“Quiero estar con ellos a la hora de la luz”. La oración de Carlos Mugica es oscura y luminosa a la vez, corporal y sublime cuando pronuncia esta frase que no por nada sintetiza para muchos su vida y su figura.

¿Cuál es esa hora de la que habla Mugica? “Hora de la luz”, alguno podría decir: cuando todo sea claro. Pero la tradición cristiana no duda en identificar la hora de la luz con la noche más oscura. La hora de la que quizás habla es la hora decisiva. La del juicio. También es el momento del acontecimiento que interpela y transforma una vida. O, mejor, la de jugarse. La de decidir.

Este hombre cuyo asesinato recordamos en los próximos días, y que se caracterizó por el desgarro de un desclasamiento, la síntesis de “dos credos” y la entrega total, nos da pie para retomar un tema que insiste: la relación de peronismo y cristianismo. Y, más ampliamente, de la relación entre teología y política. Y sobre la figura de Francisco como expresión, vector y síntoma de un momento de recapitulación, universalización y transformación del peronismo. 

“Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo pueda realizarse y realizarla simultáneamente, dará al hombre futuro la bienvenida desde su alta torre con la noble convicción de Spinoza: “Sentimos, experimentamos que somos eternos”.
J. D. Perón, La Comunidad Organizada 

TERRENAL / TRASCENDENCIA

Este es el párrafo final de “La Comunidad Organizada”, la intervención de Juan Domingo Perón en el Primer Congreso Nacional de Filosofía del año 1949. Situado y afirmado en la periferia, ese general mestizo habló al mundo y la historia proponiendo una forma de reorganizar un planeta que se abría luego de la segunda gran guerra. Salir de la lógica de los imperios para entrar al protagonismo de los pueblos. Trascender la bipolaridad del capital y el estado absoluto, y apostar por la organización de la comunidad. El ser humano en el centro de la historia. Es su propuesta.

“Sentimos, experimentamos” en nuestra carne y nuestra conciencia lo que es propio del terreno de las almas. Lo eterno. Leonardo Favio, expresó esos conceptos en poesía y mística popular en su obra “Sinfonía de un sentimiento”. Contando desgarros y encuentros, explicó narrando que no se puede ser feliz en soledad. Su propia y potente versión del desgarro y la plenitud, entre la parte y el todo. El desborde del límite. A Carlos Mugica le pasó lo mismo. Su búsqueda incesante de Dios lo llevó al corazón de lo terrenal. Al barro de la historia. A la discusión por la comida, el techo y el trabajo de hombres y mujeres con angustias y anhelos muy concretos. Lo puso frente a la política y eligió jugarse entero por lo eterno. Lo que trasciende es el pueblo. 

“El cristianismo no es sólo una ética. Sí, es verdad, tiene principios morales, pero no somos cristianos solo con una visión ética. Es mucho más. El cristianismo no es una élite de personas elegidas por la verdad. (…) Ese es un sentimiento elitista. No, el cristianismo no es esto: el cristianismo es pertenencia a un pueblo, a un pueblo elegido por Dios gratuitamente.”
Papa Francisco, 7 de mayo de 2020

CLERO / PUEBLO

Carlos Mugica tenía todo para ser obispo. Hijo de la élite porteña, trayectoria destacada en el seminario, formación en Europa como joven sacerdote. Los claustros y los templos de pronto se le presentaron vacíos. En los conventillos fue descubriendo algo que le daba un sentido pleno a lo que había leído. En lugar de enfilar hacia la catedral, se detuvo a contemplar la fe de las doñas y de los laburantes, se conmovió y cambió de dirección. Cruzó el río Jordán a la altura de la Avenida Libertador y se sumergió en el barrio que hoy lleva su nombre y en el que descansan sus huesos.   

Al clergyman -la ballenita blanca que va al cuello de la camisa del cura- lo combinó con una campera de cuero onda James Dean y/o dirigente metalúrgico. Su elocuencia propia de un hijo del cuerpo diplomático de la Nación, la usó para defender los derechos de los cabecitas negras. También para sintetizar la piedad popular con la vuelta de Perón. El carisma y las condiciones que le garantizaría el éxito en su clase, lo expuso a la sangre y al escarnio. Pero más, a una  felicidad exigente pero íntegra. Paradojas de la “realización”. 

No le tenía tanto miedo a la muerte como a ser suspendido como sacerdote. No solo por amor a la Iglesia, como él mismo decía, sino porque comprendía que su compromiso político asumido era parte constitutiva de su magisterio. Carlos apostaba por la unidad. La unidad entre la fe y el trabajo, entre Iglesia y pueblo, entre cristianismo y peronismo. 

«El que nace con suficiente óleo sagrado de Samuel no necesita mucho para conducir; pero el que no nace con él, puede llegar a la misma altura por el trabajo.»
J. D. Perón, Conducción Política

PERÓN / PAPA

La cuestión del líder y la conducción son centrales en el peronismo. El modo de ejercicio, construcción y composición del poder le son constitutivos. Se juega en ello la figura, el modo y las funciones. Pero más que nada la práctica. El peronismo es situacional del mismo modo que el cristianismo, y en particular el catolicismo, es encarnacional-histórico.

Dios interviene en la historia haciéndose uno más. El hijo del altísimo es el que se arrodilla a lavar la patas de sus compañeros y amigos. Juan Carlos Scanonne, teólogo del pueblo y formador de Bergoglio, decía que “El Papa tiene la imagen de la pirámide invertida. Estamos todos abajo y es el Papa quien está más abajo de todos, ‘Siervo de los siervos de Dios’”. 

¿Cuál es la imagen del peronismo? ¿Cuál era la de Perón? ¿Qué posición de y en la pirámide? La marcha lo señaló como “el primer trabajador”. Uno más que asume en su persona una resposabilidad mayor. La de conducir al conjunto y preservarlo en unidad. Quizás por eso más que una pirámide podríamos tomar la figura del poliedro. 

En Francisco hay desde el principio una cuestión con la geometría: en su propuesta de sociedad o, mejor aún, en su comprensión de la realidad destaca la propuesta de la figura del poliedro, contra las forma hegemónica de comprensión: la esfera. Una unidad compuesta por varios planos, que no funden sus identidades y sentidos sino que conservan lo que les da entidad. «La verdad es sinfónica», dijo un presidente citando al teólogo alemán, Hans Urs von Balthasar. La unidad siempre tiene algo de obra de arte.   

¿Cabe preguntarse en un peronismo pandémico cual sería la figura? 

El poder pastoral es otra imagen -con su propia geometría y disposición- para pensar hoy la cuestión. El liderazgo pero más aún las conducciones fuertes -en el ejercicio y en el reconocimiento- son tópicos fuertemente criticados tanto por el neoliberalismo como por el pensamiento crítico (¿de izquierda?). Y sin embargo es una figura que insiste en los movimientos populares, encontrando sus límites, sus fracasos, peros siempre una y otra vez una consistencia y permanencia que le vienen de la eficacia. 

“Y os pedimos la ayuda de Dios para que mirando vuestra imagen nunca olvidemos que solamente los humildes salvarán a los humildes, y que para ser fieles a nuestra vocación de paz y de justicia, nos mantengamos todos unidos y en la humildad, la única y tal vez la última fuerza que Dios ha querido dejar sobre la tierra para que volvamos a la Fe, a la esperanza y al amor, donde reside la auténtica felicidad de los hombres y la grandeza fundamental de los pueblos”.
J. D. Perón, Oración a la Virgen de Luján 

POBREZA / PROSPERIDAD

El cristianismo cree que la salvación empieza desde los excluidos. El peronismo cree en la fuerza de los humildes. No es una apología de la miseria sino un determinación en que la belleza y el goce son para todos. Y también que el Reino es aquí y ahora. La realidad efectiva es la capacidad de convertir una promesa de redención en una experiencia vital de salvación. Los milagros de Jesús fueron los que iniciaron un rumor que hasta hoy nos llega. Algo parecido pasa con los relatos que narran la experiencia de cuidado y amor que experimentaron muchos a través de Eva. 

¿En qué radica la fuerza de los que no tiene más fuerza que la de sus brazos para trabajar? Hay una dignidad humana lastimada, que se siente sobre todo a la altura de las tripas, que busca ser redimida. Hay una fuerza que insiste y que busca. ¿Qué forma toma ese fuego sagrado, pero tan cotidiano, del que madruga para ir a laburar? La prosperidad que predican los evangélicos pentecostales interroga y cuestiona a los progresismos, al catolicismo conservador, a los intelectuales llamados críticos. Hay una palabra, un modo de interpelar, una practicidad y una lógica popular que da sentido y eficacia a ese esfuerzo. Eso mismo es lo que supo hacer el peronismo. La amenaza es que esa fuerza y el modo de ponerla en forma con eficacia se autonomice o, peor aún, se vuelva contra los intereses del conjunto.     

“El peronismo es comer tallarines los domingos con la vieja”
Lorenzo Miguel

PLAZA / MESA FAMILIAR

Nadie puede negar que el peronismo nació en Plaza de Mayo un 17 de Octubre, y que una y otra vez regresa al ágora popular para reencontrarse y recomenzar. Pero el ágora pública y su ocupación como acto de existencia y visibilización de los de abajo es solo un momento de la esencia del movimiento. El peronismo se reconoce así mismo en las plazas pero se renueva en la mesa servida. Las plazas del peronismo para que sean peronistas tienen que ser plazas de fiesta. Y no hay festejo si cada domingo en la mesa no hay abundancia. La mesa es sagrada y también el pan. Pero la fiesta es algo más que solo pan. Hay plaza de festejo porque hay un plus de amor y felicidad que puede ser bolognesa, tira de asado o flan con dulce. Las plazas llenas empiezan en las panzas llenas.   

“De la casa al trabajo y del trabajo a casa” es una consigna tan peronista como criticada. Los que lo hacen no dudarán mucho en asociarla a los mandatos morales y reaccionarios de la Iglesia. Y quizás no les falte razón, y hay que estar alertas al respecto. Pero no menos que eso, esa domesticidad de los itinerarios, ese cotidiano sin más, fue y sigue siendo para muchos y tantos un organizador de la vida y del deseo, una figura del “buen vivir” (que muchos necesitan precisar con colorido étnico) o del vivir bien (que los predicadores del confort o de la salud socialdemócrata comercializan en su impulso eudemónico).

“Yo nunca me metí en política, siempre fui peronista” dice una célebre frase de un personaje de Osvaldo Soriano, en ese momento en que se sale de la estrategia de interrogación de su interlocutor. No es difícil encontrar la expresión en los peronistas actuales. Y no es casual que también, cambiando los términos de la segunda parte, pueda escucharse la primera en los más fervientes neoliberales. 

Es porque algo del peronismo actúa en esa región que, estando por fuera de la política, es propiamente sede de “lo político”. Es un umbral, de discurso, de acción, de existencia. También de la sociedad e incluso de la geografía propia del territorio y la vida colectiva. Umbral que el neoliberalismo disputa y disputó y seguirá disputando, ese que se escenificaba eficazmente por un tiempo en el “timbreo”. 

Umbral que también pudo ser recuperado y sostenido, más aún hoy en este tiempo en el que el espacio doméstico y sus límites, en la cuarentena, se han vuelto estratégicos y centrales.

«Decimos desarrollar y mantener al día. Desarrollar: nosotros hemos
concebido una doctrina y la hemos ejecutado, y después la hemos escrito y
la hemos presentado a la consideración de todos los argentinos. Pero esa
doctrina no está suficientemente desarrollada. Es sólo el enunciado, en
forma sintética, del contenido integral de la doctrina. Será función de cada
uno de los justicialistas argentinos, a lo largo del tiempo, ir poniendo su
colaboración permanente hasta desarrollar él último detalle de esa doctrina
para presentar también, finalmente, una doctrina más sintética que la
nuestra, más completa que la nuestra.»

J. D. Perón, Conducción Política

DOCTRINA / DIVERSIDAD

Las ideas doctrinarias son mal vistas por el neoliberalismo. (Podría decirse, paradoja lógica a su modo: por la la doctrina neoliberal). Se identifica la doctrina con catecismo (tampoco es casual el uso del término religioso connotado como descalificación o peligro), y a este último con dogmatismo. De ahí al totalitarismo que cercena la libertad siquiera hay que dar un paso. 

Sin embargo, sea en el catolicismo, sea en el peronismo -estamos recorriendo esta analogía, que parece que solo se desentraña en el recorrido, ya que es infructuoso hacerlo en la definición- la doctrina, lejos de cerrar, abre. Es criterio que le permite al peronismo ser tan identitario y recurrente, como ubicuo. Mantener sus figuras inconmovibles y renovadas,  como plasmarse en nuevos actores y escenarios, e incorporar sectores, agendas y realidades. ¿Después de feminista, que otra nota le vendrá a la secuencia nacional, popular, etc… o cuántas estrofas más cosechará la euforia y la emoción para esa marcha interminable?

Catequesis tiene en su raíz la palabra susurro, eco. Rumor en algún punto. Los teólogos hablan del “rumor de Jesús”: algo que va de boca en boca, -ya desde los relatos originales de los evangelios está retratado eso- y que tiende a prender en todos y nuevos, en inhóspitos y sorprendentes rincones del imperio, de lo que impera. Del orden. Un rumor sobre el desafío del orden. La idea de una disciplina deslimitante y militante. 

La analogía es de la forma, pero no se agota ahí. Algo del contenido y de lo que hace con los cuerpos y las multitudes, los corazones y las plazas, los panes, los peces, las almas… y con los dueños de siempre del poder.

«Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia.»
Papa Francisco, Evangelii Gaudium

MISERICORDIA / MERITOCRACIA

Una característica común entre cristianismo y peronismo es una distorsión y una puesta en cuestión no sólo de la escala social, de las jerarquías, objetivamente, sino también y sobre todo de la valoración de las mismas. De la percepción de las mismas. Es redistribución, claramente, pero  indisociable del reconocimiento. Cumple y dignifica. ¿Quién puede consumir? ¿Quién puede tocar a quien? ¿Quién puede decirle que a quien? Pero muy especialmente quienes son amados. Privilegiados. Qué vidas pueden brillar ante el absoluto. “Se les ha dicho, pero yo les digo…”.  

La misericordia es una intervención en el vínculo social. “Perdona” con naturalidad a aquellos que la escala habitual, la grilla predominante relega, condena y posterga. Expulsa. De ahí, quizás, la música “milagrosa” que acompaña al peronismo. Una intervención cura el cuerpo de los pobres y los marcados, pero sobre todo, los pone en el plano simbólico, dentro y junto con los otros. Incluye, se diría hoy.

El milagro es imperdonable, en el mismo momento en que es incontestable -patente: “tu fe te ha salvado”- pero sobre todo en el momento en que desmiente el mérito, el sacrificio, el cumplimiento. Todos “merecen” vivir y ser con otros, todos entran al banquete. La mesa está puesta y es para todos. No hay contraprestación, salvo amar como se fue amado.

Ni el peronismo ni el cristianismo lo logran del todo. Pero lo dejan plasmado: en algunos, por un tiempo, en concreto. 

Peronismo y cristianismo son antiutopicos: en el milagro no hay utopía alguna. Es todo cumplimiento. De la sanidad-salvación (diríamos felicidad, si no fuera este también un término secuestrado por el capital). Alegría. Felicidad inmediata, como gustan decir Saborido-Santoro.   

El peronismo tiene lugar y se realiza aquí. Tiene más propuesta y modelo, realidad efectiva, que ”proyecto” en el sentido de lo que vendrá en el futuro. En todo caso, al desactivar y combatir el sacrificio (“misericordia quiero, y no sacrificios”) también generan una flexión y una contestación del tiempo neoliberal -y del tiempo en general-. La bonanza no vendrá después de hacer méritos, ni de sacrificarse.

¿Qué es lo que adelanta el tiempo? Un acontecimiento reconocido, una fe, y una decisión.

Poder. 

La misericordia no es una virtud blanda, ni lastimera. Toda ella es poder.

Por eso genera rechazo.   

“Soy el remedio sin receta. Y tu amor, mi enfermedad.”
Andres Calamaro (o Diego Maradona)

PUEBLO / PANDEMIA

Wikipedia: Una pandemia es la afectación de una enfermedad infecciosa de los humanos a lo largo de un área geográficamente extensa. El vocablo procede del griego πανδημία, de παν (pan, todo) y de δήμος (demos, pueblo), expresión que significa reunión de todo un pueblo

La pandemia del coronavirus no es menos pandemia que el neoliberalismo. Cristianismo y peronismo entran perfectamente en esa definición también.

Incluida su dimensión de enfermedad o infección.

Sobre todo su aspecto y dinámica de afectación de los cuerpos. 

Su dimensión sorpresiva e incontrolable.

Su correlación con la situación del imperio, o sea, de lo que ordena el mundo y lo constituye en sus circulaciones y sus rincones en un momento dado.

Todos ellos actúan sobre la distancia social, el espacio público, los modos de vida, la relación de la vida y la muerte, el sentido del sufrimiento, la circulación del poder, el futuro y los placeres y las redenciones y cuidados y exposiciones de los cuerpos.

Todos ellos tienen algo de incontrolable y sorpresivo. De incompresibles y desbordantes. Mutantes también. 

Totalmente naturales, y al mismo tiempo algo extraterrestres. 

Todos ellos afectan la estructura y los actores.

Todos ellos inscriben un antes y un despues posibles, dependiendo no tanto de su propia identidad o consistencia, sino de la respuesta que se les de.

Esa respuesta que, en la oscuridad, apuesta y reconoce, sintetiza, construye y sobre todo decide. Estar del lado correcto. Frágiles pero enteros. Con errores que sólo se pueden cometer actuando. Con desbordes transformadores y excesos peligroso equivocaciones flagrantes. Y cuestionables.

¿Hay riesgo de caer en una identificación excesiva? ¿Se sacraliza demasiado al peronismo? Puede ser. El plus de entusiasmo y el riesgo de perversión del ideal, la clausura excesiva y la santidad desbordante,  vienen  todas en el paquete: es constitutivo. Otro rasgo en común. 

La historia y el presente dan cuenta de ello. Hay tiempo para la prudencia, y motivos.

Mientras tanto, quizás al peronismo y al pueblo, en estos tiempos de incertidumbre y crisis, de oportunidad y muertes, le conviene hacerse otra vez las preguntas de su fuente -fuente entre otras- cristiana. Hará falta mucha hondura para salir adelante. Y hay mucha sed que alumbrar en el desierto.

El coronavirus, como el peronismo original, llegó en un momento en que el sol del poder atravesaba los oceanos, despues de la guerra. Ayer cruzaba de Inglaterra a Estados Unidos, hoy atraviesa el Pacifico y se posa sobre China. Otra catástrofe, un terremoto, generó el encuentro y la conmoción de la que surgió la pareja en la que se reflejaría todo un pueblo y un tiempo.

Mientras tanto, otra vez, en todas partes y en el barrio de Carlos, acá en Retiro, en la capital rica de la Patria, la pandemia muestra que hay que cambiar de mundo. Y de vida. Inventar aquel peronismo siempre de nuevo. Recomenzar.

El invierno se acerca: más vale ponerse esa campera.

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