Esta historia nace con una fuerza que viene de lo alto y un fuego que se enciende. El espíritu santo trae consecuencias en la historia construyendo pueblos que respiran, transpiran, inspiran y conspiran. Ese mismo viento que sopló en el inicio, sigue avivando fuegos. #FactorFrancisco no le tiene miedo y acá invita a encenderse con las fiestas y luchas donde el espíritu se hace presente.    

Espíritu Santo: Nombre conocido de una entidad que para muchos poco significa, salvo un arcaismo desgastado.

Pentecostés: denominación extraña de una fiesta que, fuera de algunos que todavía participan en ritos religiosos o que conocen del tema, no retiene más que unas lejanas imágenes y un sonido raro.

Las viejas fiestas, sin embargo, conservan todavía tesoros buenos y mensajes potentes, si se les hinca el diente. Si se les renuevan los engarces: como joyas antiguas que guardan fulgores nuevos, si se construye algo que las sostenga y si aparece quien las luzca. Se necesita narrar de nuevo los sentidos, pintar de nuevo las señales, revivir los símbolos, para reencontrarse con la vieja potencia de las fiestas y así recordar lo que ellas recuerdan.

Pentecostés es una historia. Es el episodio siguiente de la otra, la más conocida, la de la “pasión, muerte y resurrección”. En clave Netflix sería como el “S2E1” de una saga de redención.

La historia dice así: después de la crucifixión, después de la resurrección, después del acontecimiento mesiánico, el pueblo quedó solo de nuevo. Solo ante un nuevo desafío: contar lo que habían visto y oído. Porque el acontecimiento mesiánico fue la intersección de historia colectiva, experiencia popular de justicia y vivencia de redención personal y colectiva. Lo que llamamos resurrección es aquello que nos toca de forma decisiva y nos enciende.

Sin embargo, vivido eso, el pueblo queda solo de nuevo. Y hay que recomenzar.

Entonces, su versión inmediata, la narración de Pentecostés, fiesta de la venida del espíritu santo, cuenta cómo el colectivo que había vivido la pasión, muerte y resurrección, se pregunta cómo seguir. Están encerrados en el cenáculo. Ese lugar que es nuestro refugio, donde hacemos memoria de lo que fuimos. El sitio donde compartimos banquetes y angustias, y donde supimos lo que éramos o podíamos ser. Compañeros y también algo más.

El cenáculo es el domicilio de la última cena, de la pasión, del pan y vino compartidos. En ese lugar, en el cenáculo, hay un número indeterminado pero limitado de compañeros. Son los que quedaron. Compañeres. Entre ellos destaca, entre otras, una mujer. Es la que garantiza la continuidad, la que supo decir sí cuando había que decidir. La que respondió y supo cantar las viejas promesas, desde su limitación pero a pleno. Mujer que es muchas mujeres que, en aquella y en todas las historias, sostienen continuidades en el mismo punto que proponen nuevos impulsos. Fuerzas, fuego, coraje nuevo. El relato dice con claridad que entre todos los discípulos estaban ellas y estaba ella.

Viento huracanado, lenguas de fuego, incendio, coraje y salida. Una fuerza viene y los pone en dirección a la multitud, en contacto con un exterior diverso, de gente hasta recién hostiles o indiferentes. Pero es un impulso de salir al encuentro para hablarles a todos, a cada uno y cada una, de aquello que es su historia y al mismo tiempo les toca el corazón. Es una fuerza para salir a contar, convocar, componer y construir.

A la fuerza que genera ese coraje y ese ardor, modo divino, experiencia sagrada, se la llama espíritu santo. Es fuego y es viento. Por eso espíritu contiene el “sp” de respiración e inspiración. Spiritus. Aliento creador. El mismo del viejo principio. EL que «revoloteaba sobre las aguas» cuando todavia no habia nada. Salvo ese vuelo con ganas de crear.

Ese mismo, el que es un soplo, una fuerza constructiva de pueblo nuevo y potencia que reconstruye juntando los pedazos. “Cada cual escucha en su propio idioma”: el espíritu, cuando es santo, no habla ni mucho ni poco. Habla en el idioma de cada cual, con las palabras que tocan el corazón. Así se lo reconoce.

La narración va entonces del cenáculo a la calle. Para ponerlo en contacto con nuestra experiencia reciente, vale un matiz. Porque para estar verdaderamente afuera, no basta con estar meramente afuera, en el exterior. En estos años, sostuvimos nuestros ámbitos de encuentro en locales y centros, en plazas y calles. Las plazas y la plaza, sin embargo, a pesar de ser agora y espacio público también fue y es, por diversos factores, un espacio cerrado o interior. Un cenáculo a cielo abierto en el que nos encontramos los que ya estamos. Desde ahí también debemos ir mas afuera aún. A las calles y los circuitos que no son los cenáculos de los militantes, sino los mil vericuetos de la vida cotidiana, de la experiencia popular fragmentada y la conciencia periférica.

Del agora-cenaculo-circuito donde nos encontrarnos y reconocemos, la fuerza-espíritu-fuego nos lleva a todos los rincones donde nuestro pueblo lucha, desconfía, sufre o espera. Nos impulsa con un signo que se transmite en la propia lengua, la de sus amores. En la lengua, finalmente, de su propia fuerza.

Porque espíritu y pueblo son dos caras de lo mismo. Espíritu es la riqueza de la experiencia de un viejo pueblo, elegido, algo extraviado muchas veces, pero portador de una sabiduría. En el antiguo testamento, el espíritu santo es la “ruaj”: la sabiduría. De Dios y de/para el pueblo, indistintamente. Por eso, hacerse cargo del pentecostés de nuestros pueblos es poner en palabras y en actualidad esa sabiduría, transformarla con fuerza, en fuerza.

Sabiduría que se cifra en las experiencias tempranas de un pueblo que es capaz de recordar y reconocer sus momentos redentores. Sabiduría que dice “solo el pueblo salvará al pueblo”, pero que también intuye y reconoce una exterioridad, un algo más que le es tan íntima como trascendente. Es lo más propio de cada uno y justamente por eso es contingente y eventual, acontecimiento, apuesta, construcción y destello de construcción política.

En la historia religiosa, Dios actúa en favor de su pueblo para salvarle la vida. Pero también puede decirse: la vida del pueblo salva, y aquello del pueblo que salva y se salva es exactamente su núcleo espiritual de pueblo. Y en eso reside lo propiamente divino, no en el modo abstracto de lo meramente sagrado sino como lo divino-sujeto-colectivo-personal-transformador. Núcleo vital de amor. O sea, más o menos, eso que llamamos Dios.

Otra experiencia y figura histórica de la presencia del espíritu santo en la Biblia es la de los líderes carismáticos ( en términos bíblicos, los primeros a la hora de cosntruir comunidad y habitar la tierra: se los llama los Jueces, con perdón de la palabra. Más que los que legilan, los que arman en la contruccion las reglas de la vida en comun y de su contrucción). Los que lideran la supervivencia cuando todo esta en juego. Los y las que sostienen al pueblo en sus momentos de vida o muerte, de zozobra o rebusque. O en los momentos decisivos de avance y construcción. Gentes de movimientos populares, miles de hombres y mujeres en barrios. O, más a lo lejos, el incendio y la ternura de Evita, nombre si los hay de una fuerza y una llamarada. Representación por lo menos tan apropiada como la de una paloma.

Más adelante, el espíritu de fuerza se relaciona más directamente con el ejercicio y la vivencia del poder politico , con los buenos líderes. En la Biblia, a los reyes los elige el espíritu y, al mismo tiempo, se reconoce al líder justamente porque se ve al espíritu sobre él. Pueden ser reyes dirigentes, potentes y luchadores como Saúl, reyes ambiguos, pasionales y poetas como David, conductores sabios y constructores como Salomón. El poder real no es contradictorio con la fuerza espiritual y con el pueblo . Más bien, cada cosa es mediación de la otra.

El espíritu de fuerza y santidad  es también  ese que anima el grito y la potencia de los profetas. De los que son capaces de tomar la palabra. Los que dicen lo que nadie dice. O los que dicen las palabras de siempre pero de otra manera, para que sea escuchadas otra vez como por primera vez. Denuncian, pero también y sobre todo generan. Nombran de nuevo. Los profetas son los que pueden recapitular la historia, los que son capaces de discernir el presente saliendo de las meras opiniones, trayendo el ardor de la verdad y por eso también anticipar el futuro. No porque sean adivinos de lo que viene, sino porque trayendo la memoria y templando el presente, permiten aquello que le hace lugar al futuro abriendo la posibilidad de creer en nuevas promesas.

Essta también en todo lo que  ayuda al pueblo a soportar el destierro, las incertidumbres, los desgarros dolorosos y las traiciones. Lo que permite atravesar las derrotas. Espíritu santo es lo que acompaña en el caminar por el desierto.

Pero, hecho en su momento el aguante, digerida y aprendida la derrota e interiorizada la experiencia del destierro, el espíritu es también lo que habilita dar los pasos para llegar a casa y salir de nuevo a la calle.  El que permite señalar caminos de unidad y encuentro. Hablarle a cada cual en su mismo idioma, tocar a cada cual en sus deseos y memorias. Salir con valentía y coraje a compartir el propio fuego con un viento que lo transforma en respiración compartida por muchos. 

Porque, finalmente, espíritu es aire y viento que se respira. Lo que cada vez y cotidianamente aspiramos y expiramos para vivir. Es el ritmo de la respiración de lo que se vive en el inhalar y exhalar de la vida cotidiana. Es la corriente de oxigeno que alimenta el músculo, esfuerzo y tarea para superar obstáculos, levantar a los muertos y mover montañas. Es por eso respiración, transpiración e inspiración. Es la palabra hecha poesía, aliento de sentido y belleza, canto compartido, colectivo y colmador del alma. Es la palabra precisa, la sonrisa perfecta que permite fundir las muchas voces, almas, luchas y ganas, en una.

Y es conspiración también. En los dos sentidos y momentos de conspirar. Ese de encontrarse para confabular contra los organizadores de la miseria, conjurándose para volver a ser dueños de lo nuestro. Y ese otro, de respirar acompasados los himnos que nos nombran como pueblo y nos hacen cuerpo colectivo. Nada más espiritual que los cuerpos amantes, sufrientes, mortales y festivos de nuestro pueblo conspirando. Conspiración, o sea: respirando juntos, de cerca.

Cuerpos espirituales. De gentes, de sujetos, de todos, todas y todes. En todo caso, concretos y reales, singulares e igualados por un ardor que puede ser el  mismo. Cuerpos que llevan marcas de heridas, señales de lucha, arrugas de experiencia, músculos de trabajo, caricias de amantes, brillo en los ojos, palabras de trascendencia.

Nada menos espiritualoso que un espíritu cuando es santo.

Pentecostés es reconocer este espíritu en el cuero y el cuerpo. Embriagarse de coraje. Dejar de consumir las certezas en el modo en que estas llevan a una satisfacción inmediata y en no pocos casos a las derrotas. Y, en cambio, tomados por esas certezas, salir a donde estamos destinados, ahí donde podemos arder como Dios manda. A las multitudes que esperan para volver a creer. Y a vivir. A mover. A brillar.

Con fuerza,
con coraje,
encendidos,
y, sobre todo, despiertos.

ESPÍRITU DE ESTA SELVA

Que los deseos hagan,
estado de sitio del cuerpo y el alma,
y los que callan griten
con voces que asustan con brotes de rabia,
que los que temen bailen,
con risas de niño, con vodka y tambor,
esquivando amenazas
tremendos ladridos de los perros de Dios.
Que los pesados vuelen
con alas de cóndor, con sueños sin ley,
y los castrados penetren,
que lleguen acaben y no se lamenten,
explorando esta nada,
dolor en memoria a traer rebelión
Que los vencidos resistan,
no hay droga mejor para despertar.
Tengo un pedo salvador,  nacido en Latinoamérica,
Don Leopardo corazón, espíritu en esta selva
Que los poetas maten
por única vez, disparen las letras,
que no sean las víctimas
que velan a un niño que no murió,
que los poetas mientan,
total para que sirve esta verdad,
se ve rara esta selva,
cuando el espíritu empieza a gobernarte.
Tengo un pedo salvador,  nacido en Latinoamérica,
Don Leopardo corazón, espíritu en esta selva
Oh! No te comas la voz,
Tengo un pedo salvador,  nacido en Latinoamérica,
Don Leopardo corazón, espíritu en esta selva.

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