“No solo hay que forjar el riñón de la Patria,
sus costillas de barro, su frente de hormigón:
es de urgencia poblar su costado de Arriba,
soplarle en la nariz el ciclón de los dioses.
La Patria debe ser una provincia
de la tierra y del cielo”.

Leopoldo Marechal, Descubrimiento de la Patria

“Tata Dios nos pide coraje. Que no nos achiquemos. Tenemos una doctrina que practicar, predicar y vivir. Y si cuando se presenta la oportunidad, si cuando hay un riesgo en vivirla en toda su integridad nosotros nos achicamos entonces hemos perdido la oportunidad y Tata Dios se encuentra defraudado por nuestra falta de fidelidad. Sean santos como Dios espera que lo seamos. En la vida cotidiana, nada extraordinario, pero sí lo extraordinario de vivir hasta en sus detalles la doctrina del amor” 

Don Jaime de Nevares,  mayo 1995 

“Deben encararse los cambios con decisión y coraje, avanzando sin pausas pero sin depositar la confianza en jugadas mágicas o salvadoras ni en genialidades aisladas. Se trata de cambiar, no de destruir; se trata de sumar cambios, no de dividir. Para cambiar importa aprovechar las diversidades sin anularlas.”

Néstor Kirchner, 25 de mayo de 2003

«Todos los días hemos de comenzar una nueva etapa, un nuevo punto de partida. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan: esto sería infantil, sino más bien hemos de ser parte activa en la rehabilitación y el auxilio del país herido. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia religiosa, filial y fraterna para sentirnos beneficiados con el don de la Patria, con el don de nuestro pueblo, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser Nación, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído. Aunque se automarginen los violentos, los que sólo se ambicionan a sí mismos, los difusores de la confusión y la mentira. Y que otros sigan pensando en lo político para sus juegos de poder, nosotros pongámonos al servicio de lo mejor posible para todos. Comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria, con el mismo cuidado que el viajero de Samaria tuvo por cada llaga del herido. No confiemos en los repetidos discursos y en los supuestos informes acerca de la realidad. Hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está el Resucitado. Donde había una piedra y un sepulcro, estaba la vida esperando. Donde había una tierra desolada nuestros padres aborígenes y luego los demás que poblaron nuestra Patria, hicieron brotar trabajo y heroísmo, organización y protección social.»

Jorge Bergoglio, 25 de mayo de 2003

LA BARCA / LA PATRIA

Hay barcos en la historia de la Patria.

Los iniciales, quizás, están en los ojos de los indios, los primeros de los nuestros. Los que ellos vieron venir, desde las pampas hermosas e inmensas que habían sido de ellos por milenios. Eran las naves de los colonizadores que asomaron ávidos de la plata del Potosí. Esos que llegaron por el río que hoy lleva el nombre del metal precioso que buscaban y que terminó dando el nombre, argentum de nuestra riqueza y codicia, a esta tierra. Las Provincias Unidas del río de la riqueza que algunos querían llevarse y que debían ser para todos. 

Hay barcos que llegaron llenos de historias de desarraigo, de hambrunas de guerra, de destinos inciertos y de esperanzas largas. Los barcos de las fotografías en sepia y de los mil colores de Quinquela. Son los barcos que vinieron trayendo con ellos los instrumentos para cantar sus penas y anhelos. Fue en las orillas de los grandes ríos donde el bandoneón de las iglesias se hizo tango y el acordeón de las fiestas chamamé. 

Son los barcos frágiles pero certeros de los ríos de la orilla brava. Los de trabajadores que reman enamorados mientras con el sudor y la noche hacen el sustento para parar la olla: “Llevo mi sombra alerta, sobre la escama del agua abierta y en el reposo vertiginoso del espinel. Sueño que alzo la proa y subo a la luna en la canoa, y allí descanso hecha un remanso mi propia piel.”

Hay barcos-veleros como el de Vito Dumas dandole la vuelta al globo como un lobo solitario. Hay barcos de la rebeldía, de tanguitos, de pelos largos, utopías y de tristeza en el mundo abandonado, para irse a naufragar. Balsas de muchos y de unos, de poesía, refugio, huida y encuentro a la vez.  

Hay barcos con dolores y hundimientos y honduras: el ARA General Belgrano, que es una lanza clavada en el costado de la Patria y que sigue doliendo hasta que podamos reencontrarnos todos allá en Malvinas. También el ARA San Juan y los 44 héroes que se quedaron para siempre sumergidos en la inmensidad del Atlántico Sur. Y el Almirante Irizar avanzando firme hasta el fin del mundo. 

Estamos todos en todas estas y otras barcas que son una misma barca. 

Barca y arca, a las que no les han faltado diluvios y naufragios

En la proa lleva una consigna difícil que es combatida y al mismo tiempo insiste, en todas las navegaciones, naufragio tras naufragio, y en cada nuevo viaje: NADIE SE SALVA SOLO. 

La Patria es una nave en el mar de la historia y en la tormenta del mundo.

LA PATRIA COMO UN DOLOR / LA PATRIA FELIZ

“La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre”, dice el “poeta de la patria joven”. Leopoldo Marechal fue perseguido y bastardeado desde la academia por haber gozado la fiesta del pueblo desde su embrionario 17 de octubre. Le pasó lo mismo a Enrique Santos Discépolo (que, como el autor de Adán Buenos Ayres, es una referencia permanente del Papa). También le pasó y le pasa a Ramón Carrillo. La excelencia puesta al servicio de la felicidad del conjunto es algo aberrante para quienes creen que la belleza y la salud son un patrimonio exclusivo de quienes tienen el respaldo de las hectáreas o las divisas. 

Carrillo fue un hombre que apostó por la dignidad y la plenitud del pueblo. Por su salud y potencia. Así entendió la política sanitaria. Se lo acusa por haber querido que los criollos y mestizos desenvuelvan su mezcla virtuosa para ejercer plena soberanía sobre estas tierras del sur. Que los hijos de los que padecieron el genocidio, unidos y mezclados a otros que vinieron cruzando el océano, gobiernen estas Pampas, selvas, cordilleras y mares. Esa pretensión de afirmación de un pueblo, se tradujo en un sistema de salud organizado en torno a la certeza de que “en esta tierra lo mejor que tenemos es el pueblo”. Eso es lo que buscan escupir con veneno. El gran sanitarista argentino es calumniado en medio de una pandemia que pone en cuestión los sistemas de salud dominados por la lógica del mercado. Hay un sistema mundial que cruje y no tolera ni siquiera el recuerdo de un país que supo ser feliz. Sus voceros atacan los símbolos y los nombres de lo que nos sostiene. Horadan la memoria, pero la memoria insiste. Y florece. Hay que cuidarla, sin embargo, porque acá en Argentina sabemos bien que la memoria es nuestra casa común.

RECONOCERNOS EN LOS NUESTROS:  FRENCH, BERUTI, RAMONA Y VICTOR

Los relatos de la revolución de Mayo cuentan que, a la par del Cabildo abierto, las calles se iban picanteando. Y no era solo una pueblada, una revuelta. Había liderazgos y una proto organización popular que tenía en la resistencia a las invasiones inglesas el antecedente inmediato. Billiken y Kapeluz solo se quedaron en eso de las escarapelas a la hora de inscribir a French y Beruti en el relato de la gesta de mayo, pero todo indica que estaban más cerca de ser “referentes sociales” que directores de protocolo. Eran los que lideraron a los que afuera del Cabildo esperaban que los criollos notables patearan el tablero para decir que esta era tierra de hombres y mujeres libres. Los que no entraron al Palacio fueron los que adelantaron y empujaron el acontecimiento. El pueblo no solo quería saber de qué se trataba: estaba dispuesto a poner el cuerpo. Desde entonces, lo viene haciendo en los campos de batalla, en las plazas, en los ríos, en los barrios. 

Es la historia de nuestra Patria: articular y a la vez sobrepasar una y otra vez el límite de lo instituido con una fuerza popular que al mismo tiempo desborda y encuadra. Misterios gozosos, dolorosos y luminosos, misterios misteriosos de la encarnación de lo nuestro, de la construcción del nosotros.

Hoy es lo mismo. Junto con otros trabajadores, desde el inicio de la cuarentena los referentes sociales y líderes comunitarios han sido actores esenciales. Las mujeres y hombres que trabajan en la organización de la comunidad, son hoy la garantía de que en muchos lugares haya un plato de comida. También son la contención de los ánimos desesperados de los argentinos y argentinas a los que les falta todo menos fuerzas. 

Hoy hay nombres equivalentes a los de French y Beruti. Referentes que encarnan las luchas cotidianas de muchos y que son una presencia que empuja a los funcionarios a ejercer la disciplina de no ceder ante la tentación -sutil y grosera- de los poderes. Pero hoy, más que nunca, hay que poner en el centro de nuestra historia a Ramona Medina, Victor Giracoy y a muchos más. A la Patria sublevada que aún no logra salir del subsuelo, pero que tiene la fe y la conciencia de que tiene derecho al buen vivir. 

PUEBLO / SANTIDAD

Un país es un pueblo encarnado en un sin fin de historias únicas e irrepetibles que se nutren de una gesta heróica que convierte en mito la victoria fundante de una identidad. Hay que alcanzar nuevas victorias y narrarlas en escala colectiva. Poder contar cómo el pueblo, a partir de millones de actos heroicos y virtuosas articulaciones, logra torcer el destino genuflexo que trazan los mediocres y avaros.

El futuro inmediato demanda niveles exigentes de organización y grandeza. Niveles que van más allá de lo humano. Son exigencias y desafíos que van más allá de lo que somos. En el sentido de la política y de la trascendencia.  

Somos, más o menos, una sociedad. Pero necesitamos ser un pueblo. Tenemos ciudadanía, tenemos una sociedad civil compleja, densa y diversa. Tenemos el desafío de que todo eso se articule en torno a algo superior. Acá hay una intuición central del Papa cuando habla de “el santo pueblo de Dios”. Habla de la Iglesia pero también de esa comunidad siempre abierta que se convoca y se deja interpelar, hasta lo que está más allá de lo humano -hasta la santidad- por una invitación absoluta, encendedora y redentora.

Solo un pueblo “santo” puede dar vuelta esta historia. Santo no por moral perfecta ni por superioridad de cualquier tipo. Es el mismo Francisco el que habla de “los santos de la puerta de al lado” o de la “clase media de la santidad”. Es la heroicidad de lo cotidiano, del que tiene conciencia que su existencia no es un átomo suelto sino que está inmerso en una trama de pasiones, miedos, necesidades y luchas que no son estrictamente suyas pero que tampoco le son ajenas. Una solidaridad elemental y silenciosa, como la que se nos demanda hoy con una consigna tan básica como “Quedate en casa”. Es la claridad para saber donde se nos necesita y también cuando es que algo heroico se nos demanda. “Hoy te convertís en…”  dice cada tanto la vida. 

Francisco no solo habla de la santidad de todos los días. Junto con eso pone en el centro, una y otra vez, a los que son perseguidos por buscar la justicia social y la vida para todos. 

ARGENTINOS UNIVERSALES / AUTOESTIMA NACIONAL

Estas líneas, como otras que venimos desarrollando acá, tienen un punto de partida, que es al mismo tiempo una excusa, una mediación, una inspiración y una hipótesis: el hecho insólito, excepcional y disruptivo de que haya un Papa venido de acá es una oportunidad para repensar algunas cosas nuestras. Pedro Saborido suele decir en sus charlas que, hasta no hace mucho, decir “un Papa argentino” era como un chiste absurdo. Pero en el reverso del chiste hay una operación del sentido común que tiene que ver con la autoestima de los nuestros y de lo nuestro. Ese al que los que fugan, evaden y concentran le temen y, una y otra vez, socavan. 

Un “Papa argentino” era como decir “el día de la escarapela”. Bueno, el día de la escarapela llegó. Puede haber un Papa argentino, podemos ser nosotros, podemos y debemos distinguirnos en la batalla, en el baile y en el juego. Ya lo sabíamos en el fútbol, en las revoluciones, en la ciencia y en el arte. En todo caso, para cosas así sirve una escarapela: para reconocerse en la confrontación, el debate, la catástrofe o la reconstrucción.

Por eso insistimos con algunos tópicos de lo que dice Francisco, que sigue siendo Jorge de Flores, Bergoglio, y ahora nos “tira centros” desde San Pedro y desde Santa Marta. O sea, desde la Basílica imponente que ya se encargó de llenar varias veces de cartoneros e indios, o desde la residencia bastante austera con nombre de mujer desde la que todos los días de la cuarentena dio misa casi como un cura de barrio, urbi et orbi, lanzando cada mañana mensajes de cotidianidad cariñosa mezclados con señales políticas. Gestos y expresiones, como muchos de los que desde el principio despliega y ante las cuales las derechas y oligarquías del mundo acaso no tiemblan… pero que algo les debe hacer porque no por nada lo atacan como a pocos Pontífices en la era moderna.

Van acá tres de esos ejes con los que Francisco insiste y cuya traducción, provocación y articulación siguen pendientes de ser más y mejor asumidas. 

  • Cultura del descarte / Cultura del encuentro

La teología del pueblo, vertiente de la teología de la liberación de la que Francisco se nutre sencillamente porque creció en su ambiente, que también es una atmósfera política y social, pone en la cultura un acento que en otro sitios no se tuvo. Lo cultural no es sin embargo para este pensamiento una zona blanda que escapa a la economía, sino muy por el contrario una matriz de entendimiento del mundo, confrontada con otras y al mismo tiempo integradora. Cultura es la matriz de sentido profundo, mítico diría Francisco, que orienta la vida, la acción política y económica. Esto, el capitalismo salvaje y sus agentes lo saben muy bien, por eso su acción cultural y su atención al alma de lo popular son una piedra angular de su éxito. 

La denuncia de la cultura del descarte y la propuesta de la cultura del encuentro son un par “bien de Francisco”. Y por eso merecen atención, profundización, y también, cuidado en su interpretación. 

Hay riesgos en el tipo de recepción que tienen por estas tierras esos tópicos. En estos días en que por suerte mucha gente se sumó a debatir la encíclica Laudato Si al cumplirse 5 años de su publicación, no es difícil ver su potencia pero tampoco el riesgo que aparece. No se puede pensar la cultura del descarte como un mero problema de ecologismo reciclador, que a lo sumo menciona al cartonero como ejemplo de superación personal -casi un emprendedor del reciclaje-, pero omite señalar la estructura y el modelo económico que lo empuja a vivir de la basura. Lo mismo pasa con el encuentro: el riesgo es confundirlo con esas mesas de diálogo anodino donde los conflictos no se “acarician”, como gusta decir Bergoglio, sino que más bien se disimulan, pasteurizan y, en última instancia, se evitan. El tiempo demanda un encuentro con la realidad y nombrarlo con las palabras justas. No bastan las medias palabras que no espantan a nadie y ni llegan a incomodar privilegios. Una idea de lo armonioso, tan tramposa como inteligente, pero también tan viable como estéril. Una cosa es la caricia y otra diferente la blandura.

La cultura del descarte que Francisco rechaza implica una reacción en palabras y unas acciones que necesariamente harán ”lío”. Pero no el que suelen aplaudir los poderosos porque les parece simpático o innovador. Lío del otro: el que implica incluir a fondo al prójimo, que es la Patria, ya no como mera consigna sino como núcleo de la cultura. Como modo de vivir y de ser. Como mandato ético. Y podemos decir más, superando inclusive la perspectiva de derechos: porque el servicio y el amor al otro son del campo de la obligación.

Entonces “encuentro”, dicho por Francisco, es acercamiento de cuerpo presente a los conflictos, cuya estructura íntima, antes que nombrarse o pensarse, debe ser “tocada”, atravesada, asumida en todo su antagonismo hasta que suceda lo que Francisco llama una superación por desborde. Dicho de otro modo: hasta que se pueda poner de este lado lo que hasta ayer se decía que era imposible. Lo que el pensamiento fatal -el del consenso neoliberal que comparten conservadores, socialdemócratas, izquierdas y progresistas-  considera no sólo imposible, sino aberrante. 

La articulación posible es una cultura del encuentro para transfigurar la cultura del descarte, desde los descartados mismos y su dignidad como sujetos y medida de la política y de toda la vida colectiva. No hay que tener miedo de llamar a este encuentro unidad del pueblo o unidad popular. O sea, algo nada parecido a un prolijo diálogo habermasiano. Para Francisco, en todo caso, ser ciudadanos dialogantes es más o menos fácil o habitual. Lo bravo, y lo fundamental, es poder ser pueblo. Eso, ser un pueblo, es una lucha. Y al mismo tiempo, un don. 

  • Poliedro, asimetría y realismo audaz

Daniel Santoro suele hacer una reflexión sobre el escudo justicialista. Sobre su asimetría. Las manos que se toman están en diagonal. La horizontalidad deseada, pero ficticia proveniente de las revoluciones burguesas, es reemplazada por un arriba-abajo, y una toma de manos. Muchos ven eso como un dato de asistencialismo, caudillismo, opresión, reformismo anti-revolución. Pero se puede ver ahí también, en el apretón de manos, un realismo inconmovible: la desigualdad existe pero el apretón de manos, entre los hasta ahora desiguales, también.

El Papa tiene también, y es bastante conocida, una metáfora geométrica. Donde la imaginación política clásica piensa la perfecta figura de la esfera (platónica en filosofía, habermasiana pero al final neoliberal en política), Bergoglio propone el áspero y anguloso poliedro. Una “forma” que conserva sus filos, sus aristas. Lo que para muchos constituye una de-formidad. Podemos decir, con Gramsci, que un poliedro porta siempre algo de in-con-formismo (vale recordar que él mismo define la hegemonía como “conformismo moral”). El poliedro de Francisco, deforme, es un no conformismo, una hegemonía desafiada, siempre fallida y abierta. Las cosas pueden cerrar, pero de-otra-forma. El poliedro es una propuesta de otra forma de imaginar la sociedad. 

Muchas veces se ha pensado la Patria como una esfera perfecta: homogénea, equilibrada, armoniosa. Impoluta. Pura. Es la utopía conservadora. Esta forma estéticamente impecable tiene, sin embargo, un precio: esconde, niega o eventualmente mata a lo que no se condice, a lo que no se conforma con esa imagen, con esa forma. Estos días tenemos un ejemplo de eso: la “embellecida” Ciudad Autónoma de Buenos Aires, que un día se da cuenta que tiene unos barrios pintados por fuera pero sin agua por dentro. Ese es el problema de la esfera: no funciona, es mentira, tarde o temprano aparecen las aristas. Y las heridas.

La figura del poliedro vale también como advertencia e inspiración para construir el movimiento popular. De este lado de la cosa tendemos también a fantasear con una identidad cerrada, en el pasado o en las ideas, en el núcleo doctrinario o en tales o cuales maneras de construir el campo popular. La esfera tranquiliza: en la ideología, en las manera clásicas o conocidas de hacer, en el espacio previsible y liso de los propios, en una pureza de abajo o de alternativa, pero en última instancia tan irreal como la del otro lado. Con mejores intenciones, claro, pero en última instancia derrotable. Las izquierdas latinoamericanas lo han vivido -miremos Brasil- y nosotros mismos hemos tenido momentos en que, cerrandonos en nuetras mejores y esféricas convicciones, nos engolosinamos de ideas, dejamos lo real y perdemos la mayoría. Pero no sólo perdemos elecciones: también perdemos el corazón y el alma del pueblo.

  • El kerigma y lo esencial, para poder vivir juntos 

Todas las verdades son importantes, pero hay verdades más importantes que otras. Más centrales. Algo así dijo el Papa y conquistó a muchos, al mismo tiempo que se ganó unos cuantos contreras por no decir enemigos. 

La idea del kerigma es en teología la noción de la centralidad del anuncio central, del reconocimiento básico. El centro del mensaje. El núcleo de la fe. 

Cuando comenzó la cuarentena se dio en nuestras calles un fenómeno raro y bello que se puede traer acá. Para el 24 de marzo, como no fue posible marchar a las plazas, la gente puso en sus puertas pañuelos blancos con inscripciones y carteles. Pero más que nada los pañuelos. 

Unos días después circuló por las redes, esas callejuelas populares de estos tiempos, el rumor que decía que convenía anudar a la puerta un pañuelo blanco contra los males de este mundo. Quedaron allí, unos días, unos y otros. El luminoso símbolo de las madres y abuelas y el nudo de tela gualicho urbano. Como una marca en los dinteles, como una señal en los umbrales. Como una marca  para que pase de largo el ángel de la muerte, el que se lleva lo más vivo de cada casa, lo más querido, las primicias de la cosecha y los primogénitos. En este tiempo de cuaresma y pascua, de cuarentena y pandemia, de renegociación de la deuda y crisis social y económica, de unidad política y desafío social, “hacemos un nudo en el pañuelo” para olvidarnos o no olvidarnos después, como dice la cigarra. Ambos pañuelos marcan el amplio espectro de lo que somos, nuestra esencia popular heterogénea y contradictoria. Lo mejor de nosotros, lo central, lo kerigmático. Hay que sintetizar todo lo que cabe entre la conciencia popular crecida entre la reivindicación de los derechos y la construcción de la justicia social, por un lado, y los deseos cotidianos de vivir, prosperar y protegerse, a veces individualistas o difusos, de nuestra gente.

En ese arco ancho hay que pensar y traer de nuevo lo mejor de nosotros, para resucitar y seguir cantando al sol. 

REVOLUCIÓN DE LA TERNURA / CUIDADO DE LO COMÚN

Este 25 de mayo nos encuentra con la palabra cuidado entre las más mencionadas en la política y en el discurso público en general. Palabra que, hay que recordar además, nombra uno de los núcleos centrales del pensamiento del movimiento de mujeres y una de sus interpelaciones más potentes respecto a las prácticas sociales, el reconocimiento y la distribución. “Quién cuida a quién, en qué condiciones, con qué consecuencias y a cambio de qué” podría ser una ecuación para pensar la ciudadanía y el lazo social en la Argentina del 2020. 

La fecha patria llega además mientras se cumplen cinco años de la encíclica de Francisco sobre el cuidado de la Casa Común. Con ese subtítulo de la Laudato Si, Francisco mete en una sola frase la cuestión económica, la cuestión ecológica y todos los registros de las tareas y acciones necesarias. 

Cuidado es protección y cercanía, acogimiento y ternura, cultivo y labranza. Y al mismo tiempo es advertencia y denuncia. Prudencia, entendida como coraje en la autolimitación y la entrega, un llamado urgente y firme para la corrección del rumbo mortal y depredador de los otros y de los recursos, de la vida individual y del entorno.

Desde las prácticas individuales hasta las decisiones geopolíticas, el cuidado es un nombre de, y a la vez interpelación a, las formas de ejercer el poder. Y es también un llamado a la delicadeza, la rigurosidad, la cautela y la precisión, un señalamiento de la oportunidad que debemos aprovechar pero que además podemos perder si no actuamos urgentemente, con consecuencias terribles.

La ecología y la economía y la casa van de la mano. Las tres contienen el eco de “oikos”, casa en griego, en su raíz. 

Es un tiempo de cuidados. Cuidado del lugar donde habitamos, la tierra compartida que debe ser distribuida, el techo que cada cual debe tener para poder vivir juntos bajo el cielo común de la Patria. Cuidado de la mesa servida que el trabajo creado y defendido garantiza, donde la dignidad se plasma en el corazón íntimo de cada familia. Cuidado en las prioridades y las decisiones. Cuidado de la unidad. Porque el cuidado de la tierra, la mesa y la dignidad demanda construcciones políticas capaces de subordinar la economía al bien común.

«Decir Patria es decir humanidad«, escribió José Martí. Este 25 de mayo, en medio de pandemias, renegociación de deudas y barrios emergentes, volvemos a gritar:

AL GRAN PUEBLO ARGENTINO, y a todos los pueblos: ¡SALUD!

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