El capital sabe que el alma del pueblo es su objetivo y su campo de batalla. Ahí donde ardemos es que hay que dar caricia, promesa y combate. Recorremos la coyuntura y el tiempo, para pensar las tácticas y estrategias de pandemia, de pan y felicidad que nos toca construir: la que empieza con gesto, alivio y que ya tiene futuro, porque una vez se saboreó. 

«La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo.»

Francisco, El Gusto Espiritual de ser Pueblo

Evangelii Gaudium, 273

El objetivo es el alma

¿El alma existe? ¿Existe el pueblo? Ambas entidades son evidentes y a la vez inconmensurables. Sea en la filosofía sea en una conversación entre amigos. El alma remite a la singularidad, lo eterno en cada uno y lo que trasciende el límite del cuerpo, por dentro y más. El pueblo -¿donde está si no es éste?- nombra lo que podría haber más allá del individuo, acaso sin responder a la temporalidad y las categorías del mero mundo. Eso que estaría más allá de la opinión pública y la ciudadanía. Para acercarse a ambas cuestiones, más vale una disposición valiente para entrar en conexión, que un método riguroso de observación. Son categorías míticas, más que lógicas. Eso dice Francisco citando a Kusch.  

La modernidad construyó un mundo de cálculos, lógica y escepticismo con la promesa de terminar con los males del oscurantismo y los problemas de lo inefable. Por ese andarivel avanzó a fondo occidente. Del otro lado del monte tupido de dioses y ritos no encontró un oasis sino más bien un desierto. Y, claro, sus propios ídolos. Allí deambulan también los discursos emancipatorios que creyeron en la fuerza invariable del progreso. Aceleran en círculo, sin poder encontrar un afuera que los lleve más allá de la aridez. Es el nihilismo. De izquierda y derecha. Progreso sacrificial y profecía utópica no son lo mismo, pero se encuentran con el mismo tope. Porque negaron y niegan lo mismo. Inversión en sus mejores versiones y en lo mejor de cada una.. 

El espacio vacante fue identificado por el capital. Todo lo sólido se desvanece en el aire, dice el Manifiesto hablando de su avance y el de sus poderes simbólicos que son materiales. Marx lo sabía. Unas décadas después, Margaret Thatcher le dió una vuelta de tuerca. «La economía es el método, pero el objetivo es el alma», dijo con firaldad la dama de hierro neoliberal, que para cerrar las minas de carbon, finaciarizar la economía y concentrar la riqueza primero necesitaba doblegar las uniones de trabajadores. Sabía que esa unidad se quebraba yendo uno a uno. Alimentar la debilidad, tentar la resignación, comprar el alma. La película “Brassed off” -Tocando al viento- muestra cómo se libró es lucha por el alma del pueblo inglés en los 80. Las palabras finales del protagonista de la película es el discurso por el cual, en nombre de su banda sindical o del pueblo trabajador británico entero, un minero director de orquesta reconoce la victoria de la Tatcher. Dice Danny al auditorio colmado del Royal Albert Hall: 

“Esta banda aquí, podría decir que este premio me importa más que nada en el mundo. Pero se equivocaron. La verdad es que creía que me importaba, que la música importaba. Pero no importa una mierda. No es nada comparado con la vida de mi gente. Que ganemos este premio no significa nada para el público, salvo que lo rechacemos, como lo vamos a hacer ahora. Esto será una noticia, ¿verdad ? (Los noteros sacan fotos) ¿Ven lo que digo ? Así no estaré hablando a solas. Porque durante los últimos 10 años, este maldito gobierno ha destruido sistemáticamente toda una industria. Nuestra industria. Y no sólo nuestra industria. Nuestras comunidades, hogares, nuestras vidas. Todo en nombre del progreso y por el maldito dinero. Les diré algo más que quizá no saben. Hace dos semanas, la mina que da origen a esta banda fue clausurada. Otros mil hombres perdieron su trabajo. Y no sólo eso. La mayoría perdieron la voluntad de ganar, hace tiempo. Algunos incluso perdieron la voluntad de luchar. Pero hemos llegado al punto de perder la voluntad de vivir, de respirar. El tema es que si aquí hubiera focas o ballenas, habría movilizaciones en su defensa. Pero no lo son. Son solo seres humanos corrientes, comunes, honestos y decentes. Y a ninguno de ellos les queda ni una gota de esperanza. Pero pueden tocar maravillosamente una pieza. ¿Y eso qué mierda importa? (Llora) Ahora llevaré a mis muchachos de vuelta al pueblo. Gracias.”   

La célebre frase de Margaret Tatcher, que pronunció con los mismos labios con los que dio la orden para hundir el Buque General Belgrano, fue tomada, repetida y aplicada en estas pampas por el Jefe de Gabinete de los sacerdotes del capital que gobernaron el país entre 2015 y 2019. Apostando a esa pócima nigromante que mezcla big data, fake news y grieta sin fin, operaron sobre esa soledad tan personal y al mismo tiempo tan extendida, a la que se asoman el resplandor del televisor desde dentro y el ruido vano del timbreo desde el umbral. Esa operación encontró anticuerpos que persisten en los sentidos cotidianos y en el inconsciente colectivo, de una memoria de los argentinos que recuerda, a pesar de todo, una redención (“un sabor eterno se nos ha prometido y el alma lo recuerda”, dice Marechal). Pero también encontró creyentes. El alma del pueblo nunca está del todo a salvo. Y sin embargo insiste en su insistencia, su retorno y su sustracción. Así, como herida pero intocada, rara como encendida, vuelve a mostrarse. Atribulados, pero no derrotados, diría San Pablo. Pero debemos decir nosotros, también lo inverso: No derrotados, pero atribulados. Hay tarea álmica ahí.     

El alma del pueblo ahora

La pandemia logró, en un primer momento, la “unidad de los argentinos” que había sido presentada como promesa de campaña de los lobos con piel de oveja. El enemigo invisible fue la amenaza común que cohesionó a una sociedad crecientemente fragmentada en múltiples segmentos. Finalmente, “pandemia” significa “para el pueblo entero”.

Fueron pocas la semanas que pasaron hasta que el veneno comenzó a filtrarse por las rajaduras que siempre siguen expuestas entre nosotros. Primero los sueldos de los políticos, después el fantasma de la liberación de los presos, Vicentín, la supuesta amenaza a la propiedad privada, el cercenamiento de las libertades… hoy: la justicia por mano propia. La grieta deja al descubierto la veta que permite esmerilar lo que unido es fuerte. Las zonas de la experiencia que tocan los limites entre la vida y la muerte -tema de todos los zócalos hace meses- son las zonas del alma y del pueblo. Y del alma y el pueblo. El tópico de los matables, los abandonables, los descartables también lo es. Se conmueven o son movilizados, alma y pueblo, en torno a esas cuestiones. 

Porque detrás de la cuestión del alma-pueblo, está la pregunta de ¿qué es un hombre, un humano? Ese límite está en cuestión. No es casual que, casi siempre, un odiador serial de las redes, suela ser defensor de animales inocentes y considerar sacrificable a un porcentaje importante de la población. Margaret sabía lo que decía. 

Las imágenes de un ciudadano de 70 años rematando a su compatriota de 24, luego de haber sido asaltado, amenazado y golpeado por este y otros cuatro, es el pus de esta herida abierta. Uno que laburó toda su vida, desata su instinto de supervivencia y en el mismo movimiento sus fantasmas y miedos sobre uno que no vio a sus padres ni abuelos trabajar. Ese balazo impactó de lleno en el alma del pueblo. En un punto, en ambos extremos.

Francisco señala la doble exclusión de jóvenes y ancianos como la operación que desarma los pueblos, y la desconexión entre ellos, de desprecio o no entendimiento público, una gran cuestión a revertir. Se los dijo a los jóvenes argentinos hace exactamente 7 años en Río de Janeiro. A eso se refería cuando dijo “hagan lío”. 

“Miren, yo pienso que, en este momento, esta civilización mundial se pasó de rosca, se pasó de rosca, porque es tal el culto que ha hecho al dios dinero, que estamos presenciando una filosofía y una praxis de exclusión de los dos polos de la vida que son las promesas de los pueblos. Exclusión de los ancianos, por supuesto, porque uno podría pensar que podría haber una especie de eutanasia escondida; es decir, no se cuida a los ancianos; pero también está la eutanasia cultural: no se les deja hablar, no se les deja actuar. Y exclusión de los jóvenes. El porcentaje que hay de jóvenes sin trabajo, sin empleo, es muy alto, y es una generación que no tiene la experiencia de la dignidad ganada por el trabajo. O sea, esta civilización nos ha llevado a excluir las dos puntas, que son el futuro nuestro.» (Francisco, mensaje a los jóvenes argentinos en Río de Janeiro, 25 de julio de 2013, Jornada Mundial de la Juventud)

Alma y descartes 

Los fundamentos que justifican qué vida debe preservarse y cual es desechable son provistos en última instancia por las religiones. O, dicho al revés: todo aquello que opera sobre ese límite, es de algún modo religioso. Atañe a ese campo de cuestiones. Desde ahí decimos que el capitalismo es una religión.

Y justamente por eso, es un error táctico y estratégico dejar los “bienes de salvación” en manos de quienes no entienden ni comparten el gusto de ser pueblo. Porque hay una promesa, que debe ser enunciada en singular, que es vital en tanto provisión de trascendencia y prosperidad. “Dios te va a prosperar”, es la frase que se repite y multiplica en miles de iglesias pentecostales que se encuentran en casi todos los barrios del país. Es una frase performativa. La creencia en ella es la principal condición de posibilidad para que así sea. 

Santísimo secuestrado

“El templo es el mundo. Si la sagrada comunión no puede darse en los templos debe darse en las calles porque Jesús es el que sana y cura. El Santísimo está secuestrado”, fue el Tweet con que Elisa Carrió disparó contra propios y ajenos por la continuidad de la prohibición a realizar ritos religiosos. También es el modo en que opera sobre esa fibra religiosa siempre latente, y aún más sensible en estos tiempos de pandemia. Pero vale preguntarse más allá de Carrió y su olfato para carroñar en medio de la angustia, que está implícito en la apertura de comercios antes que de templos. ¿Qué es lo esencial? ¿Cual es el dios que ordena?  

¿Donde se juega el alma del pueblo? ¿En las catedrales o en la mesa familiar? En muchas de ellas habrá un rezo al cielo para que no falte el pan ni la fuerza, plegaria doméstica sencilla y sagrada. La olla popular, la bandejita de guiso preparada cuidadosamente o del bolsón de mercadería entregado, es tan importante en su aporte calórico como en el gesto amable que proyecta. Es un movimiento de aproximación que se transforma en caricia y que debe ser reconocido como un signo de esperanza. Esa solidaridad constante es una demostración de amor hacia nosotros mismos como unidad. Es el mejor ritual para volver a decir que lo sagrado es el pueblo.    

También es cierto esto: ¿por qué sería más prioritario abrir los shoppings que los templos?

Operaciones y provisión de símbolos 

Si hay algo religioso en todo aquello, qué decir sobre los sacrificios. Pero también es cierto que una parte del alma se juega en campos de sentido más amplios que la religión.  

Como te devuelve a la vida, esa musiquita”. Hay un repertorio popular que se tararea sin pensar mientras se hace algo cotidiano. Es una letanía y una plegaria no exentas, ninguna, de herejías y blasfemias. Es la banda de sonido de los momentos en que nuestra alma descansa sabiéndose en su casa. Los que construimos cantando, podemos decirlo.

También se trata del bajo continuo, la banda de sonido de las fiestas sin lista de invitados, las que se daban en los clubes, sociedades de fomento, parroquias y avenidas. Gardel, la Negra, Feliciano Brunelli o Madonna pueden sonar allí, por apropiación mixturada. Porque la autenticidad se da no sólo en el origen, sino en la adopción.

Son melodías que mueven al abrazo y la sonrisa, que nos llevan a esas patria del alma que es la infancia. 

Feliciano Brunelli era un tano-santafesino que con su acordeón hizo bailar a cientos de barrios, pueblos y ciudades con canciones que después se cantaban mientras se barría una galería o se ajustaba un carburador. No hace falta decir que el acordeón, como el bandoneón, es un órgano de iglesia portatil, llevado al patio profano donde el ágape del amor colectivo se cruzaba sublime y terreno con el eros del encuentro y la fuerza de la picardía.

Cuentan que en la noche en que un general se enamoró de una plebeya en el teatro Colón, el acordeón de don Feliciano sonó con la fuerza de cada rincón de la Patria en los que ensayó esperando esa velada que terminaría por desatar la más maravillosa música.  

En caso de catástrofe, un acordeón para la música que convoca al cielo de los suspiros y el patio de tierra, es fundamental.

Soledad: común

Jorge Alemán ha propuesto desde el psicoanálisis una manera de conectar lo individual y lo colectivo, mostrando el modo en que lo que tenemos de más singular, y más solitario y más íntimo, es lo que tenemos en común. Dicho de otra manera, el punto de desborde y articulación (desborde es el modo en que Francisco dice que se producen las transformaciones, y articulación es un nombre de la construcción de hegemonía, esa misma que Gramsci define como conformidad moral) entre cada cual y todos. También podría decirse: hay una operación que sucede, como tarea pero también como gracia y encuentro, que hace que de pronto la multitud -los muchos en tanto muchos- se transfigure en pueblo -los muchos en tanto uno, en tanto unidos-.

Algo parecido exploró Scalabrini con su pluma que iba de la poesía al análisis económico político, cuando reconocía en las masas que el 17 de octubre refrescaban sus patas en la fuente a aquel hombre “que está solo y espera”. 

Las patas en la fuente son órganos del alma, cuando se refrescan. Después de todo, Platón decía que “hay una parte del alma que habita en torno al hígado”. En las patas, cuando van a la fuentes después de largas marchas, habita una parte del alma también.

Hoy las movilizaciones posibles son otras que aquellas. Pero el alma de cada uno y del pueblo se despliega y tiembla, teme y florece a distancias carias y con marchas sinuosas a sus propias fuentes.

En el medio sucede lo que ya venimos diciendo. El paradigma tecno burocrático, la razón instrumental y la cultura propuesta por el capitalismo financiero, ha redescubierto lo que en el fondo nunca abandonó: que el alma humana es al mismo tiempo su enemigo y su territorio. Y provee y disputa, en todos los planos, símbolos y resplandores para ganar la batalla justo ahí donde sabe que puede perderla.

La palabra pronunciada, conversada y cantada es su materia -tecno procesada, torsionada e intervenida una y otra vez por mil máquinas de producción de subjetividad-. Frente a ella, un resto siempre queda: ese resto es el sujeto, que en torno a las verdades de su alma camina sus lealtades. 

Gestos minimales y sacramentos cotidianos

Un asado, una historia contada, un encuentro cantado, unas imágenes provistas, un mate, un abrazo, una olla popular, una caricia, una distancia de cuidado, una medida de gobierno, un himno y una bandera izada en el momento oportuno, una reunión conversada bella y aguerridamente, un debate posta, una descripción de los que nos matan, una narrativa de la solidaridad y la estima… son todas prácticas, gestos minimales que hacen la trayectoria con que cada cual busca y encuentra su alma. Y en ellos se compone la trama-trayecto de nuestro pueblo.

Podemos proveer -proveernos-  los ejercicios espirituales, el cuidado en la indagación y el camino -la terapéutica, la clínica, el diálogo y la interpretación- para acompañar este camino. Podemos hacerlo, o lo harán otros. Mientras el neoliberalismo -llamemoslo como quieran- se entera cada vez más de esto y produce filosofías, religiones y afectos maquinales que le permiten andar el campo de estas búsquedas, una conciencia ilustrada pintada de progresía, que en su momento fue potente y aportó, insiste con que el alma no está se engolosina en que Dios ha muerto, patina hacia el lado en que solo somos diferencia, se complace en la opinión infinita y piensa y dice que la verdad es siempre totalitaria. Lo hace con buenas intenciones, pero lo hace también en el plano inclinado donde las cosas se deslizan fácilmente hacia una ironía neutralizadora donde lo que parece derribar los obstáculos para la libertad, es al mismo tiempo y aún más destruir las pocos puntos de apoyo en los que apalancarse para sostenerse en pie y seguir la búsqueda.

Es en este campo donde hay que pensar la efectividad de una parte del pentecostalismo de derecha, pero también los límites de unas izquierdas sin trascendencia ni centros. Y también acá está el problema de interpelar a la sociedad solo como ciudadanía desde la gestión, sin llegar a generar la palabra incendiaria que conecta la política con el pueblo. Vale para las emitidas desde el estado, vale para los diálogos que se plasman en la comunidad. Vale también para las mil interacciones virtuales y presenciales de palabras, imágenes y gestos donde cada día y cada noche nos encontramos y nos buscamos.

Hay una tarea posible para leer, escuchar, intervenir y recrear esas palabras (En guarani, alma es “ánga”. Y el término es también palabra, lenguaje. Indistintamente). 

Por eso hay tarea para todos, porque todos somos trabajadores de la palabra «alma». El algoritmo nos atraviesa con su pretensión de arquitectura cerrada -una torre de Babel engañosa, disfrazada de libertad de opinión, pero con la pretensión de que sólo se hable el idioma de la productividad y el rendimiento-. Sin embargo, somos nosotros los albañiles, poetas de nuestras propias vidas. O, como dice Francisco con más  precisión, poetas sociales, tal como gusta llamar a los movimientos populares.

Es tiempo de ser eso: poetas sociales. Poesía y producción, poiesis y praxis. 

Qué más se puede hacer en esta tierra incendiada sino eso: cantar. 

De desear y marchar a las fuentes de las que el alma del pueblo y de cada uno bebe.

Si no están, proponerlas.

Si fueron olvidadas, traerlas de nuevo a la conversación social.

Lucha almada

En estos días se recuerda a Eva Perón. “Eterna en el alma de su pueblo”.

Ella interpeló y amó, y el pueblo tomó su figura y la transfiguró.

Hizo con ella una figura que ilumina y cuida.

Entre el pueblo y su alma, entre el alma de cada uno y la de todos, una figura transfigurada todavía deslumbra a muchos.

Eva es persona y política, palabra y gesto, mito y acción, contraseña y oración. Vuelve como millones: es una y todes. 

Su figura y su recuerdo alimenta una red de corazones tanto como una gramática de símbolos que hay que seguir tejiendo y proponiendo. 

Porque el alma del pueblo no es una cosa inefable. Es la historia y el resultado de una lucha -lucha almada- hecha de batallas simbólicas y materiales, políticas y culturales, grandes y pequeñas, conocidas y anónimas. 

El alma de un pueblo es saber cantar y contar una historia colectiva de amor colectivo.  

Hay que afilar las almas, afinar los instrumentos, y salir al campo de batalla. 

¿Cuales son las tareas de esta batalla, ejercicio espiritual y cántico?

Desplegar y ejercitar una  disciplina de fortaleza y ternura. 

Dialogar y formatear una doctrina que oriente, alivie, corrija, reúna y empuje.

Discernir vidas, situaciones, políticas, heridas, conflictos, alianzas, tragedias y recursos: intervenciones.

Decidir acciones, programas, declaraciones, confrontaciones, articulaciones. A todos los niveles y escalas.

Pero, sobre todo, encontrarnos en la lógica del don. El alma del pueblo o el alma propia no se encuentra en la indagación abstracta, la elucubración sin carne o el debate en modo comentario. 

El campo de batalla de la lucha armada es el del buen samaritano: ahí, al costado del camino más allá de la inercia, donde espera el caído que nos inclinemos con ternura y firmeza. Y que, levantandolo, nos enderezamos y encontremos nuestro camino.

Como si dijéramos: ponerse (el alma de) la patria al hombro. 

Que se despliegue el acordeón celeste y se sonría acá en la tierra de la Patria: de los terremotos se sale bailando. Como un corazón en sístole y diástole, latiente, amante y combativo. Ahí está el terreno, la batalla, la  táctica y la estrategia de la lucha almada.

Así sea. Que lo hagamos. 

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