer piso de la casa parroquial. El templo de San Patricio y su comunidad van a quedar regados por sangre mártir y serán luz para los que busquen andar el camino en las huellas del Jesús del evangelio. Cinco hombres que en sus historias personales recorren sus propios caminos pero encuentran en San Patricio un mismo llamado, y cada uno a su modo responderá a la invitación para encontrarse al final del recorrido descubriendo el misterio más doloroso y feliz del amor: dar la vida por los hermanos. Juntos vivieron y juntos murieron.

Son víctimas del terrorismo de Estado. Son hermanos de los 30 mil compañeros desaparecidos en de la represión más brutal de nuestra historia.

Hay que ponerse en la escena. Barrio de Belgrano. Caseron de tejas. Noche de frío. Cuervos en la casa rosada, ya. Tres meses después del golpe del 24 de marzo, la dictadura militar dejó bien claro que no iba a haber límites para “ordenar a los desordenados”. Los militares odian esas almas. Con odio e impunidad atacaron al corazón de una comunidad, matando a sus fieles y pastores. Escenificaron, ritualistas también, un escarmiento que buscaba disciplinar. Éste crimen forma parte del engranaje de persecución, detención clandestina, tortura y desaparición de personas que se desplegó como una noche sobre nosotros. Fue este engranaje el que proféticamente denunciaron desde la parroquia San Patricio.

“Quiero ser bien claro al respecto: las ovejas de este rebaño que medran con la situación por la que están pasando tantas familias argentinas, dejan de ser para mí ovejas para transformarse en cucarachas”. Esta es parte de la homilía de Kelly, pronunciada pocos días antes de la masacre del 4 de julio de 1976, luego de enterarse que gente cercana a la parroquia participaba de remates de bienes robados a detenidos-desaparecidos.

La comunidad era consciente del peligro y de las habladurías del barrio. Sabían de las acusaciones de “comunistas” y de “generar confusión en las mentes de los jóvenes” que circulaban en el entorno. Era insoportable el testimonio profético que se levantaba justo ahí donde las conciencias intranquilas del poder iban a buscar serenidad luego de desatar al monstruo y lanzarlo a despedazar a la nación. No era solo la voz de Kelly, sino un proyecto de comunidad que apostaba por el pueblo y por los jóvenes. Una comunidad intensamente contemporánea a los avatares de los tiempos, comprometida con la construcción de un futuro nuevo. Murieron como vivieron.

Un grupo compacto y heterogeneo, que perseveraba en la unidad, sin eludir el conflicto. Que buscaba como integrar la sabiduría de los que ya caminaron con la potencia de los que vienen llegando. Un poliedro de vida compartida en un barrio dificil. Su respuesta más contundente a la amenaza fue apostar a la unidad en la diversidad, haciéndose fuerte desde el núcleo. Cuando el mundo tira para abajo, aferrarse a lo central e importante, lo que no esta atado a nada. Ab-soluto: suelto de todo, lo desatado, cuyo contacto es coraje. Una comunidad que tenía en su seno los dilemas de una juventud que vivía apasionadamente el discernimiento entre sacerdocio y política, siendo la vocación de justicia y servicio el motor supremo. Una comunidad que creía.  

—-

«Esta parroquia ha sido ungida por el testimonio de quienes ‘juntos vivieron y juntos murieron’. Por el testimonio de aquellos que quisieron no vivir para sí, quisieron ser grano de trigo y murieron para que otros tuvieran vida. No sólo se ungió el altar en aceite cuando se consagró esta parroquia. Las baldosas de este solar están ungidas con la sangre de aquellos a quienes el mundo no pudo reconocer porque no eran del mundo. Después vinieron las etiquetas. Les pusieron todas las etiquetas posibles, las etiquetas que el mundo pone para justificar. «¡Crucifícalo!» porque se hizo Hijo de Dios»: La primera etiqueta que le pusieron y como se la pusieron a Él, se la pusieron a todos quienes, a lo largo de la historia, quisieron seguir el camino de Él. Cuando el mundo no quiere hacerse cargo de la evidencia inventa etiquetas. Recuerdo aquella escena tan triste del Evangelio: pusieron la mano en el bolsillo, sobornaron a los soldados y les dijeron vayan tranquilos y digan que mientras dormían, vinieron a robar el cuerpo. Etiquetas que a veces son actitudes, que a veces son decisiones, que a veces son posturas. El mundo siempre se justifica para no hacerse cargo de lo que no ha reconocido, para no hacerse cargo de qué llegó tarde, de que no abrió su corazón a tiempo. Esta parroquia ungida por la decisión de quienes juntos vivieron, ungida por la sangre de quienes juntos murieron, nos dice algo a esta ciudad, algo que cada uno tiene que recoger en su corazón y hacerse cargo. Despejar etiquetas y mirar el testimonio. Hay gente que sigue siendo testigo del Evangelio, hay gente que fue grano de trigo, dio su vida y germinó. Yo soy testigo, porque lo acompañé en la dirección espiritual y en la confesión hasta su muerte, de lo que era la vida de Alfie Kelly. Sólo pensaba en Dios. Y lo nombro a él porque soy testigo de su corazón, y en él todos los demás….»

Arzobispo de una ciudad en la que tantas veces mataron pobres corazones, estas fueron las palabras con las que Jorge Bergoglio los recordó al cumplirse 25 años de la masacre. Años después, como Papa, en la exhortación apostolica sobre la santidad GAUDET ET EXSULTATE, – alegrense y regocijense!: podría ser un escrito destinado a ser militantes con alegría- arranca diciendo: ««Alégrense y regocíjense» (Mt 5,12), dice Jesús a los que son perseguidos o humillados por su causa». Esas palabras eligió para arrancar el documento vaticano sobre la santidad. No comienza hablando de virtudes morales ni castidades especiales. Poco después, primero Oscar Romero de El Salvador y luego Angelelli y sus compañeros mártires riojanos, fueron declarados santos. Hacia alla avanzan los palotinos también. Son santos con muchos. Ayer y hoy, el fuego de los encendidos es mayor que la mezquindad de los especuladores y los dinosaurios.

La audacia es una virtud teologal en el mensaje de Francisco.

No es tiempo de dudar. Sobre su rastro, en medio del frio, con larga memoria, con todas las controversias de la ciudad mezquina y hermosa, iluminados por el viejo fuego, con los que nos cuidan desde el cielo y los que luchan en las calles, traducimos la vieja frase de la Iglesia «sangre de martires: semillas de cristianos»: fuego vital, encendedura por los otros: caminos de justicia urbi et orbi. Para la ciudad y el mundo.

En una esquina puede arder todo el universo.

Calle Estomba (Sergio Lucero)

Qué es lo que dicen en su canto los pájaros de la calle
Estomba.
Nadie sabe bien
cuál es el rumbo en el que se circula,
ni el destino al que lleva andar por esa calle.
Quién diseñó la milimétrica cuadrícula
en la que se sucede el entramado ordenado
y se cruzan calles con calles
para encontrar desencuentros
en esquinas,
y en esta esquina,
lograr por fin,
que la callle Estomba
pase a los altares sagrados
de los que se construyeron
con eterno empedrado
de la vía crucis.
Qué se mira a través de las ventanas
de las casas que están en la calle Estomba,
ventanas llenas de ojos,
llenas de oídos
y de bocas mudas,
ventanas con miedos.
La calle Estomba tiene un encanto
pacífico y dramático
con aroma a jacarandá
y soles que se mezclan en ramas frondosas
para hacer sombras vivas sobre la vereda
que se camina de ida y de vuelta
pero cada vez te deposita en el mismo lugar.
La calle Estomba tiene cientos de casas
con cientos de personaspero una sola historia,
la historia de las historias
tan vieja y nueva, siempre tan nueva,
siempre empezando
pasando de cuerpo a cuerpo de los mutilados,
los creyentes mutilados
y perseguidos por su fe,
sus voces,
sus miradas,
amores y lágrimas.El amor es eterno en algunas baldosas de la calle
Estomba,
como debe ser el amor,
y es entrega y es triste
y feliz y hermoso
como es el amor, pero
acá, en la calle Estomba,
el amor es perfecto, como solo es
el Amor.
Quien pase alguna vez por esta calle
a la altura del Amor
y se deje llevar, y encontrar,
su vida ya no será la misma,
será fuego que ardio triste fantasma del ritualismo
de lo que se cree que se cree,
Que el fuego arda en vos
el fuego de aquello que fue encendiendo otros fuegos
para que seamos muchos
“que ya quisiera que estén ardiendo”.
En la calle Estomba hay decenas de balas
que son clavos de la cruz,
hay cinco arrodillados
hermanos de todos los arrodillados
por hambre, violencia, pobreza y olvidos olvidados
arrodillados de coraje por el odio de cobardes
miserables y canallas
portavoces y portabalas
de otros cientos de firmas manchados
que sentenciaron a rodillas y silencio
con sus murmuraciones como disparos.
Todos los caminos conducen a Roma
pero hay uno, solo uno, que te desvía del imperio
del desconsuelo que se devora a los pequeños
comidos por los cuervos con la sangre del dinero
y ese camino pasa por la esquina atrevida
y florecida que cruza la calle Echeverría.
El mundo entero pasa por esa esquina,
la totalidad de la historia pasa por ahí,
el evangelio de Juan entra completo,
el monte Calvario,
el sepulcro de la resurrección y
el pueblo peregrino de la liberación
cruzó el mar Rojo y precisamente por la esquina,
la esquina sagrada de Estomba y Echeverría.

×