El domingo pasado nos preguntábamos en “PAPA ARGENTINO: INSTRUCCIONES DE USO” a que responden los ruidos que genera la figura de Francisco en el mapa político argentino en plena campaña electoral. Ahora damos un paso más y nos planteamos ¿Qué se puede y que no se puede hacer con el Papa? Y también, ¿Qué hace el Papa con nosotros?

El problema no es manipulación si o manipulación no, sino cual manipulación del Papa es admisible y considerada legitima y cuál no. Si por ejemplo miramos la nota del editorialista de La Nación, Joaquín Morales Solá, no es difícil notar que es un armado, un ensamblaje discursivo, entre lo que le habría dicho Francisco al periodista, lo que este deduce de lo que ve, sus afirmaciones temerarias sobre lo que el Papa verdaderamente piensa y lo que unos voceros de la curia señalan que estaría pensando el pontífice. Un discurso armadísimo, una manipulación con todas las letras. Esta seria, sin embargo, admisible. No sería manipulación. La paradoja es que estamos claramente ante una manipulación hecha para decir que al Santo y moderado Pontífice, no se lo puede ni se lo debe manipular. Esto como primera cuestión: manipulación siempre hay.  

La segunda: un Papa, el Papa, es una función de servicio. Teológica y eclesialmente es así.  Es alguien para ser puesto en manos de la comunidad completa. Al servicio de la unidad: de la Iglesia, de los cristianos, de todos los hombres y mujeres. Aquello que está al servicio de algo y de “alguienes”, ha de ponerse a disposición y dejarse tomar en las manos de aquellos a quienes sirve. Y el del Papa es un mensaje, y como todo mensaje debe ser recibido, interpretado en la recepción, puesto a resonar, pasado por las mil resonancias de una comunidad hecha de pueblos y gentes. La recepción es ella misma un uso que atraviesa líneas, corrientes, facciones, alianzas, intereses y grupos. Entonces, si el Papa no es usado, si no es recibido como servicio y servidor, no funciona como Papa. El Papa es un servicio a la comunidad eclesial. Es un servicio a la Iglesia, y la Iglesia es un servicio para la salvación del mundo. Se supone que para eso fue creada.

Y acá vuelve la cuestión del “todos” que desarrollamos en la nota anterior. Una forma de abordarla es suponer que todos deberíamos usar una versión del papa, pero que esta debería ser “apta para todos”. Neutra, cierta, con un significado primero, fijado, transparente, establecido. Básicamente, una versión que es para todos porque no molesta a nadie. Como si al Papa, o la enseñanza del Papa, solo se lo pudiera usar en clave de grey católica parroquial de clase media urbana, y no es casual que sea este sector el que justamente más dificultades tiene para digerir y expandir lo que dice Francisco. Por ejemplo: si Francisco dice “hagan lío”, como le ha dicho a los jóvenes, puede que sea citado sin mucho problema. Ahora, los líos supuestos o admitidos, son sólo algunos y los de algunos.

Pero el mensaje cristiano y también el magisterio papal es, desde el principio, interpretación y recepción. Solo existe como mensaje emitido, como buena noticia anunciada, porque ha sido recogido y ha sido tomado: por los apóstoles, por San Pablo, por las comunidades cristianas en todo el orbe, por una larga y muchas veces no sólo diversa sino contradcitoria y controversial tradición, por mil ramas, carismas y congregaciones, por las comunidades y por los pueblos.

En este largo camino de interpretación, el cristianismo y la Iglesia ha sido históricamente generadora de pueblos y también de guerras. De mundos, de colectivos, de movimientos, partidos políticos. Alianzas y enfrentamientos. El mensaje cristiano, sea mediado por San Pablo, por Francisco de Asis o por Karol Wojtila, configura pueblos y destinos de pueblos. Incluso hoy, en la sociedad secularizada contemporánea, esto está presente aunque sea de otra manera.

Aunque esto pueda parecer algo lejano para la sociedad secularizada contemporánea, algo de esto sigue vigente, con mediaciones y las transformaciones, hoy en la Argentina. El mensaje cristiano no es el único, lejos está de ser el principal, pero actúa. Porque los sentimientos religiosos y sus enunciadores siguen actuando sobre las sociedades, como bien lo saben los eficaces sacerdotes y profetas de esa religión llamada capitalismo.

Por eso es interesante, inevitable, necesario y también util, en este momento del pais, que podamos juntos-todos manipular al Papa. Todo lo que podamos y de la mejor manera posible. Recibir algo de ese mensaje, hoy formualdo desde su centro de poder, la vieja Roma, con palabras venidas de nuestro lejano confin. Y al tomar en nuestras manos e interpretar este mensaje, trabajar las diferencias e inclusos las confrontaciones. Ojalá, por dos motivos: Porque acaso en los discursos religiosos, en las fuentes espirituales, en la teología o en la fe, haya más contenido politico con sentido que en los mil enunciados seriales y seriados del mercado, los medios o los analistas. Y sobre todo, porque si no somos nosotros quienes lo interpretamos siempre estaremos consumiendo lo que otros han manipulado. En esto hay algo fundamental que es un déficit y al mismo tiempo una oportunidad: leer lo que el Papa dice.

Durante todos los años en los que Bergoglio fue Cardenal, la Iglesia Católica proponía una  “Oración por la Patria” que terminaba diciendo “queremos ser Nación”. Ese “queremos ser” supone que la nación es una cosa en gestación, en tránsito. Que puede ser y que acaso no pueda o no podamos. Y que por lo tanto está en debate, está en disputa, y en construcción de unidad y de conflicto.

Por eso, más que evitar manipular al Papa bien nos vendria poner a jugar lo que dice Francisco en muchos temas y en muchas rondas, y confrontarlo con las posiciones e ideas de muchos otros. Más vale correr el riestgo de manipularlo, hasta de equivocarse, antes que dejar pasar las provocaciones que llegan desde Santa Marta. Hay que salvar al Papa de la indiferencia, el disciplinamiento y la mediocridad.   

Correr riesgos. Cuestionar las versiones de estar y de vivir “juntos”. Buscarle nuevos límites, contornos, fuentes y horizontes al “todos”. Pensar la relación entre pueblo, nación, estado, comunidad, ciudadania, excluidos, pobres, ricos, adentro y afuera. Pensar en cómo nos salvamos, si juntos o separados, con cuáles y cuántos costos, si con todos adentro y adentro de qué. Las cualidades de nuestra alegría y la distribución de los sacrificios. Los mecanismos y las mediaciones, los instrumentos pero también los sentidos y las honduras de ser un colectivo. El todo y las partes, nuestros tiempos y los muchos espacios, las ideas y las cosas a la que se refieren.

En el debate actual no sobran ideas, por eso hay que aprovechar lo que hace diferencia. Un Papa y lo que dice puede servir para muchas cosas, puede traer problemas, puede ser un incordio, puede y debe ser debatido. En ese camino, más vale, siendo que no abundan los discursos y propuestas contundentes más vale manipularlo y discutirlo, antes que neutralizarlo con un excesivo respeto.

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