Sol en los llanos riojanos. Diáfano día de sol. El domo, medio mundo guardado para la felicidad, emerge como realidad de la potencia que tiene la tierra y su pueblo. Hay una continuidad entre las sierras y el altar, en la que los compañeros siguen andando y hoy volvieron a llegar.

Angelelli decía: «Un oído en el pueblo y otro en el Evangelio».

Si alguien oyó al pueblo en la liturgia del 27 de abril, en la que el Obispo y sus compañeros fueron beatificados, queda claro qué quiso decir. Los aplausos más fuertes, todas las veces, fueron para Wenceslao Pedernera. Compañero militante, trabajador rural, víctima del terrorismo de estado, laburante y defensor de trabajadores.
Santo y modelo para todo el pueblo.

Un tipo que eligió la Iglesia de La Rioja como organización para construir el futuro de su gente.

Wenceslao es un argentino que no estuvo dispuesto a dar un paso atrás si el costo era dejar pisotear la felicidad de sus hijas.

Wenceslao fue un tipo bravo y de fe. Por eso lo mataron en una madrugada, en la puerta de la casa donde dormía su familia.

Nos contaron sus hijas acá en La Rioja, pocas horas antes de que el delegado de Francisco los inscribiera en el libro de los beatos, que sus compañeros, al Wence que siempre los defendía, le decían El Caudillo.

Wenceslao «el Caudillo» Pedernera
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