“Belgrano fue un hombre que, en el momento justo, supo encontrar el dinamismo, empuje y equilibrio que definen la verdadera creatividad: la difícil pero fecunda conjunción de continuidad realista y novedad magnánima. Su influencia en los albores de nuestra identidad nacional es muchísimo mayor de lo que se supone; y por ello puede volver a ponerse de pie para mostrarnos, en este tiempo de incertidumbre pero también de desafío, «cómo se hace» para poner cimientos duraderos en una tarea de creación histórica”

Jorge Bergoglio, 9 de abril de 2003

“Nosotros somos esos locos; ¿lo saben ustedes, mis amigos? ¡Somos locos, porque pensamos que hay una justicia eterna que es llamada a gobernar el mundo; somos locos, porque pensamos que todos los hombres nacen iguales y libres, que lo mismo en religión que en política ellos tienen derechos y deberes uniformes a los ojos del Cielo; somos locos, porque pensamos que todos los pueblos son libres y soberanos, y que no hay más legitimidad política en el mundo, que la que procede de sus voluntades; somos locos, porque pensamos que el reino de la razón ha de venir algún día; somos locos porque no queremos creer que los tiranos, y la impostura y la infamia, han de gobernar eternamente sobre la tierra; somos locos, porque no queremos creer que nada hay en el mundo de positivo y perpetuo, fuera de las cadenas, los cañones, el plomo y el crimen! Por eso somos locos, sí, y si por eso somos locos, yo me lleno de orgullo en ser loco de ese modo. Yo me ennoblezco con la locura de creer como creo, que un sepulcro está cavado ya para nuestros tiranos, que la libertad viene, que el reinado del pueblo ya se acerca, que una grande época va a comenzar.”

Palabras puestas en boca de Manuel Belgrano por Juan Bautista Alberdi en su obra “1810”

LOS SÍMBOLOS, LAS LUCHAS Y LOS PUEBLOS 

Se cumplen 200 años de la muerte de Manuel Belgrano. Después de largos años donde los próceres quisieron ser borrados y ridiculizados, su figura sigue levantándose con una luz que nos toca. 

Su figura habla, dos siglos después, de lo que puede significar “bancar los trapos”. Su imagen como creador de la bandera y de la escarapela muchas veces deja atrás su desempeño, coraje militar y su visión de estadista y hacedor de la patria. 

Belgrano es un hombre de acción. Cuando advirtió que el proceso de restauración absolutista en la Europa post napoleónica cambiaba el escenario para el reconocimiento diplomático de la independencia de las Provincias Unidas del Sur, no dudó en postular a un emperador inca como alternativa a la república. Lo que importaba no era tanto la forma de gobierno sino que se gobernara desde acá, que hubiera quien representara al pueblo: como con la bandera y la escarapela, símbolos que constituyeran realidades de unidad. 

Se alimentaba pero no se enloquecía por los discursos de la modernidad. Los tomaba, los forzaba y los incorporaba con un horizonte de poder popular. Por eso no le generó contradicción consagrar las tropas del ejército revolucionario a nuestra señora de la Merced para enfrentar a las tropas españolas luego de una dura derrota en Salta. Su posición respecto a estas cuestiones, al frente del ejército del Norte, mejoró el vínculo de este con el pueblo en nuestro noroeste. Por el mismo motivo le sugirió a San Martín que promoviera los valores cristianos entre los que formaban su ejército:

“Mi amigo…

La guerra, allí, no sólo la ha de hacer usted con las armas, sino con la opinión, afianzándose siempre en las virtudes naturales, cristianas y religiosas; pues los enemigos nos la han hecho llamándonos herejes, y sólo por este medio han atraído las gentes bárbaras a las armas, manifestándoles que atacábamos la religión.

Acaso se reirá alguno de mi pensamiento; pero usted no debe dejarse llevar de opiniones exóticas, ni de hombres que no conocen el país que pisan; además por ese medio conseguirá usted tener al ejército bien subordinado, pues él, al fin, se compone de hombres educados en la religión católica que profesamos, y sus máximas no pueden ser más a propósito para el orden.

He dicho a usted lo bastante: quisiera hablar más, pero temo quitar a usted su precioso tiempo; mis males tampoco me dejan. Añadiré únicamente que conserve la bandera que le dejé; que la enarbole cuando todo el ejército se forme; que no deje de implorar a Nuestra Señora de las Mercedes, nombrándola siempre nuestra generala, y no olvide los escapularios a la tropa. Deje usted que se rían; los efectos lo resarcirán a usted de la risa de los mentecatos, que ven las cosas por encima.

Acuérdese usted que es un general cristiano, apostólico, romano; cele usted de que en nada, ni aun en las conversaciones más triviales, se falte el respeto a cuanto diga a nuestra santa religión; tenga presente no sólo a los generales del pueblo de Israel, sino a los de los gentiles, y al gran Julio César, que jamás dejó de invocar a los dioses inmortales y, por sus victorias, en Roma se decretaban rogativas.”

Carta de Manuel Belgrano dirigida a José de San Martín, 6 de abril de 1814.

SÍMBOLOS QUE CONMUEVAN Y CONVOQUEN

Belgrano era un hombre de fe, y a la vez un líder enfrentando el momento decisivo de una aventura nacional en su momento embrionario. Su sensibilidad y su mirada ética coinciden en su atención a lo simbólico, que en ese entonces y también hoy, no puede dejar de lado la dimensión religiosa. No porque fuera especialmente pro eclesiástico o tontamente piadoso, sino porque su preocupación por sostener el ánimo y la unidad, el alma y lo colectivo, lo llevaban a remitirse a la fuente de los símbolos que sostienen la vida colectiva del pueblo. El Contrato Social de Rousseau no alcanzaba para reencender el fuego de las tropas alicaídas para volver a enfrentar a los ibéricos en Tucumán. El 24 de septiembre de 1812, día de Nuestra Señora de la Merced, el abogado devenido en general comandó a las tropas a una victoria fundamental en el primer tramo de la gesta emancipatoria.

Este es el mismo Belgrano que puso al dios Inti en el centro de la bandera porque la más ilustre insignia nacional no podía dejar de trazar un puente simbólico y mítico con los pueblos originarios de América. Si el celeste del pabellón contiene los colores de los borbones, y acaso el del manto de la Virgen, el sol guerrero pone al pueblo mestizo y resplandeciente en el centro del símbolo.

ROSARIO SIEMPRE ESTUVO CERCA 

Esa bandera se izó por primera vez en las barrancas del Río Paraná, en torno a la cual se constituyó la ciudad y el puerto de Rosario. Nuestra patria lleva el nombre de un río. Y el río, el nombre de la riqueza que a través suyo querían llevarse: el argentum, la plata del Potosí. 

Hoy, ese punto estratégico a 300 kilómetros antes del gran delta que rodea la perla del Plata, es el puerto de gran calado donde se concentra la renta extraordinaria que ofrece la abundancia de la llamada “zona núcleo”. Es, se sabe, la ciudad de Fontanarrosa, de Les Luthiers, de Messi, de Litto Nebbia y de Fito Paéz. Pero es también la puerta de salida de toneladas y toneladas de alimentos y de riqueza nacional. Por allí se van tanto el agua del acuífero Guaraní como la riqueza de nuestras llanuras. Por el puerto -por este y los otros del Paraná- se concentra la energía vital y el trabajo de muchos en ganancias voraces de pocos. Por eso Rosario también es la fila de nuevas torres de departamentos que miran la abundancia del río y le da la espalda a mil barrios zarpados en paco y tiroteo.

“Y aquellos que te dicen: ‘Si, los héroes nacionales ya pasaron, no tiene sentido, que ahora empieza todo de nuevo’ ¡reíteles en la cara! Son payasos de la historia”, son palabras del mensaje que el Papa envió al Encuentro Nacional de Jóvenes de mayo de 2018. Fue justamente allí, en Rosario, donde Francisco agitó a los pibes y pibas a que hagan historia en grande: “No vamos solos escribiendo la historia, algunos se la creyeron, piensan que solos o con sus planes van a construir la historia; ¡Somos un pueblo! Y la historia la construyen los pueblos, ¡no los ideólogos! ¡Los pueblos son los protagonistas de la historia!”. En ese entonces ya circulaban los billetes de la fauna local que habían venido a desplazar los rostros de los hombres y mujeres que habían amado la Patria con heroicidad. El guanaco se llevó puesto al restaurador, el cóndor a las Islas Malvinas y un venado andino reemplazó a la abanderada de los humildes. Vaya también aquí una mención a la lucha de los símbolos y las imágenes -porque los billetes son emblemas- y de paso, un ejemplo de los posibles y muy habituales usos de la estética ecológica para deshistorizar a las sociedades y los pueblos. De esa racha de cambios en la moneda, Belgrano se salvó porque la inflación se le disparó a los tecnócratas –por no decir payasos- que siempre explicaron con recetas recurrentes cómo se disciplina la inflación.

SIMBOLOS PARA LAS BATALLAS DECISIVAS

Más allá de las letanías de los interesados de ayer y hoy, el problema nunca es solamente la emisión sino más bien la disputa por la renta extraordinaria de nuestros recursos naturales, la fuga de capitales y la estatización de las deudas privadas. La discusión por los recursos del puerto de Buenos Aires y la navegabilidad de los ríos internos es fundante de nuestra nación. ¿Quién va a controlar el modo en que la vasta planicie de la pampa húmeda y el litoral de la banda oriental se insertan en el orden mundial diseñado primero desde Londres y los talleres de Manchester, luego por Washington, Chicago y Nueva York, y ahora Beijing y Shanghai? El Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) es el instrumento que mejor logró hacerlo en favor del conjunto de los argentinos, justamente cuando el reordenamiento del orden global dejaba una ventana de oportunidad para las periferias. Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social son las banderas que organizan el movimiento que construyó con decisiones firmes y estratégicas un tiempo en la que los grandes ideales de la Patria fueron mucho más que símbolos. 

Hay que elegir entre la realidad o la idea. O, dicho de otro modo, entre la realidad supuestamente neutra y objetiva, pero impotente y victimizante, y la realidad efectiva: la que demanda decisiones con costo, apuestas creativas, valientes y que a su vez interpela a otros para que tomen partido y pongan lo suyo. Esas decisiones tienen sus propios imaginarios: ¿Qué es la gloria? ¿Qué juramos inmediatamente después de cantar “sean eternos los laureles”? ¿Dónde radica la grandeza de la Patria? Algunos imaginan un palacete francés con un pabellón celeste y blanco que flamea. Otros, miles de chalecitos donde viven los que se levantan para ir a trabajar antes de que salga el sol y que vuelven a cenar en un mantel con manchas de tuco y vino.

HAY QUE BANCAR LOS TRAPOS

Las banderas son las insignias que se levantan para saber cómo moverse en medio de la batalla. Dan identidad a un conjunto y son sagradas por eso, por su efecto y no por su materia. “Hay que bancar los trapos” dicen las tribunas llenas de pasiones y frustraciones que hacen de los colores del barrio o de la ciudad una segunda patria. No es casual que esos mismos símbolos conmovedores sean permanentemente disputados y muchas veces ganados por las fuerzas que hacen de las emociones populares y colectivas vectores de lo peor del capital y su cultura. O que sea en ellos que se plasman algunas de las alienaciones y violencias que circulan en la comunidad. Estas son, en última instancia, fuerza distorsionada que no encuentra cómo encaminarse a las batallas ciertas.    

En tiempos de extravío nacional y avaricia de clase, esos colores muchas veces dieron más sentido que la celeste y blanca. Pero la que se izó por primera vez en Rosario hace más de 200 años siempre vuelve a enamorarnos. Como la selección que cada cuatro años nos activa una esperanza irracional y por eso tan genuina de poder ser, a pesar de todo, campeones del mundo. Porque las imágenes del Diego con la copa, con los colores de la bandera de Belgrano, tienen una luminosidad que sigue operando en nuestro imaginario. Es una escena que no responde tanto a la gloria deportiva sino a la experiencia de una alegría colectiva, popular y de todos a la que siempre estamos tratando de volver o llegar. Lo que late ahí es que, en el fondo y cada vez, sabemos que podemos. Pero no sólo, ni tanto, ganar: podemos conmovernos juntos y con lo nuestro: en la victoria y la derrota.

TIERRA, TECHO Y TRABAJO

En medio de la pandemia, Francisco rezó en una Plaza San Pedro desierta y lluviosa. Levantó la custodia con la hostia consagrada, el pan de la unidad -como dice la misa: “fruto de la tierra y del trabajo de los hombres”. Es un símbolo viejo, cuya potencia desafía al tiempo. En Argentina tenemos triste memoria del “Corpus Christi”, justamente por haber sido utilizado como insignia por los poderosos cuando temieron que “el cuerpo colectivo” se constituyera de un modo que no respondía a sus intereses. Los símbolos no son casuales. Hay que estar atentos a los motivos de esto: los símbolos fuertes están en disputa. El pueblo funciona, se constituye y se reconoce en ellos. No se los puede dejar al azar o despreciarlos.   

El mismo Francisco que levanta la custodia de oro con la hostia consagrada es el que definió, tempranamente en su pontificado, unas banderas. Las tres T: Tierra, Techo y Trabajo. También ha hablado de sus ejércitos, de los héroes anónimos. Interlocuta, promueve, apuesta, muchas veces de manera provocativa, a la constitución de un sujeto, un colectivo, una multitud llamada a reconocerse pueblo. Para muchos incluso es cuestionable o inapropiada la manera en que lo hace. ya sea desde dentro de las instituciones eclesiales, ya sea desde las zonas conservadoras de las sociedades, ya sea de parte de quienes dicen que es una interferencia populista en nuestro pretendido sistema republicano de representación. O también de quienes piensan que la irrupción de lo religioso no hará otra cosa que adormecer a las masas, al tiempo que fantasean con la idea de que lo religioso alguna vez se fue de la gente. El hecho es que el Papa propone unas banderas, pronuncia palabras significativas y al mismo tiempo convoca a una causa. Francisco reconoce y espera a un sujeto. No lo inventa, le sale al encuentro. 

Nosotros consideramos aquí que hay que tomar la potencia de sus propuestas, y responderlas con la misma fuerza, lealtad, ética, trascendencia y política, y no desperdiciar la oportunidad. Los movimientos sociales lo han hecho, del mismo modo que en otros planos, como con la encíclica Laudato Si, actores de otras luchas y movimientos se han reconocido en el modo en que Francisco nos convoca con viejas y nuevas palabras y señales. 

Es como con Belgrano: son los símbolos que mueven, los que recogidos del corazón del pueblo son puestos otra vez frente a todos para convocarnos, y señalados en medio de batallas que tienen que ver con el destino de todos y cada uno. Y así resplandecen: tienen la oportunidad de un nuevo esplendor de sentido y acción.

La gran cosa es esta: que los símbolos no queden lejos del pueblo que se conmueve con ellos, ni que se separen de las batallas verdaderas en las que han de servir de señal, motivación y fuerza.   

BANDERAS EN TU CORAZÓN

Don Manuel se llamaba Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. La semana pasada se celebró su fiesta. La devoción popular del Sagrado Corazón, que no necesita que le pongamos estética pop justamente porque lleva los colores de la sensibilidad popular ya en su versión orignal, sostiene en la tradición católica dos cuestiones. 

Por un lado, se opone o compensa la imagen de un Cristo juez, legislador, racional y legalista, con uno que tiene cercanía caliente, amorosa y apasionada con la vida del pueblo. La pasión y la compasión, la misericordia y la ternura. 

Por el otro, es una imagen que puso el acento en “el centro de la persona”. No por nada se difunde con fuerza en el siglo XIX, cuando la modernidad empezaba a funcionar con su velocidad destructiva y agresiva para la subjetividades populares, y se desplegaba un racionalismo que derivaría en el paradigma tecno burocrático deshumanizante. 

Ese corazón en llamas parece encerrar las pasiones, miedos, anhelos y gozos de cada uno y de todos. Por eso debe ser que la gente lleva su estampa y además lo inmortaliza en la piel como tatuaje. 

Es un tiempo donde construir lo colectivo supone estar atentos al centro de cada uno y al cuidado de todos por igual, y en el que sabemos que vamos a necesitar arder y calentar, usemos todos los símbolos, proveamos todas las señales y recreemos toda la fuerza acorazonada de nuestros próceres. 

Saludemos así al General Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús.

Tomemos la fuerza de los símbolos que él imagino para la reflexión y las tareas urgentes que los signos de los tiempos nos marcan.