Francisco es reconocido como un líder mundial y como unas de las pocas voces –casi la única- que intenta ir más allá del horizonte neoliberal. La crisis medioambiental acelerada, el drama de los desplazados y migrantes, la denuncia de la concentración letal de la riqueza y la irrupción de los movimientos populares, forman parte de una agenda global presentada desde Roma de un modo no neutral, ni en su contenido, ni en su forma ni tono. Aunque el peso del Vaticano es de otro carácter que el de las grandes potencias, este conjunto de temas y gestos que los acompañan, tensionan y desafía el cálculo de los jugadores globales que apuestan a clausurar cualquier movimiento que proyecte un más allá a sus intereses y del pensamiento que los sostiene. Hay otros dos conjuntos de temas que Francisco hace resonar en nuestro país. Por un lado, el desafío de conducir una institución central en la historia de occidente, hoy sometida a su propia inercia y derrumbe interno, tanto como a ataques de los mismos agentes del capitalismo que la necesitaron para legitimar, e incluso sacralizar, su modelo de sociedad y negocios. El Papa es visto también como el líder de una institución en crisis y puede interpretarse su gestión como la de un conductor en tiempos turbulentos. Finalmente, Francisco reaviva y se engancha con los históricos debates de Argentina de los que él mismo proviene, a los que siempre les presta atención y que no dejan de resonar en cada una de sus palabras e intervenciones. La agenda global, la conducción pastoral y política de la Iglesia, y los grandes dilemas nacionales que enfrentamos son el marco desde el cual proponemos analizar al Francisco 2020 y sus siete años de papado.

DE LA GRIETA ESTERIL A LOS DEBATES NECESARIOS

Se cumplen siete años de la elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa de la Iglesia Católica. Acá en Argentina, todavía nos debemos la tarea de retirar su figura y sus planteos del esquema en que fue recepcionado su mensaje, necesariamente marcado por la dinámica general de los debates argentinos del momento en que fue elegido y los años siguientes, y llevar los contenidos que plantea, las adhesiones y críticas que suscita, a un nuevo lugar.

Es un movimiento que nos debemos: retirar al Papa de la interpretación empobrecida y esterilizadora de la grieta y llevarlo como figura, como contenido y como provocación al corazón de nuestros debates y conflictos. Tal vez no podamos evitar pasar por ahí, porque así es y está aún nuestro terreno de discusiones,  pero acaso sí podemos hacer el intento de  atravesar la grieta para encontrar detrás, en este como en otros tantos temas importantes para nuestro país, nuevos  núcleos de lo que debemos reflexionar sobre cuestiones que hacen por ejemplo a la unidad, a los dilemas de nuestra historia colectiva y a las desafíos que tenemos por delante y nos urgen.

PRAGMATISMO Y TRASCENDENCIA

Cuando en 2013 Bergoglio se convirtió en Francisco, el “vamos por todo” y “la Patria es el otro” eran consignas que organizaban la épica oficial en una sociedad en creciente tensión. Los límites de la construcción, las derrotas aleccionadoras, los retrocesos dolorosos y los reencuentros vitales hacen que el pragmatismo y la trascendencia tengan hoy otro valor.

Francisco trae al debate cotidiano, a la opinión pública y a la construcción política la idea de una dimensión que trasciende a la política misma. Podemos llamarla “lo religioso”, siempre y cuando esto no sea concebido en el campo de la moral clasemediera ni capturado como cierta ética de pátina humanitaria y tono progresista. Se trata más bien, dicho en sus términos, del campo de la misericordia. Un valor ignorado, despreciado o mal comprendido, incluso rechazado, aún por los discursos que se presentan como los más emancipadores. La misericordia es una noción que sale de la linealidad del progreso, justamente porque contiene un impulso de ineficiencia que frente a la eficiencia total del liberalismo, se revela tan disonante como potencialmente fecundo. Es una perspectiva que rebalsa las meras consignas expresándose como la posibilidad de sostenerse amorosamente y, como le gusta decir a Francisco, material y corporalmente, ante las heridas de los caídos que el sistema descarta. La misericordia es una acción de cuerpos concretos que toma un carácter político y provocador, que va más allá de los límites de la práctica política habitual y del discurso oficial de la solidaridad y la inclusión. También interpela nuestros mejores repertorios militantes y les ponen un nuevo horizonte.

MEMORIA Y FUTURO

Hace siete años, para la justicia argentina Monseñor Enrique Angelelli había muerto en un accidente de tránsito. Desde entonces hasta hoy, no solo se pronunció el Tribunal Oral en lo Criminal Federal de La Rioja respecto a los responsables materiales del crimen del Obispo profeta, sino que la propia Iglesia Católica, luego de años de silencio cómplice, lo ha reconocido como mártir junto con sus compañeros también asesinados por el terrorismo de Estado.

Las controversias y heridas propias de nuestra historia, en particular la de los años setenta y los derechos humanos, atraviesan a Francisco y están presentes en su cuerpo, su habla y sus posturas. Sus posiciones a lo largo de las décadas, tan ambivalentes como difícilmente encasillables, han dificultado la conjugación de su mensaje con los relatos más lúcidos de la construcción de memoria, verdad y justicia. Más allá de esto, ha tenido gestos importantes con los organismos de derechos humanos, sus referentes y con sus demandas históricas, entre la que se destaca la apertura de archivos vaticanos del tiempo de la dictadura. Quizás sea éste el momento para volver a narrarnos la experiencia de los años setenta y la época de lucha de los derechos humanos, poniendo como clave los grandes desafíos que tenemos hacia el futuro.

TRADICIÓN E IDENTIDAD

Pasaron pocos meses entre el cónclave de Roma y la ruptura del peronismo que terminaría por abrir la puerta para que el neoliberalismo vuelva a gobernar el país. Una fragmentación que respondía a diferentes lógicas de construcción y ejercicio del poder, viejos desencuentros y, también, a intereses contrapuestos.

El valor de la unidad es propio del catolicismo y característico de la prédica de cualquier Papa. En definitiva, la función del papado es mantener la unidad. Pero esta cuestión puesto en boca de Francisco trae también el eco de su vínculo complejo, real, biográfico e histórico con nuestra tradición política. La asociación con el peronismo le ha valido al Papa la acusación de populista y demagogo, puesto bajo sospecha de las derechas económicas y eclesiásticas. También ha causado el desconcierto y muchas veces la incomodidad de cierta parte del progresismo eclesial que no logra ubicarlo en sus categorías binarias habituales. Francisco pone en clave global la compleja concepción de las construcciones colectivas y las tareas políticas que han hecho nuestra historia particular. De algún modo él expresa el momento de universalización de la experiencia política del pueblo argentino: desde la teología hecha acá hasta los modos de entender la conducción o de considerar el tratamiento de los conflictos.

PATRIARCADO Y MOVIMIENTO

Chiara Páez, Micaela García, Johanna Ramallo y el de tantas otras, eran nombres desconocidos en marzo de 2013. Poco tiempo después, el #NiUnaMenos marcó un antes y un después de la presencia del movimiento de mujeres en el debate público argentino.

El pontificado de Bergoglio coincide con la era de la fuerza imparable de las mujeres en Argentina y el mundo. Los debates sobre educación sexual y aborto, el replanteo de la moral familiar, la perspectiva de género y el respeto a las diversidades son tópicos inevitables  y constitutivos de estos años. Puestos frente a la posición de la Iglesia Católica y su doctrina, y contrastados –confrontados- con las ideas del Papa, se configura un escenario complejo, controversial y, a primera vista, irreconciliable. Sin embargo, aunque todo parece parálisis y pérdida, de esta confortación puede surgir un resto y también, acaso, una novedad que enriquezca el debate. Parece difícil, pero no es imposible.

En primer lugar, más allá de los puntos innegociables, son mucho más matizadas y también elaboradas las posiciones de Francisco que las de la mayoría del clero y la curia. Hay que leer entre líneas, y también decodificar el debate en los tiempos largos de la Iglesia Católica: tienen algo para decirnos. Por otro lado, es claro que la Iglesia avala, sostiene y bendice el patriarcado de un modo insostenible, no solo para otros sino incluso para un sector cada vez más amplio de su propia feligresía. Sin embargo, sería peligroso considerar el cuidado de la vida y la reflexión ética respecto al valor de la autonomía de los individuos y los cuerpos, sólo como meros rasgos retrógrados de una moral conservadora. Por supuesto que esta dimensión está presente, pero junto con este aspecto hay una advertencia más profunda sobre los aspectos deshumanizantes de la hipermodernidad que es posible y seguramente necesario atender. Para eso hace falta generar una mediación de entendimiento que reconozca las posturas antagónicas pero que indague en el corazón de estas, los principios desde donde construir una justicia profunda y colectiva. Para esto, quizás sea bueno recordar que la principal amenaza a la vida y autonomía de todes, es el capitalismo bestial que no admite otra diferencia que la que promueve el lucro ni otra diversidad que la de la mercancía. Estos son puntos realmente muy dificiles, pero hay un camino a recorrer, de todos modos, en torno a ellos.

PROBLEMÁTICO Y FEBRIL

Cuando el Arzobispo de Buenos Aires se subió al avión que lo llevaba a Roma, habían pasado a penas días de la muerte de Hugo Chávez, Barack Obama estaba en la Casa Blanca, Fidel todavía desafiaba al mundo en jogging, la palabra Brexit no existía, San Lorenzo aún no había ganado la Copa Libertadores y recién llegaba Netflix a nuestras vidas. Hoy como entonces, es más fácil imaginar el apocalipsis que pensar otro reino que el del capital. 

Francisco es el Papa del fin del mundo. Él mismo lo dijo en su presentación. En tiempos de coronavirus, de crisis financiera internacional, de incertidumbre generalizada y terrores globales, da la impresión que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina. En todo caso, es claro que el Papa sudaca es contemporáneo del fin de un mundo. También es su síntoma y su señal. No es casual que el tango preferido de su Santidad sea Cambalache.

En la tradición cristiana, el apocalipsis no es solo ni tanto la descripción de una catástrofe sino sobre todo, como dicen los mejores teólogos, una descripción del enemigo. Es una creación simbólica para alentar a los que luchan, que sobre todo contiene en su intención y en su principio, el relato de las grandes batallas, cósmicas y decisivas a la vez. Habla de las históricas y colectivas pero también de las íntimas que se libran en el corazón de los hombres y mujeres de cada tiempo.

Cada apocalipsis cifra la esperanza de la humanidad entera. Cada pueblo, cada vez, busca en medio del desastre los mensajes que lo orienten hacia su destino de felicidad.

Francisco aparece como una voz profética en un mundo convulsionado. También se encuentra con los propios límites y los de la institución que conduce. Sostener la voluntad de transformación y mantener la esperanza es una necesidad que tenemos en común con él. En definitiva, su mensaje es el de alguien que ha tenido que pensar y pensarse en un país y una sociedad forzada a reinventarse cada vez. Un pueblo que nuevamente tiene que reconstituirse, cohesionarse nuevamente, y trascenderse desde sus fracturas, heridas, conflictos y luchas.

Desde el balcón al que sea asomó por primera vez hace siete años, el primer Papa del sur pidió la bendición del pueblo y, casi citando a Charly García, que recen por él.

Desde la Argentina problemática y febril del 2020, compatriota, rezamos por vos.

Estamos en la misma.

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