Identidad, esperanza, cuerpo, reconstrucción, lucha, milagro. Cada palabra de Victoria Montenegro tiene la fuerza de lo que resiste y vence. La nieta recuperada que llevó el retrato de su papá desaparecido hasta el Vaticano se hace fuerte en la fe para seguir buscando a sus hermanos que nos siguen faltando. Con convicción agarra el brazo que tiende Francisco para construir futuro, también desde la Iglesia.

#FF – Iglesia y dictadura es un trauma que perdura en la sociedad argentina, y tu historia personal es testimonio vivo de ello. ¿Cómo se procesa esa marca?

Victoria Montenegro – Soy creyente. En mi caso particular, la Iglesia tuvo un rol muy especial. A mí me entregan a los brazos de mis apropiadores monjas que trabajaban cuidándonos en la Comisaría Femenina de San Martín. Me bautizan en Campo de Mayo como María Sol y la consigna de las monjas que me entregan era que me criaran católica para que no sea subversiva como mis padres. Después viene la historia, la verdad y todo el proceso de reconstrucción de mi identidad.

Igualmente, yo me distancio de la Iglesia en mi adolescencia. Estaba en cuarto año cuando me casé. Primero fue por civil y nos íbamos a casar por Iglesia cuando naciera nuestro primer hijo. Me acuerdo que estábamos en 5to año cuando el cura del colegio me confiesa y me pregunta si estaba casada por Iglesia. Como le dije que no y le hablé de mi bebé, me dijo que no me podía dar el perdón porque estaba viviendo una situación de pecado. Yo le expliqué que había priorizado la vida de mi hijo, pero él dijo que si yo hubiera interrumpido el embarazo y me arrepentía, ese pecado ya hubiese terminado y entonces podía absolverme. Ahí me peleé con ese cura y con la Iglesia toda.

#FF – Teniendo esta marca del rol de la Iglesia en la dictadura en tu propia vida pero también como una mujer de fe. ¿Cómo tramitaste la elección de Bergoglio como Papa?   

VM – Cuando Francisco era Bergoglio, yo era de las que estaba convencida de que él era parte de esa Iglesia que no sé si había participado directamente, pero que había callado los crímenes de la dictadura. Por eso, cuando me entero que lo designan Papa le hablé desesperada al Padre Carlitos que en ese momento era párroco de la Santa Cruz. Me dijo “No Vicky, es buenísimo. Tenemos mucha esperanza puesta en él. Él va a hacer cosas muy buenas”. Ahí pensé que quizás no era tan como yo creía. Y dije: “es argentino y además dicen que es peronista, así que veamos qué es lo que sucede” (risas). Y la verdad nos sorprendió a todos.

#FF – ¿Te fueron cautivando los famosos “gestos del papa”?

VM – Me pasó algo parecido como con Néstor (Kirchner). Yo a Néstor no lo voté, de hecho era otra persona, pensaba de otra forma y creía que era más de lo mismo. Pero de pronto lo empezabas a escuchar y aunque no quisieras había cosas que te interpelaban. Cuando lo empecé a escuchar a Francisco pude encontrarme en ese llamado urgente a cambiar este sistema colapsado. Hay temas que deberían ser esenciales para construirnos como humanidad, una sensibilidad que nunca deberíamos haber perdido y que Francisco recupera.

Y recibir desde un principio a los organismos de DDHH, el compromiso con abrir los archivos y el rol que está teniendo la Iglesia en la recuperación de los nietos son mucho más que gestos. Los que me criaron estaban convencidos que ellos me estaban protegiendo de “los malos”. Hay mucha gente que piensa en esa línea y por eso es muy importante que la Iglesia, con la autoridad que tiene entre cierta gente, pida que quienes saben qué pasó con esos bebés hablen con las Abuelas y faciliten información.

#FF – ¿Alcanza esto para poder cerrar una herida tan profunda?

VM – Mirá, en medio de todo este proceso yo recupero los restos de mi papá. Él fue víctima de los vuelos de la muerte y mis tías lo habían buscado durante 35 años. Recuperar el cuerpo fue reparador a la larga, pero la autopsia y ver ese cuerpo que “hablaba” fue muy duro. Uno no puede entender tanta perversión, cómo el Estado tomó una criatura, que en ese momento tenía la edad de mi hijo, y le hizo todo eso. Yo sabía que los capellanes le daban la bendición cuando subían, les daban fuerza y les repetían esa idea de que el agua lavaba los pecados. Entonces, cuando vos encontrás ese cuerpo, con toda esa brutalidad, esa locura, esa carne destrozada, todo eso te interpela, te enojas con Dios, y decís “si esto existió vos no existís”.

Pero inmediatamente me dije, yo sigo creyendo. Me acuerdo que fuimos con el Padre Carlitos a darle la primera bendición a los restos de papá y cuando leí la autopsia le pregunté ¿Cuánto dolor aguanta un cuerpo? “Esa no es la pregunta Vicky”, me respondió, “la pregunta es ¿cuánto amor aguantó ese cuerpo? Cuanto amor por un proyecto de país, por sus compañeros, cuanto amor por VOS”. A mí la fe me rescató de ese pozo que es un abismo sin salida, porque hay un millón de preguntas que tienen un solo destino: más dolor. Y la fe me permitió ver todo esto desde el lado del amor.

En la vida uno puede quedarse con el horror, o ver cómo una palabra de esperanza te puede poner en un lugar totalmente diferente. Creo que más allá de todo, de lo más terrible y lo más perverso que pudo haber existido, creo que hubo un milagro. Encontrar el cuerpo de mi papá fue un milagro, de la ciencia pero sobre todo del amor y de la vida. A pesar de que esa carne se rompió, hay algo que sobrevive, en mis hijos, en mi vida y en mi militancia.

#FF – En 2014 viajaste a Roma con la comitiva presidencial y visitaste a Francisco en Santa Marta ¿Pudiste hablar algo de todo esto con él?

VM – Le regalé un cuadro donde está la foto del lugar donde descansa papá, con la frase de una canción que cantamos en la Iglesia de la Santa Cruz, que dice “Sólo el amor alumbra lo que perdura”. Se lo pude dar explicándole lo importante que es para nosotros tener un lugar donde recordar a nuestros seres queridos. Tener sus cuerpos, poder enterrarlos con este proceso de Memoria, Verdad y Justicia.

El ya conocía mi historia. Es una persona sumamente sencilla, muy cercana. Cuando todos nos pusimos para la foto, me dicen que lo agarre del brazo. A mí me parecía demasiado pero Francisco me preguntó qué pasaba, yo le cuento y entonces me dice “¡y agarrame del brazo!”.

Yo creo muchísimo, y abrazo la fe porque es lo que me sostiene. Para mí ese encuentro fue muy importante. Internamente fue muy reparador; como una reconciliación conmigo misma, con algo de mí historia. Y también con mucha fe en él y en lo que viene.

#FF –  Vos decías que la fe nunca la habías perdido, pero que con la institución estaba todo mal ¿Hoy ves que hay otra Iglesia?

VM – Se están dando pasos enormes, revolucionarios, que a veces no terminamos de dimensionar. Que la Iglesia se pronuncie con respecto a la importancia de la aparición de los nietos, pero también pronunciamientos que él ha hecho respecto a la comunidad homosexual, el respeto por las mujeres, la defensa de los derechos de los niños. La gente necesita esos gestos.

De una Iglesia cerrada y cada vez más alejada, hoy está cerca de las necesidades y dolores de la gente. Yo me quedo con estos signos de esperanza. Y más allá de que hubo monjas que me entregaron a mis apropiadores o quienes bendecían a los que tiraron a mi papá de un avión, también estuvieron otros que lucharon, que abrieron las puertas para que las Madres se reunieran, que ayudaron a salvar a otros compañeros, que se solidarizaron, que aportaron datos para la búsqueda.

Ahora depende de qué vamos a construir nosotros con esta historia. Hoy tenemos la posibilidad de pararnos desde un lugar diferente y seguir abrazando la fe. Creo que a pesar de todo el dolor, prevaleció el milagro de la vida. Que me hayan encontrado tan lejos de casa, que hayan encontrado a papá, que gracias a eso pudimos recuperar a otros compañeros, y pudimos aportar a la justicia, y seguir buscando a los hermanos que nos faltan. Todo este camino, tiene que ver con la vida. Más allá de todo, creo que ya tuvimos una victoria importante.

Cuando le entregué el retrato de mi papa a Francisco fue una reparación personal pero también de una historia mucho más grande, y desde ese día tengo mucha más esperanza en él y me siento orgullosa de mi Iglesia. Cuando hay compañeros que cuestionan mi fe, yo me hago cargo y les digo que nosotros también peleamos desde este lugar.

#FF – Hablas de sentir a la Iglesia con orgullo, como un lugar compañero ¿Cómo puede la Iglesia volver a ser agente de transformación?

VM – Creo que la Iglesia a partir de Francisco está pudiendo blanquear que su rol es profundamente político. Hacerse cargo de esto como parte de la Iglesia Católica y desde nuestra identidad latinoamericana y argentina es el desafío, entender que somos parte de todo eso y pensar cómo nos construimos a partir de eso. Cuando Francisco le dice los jóvenes “hagan lío”, tienen que ver con salir, discutir, comprometerse y hacerse cargo. ¿Para qué sirve la política? Para transformar. Y la Iglesia también transforma. Y el compromiso con el otro es el cambio más maravilloso que podemos plantear. Desde donde te sientas más cómodo (política, Iglesia, movimientos sociales), pero vos tenés que ser parte, porque aunque mires para el costado igual estas acá.

Y uno siempre se abraza a creer para transformar, porque necesitamos creer y sabernos parte de una historia y de un pueblo. Saber que queremos construir este país, que nos pensamos como parte de algo todavía más grande, que nuestros valores tienen que ver con el respeto por la vida, por el otro, con nuestra historia y resignificarla desde un lugar que nos permita ponerla en valor todo el tiempo. Y no desde un lugar inocente sino como posición política, que por ser tal tampoco deja de ser genuina. En un mundo donde vuelve el enfrentamiento entre quienes pensamos que es posible construir un mundo más humano y más justo y lo que entienden que hay una porción de la población que sobre, el rol de Francisco me parece fundamental tratando de despertar esa llama de humanidad.

#FF – ¿Cómo lo ves como feminista?

VM – Es un gran avance. Nosotras obviamente siempre pedimos mucho más, y sabemos cómo es la postura de la Iglesia respecto a temas como el aborto.

Pero que el Papa diga “Hay que perdonar, hay que entender”, libera mucho. Te pone en otro lugar. Asociar a la religión con la culpa, el pecado, es de la Iglesia vieja. Así nos pasaba. La gente no se sentía contenida, porque lo único que hacía era castigar. Por supuesto que no da lo mismo sentirse acompañado y parte de algo, que sentirse ajeno, huérfano y golpeado. Creo que Francisco generó una revolución dentro de la Iglesia. Estamos abriendo muchos caminos. No es poco.

#FF – Para Victoria Montenegro, ¿Qué significa hoy, a la luz de todas las cosas que decís, la palabra “reconciliación”?

VM – La reconciliación necesita dos partes. Una que se arrepienta y pida perdón, y la otra que esté dispuesta a perdonar. Lamentablemente hay una parte que todavía no se arrepintió, ni pidió perdón, ni nos dijo la verdad. Creo que muchos pudimos reconciliarnos con la vida a partir de recuperar la identidad y en mi caso los restos de mi papá. De poder ser parte de algo mucho más grande que son los organismos, que son las Abuelas. Salir todos los días juntos a buscar los hermanos que faltan.

Yo, con la vida, estoy reconciliada.

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