Hoy, si escuchamos al Espíritu, no nos centraremos en conservadores y progresistas, tradicionalistas e innovadores, derecha e izquierda. Si estos son los criterios, quiere decir que en la Iglesia se olvida el Espíritu. El Paráclito impulsa a la unidad, a la concordia, a la armonía en la diversidad. Nos hace ver como partes del mismo cuerpo, hermanos y hermanas entre nosotros. ¡Busquemos el todo! El enemigo quiere que la diversidad se transforme en oposición, y por eso la convierte en ideologías. Hay que decir “no” a las ideologías y “sí” al todo.

Francisco, Homilía de Pentecostes
23 de mayo de 2021

Es importante profundizar en algo que aparece continuamente en los planteos de Francisco: señalar a la ideología como un obstáculo, una tentación o un riesgo. Creemos necesario hincarle el diente a este asunto. Francisco y la cuestión ideológica ¿Qué pasa con esa dimensión en su pensamiento y su magisterio? ¿Cómo lo diferencia de otros? ¿Cómo se la valora y cómo la usa él? ¿En qué marcos se recepcionan estos planteos?

Lo hacemos teniendo como escenario de referencia lo que sucede acá en Argentina. Sobre todo por el modo en el que parte de la prensa, sean sitios católicos o los señalados como medios hegemónicos, operan sobre estos señalamientos que hace Francisco respecto a las ideologías como discursos fragmentarios o parciales. 

En torno a esto se encarna, quizás, una limitación sobre Francisco. Habría que ver en qué medida puede ser propia de él, pero sobre todo -y no es casual que sea justo en este tema- si la limitación es en la recepción y en el uso público de Francisco. Porque al fin y al cabo, de lo que se trata es de analizar y comprender los usos ideológicos de Francisco. 

EL LABERINTO DE LO IDEOLÓGICO

La ideología es un término, una cuestión y una reflexión. Una dimensión significativa de lo político, que orienta la práctica e incide en los procesos históricos. Por eso vale la pena tratarlo, porque desde nuestra perspectiva, no sólo hace a lo que Francisco piensa, sino al destino de la recepción de Francisco y de su mensaje. 

En Francisco, la crítica a las ideologías es un señalamiento sobre lo que impide conectar con lo trascendente y poderoso del mensaje evangélico. Hay una distinción reiterada y sostenida en sus planteos, que pone al evangelio y la ideología como dimensiones enfrentadas. 

Sobre esta distinción se monta, muchas veces, una interpretación y operación que desliza y asocia el término “ideología” a un modo particular de politización o partidización. Esto se da en múltiples niveles de análisis y en todo el espectro. De izquierda a derecha, sea en lo eclesial interno o lo político ideológico. Desde arriba hasta abajo, en el sentido de lo que podría ser el debate filosófico hasta el más elemental uso de Francisco como comentario, crítica, u orientación de qué se puede hacer como Iglesia. Y también, desde una cuestión de profundidad. Va desde la lectura o la impronta del sujeto más eventual, o más espontáneo, hasta el conjunto de su posicionamiento, y hasta el documento más dogmático. 

Todas estas interpretaciones y análisis sobre el mensaje del Papa están, paradójicamente, atravesadas por la ideología a la vez que agita el debate y la cuestión ideológica. A esto se suma que quienes más esgrimen que lo hacen no-ideológicamente -porque eso lo hacen los otros-, son aquellos que más a flor de piel viven y abordan ideológicamente los planteos pastorales de Francisco. Para transitar este laberinto, hay pistas interesantes que pueden proveer algunas coordenadas y, quizás, ayuden a salir por arriba.

IDEOLOGÍA, CLERICALISMO Y PARADIGMA

Tratando de encarar el tema, revisamos Evangelii Gaudium, el texto inicial  donde está condensado gran parte del programa de Francisco hacia el interior de la Iglesia. Cuando uno pone en el buscador “ideología” o términos aledaños, es interesante ver cómo se destacan dos dimensiones. 

Primero, lo ideológico emparentado al tema del clericalismo. Francisco lo señala como la “ideología” hegemónica al interior del gobierno de la Iglesia, un discurso parcial, cerrado sobre un corpus de conceptos y formas que clausura la conexión con lo más pastoral y evangélico del mensaje cristiano. Es decir, el clericalismo como un discurso ideológico concentrado en las formas y desconectado de la raíz. Irenismo, neopelagianismo autorreferencial, son algunas de las corrientes que destacan como elementos de ideologías propiamente de raigambre teológico eclesial. Es desde esa perspectiva que se señala al magisterio del Papa como poco dogmático, consistente o riguroso, y son los referentes de ese paradigma eclesial los que condenan la carnadura real de los gestos y palabras de Francisco.

En segundo lugar, lo ideológico aparece muy ampliamente referido al neoliberalismo, como fase superior de la ideología del mercado. Son estas ideas las que orientan las decisiones que descartan miles de millones de vidas a la miseria y que nos han llevado a una crisis ambiental que amenaza al conjunto de la humanidad. Es este paradigma tecno-burocrático, que se autopercibe racional, eficiente e incuestionable, lo que guía y orienta la feroz maquinaria del capital.

Francisco señala claramente cuáles son sus principales preocupaciones. Quizás sea por eso que es más habitual encontrar una crítica al dogma neoliberal y a los devenires modernos de viejos problemas teológicos, que la crítica al socialismo, el marxismo o la perspectiva de género.

DE LA CABEZA AL CORAZÓN

Es interesante poder ver a Francisco en diálogo con aquellos que reconocen a lo ideológico como una parte fundamental de su praxis y como un valor de su ética personal. En los Encuentros Mundiales de Movimientos Populares, hay referentes que dirían positivamente que su militancia está enraizada en las ideologías de izquierda. Son gente de “izquierda”, y si no lo son estrictamente, son gente criticada por sus posiciones e ideas de izquierda. 

Es justamente ahí donde Francisco pone el acento en atender y privilegiar lo político en relación a lo ideológico. Francisco invita a pensar las ideologías como un límite o una parcialidad, como una instancia que privilegia el plano meramente de las ideas sin carnadura con lo real. En sus planteos, la ideología se presenta como un lastre, un corset, algo con lo que hay que tener cuidado. Algo que tiende a limitar y clausurar la fuerza.

La figura más fuerte que imprime en su pensamiento como crítica es la del excesivo adentro, la cerrazón, la homogeneidad. Por eso aparece ahí, como hipótesis de salida, la figura del poliedro, el “ponerse en salida”, y la apertura existencial, en términos ya no solo geográficos o sociales, sino también en el hecho de “abrir la cabeza”. No es casual que en Fratelli Tutti el capítulo anterior a “La Mejor Política” sea “Un Corazón Abierto”. Propone y recomienda una doble apertura. Bajar de la cabeza al corazón, y abrirlo para llenarse de lo real.  

Esto puede graficarse como una escalerita: una crítica a la ideología por que clausura a la política; una crítica a la política extremadamente ideologizada porque clausura a la Iglesia y a la pastoral; y una crítica a las formas pastorales y eclesiásticas demasiado cerradas, porque clausuran al Evangelio. Es un “mamushka” de cuestiones que siempre tienen la dimensión de ir más adentro para abrirse más. Ese es el gesto trascendente de lo ideológico que el Papa propone.

CERRAZÓN IDEOLÓGICA Y APERTURA DEL DISCERNIMIENTO

No estar en contacto con la realidad es un error y punto de partida del pecado, dice Francisco, y donde dice realidad refiere a los pobres, y más precisamente con sus heridas, que son de todos. Esa es la gran propuesta de Francisco. Salir de lo superficial ideológico e ir a la profundidad del contacto. “La realidad es más importante que la idea” es una especie de aforismo de la crítica a la ideología que hace Francisco. No elimina la idea, pero indica que hay algo más importante que ella. Y ahí hay un corazón de la cuestión.

A ese núcleo apuntan sus críticos en el plano teológico y eclesiológico. “¿Cuál es tu dogma teológico?”, le demandan. Su respuesta por elevación podría ser algo así: “Ojo con el dogma, que puede ser en su nombre que se este sepultando el Evangelio y la vida”. 

Otra crítica que le hacen a Francisco es una supuesta asistematicidad, apreciación para nada errada. Justamente, esa es su posición, y hasta podría ser su riesgo de clausura ideológico. La inclinación por el gesto, por el caso, por el cada uno, se conjuga con el discernimiento, que es el método que contiene y ordena parcialmente la dispersión. Es un anclaje de las ideas, del Evangelio, con una especie de primado del contacto y la comprensión histórica y existencial de cada situación. No existe el discernimiento ajeno. La doctrina está dada por otro, el discernimiento siempre indica algo propio. Es la condición, no de un conocimiento, sino de una decisión. Por eso es discernimiento y no reflexión. Uno puede saber que ha discernido, porque decide. Si no decide, ha hecho una reflexión, pero no ha discernido.

El discernimiento no permite responsabilizar al dogma, a lo ideológico, para no hacerse cargo de lo que le corresponde y compete a cada uno. Esa es también una advertencia de Francisco. “No se agarren de la ideología”, es decir, no se escuden en un dogma, en una ley financiera, para justificar sus acciones. Háganse cargo de sus acciones. Esto no anula el plano de las ideas y su valor. La toma de decisión se da siempre enmarcado en un conjunto de ideas y valores, pero éstos, el componente ideológico, es sólo uno de los elementos que entran en juego en el discernimiento.

LÍMITES, RIESGOS Y DESAFÍOS

Lo primero que se podría señalar respecto a Francisco y el modo en el cual enuncia y señala lo ideológico, es la necesaria intervención y operación para no dejar que la ambigüedad deslice su recepción en el sentido del plano inclinado de los intereses de los poderes que él mismo enfrenta y desafía. Hay un sentido común -justamente es allí donde la hegemonía se asienta y encarna- antipolítico y antipopular sedimentado que incide en una comprensión, al interior de la Iglesia pero más ampliamente también, de la advertencia respecto a lo ideológico como una crítica a la política o a la toma de posición frente a disputas concretas de la vida pública y del pueblo.

En lo discursivo, lo institucional o lo pastoral, esta situación hace que muchas veces se intente eludir estas implicancias con recepciones pasteurizadas o muy parciales respecto de lo que Francisco dice, quedándose con una parte y dejando de lado justamente la zona más crítica. Así es cómo cuando Francisco dice “no a las ideologías”·aparece una especie de planteo new age en el cual parecería posible hacer ecología sin crítica de las corporaciones, en el caso Laudato SI, o la idea de que formarse políticamente con Francisco es estar más en la atención plena, en el contacto con lo que uno siente, en un interiorismo, o, en el tema de la economía, quedarse solo con las versiones católicas de las lecturas de lo económico. El riesgo de licuar la fuerza de Francisco está siempre latente.

También hay una crítica, o un punto crítico, de la interpretación. Uno podría cuestionar o hacer una observación desde la filosofía contemporánea, el análisis discursivo o comunicacional, en torno a la suposición implícita de Francisco que existe un punto de exterioridad respecto a lo ideológico. Del giro lingüístico para acá, las ciencias sociales insisten en plantear que la ideología siempre está, y que el tema en todo caso puede ser estar consciente de su presencia y de cuál es ese punto. 

Sin embargo, en el pensamiento de Francisco hay un esquema en el cual aparecen puntos desde donde trascender lo ideológico. Sus planteos indican tres vías de salida o superación de lo ideológico: se sale mediante el Evangelio, por un lado; mediante la misericordia, por otro; mediante el pueblo y los pobres, como un tercer lugar. Tres facetas de lo mismo. 

Pero Francisco no está obligado a ser Slavoj Zizek, es el Papa. Trabaja de otra cosa y sobre todo hay algo más: Francsico es un creyente. Cree en la posibilidad de la apertura y la trascendencia. Esto se conecta -inesperadamente para algunos- con la filosofía de Zizek y sobre todo con la de su autor de referencia, que es Alain Badiou, en el punto que ambos insisten que el acontecimiento es lo que rompe la situación. Sucede que el modelo del acontecimiento de Alain Badiou es el Mesías. Ahí está el núcleo. 

Francisco cree en el acontecimiento de estar en un momento –que no es cronológico, sino lógico, existencial, un momento de fuerza- de contacto con el pobre, con Dios y con el Evangelio. Es en ese punto que se abre la historia y se esboza una especie de exterioridad. “Estén en el mundo sin ser del mundo”, es la indicación de San Pablo que retoma y encarna Francisco.

POST-PRE IDEOLÓGICO

Scalabrini Ortiz, Jauretche o Manzi discutieron con la prepotencia de las ideologías de afuera que venían a “decir que es que” en esta pampa austral. Se plantaban desde el doble lugar de lo popular y lo excéntrico. Ese desafío a las “grandes ideologías” desde un pensamiento nacional es parte de la matriz del pensamiento de Francisco y componente de su singularidad. Es también su aporte a la teología en general y a la discusiones actuales de las fuerzas populares a nivel global. Francisco desenvuelve un pensamiento que subordina lo ideológico a la realidad, la política y el pueblo. Es una cuestión de pensamiento situado, histórico, mítico y que pone a la ideología en su lugar.

Ahí también hay que ubicar otras zonas de sus planteos o sus problemas, que son las vueltas que tiene que dar con el tema del populismo. Tuvo que inventar una palabra, popularismo, para discutir con los populismos que hay en Europa y al mismo tiempo marcar la diferencia latinoamericana, y por supuesto, la singularidad argentina. Lo mismo pasa con la idea de los nacionalismo y de la patria. Hace una crítica de la colonización, una reivindicación del sabor de lo local, y al mismo tiempo una crítica de los nacionalismos excluyentes, los soberanistas. Franciso está en una tensión de ayer-hoy, norte-sur y centro-periferia. Está bueno ver como avanza entre esas tensiones, porque allí hay pistas superadoras para nuestros debates nacionales.

Las encerronas que encuentran los procesos históricos, muchas veces como consecuencia del modo en que sedimentan en identidades o posiciones ideológicas, pueden encontrar en el pensamiento incompleto y abierto de Francisco, nuevos senderos. Al no responder a corsets o arquitecturas ideológicas inmediatas, introduce elementos que redefinen las escenas y abren nuevas posibilidades. Es una mirada que podría decirse post-ideológica o pre-ideológica. Post, pre, arriba y abajo. Es más allá de las ideologías. Es de otro modo y en otro lugar. 

Frente a la ideología, o más allá de ellas, o atravesando las ideologías, Francisco propone tres cosas conceptuales y una o dos en términos de práctica: misericordia pero también realismo. Realismo pero también astucia. Misericordia por estar con los que hay que estar. Realismo, para estar con todos. Astucia, para no estar con todos de la misma manera ni inocentemente. 

Palabras precisas y potentes, claras. Gestos oportunos. Y darle la voz al otro. Construir su discurso con el ánimo de desatar, sostener, y recuperar la larga conversación, como dice en Laudato Si, o el diálogo persistente y corajudo, como dice en Fratelli Tutti, donde la persistencia y el coraje advierten sobre la ideologización del diálogo mismo. 

LA IDEOLOGÍA Y EL ESPÍRITU

En Francisco está la idea de que el pueblo no es de nadie. Lo mismo pasa con la Iglesia. No es de los curas, no es del Papa, no es de los sacristanes. Es una dimensión propiamente espiritual. Ya ni siquiera política: un viento que abre puertas. Es lo no capturable del evangelio. Porque el cristianismo continuamente está escapando a cualquier dispositivo de poder. A lo largo de dos mil años han existido múltiples formas de gobiernos, estados, instituciones y discursos, que han intentado disciplinar y contener hasta agotar al cristianismo, y sin embargo, siempre hay un resto mesiánico que se escapa y recomienza.

En la mirada de Francisco sobre la modernidad está otra vez el cristianismo escapándose a esa captura. Porque la modernidad en Occidente es cristiana, aún en su fase secular y laicista. Lo moderno es como una cristalización mundana del evangelio mismo, y es esa sedimentación la que hoy entra en crisis y muestra su límite feroz. En ese umbral reaparece el nombre de Francisco, el de Roma que actualiza el de Asís, con la invitación y la fuerza de hacer de otra manera las cosas, desde la vida del amor y la misericordia. No podemos quedarnos en esto. Hay que recomenzar. Frente a la inmovilidad ideológica, el recomienzo es espiritual.

No podemos entregar lo más preciado. El servicio nunca es ideológico, dice Francisco, sino que es del plano de la misericordia. ¿Cuál es el motor de la acción humana? En la parábola del buen samaritano, los tipos que sabían, los tipos ideológicos, que son a quienes la ley y el dogma les indicaba que  debían hacer, no responden y siguen de largo. La ideología no te va a salvar del discernimiento.

Badiou dice que lo peor de nuestra época es la determinación de la modernidad en imponer un tiempo donde solo hay “cuerpos y lenguajes”. “Además hay verdades”, advierte y agradece Badiou. En la parábola del buen samaritano, los que pasan de largo son solo lenguaje y cuerpo. Hay ley y hay religión. Pero lo verdadero, es el gesto que rompe el flujo habitual, la inercia de la mera idea, y se hace carne en la voluntad y decisión de levantar al caído.

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