1. PLAN PARA RESUCITAR

Factor Francisco comparte las intervenciones de Francisco en esta Semana Santa.

En ella, la liturgia cristiana renueva cada vez la reflexión sobre lo que está en su centro: la subida de Jesús a Jerusalén, su pasión, su muerte. Y su resurrección.

Viejas y bellas narraciones, que a pesar de los siglos y de los desgastes, de las decadencias y las claudicaciones, siguen conteniendo algo único en la cultura de occidente y también del mundo: una idea de la redención y de lo que trasciende, encarnada en una vida concreta que se enhebra con una dinámica de pueblo, y culmina otra vez atravesando la muerte y el límite, con toda su carnadura y corporalidad. Y que concluye con algo que tiene un nombre: resurrección. 

Con la palabra estamos familiarizados, pero también sucede que un cúmulo de imágenes y cristalizaciones muchas veces impide ver el núcleo de la cuestión. Salvo por una cosa: sigue conteniendo una inquietud inquietante, por decirlo de algún modo, más allá de todo el pietismo y las ideas de “efectos especiales” que separan a la herencia cristiana de su contenido propiamente histórico, el cual es su esencia. Y por otra más: el modo en que los pueblos, con su propia fuerza y racionalidad, retoman una y otra vez esta historia y esta dimensión, que se plasma como fiesta y, si se nos permite decirlo, como desafío existencial y político, individual y colectivo que relanza la vida una y otra vez. Una narrativa, un relato, una inteligencia del mundo y de la historia, que conserva hoy, frente a la “infinitización” del discurso capitalista sin límite. Resurrección es una idea-realidad-narrativa, una posición que desafía la ideología actual del capital en un punto nodal que hay que precisar. Porque no se trata de la negación de la muerte o de su ocultamiento, evitación o evasión. Tampoco se trata de una superación de la misma muerte -individual o colectiva, y más ampliamente del mal de este mundo- por el hecho de que haya algo no matable o inmortal. Se trata de otra cosa, de pasar por la muerte, del todo, y levantarse de nuevo. Por obra y gracia de una fuerza mayor, que en la más ortodoxa tradición cristiana es vista como viniendo de Dios, pero que a la vez se plasma siempre en un lugar central e inevitable: en el reconcomiendo de la comunidad, los amigos, y el pueblo. La resurrección no es un fenómeno simple, de cuerpos resplandecientes ni de muertos vivientes por reanimacion. Más bien es esto: el reconocimiento, por parte de unas gentes, comprometidas en un camino, y que atraviesan una secuencia vital de movilización y encuentro popular, de confrontación con el poder y de encuentro con lo que hace vivir y disfrutar, de una presencia viva, corpórea, amante, animadora, amistosa, que da coraje. Una presencia que invita a salir de nuevo a construir momentos, encuentros y proyectos de justicia, de belleza y de alegría para todos. 

De ahí que los Evangelios, todos ellos, sean sumamente discretos en todos los relatos de la resurrección. Cuando hablan, pocas páginas antes, de la muerte de Jesús abundan eclipses, cataclismos, terremotos, muertos que salen de sus tumbas, velos del templo que se parten y variedad de fenómenos “sobrenaturales”. En cambio, en los relatos de la resurrección siempre hay apenas esto: una tumba vacía, una gente que se encuentra -mujeres, amigos, discípulos y compañeros, caminantes, decepcionados, quebrados, temerosos o incrédulos- que, de pronto, reconocen una presencia que otra vez les hace arder el corazón. Pero que, sobre todo, los invita y anima a retomar el camino. Porque se les adelanta. 

Aquello, o mejor dicho, aquél con el que se encuentran, no es un superhéroe que evade la muerte: es el amigo que lleva las marcas de la lucha. E incluso de la tortura.Y justamente la prueba de que es el que vale que sea, es que lleva esas heridas -como dice el poema de José Hernandez, “la del amor, la de la muerte, la de la vida”-.  Las marcas mismas de haber pasado por los límites de este mundo, de la injusticia y la muerte. El único modo de poder proyectarse: pasar por ahí. Llevar las heridas. 

Coraje y alegría, puesta en camino, a pesar de todo. Recomienzo. Con todos. 

Los momento de los textos de Francisco en Semana Santa

En la homilía del Domingo de Ramos se plantea una distinción central referida a la recepción del acontecimiento salvador, que para los cristianos es Jesús. Francisco plantea: no hay que admirar, hay que dejarse asombrar. O sea: no ser espectadores, ni siquiera espectadores maravillados de lo que sucede o hay. Más bien hay que asombrarse: dejarse tocar, encontrarse con algo que conmueve, interpela e invita, incluso exige, amorosa pero contundentemente, a tomar un camino. No invita a diagnosticar o describir, sino a actuar. En términos de decisión y construcción. Con costo y riesgo, en dirección a una sola cosa: el encuentro del pueblo en el centro del poder, desafiando templo e imperio no por la linealidad de una lógica revolucionaria, sino debido al desborde de un encuentro con lo más propio de la vida misma para todos. Por ahí va la cosa. 

El otro texto potente es el del 3 de abril, en la vigilia pascual, que tiene como centro el recomienzo mismo. Volver a Galilea. Núcleo y origen de la predicación de Jesús. Pero, más que eso: escena y momento del encuentro tan transformador con y del pueblo. Tiempo y lugar de milagros y sanaciones, de multiplicaciones de panes y de planteos programáticos no abstractos, sino directamente ligados a la conflictividad y a la felicidad. Bienaventuranzas como consigna, y misericordia repartida para todos como criterio de construcción y articulación. Dice el Papa respecto a esto: comenzar de nuevo, regresar al lugar donde fuimos llamados y donde elegimos responder para ser lo que somos, partir de nuevo desde y hacia los confines. 

II.  RESURRECCIONES EN NUESTRA HISTORIA RECIENTE Y EN EL PRESENTE DIFÍCIL Y COMPARTIDO

EL RECOMIENZO

Tenemos terremotos y catástrofes en la memoria y en la experiencia. La Argentina del post 2001 fue un recomienzo para muchos, y un punto de partida para otros. Desde entonces, aparece también una generación de jóvenes, muchos de ellos transformados nuevamente en militantes, que en esos años crecieron creyendo que todo era y podía ser  “para arriba”. No solo en la política, sino en general. Un crecimiento constante, un futuro certero, una fiesta que no termina.

Pero “hay cosas que solo se aprenden en las derrotas”. Hubo que encontrarse con otra escena. El desconcierto, la incredulidad y el desánimo fueron moneda corriente y clima compartido por muchos. Los más pibes no terminaban de dimensionarlo. Los más grandes, sentían que no tenían resto para volver a empezar

La derrota, las derrotas, y qué hacer con ellas, es un tópico central de la experiencia cristiana. De su origen y de su espiritualidad. Pero por eso mismo contiene claves del modo en que la derrota -todas las formas de la muerte- no tenga la última palabra. La Pascua, el paso de una orilla a la otra, no es un puente ni una balsa. Implica atravesar tocando el fondo – “descendió a los infiernos” dice el credo, sin dejar margen para la hondura de la cosa-. Pero es justamente desde ahí que se puede hacer pie firme. La verdad y su propuesta se sostiene porque no es utopía vacía o abstracta, sino pasión compartida. Pasión, en su triple significado: sufrimiento, perseverancia y fuerza. Porque la pasión que es condición y antecedente de la resurrección que vale es eso: padecimiento, paciencia y apasionamiento.   

Desde ahí es que se constituye ese  resto que habilita  nuevos capítulos de la historia. Personales, familiares, nacionales. Existenciales y populares. 

Los caminantes compañeros: de la conversación compartida y renovada a la experiencia de pueblo

De entre todos los relatos de la resurrección, que son varios porque justamente recogen muchas experiencias, múltiples en su modalidad pero unificadas en el núcleo de lo que intentan transmitir, hay uno que vale especialmente. Narra la resurrección según la amistad, la conversación y el transformarse en compañeros. 

Es el relato conocido como de “los discípulos de Emaús”. Son los días posteriores a la ejecución de Jesús. Dos discípulos, dos amigos, que habían vivido seguramente la aventura compartida, con sus momentos de alegría y victoria, y que ahora recorren entristecidos el camino entre Jerusalén y el cercano pueblo de Emaús. Habían llegado al centro, a la capital, al lugar del templo, esperando algo que tampoco sabían bien qué era, pero que seguramente no era la cruz. Conversan, catárticamente, sobre todo lo que les ha pasado. Probablemente alternan entre la tristeza y el desencanto, la queja y el recuerdo de los tiempos vividos y la esperanza ahora frustrada. Pero en la conversación – éste, la conversación, es el verdadero lugar donde sucede lo decisivo de esta historia – un desconocido se les suma en el camino. Un tercero, una presencia hecha de recuerdos hasta ese momento, irrumpe en la conversación y la redefine. Plantea una pregunta: ¿Por qué la tristeza?. Y hace historia: trae a cuenta la historia larga del pueblo, la experiencia y las voces de quienes hablaron antes -los profetas-. Pero no solo habla y escucha, lo hace de manera bella y potente. También los consuela y los anima. Y sobre todo, los acompaña. En el sentido literal de la palabra acompañar. Por eso, al caer la tarde, en la mesa compartida, compartiendo el pan, tomando  el vino,  lo reconocen. Ese tercero es el resucitado. Pero, sobre todo, ese reconocimiento -reconocerse compañeros en una historia, más allá de la derrota- es la (experiencia de la) resurrección. 

Para construir un pensamiento, se necesita una constante. Esto plantea el antropólogo Rodolfo Kusch, uno de los autores argentinos que Francisco suele citar. Una constante permite perseverar, sostener un ritmo y una dirección cuando el rumbo es incierto. Orienta. O sea: ubica, y señala por dónde es que viene el nuevo día. Tiempo y espacio: historia. El mensaje de Francisco, sus planteos, gestos y decisiones, han sido nuestra constante para atravesar estos años nebulosos. No sólo los del largo tunel amarillo, sino y sobre todo, los de la pandemia mundial. También, ahora, lo entendemos como una clave, no única pero indispensable, para orientar y aportar a todo lo que significa recomponer la fuerza y la fe, la fiesta y las fuentes de nuestro pueblo en movimiento. 

Como mediación también, vector y actualización, de la fuerza de aquel viejo rumor que desde los días de Jerusalén dice que la vida y la justicia prevalecen. Que la alegría no es vencida y que la redención es para todos y todas.  

Así es que lo ponemos y proponemos, una y otra vez, como insumo e invitación, para nosotros mismos y para otros. Como conversación en el camino. A la búsqueda de que suceda eso que hace resucitar. Tras esa experiencia: la pregunta-constatación de los compañeros de Emaús. “¿Acaso no ardían nuestros corazones cuando nos hablaba (de la historia y de las promesas y buenas noticias para el pueblo)?”.  

También, lo asumimos como un señalador posible de de todas las conversaciones faltantes, pendientes, necesarias, que pueden reconectar el camino de nuestro país y  de cada uno de los que viven en esta tierra, con su historia, con las voces de la experiencia de lucha y vida, y con la fuerza de saberse del mismo pan. Y del mismo vino. Compatriotas y hermanos de todos. 

EL DESVÍO

En el centro de la encíclica Fratelli Tutti está la parábola del buen samaritano. Otro relato de camino y encuentro. También es central en la homilía de Jorge Bergoglio en el Tedeum del 25 de mayo de 2003. Visto en perspectiva, esas palabras pronunciadas en ese día, toman una tercera dimensión. Discursos de recomienzo. Anotaciones y anudamientos, intervenciones para retomar el camino. 

En esa parábola hay tres gestos marcados. Detenerse, desviarse del camino e inclinarse. “El Señor es así, traza senderos nuevos dentro de los caminos de nuestras derrotas. Él es así y nos invita a ir a Galilea para hacer lo mismo”. De los escombros se construye la novedad. Por eso insiste que de las crisis no se sale igual. Se sale mejores o peores. La cosa va en esa línea.

Pero es interesante pensar en cómo se define ese nuevo rumbo. Esos caminos nuevos a emprender. En el pensamiento de Francisco la sinodalidad es un rasgo propio del modo de plantear el gobierno y la conducción. La etimología indica que significa “caminar juntos”, y en la práctica, abrir la consulta y las voces para emprender ese camino a partir de un diálogo intenso, honesto y decidido. Y esto no implica evadir la decisión sino alimentarla y enriquecerla con una conversación alegre y a la vez valiente. Conectando: la que hace que el camino esté enriquecido con lo que se puede decir cuando se asume las derrota pero también la historia compartida como fuerza, pero también y sobre todo la que suma al camino a todos los caídos y nos da coraje a todos para levantarnos unos a otros. 

Esta semana murió Hans Küng. Teólogo fundamental del Vaticano II. En sus sesiones, -al finalizar, como recuerdo, Enrique Angelelli intercambió con él su cucarda de participante- Küng cuestionó con valentía y argumentos la infalibilidad papal. Por eso, tiempo después lo censuraron. ¿Cómo se lidera la complejidad? ¿De qué modo se integra la diversidad? ¿Quién puede contener la totalidad? La hipótesis de la transformación por desborde que plantea Francisco nos pone frente a nuevas figuras formas de concebir el trazado de rumbos de cara al futuro. Hay algo del fermento que hace inevitable la necesidad de cuencos nuevos. Y los buenos planteos del teólogo suizo encuentran en el Papa que invita al pueblo a andar y propone una escucha renovada, un nuevo interlocutor, pero también un inicio. Una resurrección, quizás. Pero de nuevo modo. 

LA PERIFERIA

Ya se ha dicho mucho sobre Francisco como el Papa de las periferias. Él insiste con eso. Nombra y señala ir a las periferias como una necesidad, pero también como una fuente. El mar de Galilea, los contornos, donde están los que sobran o los que ni siquiera cuentan. Conviene ver su homilía, “Enviados a las multitudes”. Porque la apuesta que se propone es siempre recrearse desde ahí. Quizás porque allí este algo de ese resto de verdad, lo que puja desde un lugar que perfora las ideas o inclusive el corazón individual. En las tripas hay una fuerza que nace de una necesidad vital. Y por ese lado se plasma el encuentro. Entre el hambre y el banquete, y donde se manifiesta la sed de justicia y el vino de alegría.

La pandemia se está llevando puestos a millones de forma directa, pero detrás de los positivos y las terapias intensivas que se colapsan viene asomando una crisis económica y social con cifras descomunales que son rostros demasiado humanos. La periferia de siempre es hoy más inmensa que nunca. Es geográfica, es social y es existencial, pero sobre todo es cada vez más numerosa. No es casual que los magnates piensen más en poblar Marte que en equilibrar con distribución este planeta tensionado hasta el límite. Huir es su reacción, nunca arremangarse para levantar al caído. 

En la semana después de Pascua, Francisco le escribe al FMI y al Banco Mundial. Una carilla que es casi de sentido común y que al mismo tiempo contiene frases que ningún referente mundial y, menos aún un jefe de estado, se anima a dirigir a las instituciones del sistema financiero global. Pide que se animen a disciplinar la voracidad financiera, plantea la necesidad de aliviar la deuda de los países de la periferia para que puedan atajar la crisis humanitaria que viene detrás del Coronavirus, insta a la comunidad internacional a abrirse al mundo de verdad y distribuir solidariamente la vacuna.

Francisco insiste en ir uno por uno, hasta el último rincón de la Patria y el mundo. Eso es volver a Galilea. Es el punto donde somos nosotros, el lugar donde el mundo vuelve a abrirse y, sobre todo, es el plano de lo concreto, de lo real, de lo urgente. 

El punto donde no se plantea que hay que hacer otro mundo, sino más bien otra cosa. Esto: que aquí -en este mismo mundo, y ahora, en este tiempo que nos ha tocado- es posible, urgente, y necesario RECOMENZAR.

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