El 7 de agosto es el día que millones de argentinos y argentinas se encomiendan a San Cayetano. Peregrinan al santuario de Liniers por trabajo, besan la estampita que llevan en la billetera pidiendo paz, contemplan el almanaque que está en la cocina agradeciendo el pan. El patrono del laburo es también la bandera de unidad de los movimientos populares que luchan por Tierra, Techo y Trabajo. 

Las tres T son quizás la más emblemática de las consignas de Francisco. Una de las más tempranas y acaso de las más permanentes. Fue el modo en que Francisco resumió el conjunto de demandas, necesidades y anhelos de los movimientos populares del mundo. La complejidad de cada territorio, donde los descartados de la globalización “de la indiferencia” se organizan y luchan para alcanzar la dignidad, pero que contiene también el riesgo de su propia fragmentación, contenida en una agenda común que comprende a todos y a la vez echa manos sobre los nudos que hay que desatar para revertir la cultura del descarte. 

Tierra, Techo y Trabajo también es una agenda que puede ser un factor ordenador para la fuerza y la voluntad de todos y todas. En la negación de la tierra, la falta de techo y la destrucción del trabajo la desigualdad se hace carne. Argentina tiene las condiciones, la capacidad y la memoria para hacer que las tres T no sean una agenda utópica sino una realidad que puede ser construida con decisiones concretas, apuestas colectivas y un protagonismo del pueblo.

En este 7 de agosto, lanzamos el dossier “Tierra, Techo y Trabajo – Los poetas sociales y el plan para resucitar”, para acompañar el rezo con palabras e ideas que pongan en forma la fuerza de lo colectivo. Junto con la última carta de Francisco a los Movimiento Populares compilamos acá las entrevistas al Secretario General de la UTEP, Esteban “gringo” Castro, al urbanista Eduardo Reese y al referente de la UTT Entre Ríos, Cristian Acosta. En cada una de las tres T se juega la dignidad, la felicidad y la vida de millones que no se resignan ni bajan los brazos. Seamos todos y cada uno poetas sociales para narrar y protagonizar el plan para resucitar de la Patria.

CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A LOS MOVIMIENTOS POPULARES

A los hermanos y hermanas de los movimientos y organizaciones populares

Queridos amigos:

Con frecuencia recuerdo nuestros encuentros: dos en el Vaticano y uno en Santa Cruz de la Sierra y les confieso que esta “memoria” me hace bien, me acerca a ustedes, me hace repensar en tantos diálogos durante esos encuentros y en tantas ilusiones que nacieron y crecieron allí y muchas de ellas se hicieron realidad. Ahora, en medio de esta pandemia, los vuelvo a recordar de modo especial y quiero estarles cerca.

En estos días de tanta angustia y dificultad, muchos se han referido a la pandemia que sufrimos con metáforas bélicas. Si la lucha contra el COVID es una guerra, ustedes son un verdadero ejército invisible que pelea en las más peligrosas trincheras. Un ejército sin más arma que la solidaridad, la esperanza y el sentido de la comunidad que reverdece en estos días en los que nadie se salva solo. Ustedes son para mí, como les dije en nuestros encuentros, verdaderos poetas sociales, que desde las periferias olvidadas crean soluciones dignas para los problemas más acuciantes de los excluidos.

Sé que muchas veces no se los reconoce como es debido porque para este sistema son verdaderamente invisibles. A las periferias no llegan las soluciones del mercado y escasea la presencia protectora del Estado. Tampoco ustedes tienen los recursos para realizar su función. Se los mira con desconfianza por superar la mera filantropía a través la organización comunitaria o reclamar por sus derechos en vez de quedarse resignados esperando a ver si cae alguna migaja de los que detentan el poder económico. Muchas veces mastican bronca e impotencia al ver las desigualdades que persisten incluso en momentos donde se acaban todas las excusas para sostener privilegios. Sin embargo, no se encierran en la queja: se arremangan y siguen trabajando por sus familias, por sus barrios, por el bien común. Esta actitud de Ustedes me ayuda, cuestiona y enseña mucho.

Pienso en las personas, sobre todo mujeres, que multiplican el pan en los comedores comunitarios cocinando con dos cebollas y un paquete de arroz un delicioso guiso para cientos de niños, pienso en los enfermos, pienso en los ancianos. Nunca aparecen en los grandes medios. Tampoco los campesinos y agricultores familiares que siguen labrando para producir alimentos sanos sin destruir la naturaleza, sin acapararlos ni especular con la necesidad del pueblo. Quiero que sepan que nuestro Padre Celestial los mira, los valora, los reconoce y fortalece en su opción.

Qué difícil es quedarse en casa para aquel que vive en una pequeña vivienda precaria o que directamente carece de un techo. Qué difícil es para los migrantes, las personas privadas de libertad o para aquellos que realizan un proceso de sanación por adicciones. Ustedes están ahí, poniendo el cuerpo junto a ellos, para hacer las cosas menos difíciles, menos dolorosas. Los felicito y agradezco de corazón. Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir.

Sé que ustedes han sido excluidos de los beneficios de la globalización. No gozan de esos placeres superficiales que anestesian tantas conciencias. A pesar de ello, siempre tienen que sufrir sus perjuicios. Los males que aquejan a todos, a ustedes los golpean doblemente. Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los proteja. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento… y las cuarentenas se les hacen insoportables. Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos.

También quisiera invitarlos a pensar en el “después” porque esta tormenta va a terminar y sus graves consecuencias ya se sienten. Ustedes no son unos improvisados, tienen la cultura, la metodología pero principalmente la sabiduría que se amasa con la levadura de sentir el dolor del otro como propio. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los Pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo. Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro. Nuestra civilización, tan competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse. Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable; es más, ustedes poseen una voz autorizada para testimoniar que esto es posible. Ustedes saben de crisis y privaciones… que con pudor, dignidad, compromiso, esfuerzo y solidaridad logran transformar en promesa de vida para sus familias y comunidades.

Sigan con su lucha y cuídense como hermanos. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los bendiga, los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles esa fuerza que nos mantiene en pie y no defrauda: la esperanza. Por favor, recen por mí que también lo necesito.

Fraternalmente,

FRANCISCO

Ciudad del Vaticano, 12 de abril de 2020, Domingo de Pascua

TRABAJO

ESTEBAN “GRINGO” CASTRO (UTEP)

SOLO LA COMUNIDAD PUEDE GARANTIZAR EL FUTURO

El Gringo tiene una presencia contundente,  una mirada clara y una precisión cuando habla que pocos pueden mostrar. El Secretario General de la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) combina el peso de una trayectoria con la claridad política y la sensibilidad de un hombre que sabe de dónde viene y está donde tiene que estar. En esta semana donde se conmemora el día de los Trabajadores, Esteban «el Gringo» Castro habla con #FF de la vida de todos y de su vida, las fuentes de su compromiso y el futuro de nuestro pueblo, desde el lugar que sabemos es el de él: los movimientos populares en su camino de cayetanos y ollas populares, pero sobre todo de organización y trascendencia encarnada. Habla de su vida, piensa doctrinariamente y cuenta la acción con una fuerza y una convicción que contagian. 

#FactorFrancisco – Este es un momento en el que se nos movió el piso. La pandemia nos puso a todos frente a la cuestión de la muerte, la finitud y el límite y de alguna manera eso hace que diferentes formas de lo  religioso tomen otra dimensión. ¿Cómo lo ves eso?

Esteban “Gringo” Castro – Mi religiosidad viene de la experiencia comunitaria. Estuve veinte años construyendo en un mismo barrio y desarrollando estrategias de organización popular basadas en la comunidad, y eso es lo que me llevó al cristianismo. Me fui haciendo cristiano en mis relaciones con el pueblo. Cuando veo cómo actúan mis compañeros y compañeras ante esta  crisis refuerzo mi convicción de que la vida en comunidad es la que te protege, te cobija, te permite un pensamiento más colectivo que individualista. Estamos en un momento donde pareciera que sólo la comunidad puede garantizar el futuro. Lo comunitario, empujado por un Estado mucho más amigo, que tiende a la protección y al cuidado, muestra una dirección de salida.

#FF – Haces mención a 20 años de construcción comunitaria y popular en tu barrio. ¿Cómo fueron tus orígenes y que te llevó a hacer esas opciones? 

GC – Yo nací en un pueblo, que ahora ya es ciudad, que tiene ocho mil habitantes y se llama San Cayetano. Sí, estoy marcado. Mi vieja es nacida y criada ahí, y mi viejo que es de Mataderos, nació un 7 de agosto, día de San Cayetano (risas). Es más, cuando después nos mudamos a Merlo, si me sentía medio bajón era recurrente que tomara el tren a Liniers y fuera al santuario de San Cayetano. Eso que no era un adolescente de misa ni religioso, pero buscaba la contención ahí adentro. En Merlo mi viejo empezó con la fábrica de muebles de oficina, y aunque después vino la dictadura y el rodrigazo, pudimos construir una casa bastante digna para los seis que éramos. Siempre vivimos con lo justo, no teníamos auto, y la crisis del 89´ me llevó a ser vendedor ambulante y ahí encontré gente que la pasaba peor que yo. Y por eso digo que el aprendizaje verdadero radica en ir a los barrios. En los noventa no hubo una lógica de ir a organizar a los barrios, sino que estos se arreglaron como pudieron. A lo sumo había una conducta de asistencia, pero por lo general se libraba su suerte al azar. Siempre milité en Moreno, y la vida en comunidad la fui aprendiendo en la zona de Cuartel V, que podría considerar mi lugar en el mundo. Cuando iba a ver a mi novia tomaba un colectivo que era de una mutual que se llamaba Colmenar, y me sorprendió que el chofer paraba en cualquier lado. Dónde los vecinos lo paraban, se detenía. Además el tipo te saludaba, había una lógica compañera. Así que entré al barrio viendo el amor. 

#FF – ¿Qué encontraste ahí? 

GC – Como decía, fui criado en un hogar de clase media baja donde nunca nos faltó para comer. Después fui metalúrgico y laburaba todo el día. Pero cuando se vino la crisis del ´89, me quedé en la calle y terminé como vendedor ambulante, conocí a muchos que estaban peor que yo. Quizás en ese momento estábamos igual, pero el tema era que ellos siempre habían pasado necesidades. Algunos compañeros me dicen que fue porque ahí me puso Dios, quizás me empujó la propia crianza, pero la cuestión es que elegí quedarme con ellos y construir desde ahí. Y en el barrio empezás a ver que las cosas no son tan lineales. Por ejemplo, cuando desde tu propia experiencia de clase media, con tu educación familiar, ves que una mamá le pega tremendo coscorrón a su hijo, tu moral la condena por zamarrear a una criatura. Te estoy hablando de hace 20 años. Uno podría decir un montón de cosas negativas de eso vinculado a la violencia doméstica. Pero después uno veía que esa misma mujer era la que organizaba el comedor que alimentaba ciento cincuenta pibes, poniendo el pecho en el momento más crítico. Por eso creo mucho en un planteo que leí del Papa, que yo ya lo tenía adentro pero que no sabía cómo expresarlo. Como siempre, fue Francisco el que tiró el centro para que la pare de pecho. Es la idea de que hay un pueblo santo. La santidad no es tan individual sino que más bien es colectiva. Nuestro pueblo es santo, nuestras mujeres, nuestros compañeros, pero no andan todo el día con la aureola. No le podes pedir que sean santos todo el día viste, algún pecado vamos a cometer. Pero en la vida comunitaria hay una santidad colectiva. 

#FF – En los barrios más humildes hay una solidaridad y un tipo de vínculo que en otros lados se fue perdiendo. ¿Cómo definirías esa santidad colectiva?

GC – El proceso de ir construyendo esta santidad del pueblo viene de hace mucho tiempo. Algunos de nosotros vivimos el peronismo, o lo vivieron nuestros padres y abuelos. Cuando murió Perón yo tenía 8 años, pero me acuerdo que en mi infancia me la pasaba todo el día en la calle, como viven hoy en los barrios populares. Pero yo vivía tranquilo de que no me iba a pasar nada. Había un Estado que me cuidaba, y ni siquiera se hablaba de los derechos del niño. ¡Me cuidaba y punto! Si me escapaba lejos del barrio y me subía al tren, me agarraba el guarda, me preguntaba de donde era y me mandaba de regreso a la casa. A lo sumo me decía “no lo vuelvas a hacer, pendejo”. Los proyectos neoliberales, al menos en Argentina, hicieron pelota ese tipo de cuidado. Cuando llegaron las privatizaciones y la financiarización de todo, vi como las calles de mi barrio fueron quedando vacías. Por eso creo que el mensaje central es que hay que sostener la vida en comunidad. Si tuviera el poder de hacerlo, decretaría que a partir de las seis de la tarde toda la Argentina está obligada a salir a tomar mate a la vereda. Bueno, ahora no se podría, pero cuando salgamos de todo esto, es eso lo que hay que recrear. 

#FF – Si hablamos de doctrina ¿Qué le dice el Papa Francisco a tu peronismo? Y, en modo más general, ¿qué ves que le dice al peronismo “realmente existente”?

GC – Me parece que conecta con el que está más imbuido en la cultura nuestra. Me parece que toma eso. Nosotros reivindicamos el peronismo porque fue el movimiento que pudo llegar al poder. Y por eso se lo señala como el hecho maldito. Hubo muchos intentos de movimientos populares en Latinoamérica que lamentablemente no llegaron. El proceso de Chávez en Venezuela, por ejemplo, llegó pero tarde, cuando desarrollar el pleno empleo es globalmente dificilísimo. En mi humilde opinión, creo que el Papa toma la cultura del peronismo, los hilos de la comunidad organizada, o de cómo se organiza la comunidad. Cuando vino la globalización nos fragmentó. Dejó a un sector de la clase trabajadora adentro de la fábrica, en el estado o en los servicios, permitiéndole a ese segmento seguir gozando de sus derechos, pero también dejó un 40% de trabajadores excluidos que pese a eso nunca dejamos de ser parte de ese movimiento popular y del movimiento obrero. Cuando Francisco dice: “ojo que son todos trabajadores, y tienen los mismos derechos que el resto”, está retomando el peronismo que intenta que todos tengan los mismos derechos y que lo logra. Aunque ahora no lo estamos logrando, creo que en el planteo del Papa está la idea del pleno empleo como horizonte. No como lo vivimos nosotros en el siglo XX, porque el proceso de concentración económico ha sido brutal, pero si en la medida que los laburantes nos generamos nuevas formas de trabajo y que esas formas deben ser reconocidas. Por eso digo que las ideas de Francisco son una actualización doctrinaria del peronismo. El pleno empleo se puede construir de otra forma. Si viene algo mejor, lo tomaremos, pero por ahora no hay otro camino posible. El laburo que hacemos, la economía del cuidado, el reciclado, la venta ambulante, lo que te imagines que se hace por fuera, tiene que tener los mismos derechos que el resto de la clase trabajadora.

#FF – Apostar por la comunidad, por las organizaciones populares y por una nueva forma de concebir el mundo del trabajo son ideas centrales en el pensamiento de Francisco. El domingo de Pascua pasado, el Papa envió una carta a los movimientos populares con ese espíritu. ¿Cómo lo vivieron ustedes?

GC – En los movimientos hay una izquierda popular que entiende lo que fue el proceso del peronismo en Argentina, y también otros compañeros que somos peronistas de la cuna. Todos tenemos un gran aprecio por Francisco. Entonces, que nos mande un mensaje el día de la Resurrección de Jesús es, desde el lenguaje simbólico, muy importante. Los símbolos para nuestro pueblo son clave, y son formas de comunicación que el neoliberalismo y la globalización vienen trabajando para que los perdamos, y nosotros los recuperamos todo el tiempo. Por eso creemos que la resurrección es con los demás, es colectiva. Pero tampoco quiero caer en la romantización o idealización de los movimientos populares, y el Papa tampoco cae en eso.  El planteo es simple. Con todas las contradicciones que tenemos, estamos al lado de un pueblo humilde que va para adelante como puede, con sus “idas y vueltas”.  

#FF – Algo que pegó fuerte de la carta a los movimientos populares fue el planteo del Papa de que es tiempo de analizar la implementación de un salario universal. ¿Qué piensan desde la UTEP (Unión de Trabajadores de la Economia Popular)  respecto a esa posible respuesta a la crisis de la pandemia?

GC – Nosotros estamos trabajando en un documento en el que planteamos esa medida pero en conjunto con otras, como la necesidad de crear un millón de chacras productivas, la construcción de un millón de viviendas, y hasta fundar nuevas ciudades. Es un planteo que está relacionado siempre al trabajo, y que en el marco de la pandemia sentimos que entra mejor que nunca en el debate público. Hay compañeros y compañeras de los sectores medios que son monotributistas y hoy están sin trabajo. Quizás muchos de ellos en algún momento pensaron que nuestros compañeros eran todos unos choriplaneros, y hoy están anotándose en el IFE (Ingreso Familiar Extraordinario) porque lo necesitan. Por eso es un tiempo indicado para decir estas cosas. 

Ahora, nuestro concepto de Salario Universal está vinculado a que todos los días salgas a laburar, sean tres o seis horas, y no a que te quedes en tu casa mientras entra la plata. Porque sino no se construye la comunidad. El objetivo es un piso salarial para los trabajadores. Por ejemplo, si estás en el sector de la construcción y de momento no estás laburando porque se terminó la obra, la idea es que sigas cobrando ese salario para esta tranquilo hasta que vuelvas a entrar a otra. No para que vivas de ese seguro de desempleo, porque si no otorgas la posibilidad de que te digan “vos vivís de nuestros impuestos” con un discurso que fragmenta. Necesitamos una sociedad que no esté fragmentada. Cuando Francisco pide el reconocimiento a los compañeros que trabajan por fuera del sistema formal, está pidiendo también el reconocimiento a su necesidad de salario. Si trabajás cuidando chicos y hace diez años que tu sueldo es la mitad del mínimo, bueno, ya es tiempo de empezar a cobrar el mínimo. El eje siempre está vinculado al trabajo, y el trabajo es lo que hacemos como personas. No es ni explotación ni trabajar dieciséis horas, sino lo que permite realizarte. 

#FF – ¿Cómo es el diálogo sobre el Papa o sobre la Virgen de Lujan como símbolo en las movilizaciones, con los compañeros que vienen de una vertiente más de izquierda?

GC – Por suerte hay mucho respeto. Primero porque peleamos juntos, nos reprimen juntos, y vamos en cana juntos. Tenemos una hermandad en la lucha. Pero además pasa que el compañero que tiene una filosofía más de izquierda, tiene una base social con las características de nuestro pueblo, y por eso hay una izquierda popular. Después, claro, hay una izquierda que no lo respeta. Pero tengo en general recuerdos positivos. Una vez que nos reprimieron en el Puente Pueyrredón, habíamos llevado una Virgen de Lujan y al compañero que la sostenía la policía no lo podía voltear. Más adelante, en otra manifestación, se generó  un encontronazo con la policía que los dirigentes mismos tratamos de disipar, y ahí, en plena negociación, Vilma Ripoll del MST me dijo: “¡Che, Gringo, no trajiste la Virgen esta vez!”. Y esto te lo digo también pensando en que yo trato de ser muy respetuoso del campo evangélico. Tengo amigos entrañables que son pastores, evangélicos. Con ellos no tenemos ninguna diferencia salvo que a mí me gusta pedirle a la Virgen como intermediación y a ellos no.

Creo en la unidad del cristianismo popular. Porque cualquier religión que es atravesada por la lógica de la globalización y el neoliberalismo termina generando fragmentación. A mí me gusta discutir con pastores evangélicos cuestiones teológicas cuando aparece lo de la teología de la prosperidad. Hay un montón de pastores que no están de acuerdo con esa lógica que te dice que “cuanta más plata ponés, más te prospera Dios”. Es más, te diría que la mayoría de los pastores de la Argentina no está de acuerdo con esa lógica, y a todos esos los católicos los tenemos que abrazar. Es difícil pero hay una fragmentación que tenemos que resolver, porque esa unidad también es necesaria, y hay que laburarla.

#FF – Pensando en esto de la fragmentación y la dificultad para comprender la complejidad del mundo religioso ¿cómo ves esa dimensión de la espiritualidad y la mística en la militancia de los sectores medios?

GC – Hay cierta reticencia que es comprensible. En mi caso, viví muchos años renegando de la Iglesia, y gran parte de ese tiempo estuve en los barrios construyendo comunidad. Me acuerdo de un cura amigo a quien le dije directamente “yo dudo de la existencia de Dios”. Él me contestó “mira, yo veo que lo que vos y tus compañeros construyen es cristiano. Eso es el cristianismo. Después podés tener dudas, como todo el mundo, pero tu accionar y el de tus compañeros es cristiano”. 

A mí me interesa que se profese la fe cristiana es porque está íntimamente relacionada con los humildes y desprotegidos. Creo que hay que hablar de Dios y leer la Biblia, pero el comportamiento y la acción son fundamentales. Si te falta una de las dos cosas andas medio rengo. He visto mujeres de los barrios que mientras esperan el colectivo, si ven la imagen de la Virgencita en un altar callejero la tocan antes de seguir camino. La religiosidad está incorporada en su vida. Hubo un 7 de agosto donde yo planteé que “el pueblo no separa la fe de la lucha porque no separa la fe de la vida”. Es algo que está dicho, no que inventé yo, pero en realidad, se trataba de un mensaje que me costó años entenderlo. Cuando lo asumís es porque lo estás sintiendo, y en muchos sectores de clase media eso no aparece. Será por la propia formación, o por vincularse de otra forma. Quizás porque en Capital no encontrás una Virgencita en cada esquina. 

Si bien la Iglesia con Francisco se está planteando trabajar afuera del templo, durante muchos años se metió para adentro. Tal vez sea un efecto de la globalización. Cuando viene la ola de fragmentación brutal, uno se recuesta sobre lo conocido y lo cuida, abraza lo propio, lo más chiquito. Francisco plantea el salir como una medida transformadora para entrar en comunión con mucha más fuerza. A algunos les cuesta más que a otros, y nosotros debemos salir al encuentro de los sectores medios para dar esta discusión. 

#FF – En tus palabras aparece mucho la figura de la mujer de los barrios. “Un plan para resucitar”, el artículo que publicó Francisco para las pascuas, pone al genio femenino como  vanguardia de la resurrección. Visto desde los movimientos populares, ¿cómo juega la fuerza de lo femenino y como se la pone en forma en pos de la unidad?

GC – Si pude entender el cristianismo fue a partir de las compañeras, no de los hombres. La vida comunitaria la lleva adelante con mucha más fuerza la mujer. Aun con la violencia de género, aun teniendo que criar a cinco o seis hijos, aun con todo el machismo que es abrumador y avasalla la cultura de los barrios, son las mujeres las que ponen amor y comunión a la construcción de comunidad. Después tenés algunos compañeros que más o menos lo entendimos, sin dejar de ser machistas por eso. Pero reivindico que el cristianismo popular está fuertemente vinculado al feminismo comunitario, más allá de las posiciones que existan sobre determinados temas que se van imponiendo, como el aborto. Hay mujeres que se han hecho abortos y están en contra de la legalización. Todo es muy contradictorio, y por eso es difícil armar un esquema de quién está en cada lado en relación a algunos temas. Pero, ¿quién nos va a ayudar a salir de la violencia? Yo creo que las mujeres. Las compañeras son las que me han ayudado a erradicar una violencia que llevo adentro. Me salvaron, porque me hubiesen cagado a tiros o a fierrazos, en peleas que no era en defensa de nada sino por puro machismo. Despojar esa violencia aprendida en la crianza solo puede hacerlo una construcción comunitaria y con la impronta de las mujeres. No quiero decir que las mujeres no  puedan ser violentas, pero el desarrollo del feminismo comunitario ha contribuido mucho a romper con el machismo. Tengo compañeras que salieron de la organización de base de Moreno que son personas extraordinarias. Lo que noto en ellas es un amor de trascendencia, un amor que no es solo cuidar a los hijos míos sino a los de todos. Esa es la expresión más clara del cristianismo.

#FF – Hablando de los barrios, uno de los lemas que siguió al #QuedateEnTuCasa fue el #QuedateEnTuBarrio, como buscando adaptar la cuarentena a las necesidades y dificultades de los barrios más humildes. ¿Qué podes destacar de cómo se organizan los barrios del tercer cordón con el coronavirus?

GC – Tengo un mapa más preciso de lo que pasa en Moreno pero me informo de lo que pasa en todo el país. En Moreno hay casi ochenta ollas populares, y actualmente reciben vianda 85 mil personas de una población que estimamos es de 700 mil. Tenemos muchas formas de alimentación que las va organizando la comunidad. Con el coronavirus, hay por un lado algo de solidaridad creciente, pero por otro se busca también una manera de no ser parte de la propagación del virus. Si antes había veinte personas trabajando en el comedor, se redujo el número, porque si uno se contagia no puede quedar nadie para seguir cocinando. Hay que mirar todos los detalles. Todavía no vino una propagación grosa, pero uno se prepara para que nos toque la puerta en cualquier momento. Y eso no pasa sólo en Moreno. Un gran amigo mío labura en barrios de San Isidro y es lo mismo, dónde hay pobreza hay ollas populares. 

Pero estas ollas son diferentes. Antes hacíamos las ollas y las movilizaciones masivas contra una política neoliberal. Hoy las ollas son por el cuidado, y porque Macri dejó un país hambreado, y no alcanzamos a salir que se nos vino la pandemia. Cuando alguien del Gobierno toma una medida basada el cuidado y el amor el pueblo responde en la misma dirección. Entonces, no hay ollas populares puteando al gobierno, sino preocupadas porque la gente coma y para que no nos destroce la pandemia. 

Esto es porque Alberto tomó una medida basada en el amor al pueblo. Después, esas medidas hay que profundizarlas. Nosotros siempre llevamos propuestas, pero no siempre nos toca la suerte que tenemos ahora, de tener un oído del otro lado. Néstor y Cristina hicieron cosas en el mismo sentido, pero no tuvieron una pandemia como esta. La situación era muy compleja, fueron apoyados en un principio, pero después les saltaron a la yugular, como le puede pasar a Alberto si sigue apoyando al pueblo. Pero creo que Alberto tomó una medida que el pueblo la asimiló muy bien. 

Hoy tenemos la posibilidad de recuperar esa sensación de tener un Estado que nos cuida. Estamos en el momento de profundizar para el lado que hay que profundizar, o de que vengan las grandes corporaciones a arrasar y llevarnos a índices de 60% de pobreza. Por eso hay que pensar cómo avanzar y hacer propuestas que la inmensa mayoría se sienta beneficiada. La pandemia tiene esas dos vertientes. Por un lado el mundo es un caos, y por otro decís “mirá que maravilla la solidaridad que está generando”.

#FF – En pocas palabras, ¿cómo ves la salida de la pandemia?

GC – Si se pone el acento en la construcción de comunidad, somos invencibles, no hay forma de perder. La muerte es parte de la vida, es algo que nos ocurre como pueblo todo el tiempo, pero evitando que la enfermedad se masifique y poniendo el eje en la comunión, en construir lazos mucho más solidarios, vamos a poder enfrentar lo que se nos viene, mucho más fuertes. Tenemos que construir un cristianismo popular. Depende mucho de nosotros, de no meternos para adentro cuando podamos volver a estar afuera. Acompañando. Reivindicando cuando hay decisiones amorosas de parte del gobierno y criticarlo cuando no lo son. Si hacemos todo eso, entre todos salimos. 

TECHO

EDUARDO REESE

TIERRA, TECHO Y TRABAJO. DONDE LAS DESIGUALDADES SE HACEN CARNE

La arquitectura puede divagar en torno a proyectos, planos e ideas hasta poner en segundo lugar la materialidad. Eduardo Reese no forma parte de esa especie sino que es de los que saben que en torno al hábitat y el acceso a la vivienda se juega la dignidad y el bienestar de las familias. En esta entrevista, el urbanista y especialista en barrios populares advierte que para hablar en serio de Tierra, Techo y Trabajo es necesario discutir también el problema de la renta y la desigualdad en la Argentina. 

#FF – Por los cinco años de Laudato Si se habló mucho de del Papa en este tiempo,  pero, en líneas generales, queda siempre algo genérico. A la hora de los bifes, cuando se traduce a cosas que le molestan a algunos, no se dice nada. Desde tu lugar político, técnico y profesional, ligado tanto a los movimientos populares como a espacios más técnicos de trabajo ¿Qué resonancias vez para la situación nacional, pero también regional, que un Papa que habla de estas cosas?

Eduardo Reese – La consigna “Tierra, techo y trabajo” articula tres elementos básicos del ordenamiento de cada una de las personas, de las familias y la comunidad. Son los elementos que de alguna manera permiten tener un proyecto de vida y desarrollo en esos planos: personal, familiar y comunitario o colectivo. Y efectivamente, si uno mira quienes o cuales son los sectores que tienen mayor déficit en términos de tierra y techo, son los mismos que están precarizados en el trabajo. Hay una correlación enorme en estas tres características para definir los sectores que han sido tradicionalmente vulnerados en nuestras sociedades. Es ahí, en esos tres puntos, donde la cuestión de la desigualdad se hace carne de manera más dramática.

Acá hay que entender que el problema latinoamericano no es tanto un problema de pobreza, sin querer decir con esto que no hay pobres, porque si los hay. Pero drásticamente, es un problema de desigualdad. CEPAL ya lo dijo hace cuarenta años.  Y cuando uno quiere mirar cuáles son los dispositivos concretos con los cuales la desigualdad se encarna en América Latina, no es casual que los vulnerados en materia de tierra, techo y trabajo son siempre los mismos. Las tres características constituyen un núcleo central para garantizar el proceso de reproducción de la desigualdad en América Latina. Si vos querés vulnerar el acceso al agua, la tierra y el trabajo te garantizas efectivamente un ejército de reserva vulnerable, domesticado. Y es ahí donde esa consigna me parece que hace mella. 

#FF – ¿Qué implicancias tiene para los procesos de transformación poner en el centro la desigualdad y no la pobreza?

E.R – Ya no se trata de decir “repartamos más cajas pan”, como ocurría en la vuelta a la democracia en Argentina, sino de pensar cómo vamos a distribuir la riqueza. Esto supone un problema de asegurar ingresos salariales, pero también de hacer foco en el acceso al hábitat, entendiendo por hábitat techo y tierra. La vulneración del derecho a un hábitat digno es un mecanismo esencial para garantizar la vulneración de otros derechos, porque precisamente son los que no tienen vivienda, servicios, ni tierra aquellos que encuentran más dificultades para acceder a la escuela, la salud y el trabajo. No podés llegar a tiempo al laburo si tu barrio se inunda, si vivís con una inseguridad constante. La mayor cantidad de muertes evitables se dan en nuestros barrios porque se electrocutan en sus precarias viviendas o porque se enferman. 

Lo que el Papa de alguna manera está diciendo es que no nos vengan con frases como “pobreza cero”, sino que vamos a discutir la desigualdad. Creo que ese es el nodo clave que de la discusión en América Latina. Una de las cuestiones que legitima mi punto de vista es que en el proceso de derechización que está sufriendo la región lo primero que aparece, como un signo distintivo, es que la brecha de desigualdad se abre lo más posible. Así asegurás los privilegios de los más poderosos. Tenés una palanca, una herramienta básica de subordinación de los sectores populares a un grupo reducido de privilegiados.

Dentro de esto, debo insistir, el hábitat es un dispositivo básico.

#FF – Más allá de su musicalidad, es una consigna muy latinoamericana y muy apropiadora ¿no?, y además muy astuta ,porque pone el dedo en la llaga de lo que otros quisiera que fuera sólo “pobreza”, “asistencia”, etc.

ER – La derecha no tiene ningún problema en decir que su objetivo es pobreza cero, mientras la desigualdad no se cuestione. Con un par de cajas de comida nos arreglamos. Me parece que la interpretación de esa trilogía está en ese nudo porque, vuelvo a insistir, el principal problema de América Latina es el conflicto distributivo, no la pobreza.

#FF – El problema sudamericano tiene sus propias especificidades, más allá de una homogeneidad de base, ¿pero pensás que en Argentina los movimientos populares, las organizaciones sociales, tienen una potencia de respuesta y organización más singular que en otros lugares?

ER – Creo que en toda América Latina las organizaciones sociales son la herramienta de  organización por excelencia frente al aumento de la desigualdad. Pero está claro que en otros países no se ve lo mismo que en Argentina. Aquí ese campo de organizaciones es muy basto. 

Ahora bien, lo que distinguió tradicionalmente a la Argentina fue un nivel de sindicalización y agremiación muy grande que surgió con el primer peronismo y organizó la demanda de los trabajadores desde los gremios. En el siglo XXI, los movimientos sociales están representando la organización de la demanda pero en los términos de una sociedad que ha cambiado. Junto a la demanda gremial, pero sin desplazarla, aparece una demanda organizada en grupos sociales que reivindican sus derechos sin atenerse solamente al trabajo o las condiciones de trabajo. Hay un conjunto de reivindicaciones muchísimo mayores que tomaron las organizaciones sociales. 

El movimiento social es heredero de aquel movimiento gremial porque tiene como herencia cuestiones básicas como la organización, la solidaridad,la idea de que el único héroe válido es colectivo. En ese sentido, efectivamente asume las mismas banderas, pero las resignifica para la demanda del siglo XXI. Y esa herencia, muy Argentina, vuelve a hacer la diferencia hoy con los movimientos sociales, de enorme trascendencia en este país.

#FF – Pasando desde el macrismo hasta esta nueva etapa (con la pandemia y la cuarentena de fondo), ¿cómo ves a los movimientos sociales hoy?

ER – Hoy estamos pasando un momento de emergencia que obviamente encolumnó muchísimas organizaciones detrás de ella. Lo que me parece trascendente son las discusiones que se empiezan a dar, y nacen en muchas de las organizaciones sociales, sobre cómo se sale y cuáles son las líneas estratégicas para que esa salida sea de manera colectiva, teniendo como herramienta la lucha. Entonces, ya no sólo es necesario pensar en la emergencia como solución coyuntural, sino que se abren otros ejes de salida.

Hay además una cosa muy asociada a esta particularidad nacional que decíamos. Como dijo el Jefe de Gabinete, en Argentina ya teníamos una pandemia.Tuvimos una doble pandemia, a diferencia de otros países.  A la a crisis dramática de la deuda, el desempleo y la desigualdad que dejó de nuevo la experiencia de las políticas neoliberales en los últimos cuatro años, se le sumó este año a la situación extraordinariamente dramática de la crisis sanitaria. Veo muchos movimientos pensando en esa doble dimensión. Hay que pensar, al mismo tiempo que en la olla popular de esta noche, cómo se reconstruye un país con una doble pandemia.

#FF – Siempre hay como un mito de que los barrios populares, las villas miserias, surgieron con el gobierno de Perón. Mitos aparte, ¿cómo se explica el AMBA como problema o como fenómeno de hiperconcentración población?

ER –  Argentina convivió siempre con un nivel de desigualdad alto. Toda América Latina fue construida bajo esa matriz. Ahora bien, si uno se pregunta por el momento en el que se empezaron a conformar las villas que conocemos hoy, toda la historiografía coincide de que efectivamente fue hacia finales de los años veinte, por la crisis del treinta. Argentina ya convive con casi cien años de villas. Estamos entrando al primer centenario de naturalizar que efectivamente la villa forma parte de la configuración sociourbana de Argentina.

Por esos años empieza a consolidarse lo que es hoy  la región metropolitana de Buenos Aires. No es casual una cosa con la otra. Efectivamente, cuando una parte muy importante de la población ya no encuentra posibilidades de desarrollo rural, como ocurría con el primer proyecto de país, la única posibilidad que encuentra de trabajo es en las grandes ciudades.El primer plan urbano de Buenos Aires como megalópolis aparece en el año 25, cuando se empieza ver un área metropolitana que crece y había que prestarle atención. 

Obviamente, es un proceso de desarrollo desigual de país lo que alimenta el área metropolitana. Que vos tengas hoy tantos santiagueños viviendo en las regiones metropolitanas de las grandes ciudades como en Santiago del Estero lo demuestra. O que casi un millón de chaqueños vivan afuera del Chaco, o sea, casi toda la población del Chaco. Así se expresa la desigualdad; en este caso, la desigualdad territorial de cómo se repartieron injustamente las posibilidades de desarrollo de un país, de la desigual apropiación de los medios de producción y la creación de empleo y riqueza en el país. El modelo económico argentino tocó con la varita mágica a Buenos Aires en particular, y a las tres o cuatro principales ciudades del país como Córdoba, Rosario y Mendoza. Para de contar ahí. La  lógica de un país desigual se traslada también al desarrollo territorial, y como explicación del área metropolitana.

Otra cuestión que lo refleja de manera muy importante es que Argentina es uno de los países con mayor urbanización de América Latina. El 92% de la población vive en ciudades. Para el INDEC  se considera ciudad todo aglomerado urbano que tenga más de dos mil habitantes. Entonces, nueve de cada diez argentinos está en esa franja. Pero además lo singular de la Argentina es que es el país de más antigua urbanización. Por la década del 20 y el 30 superó la barrera del 55% de población viviendo en ciudades. Es decir, este país ya era urbano hace casi cien años, y es una enorme particularidad, porque el resto de los países latinoamericanos se convirtieron en urbanos después. Guatemala, por ejemplo, rcruzó la barrera del cincuenta por ciento de población urbana hace ocho años.

#FF – Durante la campaña electoral de Alberto Fernández (como ya pasó con otros presidentes) apareció fuerte la idea de federalizar el país, o descentralizarlo. Con la pandemia apareció también un espíritu de “irse de las ciudades” como nunca se había oído. Vos conociste muchas experiencias en el mundo. ¿Es realmente posible una redistribución territorial de la Nación o son meras fantasías?

ER – La redistribución territorial de la población depende de una redistribución territorial de los factores de producción y la riqueza. La gente no migra casi por ninguna otra razón que no sea por trabajo. Obvio que hay situaciones particulares de violencia que obligan a migrar, pero en tiempos de paz, el factor casi exclusivo es el empleo. Una característica de este país es que presenta una suerte de desarrollo a dos velocidades. Córdoba, Rosario, Mendoza y Buenos Aires van a una velocidad distinta al resto de ciudades, pueblos y áreas. Es imposible que tengas una redistribución territorial de la población si efectivamente no haces una apuesta muy fuerte a producir factores de desarrollo integrado en el interior. 

Este es un dilema muy complicado en Argentina, porque para hacerlo necesitas una cantidad importante de recursos, y eso no es posible sin una política pública que distribuya recursos. Pero lo trágico de este país es que los recursos, con tanta concentración, salen de un conjunto de actividades que precisamente producen el efecto contrario. La extracción petrolera, la sojización del área rural, la minería, son todas actividades extractivas que precisamente atentan contra las comunidades locales. Y son esas mismas actividades las que hoy, con algún puñadito de otras actividades, pueden aportar a una federalización del sistema productivo. ¡Es un dilema terrible! Las actividades más competitivas en términos internacionales para obtener los recursos necesarios para cualquier transformación de justicia social surgen de un conjunto de actividades que atentan contra tu objetivo de justicia. Es importante volver a pensar cómo recreamos el trabajo con otras herramientas, que van a tener que salir sí o sí de procesos autogestivos. No va a venir Nissan a hacerlo, y mejor que así sea, sino tendríamos que pensar nuevamente todo..

#FF – Los planteos del Papa tienen una fuerza y una singularidad muy excepcional, pero en realidad son más o menos los mismos que los clásicos de la Iglesia Latinoamericana.  ¿Qué te parece que pasa en un movimiento popular cuando se cruza tan explícitamente con lo religioso, cómo se ve que pasa con el Papa Francisco? ¿Y en ambientes quizás más secularizado? ¿Se comprenden o no las señales que puede tirar una figura religiosa, y para colmo, católica?

ER – Cómo es de costumbre en este tema, hay una línea divisoria. En los espacios secularizados no penetra fácil el mensaje del Papa, si hacemos una excepción con Laudato Si. Los sectores académicos dejan un lugar muy secundario para ese tipo de discusiones. Pero la cosa es otra en las organizaciones social,  y especialmente en los barrios, donde Francisco penetró mucho porque recupera la reivindicación popular con un mensaje renovado. Como bien decís, alguna de estas cosas no son nuevas. Si uno recuerda el CELAM de Medellín, la reivindicación de la función social de la propiedad privada ya estaba, y con una intensidad muy fuerte. Y la cuestión de la tierra esta presente hace años en la Iglesia al punto de que en el 2005, con una Conferencia Episcopal Argentina muy conservadora, el único documento que salió fue “Una tierra para todos”. El reparto de la tierra, la expropiación de la tierra como una expresión de justicia social, estuvieron siempre ahí, a pesar del hecho de que la Doctrina Social de la Iglesia reivindique la tierra es contradictorio con una sociedad como la latinoamericana donde tradición, familia y propiedad son elementos claves de conformación de una sociedad clasista, segregada y dividida.

Creo que el mensaje del Papa vuelve a poner estos planteos en una clave del siglo XXI, y por eso las organizaciones lo toman. Y lo que el Papa plantea empieza disputa un terreno que siempre pensó como su propio espacio. “¿Pero cómo, esta no era una reivindicación sólo de la izquierda?” No, la Iglesia Argentina reivindica la redistribución de la tierra hace muchos años, y con documentos muy fuertes.

#FF – ¿Cómo ves el vínculo más concreto en el territorio entre organizaciones e Iglesia? ¿Ves que algo se dinamiza?

ER – Efectivamente, en el área metropolitana la reanimación del movimiento de Curas Villeros y de la Opción por los Pobres da un acercamiento institucional de la Iglesia con los sectores populares que fue fundamental en los últimos años, y mucho más animado que aquellos momentos donde los curas villeros estaban escindidos de la jerarquía. Hoy todo esto tiene claramente otro cariz. El propio Ojea, Obispo de San Isidro, me consta  su preocupación por el tema de la tierra. Es más, he participado de algún encuentro en el Obispado de San Isidro con algunas caras sorprendidas de este discurso.

#FF – Muchas veces surge el tema de la urbanización de las villas,  y tambié,n en los discursos más compañeros, resuena esa idea de descentralizar el territorio del AMBA, como una suerte de intervención dirigida por arriba. ¿Cómo repercute eso en la identidad de las villas del AMBA, con su estigmatización pero al mismo tiempo con su potencia?

ER – El debate actual es el resultado de una discusión de largos años. Primero se pasó por un momento donde se consideraba la pobreza como algo a erradicar. Inclusive, algunos planes del gobierno peronista de los 70 se llamaban “de erradicación de villas”. Era una patología enferma, algo a eliminar. La discusión se dio entonces dentro del campo popular, porque la idea de erradicación atentaba contra los sectores populares. No habían elegido vivir ahí, pero sí decidiendo quedarse ahí. Muchos de ellos eran casi primera o segunda generación de villeros urbanos. Por eso surgió un momento de reivindicar esa identidad, y la discusión pasó de la erradicación a la radicación, que pasó después a un debate superior como el de tratar el problema en términos de cómo tener una sociedad integrada. De hecho, en el 2012, cuando las organizaciones sociales logramos la aprobación de la Ley de Hábitat de la Provincia de Buenos Aires, todo el capítulo sobre barrios populares se llama Integración Sociourbana. Para nosotros ya no era un problema la urbanización de las villas. Ya estaban urbanizadas, cada cual a su ritmo, pero cómo mucho lo que hay que mejorar son los servicios. El principal problema es entonces cómo construir una sociedad más integrada.

La evolución fue por ahí. Erradicación, radicación, regularización e integración. Y a mí me parece que este es un punto superior, tanto que el propio Horacio Rodríguez Larreta, cuando asume la gobernación de la Ciudad, le pone ese nombre a la secretaría. No hay política pública que no pueda estar regida por la satisfacción de derechos como eje central. Si la política pública es esa herramienta, como segunda cosa, entonces, está la definición de esos derechos, que son sociales, económicos, e incluso culturales o identitarios. Esto es lo que se discute, con mecanismos de trabajo distintos, en cada uno de las experiencias, siempre girando alrededor de la cuestión participativa, porque es justamente esa participación activa en la cuál se juega esa posibilidad de integración. Pero además porque en ese pasaje de conceptos que fue hasta la integración lo que hay es un crecimiento de un componente clave del debate y de la práctica en los barrios populares que es cómo convertir a los barrios en sujetos activos de transformación y no en objetos de política pública y asistencia social.

#FF – ¿Cómo ves la relación de las organizaciones más técnicas con las organizaciones sociales? ¿Cómo se insertan estas miradas en las políticas públicas?

ER – Hay una heterogeneidad de situaciones que no es fácil de sintetizar. Tenés organizaciones de herramental más técnico que están fuertemente vinculadas con procesos de organización popular y social, y otras que tienen todavía esa mirada que ve los barrios como objeto de estudio. Si lo entendés como un caso de estudio, y hacés “extensión” universitaria, también existe. Pero es muy heterogéneo. Y no veo mucho cambio ahí. Sigue habiendo organizaciones más comprometidas y otras menos. Sí puedo referir a la Universidad General Sarmiento, a la cuál pertenezco, que justamente fue fundada discutiendo eso. Una de las cosas que tiene la UGS es que no tiene un área de extensión, porque para nosotros hacer docencia e investigación universitaria no se puede entender de otra manera que no sea a través del trabajo en el territorio, que es consustancial con el proceso de producción y transmisión de conocimiento. Esa discusión sigue estando vigente en la UGS y en otras organizaciones y centros de estudio. Sigue habiendo una discusión vigente entre lo académico, lo técnico y el compromiso social.

#FF – Como una variable que no cambia. Sin embargo la otra variable sí cambia, porque el peso de los movimientos sociales tiende a crecer.

ER – Es cierto, pero todavía es muy fuerte la rémora de estudiar desde un lugar externo y constituirlo como objeto de estudio. Sigue siendo muy fuerte en muchas organizaciones y universidades. 

TIERRA

CRISTIAN ACOSTA (UTT – ENTRE RIOS)

PODER LLEVAR EL PRODUCTO FÍSICO, AGROECOLÓGICO Y MOSTRAR DE DÓNDE VIENE ESA COMIDA, PERMITIÓ MATERIALIZAR UNA DEMANDA HISTÓRICA

¿Existe el campesinado en Argentina? ¿Cual es el sujeto rural que puede reformular el modo de producción de alimentos? ¿Estamos condenados al glifosato y a monsanto? La Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT) parece tener respuesta a estas preguntas difíciles y controversiales, conjugando esperanza y realidad. Desde el corazón del agronegocio y la siembra directa, Cristian Acosta, referente de la UTT Entre Ríos, explica cómo va creciendo la organización rural a partir de una alianza estratégica entre los pequeños productores y la mesa familiar. 

#FactorFrancisco – Si pensamos en el problema del glifosato, la producción agraria y la discusión por la tierra, Entre Ríos parece una provincia compleja para el trabajo de las organizaciones sociales  ¿Cuál es la diferencia entre la mirada ONG, ruralista, y la mirada de la organización popular y los movimientos? También considerando que está la pandemia en el medio.

CRISTIAN ACOSTA – Lo que ha pasado en este último tiempo es la explicitación de la enorme debilidad que tiene el sector agrario en Entre Ríos. Para la alimentación de la gente dependemos de otros mercados de producción, como el santafecino o el central de Buenos Aires, que abastecen en un 90% a la provincia. El Estado ha tomado recetas durante muchos años y no han dado resultado. Pero también, por esa razón es que empezamos el trabajo territorial y en eso crecimos muchísimo. A las autoridades les sorprende porque no saben cómo pudimos llegar a donde están los agricultores y organizarlos, cuando ellos lo intentaron durante muchos años y no pudieron. Creo que tiene que ver con una lógica distinta de ver el territorio y el sector en sí. Ahí está la clave. Hay un dinamismo muy grande en una sociedad que demanda otro tipo de alimentación. Al aparecer la UTT y poder llevar el producto físico, agroecológico y mostrando de donde viene esa comida, se pudo materializar esa demanda histórica. Antes era una demanda política, reivindicativa, de una necesidad, pero hoy está en parte apareciendo una producción agroecológica de la cual la sociedad empieza a apropiarse y a exigirla. Ante este nuevo escenario, nosotros tenemos que intervenir sobre la articulación de la política pública, el Estado y las instituciones, para atender con otra mirada el desarrollo del sector de la agricultura familiar.

#FF – Hablabas de otra mirada y otra lógica de transitar el territorio. Si tuvieras que describirla, en lo que refiere a la UTT o a tu experiencia particular, ¿en qué consiste esta lógica?

CA – Cuando el Estado articula con los sectores productivos lo hace con técnicos. Pero si se hace de campesino a campesino, como lo hacemos nosotros, la vinculación ya de por sí es distinta. Uno no solo comprende las dificultades que tienen, sino que además las padece. Hablamos un mismo idioma. Cuando aparece un técnico que no tiene un correlato territorial y no conoce el desarrollo de las problemáticas particulares del sector, los campesinos lo tratan con distancia. Los técnicos son muy valiosos pero con eso no alcanza. 

Después, hay una cuestión histórica de expectativas no cumplidas. Se han desarrollado muchos programas, con buenos nombres y muy buenas líneas, que quedan siempre en la órbita de los que tienen acceso a los títulos. Pero la familia campesina que está metida en el último rincón no se entera nunca. Queda ajena. 

En Entre Ríos hay 17 departamentos. Tenés alrededor de 23 municipios, pero hay 153 comunas rurales con menos de cuatrocientos habitantes. A esas comunas no llega nadie. Cuando hablamos con los jefes de las comunas, la organización termina haciendo el rol que ellos como autoridades públicas deberían estar haciendo. Pero no lo tienen. El Estado atiende solo las cabeceras de departamento y los municipios grandes.

#FF – Está la cuestión de llegar adonde no lo hace el Estado, y de llegar con algo que no es lo tecnocrático. Pero al mismo tiempo, a pesar de la crítica del modo clásico de implementación de la política pública, la UTT articula con el Estado. ¿Cómo se organizan para afrontar ese doble juego? 

CA – A nivel nacional hay un secretariado nacional donde están los delegados de cada provincia. Después tenemos una mesa provincial con los secretarios y delegados de cada territorio que hacen el rol gremial de la base organizado por departamento. En ese esquema provincial también hay un referente técnico para la asistencia productiva, referente de género, área de comercialización, entre otras cosas. Nosotros por necesidad muchas veces suplimos al Estado en el territorio, y en la medida que este quiere articular, lo hacemos en lo concreto. La organización por sí sola hay cuestiones que no puede resolver. Al menos es lo que nos pasa en Entre Ríos. Y pese a esto, resolvemos un montón de cosas sin tener la posibilidad de una articulación efectiva. Eso la gente lo nota. Ve que nosotros con muy poco desarrollamos un montón. Venimos demostrando de una forma muy artesanal que a veces hay que hacer con lo que se tiene. 

Tenemos el dicho interno de que estamos obligados a hacer el pan con la harina que tenemos, porque si quisiéramos hacer el mejor pan con la mejor harina, sería una cuestión de expectativa. Con lo que tenemos hay que ayudar a resolver, y desde esa lógica hemos avanzado

Un ejemplo muy simple para verlo es lo que nos pasa con las semillas. En Concepción del Uruguay nos dieron muy poquitas semillas para 33 familias productoras, mientras que el área de desarrollo social se lleva cantidades de kilos para familias que no saben a quién se las van a entregar. Estas últimas familias, por más que reciban semillas, tendrán un fracaso de producción del 50% o el 60%. Probablemente puedan producir algo, pero no resolverán el problema de la soberanía alimentaria. Ahora bien, eso puesto en manos de familias productoras, puede ser el abastecimiento de verdura ecológica para de acá a 45 días. Y ahí no hay articulación, hay una desproporción.

#FF – Sería interesante que describas el laburo de la UTT, que en todos lados pone en cuestión el modelo de abastecimiento de comidas, pero en provincias productoras de grano se cruzan explícitamente los poderes de los grandes productores y la lógica que introducen ustedes  ¿Cómo llevan esa discusión política?

CA – La lógica de cómo se conformó la UTT a nivel general, inicialmente en La Plata, se dio con la matriz frutihortícola, principalmente hortícola. Con el tiempo se fueron incorporando sectores ganaderos, cría de aves, y otros sectores agroproductores, hasta que llegó el sector de granos. El problema es que Entre Ríos produce granos. No tiene horticultores. Si bien nosotros producimos el alimento que ponemos arriba de la mesa, lo estratégico es cambiar el desarrollo productivo en los sectores claves, y más aún en una provincia que concentra la producción de granos como materia de exportación. Entonces tenemos que hacer una reflexión enorme sobre cómo producimos trigo, maíz o mismo la soja, para que vaya al mercado interno. Ese es el desafío estratégico. En lo inmediato la táctica que nos dimos es poner el alimento rápido arriba de la mesa, y en las mejores condiciones, para que esa sociedad alimentada sea nuestro cordón de solidaridad frente a las otras demandas que tenemos por delante.

#FF – Algo que surgió cuando hablamos allá, en Entre Ríos, es la desaparición del campesinado como sujeto político y como sujeto productor desde los noventa para acá.  ¿Vos planteas que en el consumo de la mesa familiar se va generando una legitimidad para este cambio estratégico en la producción? 

CA – Hay una caída muy grande de la población rural que se dio al inicio de los ochenta. Distingo dos grandes impactos en el arraigo de las comunidades agrarias, sobre todo en las provincias que desarrollaron la soja como parte de las comodities principales. El primero fue la mecanización en la agricultura con nuevas tecnologías, donde los campesinos que venían con técnicas antiguas no se adecuaron y fueron quedando relegados, dejando el arrendamiento de tierras para irse a la ciudad. La segunda ola vino con la revolución verde, es decir, la siembra directa y la aparición del paquete tecnológico de Monsanto. Nuevamente, hubo familias que no se acomodaron y emigraron a la ciudad. Ahí es cuando se da acá la gran concentración de tierra.

La tasa de crecimiento de la  población rural va en picada en la provincia de Entre Ríos. Se hizo un análisis histórico desde las colonizaciones de 1860, hasta la actualidad, y se ve como las comunas fueron despoblándose. El número es tremendo. Entonces, hablar de arraigo rural en localidades donde no hay nadie es muy difícil en términos políticos, porque no hay nadie. Y de esos pocos que quedan, ¿quién llega a ellos para sostenerlos? Ese es el tema que nos estamos encontrando. Nosotros podemos ir a producir trigo, maíz o soja, ¿pero con quién? 

#FF – Daría la impresión de que hay un desafío grande en esquivar el romanticismo que hay de la vuelta al campo y del perfil del campesino. Uno nota que en torno a la soberanía alimentaria hay una gran cuota de hippismo en sangre, y cuando se quiere hacer estrategias con otra impronta, termina funcionando como un obstáculo. 

CA – ¡Sí, está claro! Ahí hay una discusión de sentido muy de fondo. Por eso creo que uno de los méritos de UTT en los últimos años fue trabajar en la referenciacion de productores para que escalen a los niveles políticos de representación y puedan ser la voz de la organización. Quienes pudimos ir a universidad tenemos cierta diferencia, posibilidad para acceder a sectores que los compañeros campesinos no. Hoy todavía nos encontramos con mucho analfabetismo, obstáculo que pensamos que no iba a existir. ¿Cómo hacemos que esos compañeros o compañeras puedan ser referencia de organizaciones campesinas? Porque si no terminamos siendo una pequeña burguesía intelectual que piensa por el actor principal, y seguimos adoptando una actitud paternalista sobre quien tiene que llevar adelante la reforma agraria. Todavía no han podido las organizaciones en general salir de eso. Creo que la UTT lo entendió y viene trabajando un montón en esas referencias, en fortalecer esos nuevos liderazgos.

#FF – En términos de perspectiva ¿Cuál es el principal obstáculo que ves que tiene esta nueva forma de producción para la mesa familiar? ¿Es la tierra, el crédito, la capacitación, la estructura organizativa, la comercialización?

CA – En Entre Ríos hay mucha tierra potencialmente accesible. El inconveniente no es la falta de tierra, porque hasta se consigue que la prestan para que lleves adelante la producción. El tema es cómo desarrollarla. Entonces hay dos cuestiones. Primero, un problema de maquinaria agrícola para iniciar las labores. Lo que se necesitan son herramientas de muy baja tecnología: algún arado, un tractor viejo, una sembradora. Con eso ya motorizas un montón. Y hay mucha tierra disponible. Incluso si tuviéramos que arrendar tierra, es muy económica a comparación de las zonas núcleo de desarrollo hortícola, por ejemplo. Ahora, si nosotros quisiéramos encarar producción de cereales necesitamos un capital que hoy no tenemos para llevar adelante. Hace dos años nos preparamos para hacer treinta hectáreas de trigo, y llegamos a hacer solamente tres. No llegamos por falta de capital. Hoy ese campo tiene las mismas treinta hectáreas cuidadas, preparadas para hacer trigo agroecológico en junio, cuando tendríamos que iniciar la siembra, pero no tenemos articulación con el Estado para poder llevar adelante la producción. Hablamos de treinta hectáreas. No es nada; un número que no existe para la escala provincial. Si con quinientas hectáreas no existís en los cereales, imagínate con treinta. Pero ahí no tenemos posibilidad de resolver. Para el Estado es muy económico, pero el beneficio directo es la producción de harina. Puede estar disponible a un precio absolutamente diferencial. Hoy hay un problema de tecnificación, de maquinaria colectiva.

Por otro lado, la comercialización es clave. Nosotros creemos que en la costa del río Uruguay hay que generar un mercado concentrador que parta del desafío de descentralizar el Mercado Central. En la zona de Colón y Concepción del Uruguay debería estar este mercado, para nuclear todo el corredor de la línea sur y de la costa del río. Hoy el rol lo cumple el mercado “del Charrúa” de Paraná, y es el único de la provincia. Entonces, pasando en limpio, el problema sería la mecanización y la comercialización.

La tierra no es un gran problema acá. Si bien es una demanda histórica, nos encontramos con mucha tierra ociosa, posible de llevar adelante incluso en una propuesta con los dueños de volver a incluirnos en el sistema productivo. Después tenemos compañeros que tienen ochenta hectáreas y ocupan solo mil metros cuadrados criando gallinas para sacar huevos. Es una realidad. Y otra señora que tiene 120 hectáreas y solo hace dulce de leche y conservas para vender. Todo lo demás no lo desarrolla porque no tiene capacidad. Incluso hasta intentamos hacer una suerte de colectivización de producción con varias familias, pero éramos todas familias pobres sin maquinaria.

 #FF – En términos formales, ¿cómo es el mapa de actores en la provincia de Entre Ríos, y el recorrido de lo que se viene construyendo?

CA – Dentro de las organizaciones campesinas en Entre Ríos está la rama agraria del MTE (Movimiento de Trabajadores Excluídos), con presencia en Concordia y algo en Parana. Después la Federación Nacional Campesina que es un instrumento de la Corriente Clasista y Combativa (CCC), con presencia en algunos lugares de la costa del Paraná y el norte de la provincia. Y después estamos nosotros. Una de las tareas que emprendimos fue la de intentar a volver a nuclear una vieja federación de mujeres campesinas. Acá hubo un trabajo de la Acción Católica Argentina que dio origen a las Ligas Agrarias. Y de esas Ligas quedó esta federación de mujeres campesinas muy dispersas por la provincia. Estamos tratando de ir encontrándolas. Esos seríamos los actores que componemos el mapa de las organizaciones campesinas de base. Después está el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), un actor fundamental, pero que también su mirada limitada ha incidido en los límites que encontramos en la organización del sector ahora. Si bien incorporaron ingenieros y directores de área muy interesantes, en la línea operativa siguen siendo del viejo esquema. Entonces tenemos algunas tensiones con ellos, pero que son positivas porque se pueden abrir puertas. Por último, el Estado provincial con la secretaría de Producción invisibiliza al sector de la agricultura familiar y se avoca centralmente a cereales, cítricos y todo lo que es la cadena avícola. 

#FF – En el campo propio y a nivel ideas, estilos, factores, ¿qué te parece que es lo que más ayuda y lo que más dificulta? Viendo esto que comentas, la diversidad de organizaciones termina siendo a veces un factor de fragmentación. 

CA – Mirá, nosotros seguimos teniendo un trabajo muy grande para la construcción de consenso. Porque indefectiblemente, cuando esto se dinamice un poco más, van a tener que articular igual con nosotros. Entonces, en vez de poner la diferencia como inicio de la relación, intentamos poner aunque sea el único punto de acuerdo que tenemos. Y desde ahí vamos construyendo con la lógica de “uno por uno”. Cumplís uno, avanzamos uno más. Nos fallás uno, y lo pensamos. La idea desde nuestro lado esta así planteada. Es muy dificultoso, pero la idea general es que ni bien pase la pandemia organicemos una gran reunión con los actores para armar una mesa provincial donde se discutan los pros y los contras, pero que veamos las perspectivas y no las divisiones. 

#FF – ¿Y cómo está planteada la construcción de liderazgos?

CA – Hay que hacer un trabajo enorme en la formación política. Hay mucha confusión, incluso entre los que tenemos más experiencia. Si se desconoce qué es el Estado, cuáles son sus instituciones y por qué actúa de la forma que actúa, dificulta mucho la construcción de liderazgos. Pero no nos construimos desde el academicismo, sino desde la representatividad natural que tienen los campesinos en el sector. No es lo mismo que vaya yo, Cristián Acosta, que viene de la ciudad y que tiene formación académica, a una reunión campesina a que vaya Alicia Shwarman, que tiene 73 años y es una mujer campesina de toda la vida, luchadora ambiental, y que junto a sus dos hijas llevan adelante cincuenta hectáreas de producción. Seguramente Alicia no va a comprender la disputa geopolítica por los recursos, ni la relación de la Argentina en el mundo, pero sin lugar a dudas va a entender cómo el modelo productivo la deja afuera de la vida campesina y ese es el punto desde donde se genera una empatía real con los productores. 

Eso no quita que tenemos que hacer un enorme esfuerzo para elevar la calidad política de esas compañeras, para que ocupen una representación de la cual no signifiquemos nosotros un tapón. En ese sentido, como digo, los esfuerzos son grandes. Por eso trabajamos con mesas muy democráticas a la hora de discutir. Más allá de que se tarde mucho a la hora de tomar una decisión, agotamos todas las instancias de discusión para llegar a la resolución. 

#FF – Y hablando un poco de lo generacional (mencionabas una trabajadora de setenta años). ¿Cómo ves el recambio generacional?

CA – El sector más activo son menores de 35 años. Y hay una franja muy particular que va de los 20 a los 25. La juventud está muy marcada en la organización. Entonces nosotros les dimos responsabilidad, a pesar de su juventud. Los grandes son habitualmente los que dictan los talleres y las formaciones, y van gestando el desarrollo productivo. Pero intentamos que las responsabilidades gremiales, si querés decirle así, las asuman los jóvenes, que son los que más dinamizan. La mayoría de los delegados tienen menos de 34 años. Es más, solo cuatro de veinte somos mayores de 35.

#FF – Si bien la UTT tiene una identidad que se va consolidando, es una organización bastante cercana en el tiempo. Recién hablabas de una diferenciación con otras organizaciones como CCC y MTT. ¿Ya hay una identidad UTT o está de fondo una construcción de años y de experiencias que funciona como acuerdos implícitos?

CA – Hay una identificación importante en la mayoría que se asumen como parte de la UTT. Pero bueno, el desarrollo que se dio en Entre Ríos venía medianamente construido de antes. Veníamos de tres o cuatro años de conocernos. De ese núcleo dinamizador que inicialmente abrió la posibilidad para que se transforme la organización en la provincia, vimos que en los primeros meses, incluso hasta el principio de este año, fueron los sectores que por una cuestión de subestimación no trabajaban en incorporar masivamente a los campesinos. Pensaban que primero había que organizarse, saber bien qué estábamos haciendo, y después salir al encuentro de nuevos campesinos. En el departamento de Uruguay trabajamos con una lógica distinta: primero salgamos al encuentro de la mayoría, para que la mayoría que de ideas hacia adentro de la organización sea del sector agrario. Porque las ideas que se priorizaban al inicio eran de la ciudad hacia el campo, no del campo a la ciudad. De ese grupo inicial, que éramos unos diez, quedamos en absoluta minoría en relación a los sectores campesinos. Ahora las ideas se corrieron. Tenés realmente organizados a los campesinos, y no militantes disfrazados de campesinos. Intentamos que sean militantes, claro, pero antes son campesinos. 

Más allá de que los que motorizaron la UTT son excelentes compañeros y compañeras, provenían de una idea pequeño burguesa con una mirada de ciudad. Si queríamos darnos una identidad campesina teníamos que transformarnos dando vuelta la torta. Entonces, de las ochenta familias que tenemos hoy, setenta son campesinas. Y los otros diez, si van a ir aumentando depende de cada territorio. En Gualeguaychú, por ejemplo, crece más porque es un departamento donde el rol del municipio tapona mucho el desarrollo, y es donde más están esas ideas, esas miradas paternalistas de la ciudad hacia el campo. Ahí la base casi que no crece. De hecho, se va achicando. 

En Villaguay en cambio, empezamos a trabajar con una familia de la comunidad charrúa, en abril del año pasado, y hoy llegamos a casi sesenta familias en el departamento. Ellos pensaban que nosotros íbamos a dirigir nosotros como se organizaba el departamento de Villaguay, pero mi planteo fue al revés: “si ustedes van a constituir UTT en Villaguay, tienen que dirigir ustedes”. No creer lo que escuchan. En su territorio ya habían estado otras organizaciones, los habían convocado a una mesa y ofrecido organizarse, pero era con la mirada de un liderazgo de afuera de la comunidad, y por eso finalmente no ingresaron. Con nosotros trabajaron unos cuatro o cinco meses, estudiándonos y viendo lo que queríamos hacer. Cuando tomaron la decisión crecieron muy rápido, porque ya estaban absolutamente convencidos. 

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