El espíritu es un rumor.
Dice una sola cosa:
cuando llegue el alba, viviré. 

«Vieja soledad, hoy me iré de ti
Buscando la luz, de un amanecer
Cuando llegue el alba
Viviré, viviré
Noche adentro irá, vencida de amor
La tristeza gris de mi corazón
Cuando llegue el alba
Viviré, viviré.
A un costado del olvido mis sueños maduraran
Reventando en luz –  florecidos
Cuando llegue el alba
Viviré, viviré
Encontrarte fue, intuición de Dios
Todo nace en ti, como nací yo
Cuando llegue el alba
Viviré, viviré
Tus palabras son fresco manantial
sintiendo tu voz aprendí a cantar
Cuando llegue el alba
Viviré, viviré
A un costado del olvido mis sueños maduraran
Reventando en luz, florecidos
Cuando llegue el alba
Viviré, viviré»

Eulogio Abel Figueroa / Waldo Belloso

PUEBLO Y APRENDIZAJE

«Esos lugares donde la esperanza y la vida están en lucha:
Cuánto para aprender de la reciedumbre del Pueblo: siempre encuentra el camino para socorrer y acompañar al que está caído. 
Que ese pueblo nos enseñe a moldear y templar nuestro corazón (…) con la mansedumbre y la compasión, con la humildad y la magnanimidad del aguante activo, solidario, paciente pero valiente, que no se desentiende, sino que desmiente y desenmascara todo escepticismo y fatalidad.» 

…..

DE LA REALIDAD A LA INTERVENCIÓN

«La complejidad de lo que se debía enfrentar no aceptaba respuestas casuísticas ni de manual; pedía mucho más que fáciles exhortaciones o discursos edificantes incapaces de arraigar y asumir conscientemente todo lo que nos reclamaba la vida concreta.
La narrativa de una sociedad profiláctica, imperturbable y siempre dispuesta al consumo indefinido fue puesta en cuestión develando la falta de inmunidad cultural y espiritual ante los conflictos.»

….

DE LA FRAGILIDAD A LA IMAGINACIÓN

«Nuestra fragilidad común nos despojaba de toda falsa complacencia idealista o espiritualista, así como de todo intento de fuga puritana. 
Una realista y creativa imaginación capaz de abandonar la lógica de la repetición, sustitución o conservación.»

….

NUEVA FASE, NUEVA PRESENCIA

«La nueva fase que comenzamos nos pide sabiduría, previsión y cuidado común de manera que todos los esfuerzos y sacrificios hasta ahora realizados no sean en vano. (…) Si una presencia invisible, silenciosa, expansiva y viral nos cuestionó y trastornó, dejemos que sea esa otra Presencia discreta, respetuosa y no invasiva la que nos vuelva a llamar y nos enseñe a no tener miedo de enfrentar la realidad.«

Papa Francisco, 30 de Mayo de 2020

CINCUENTA DÍAS DESPUÉS

En este tiempo de cuarentena que comenzó en cuaresma, llega en la caravana del año una fiesta olvidada para la mayoría pero que tiene de todos modos una sentido interesante. Y tiene también un nombre onda cuarentena, pero con “penta”, cinco, cincuenta. Cincuenta días después de Pascua se celebra Pentecostés, recordando esto: el momento donde un grupo de gente que había pasado cosas bravas, persecución y muerte (semana santa) pero que sin embargo había visto que tenía fuerza nueva y diferente más allá de la muerte para seguir (una resurrección, y un plan para resucitar). Finalmente, juntan coraje y se dan cuenta que tienen un tiempo por delante, un fuego, una aliento y una doctrina. Una pasión desbordada que hay que salir a compartir. Dicho en criollo-cristiano: que cuenta con (un) espíritu, y encima santo. 

ESPÍRITU Y POLÍTICA

La imagen es interesante: un grupo de mujeres y hombres que están adentro, encerrados, con miedo, en todo caso con la doble sensación de que algo fuerte les ha pasado, doloroso y vital, histórico, de pronto se sienten lleno de algo que es como un viento (este es el significado de espíritu) y “arden” (la imagen de las lenguas de fuego es aún más interesante). Y, así, con valentía (la palabra de relato es parresia, coraje en griego, muy potente y central en este relato) salen afuera a hablarle a todo el pueblo. Un detalle más en el relato original: los que salen comparten un mensaje potente. Los que escuchan son gente de todo tipo, que hablan diferentes idiomas. Pero cada uno lo entiende en su propia lengua. 

En síntesis: todo un programa de construcción colectiva. Un relato de qué significa salir de adentro, enfrentar el futuro de otro modo y con otra fuerza (espíritu) y convocar a todos el pueblo y todos los pueblos. Casi la pos-pandemia, en el sentido literal de la palabra, que significa: para todo (pan) el pueblo (demia, de “demos”).

Por eso compartimos acá  unos puntos sobre un tema central nuestro: política y espiritualidad frente a lo que viene. 

La hipótesis es esta, y es cuádruple: 

  • El neoliberalismo y su triple andamiaje ideológico (conservador, propiamente neoliberal, pero también progresista) no tiene recursos simbólicos ni políticos suficientes para sostener una construcción colectiva en el mundo actual, y mucho menos en el que viene. No obstante, tiene recursos eficaces, los exacerbó en este tiempo de inflexión histórica y renovará sus esfuerzos por sujetar las almas de las gentes.  
  • En este tiempo donde vida y muerte entran en escena, la pandemia pone al desnudo que el imperativo capitalista es una religión. Ademas, que incluso sus intelectuales críticos (véase la sopa de Wuhan sino) están en su estela y su órbita, y tienen poco que ofrecer salvo un poco de ironía neutralizadora o crítica sin destino de construcción alguna. Una religión que pide sacrificios, como el capitalismo, solo puede ser combatida o enfrentada con algo que pueda pelear y jugar en la misma cancha: el alma de la gente, ahí donde es la fuerza -el alma misma- de los pueblos.
  • Cuando acá hablamos del Papa, no es que somos más papistas que Bergoglio. El tema es que vemos que el compatriota que está en este tiempo en la silla de Pedro, y vive en la residencia de Santa Marta, opera en este sentido, poniendo el capital (sic) simbólico del cristianismo en dirección a su horizonte y desde su núcleo: la fuerza popular del para-todos (el cristianismo es pandémico a su modo). El modo en que lo hace lleva puesto el virus, el ADN argentino: el pueblo es una fuerza transformadora que con misericordia hace revivir a todos.
  • Finalmente, creemos que aquí en Argentina necesitamos y tenemos espíritu, parresia y, aún “quedándonos en casa” (a full bancamos esta), sabemos que podemos y debemos salir. Pero no salir a sacrificarnos como quieren los adoradores del lucro y el rendimiento, sacerdotes sacrificadores y profetas del odio. Salir es salir de nuestras burbujas y de la pasividad, y desde ahí ir hacia una forma de construcción nueva que amplía y transfigura la matriz del campo nacional y popular y los modos de hacer política desde y con nuestro pueblo.    

El futuro está en cuestión pero no con el talante del “progreso”, sino con el espíritu de la justicia social y el cuidado de todos por una vida buena. Y por eso no es un mero futuro de utopía, del mismo modo que no es nostalgia del pasado: es memoria que activa un “ya”, un presente donde las decisiones y la valentía y la fiesta del encuentro, se adelantan con acción política y nuevos modos de componer lo común. Una Patria compartida y generosa.  

El espíritu se puede definir así: es la fuerza de un desborde. Por eso se lo representa como viento, fuego y pájaro: enciende, transfigura, mueve y conmueve.

Al mismo tiempo tiene otras versiones: es la presencia de alguien, un sujeto concreto que condensa la historia, las esperanzas, los dolores y la redención (el que quiera puede decir sin problemas liberación, u otros términos). Condesa y recapitula, y siendo reconocido, interpela y convoca. Francisco gusta decir “sorprende y organiza”.

El espíritu es fuerza y movimiento: no es mera introspección e interioridad, ni abstracción o sentimentalismo sublime. Si tiene algunas de estas características, el espíritu -o la espiritualidad- las tiene en relación dialéctica, íntima -polar, diría Francisco- con sus opuestos complementarios. Es introspección ahí donde es búsqueda interior de lo mejor, concierne a la abstracción que maneja una disciplina de razonamiento muy fuerte al servicio de lo más concreto, cuyo acceso requiere la valentía de pensar mucho. Y lo que tiene de sublime tiene la forma de la herida curada, la fiesta compartida y otros milagros corporales. Es eros y ágape: sublime, pero banquete sublime. 

Todos estos registros pueden trasponerse del campo de lo religioso al de lo político: es encontrar en el medio de ese camino cómo estas cuestiones, lejos de ser solo jerga del Vaticano a las sacristías, siguen alimentando, legitimando o sacudiendo ideologías muy concretas, de expresión económica, cultural y propiamente políticas. 

Hay una cosa más para decir del espíritu y la espiritualidad en la política-acción concreta. Espíritu es siempre movimiento que crea encuentro que crea nuevos movimientos. Es el impulso de esa rueda, rueda de la que ese triángulo es la expresión mínima. Movimiento de salida de los pocos a los muchos y viceversa. Movimiento en el encuentro: lo que se conmociona, conmueve y compone en el mismo. Y movimiento común que surge de ese componer lo común. 

Como tiene esta forma, hay una geometría y una geografía para comentar la relación política-espiritu, espiritualidad-pueblo. Tiene que ver con la dinámica de adentro – afuera, que viene tan al caso en estos días.

ADENTRO / CUIDADO 

Puede ser que este tiempo pase a la historia como aquel donde estar adentro resultó ser un modo de “salir”. Salir del alcance la muerte, del virus, de nosotros. 

Hay otro debate largo en el que se inscribe la pandemia y su cuarentena, se puede mencionar de varias formas. ¿Como salir (de esta fase) del capitalismo?¿Cómo superar el momento actual?

En el lenguaje habitual, ese que va desde el periodismo a la cultural, o desde la militancia a las ciencias sociales, es el tema de “la crisis” y cómo se sale de ella, como se la supera. Complementar crisis con el término que se desee: económica, paradigmática, de la subjetividad, de la deuda, ecológica, financiera, de representatividad. En el 2001, por ejemplo, se hablaba de una triple crisis: de representatividad, de acumulación, de régimen. En la Argentina de hoy, ¿Que diríamos? ¿Sanitaria, económica, de modelo?

Salir de un tiempo de repliegue y de un escenario de decadencia y desgaste hacia otro lado.

La modernidad misma es tematizada así. Todos los pos- (posmodernidad, posverdad) y todos los de- (decolonial, deconstruccion, etc) van tras esa cuestión. Con más o menos suerte, pero con dificultades serias siempre. ¿Hay un afuera? ¿Hay exterioridad? ¿Hay otra cosa? ¿Hay otro mundo posible? 

Son todas preguntas sobre la salida. Nos animamos a plantear algo: la única exterioridad posible, la única salida es el pueblo («solo el pueblo salvará»… una frase de nuestra cultura política).

Así es en este relato de la llegada del espíritu. La salida es hacia el pueblo que está viviendo con sus dolores. Que habla en muchas lenguas.

Y el camino es el coraje de ese pueblo. 

En el relato bíblico, el espíritu llena al grupo de discípulos (hombres y mujeres, atenti) y el resultado es que salen a hablar con parresia (coraje en griego) con todo el pueblo. Que en ese momento es una multitud que habla mil lenguas. Dice también el texto: «y cada uno lo entendía en su propio idioma». No es un fenómeno de poliglotismo estrictamente: es un fenómeno de entendimiento. Puede decirse de esta manera: cuando un grupo de gente que quiere transformar sale con coraje al encuentro de lo colectivo, todos entienden. Porque el coraje orientado a las transformaciones verdaderas contacta con el entendimiento de todos, en la lengua, el corazón y la organización. 

El tema acá es donde está el pueblo y como encontrarse con él. Nosotros lo vamos a decir así. El pueblo, más que estar afuera, es la salida. Es, diría Enrique Dussel, factor de exterioridad. Podemos decirlo diferente: de apertura, de puerta. Esto vale para toda experiencia política, para un momento histórico, para una organización y para cada uno. 

Esa apertura es por un lado trascendencia y encuentro con algo que orienta y alimenta en cada momento. Por eso mismo, al pueblo hay que buscarlo-encontrarlo (dejarse encontrar por él, también) en cada momento, más allá de las definiciones teóricas, más allá de la costumbre o de la conveniencia, más allá de los planes o el folklore, más allá de los mapas -de lugares o de prácticas- con los que contamos. El pueblo es experiencia. Significa: desde-la-prueba. Hay que probar.

No pocas veces las derechas, que son sagaces como todo demonio, lo encuentran primero que nosotros. Los mertiócratas supieron encontrarlo “adentro”, mientras nosotros creíamos abarcarlo completamente en el afuera de nuestras plazas, movilizaciones y patios militantes. Nuestras ágoras clásicas dejaron afuera un adentro que fueron timbrear, ficticia pero eficazmente, al umbral de las puertas. 

Porque sabían que en ese “adentro” había algo de pueblo que nosotros estábamos dejando de lado, porque estábamos encerrados en nuestra imaginación sobre cómo eran las cosas. Hoy pasa algo con notas parecidas: salir al encuentro del pueblo es quedarse dentro con el, comprender las ansiedades y hastíos, y ahí, salir. «Timbrear” puede ser el nombre de hacer el gesto que nos lleva a comprender lo que vive hoy nuestro pueblo que está en ese afuera que es para nosotros “el centro”. Sus casas y barrios, sus dramas y preocupaciones, su convivencia hacinada o amorosa, hecha de ternura y hastío.

Y por eso hay otro afuera donde podemos, y quizás debemos, ir: el cuidado como un nuevo nombre para la política, la lucha y la construcción.

“Salir” y “afuera” no son lugares fijos. Salir implica ponerse en dirección al pueblo y sus dolores y esperanzas. “Afuera” es todo lo que al mismo tiempo nos saca del lugar habitual dando aire, apertura y trascendencia. 

SOMOS NOSOTROS / EL ÚNICO HEREDERO ES EL PUEBLO

Otro tiempo. El tiempo del espíritu es otro tiempo.

Una espiritualidad en la política implica y posibilita otro momento. Lo que antes era miedo -o seguridad, aferramiento a recetas o dogmas o consignas o costumbres-  tiene que transformarse en búsqueda y experimento, en creación. Lo que antes se veía en la presencia de un líder claro, ahora se verá en el reconocimiento de otra presencia en multiplicidad de sujetos. Lo que antes se hablaba con dos, tres o cien frases que “conocemos todos”, hay que traducirlo. Hay que tenderse con gestos y conformar el coro colectivo que cante las canciones y componga la verdad sinfónica de un sentimiento. 

Tener espíritu es poder rezar, cantar y luchar.

Saber arder. 

En  nuestra tradición política el pueblo porta ese futuro porque, del mismo modo que es memoria y tradición, raíz y tierra, es herencia y vuelo. Es legado y novedad, pero sobre todo es presente y actualización permanente.

En este tiempo donde componer lo común de otro modo es una exigencia, ojala podamos tener un solo espíritu, concepción y acción, llama y viento,  y ojala con coraje sea posible salir a oír y cantar la mas maravillosa música. La voz del pueblo argentino. 

Tener espíritu es saber que somos pueblo, y salir a encontrarnos, adentro con nosotros mismos. Tener espíritu es salir al sol:

El espíritu es el que gesta e implementa el plan para resucitar.

Tener espíritu es honrar la vida. Es conectarnos con lo mejor de nosotros. Lo más intimo que es a la vez lo mas colectivo. Lo saben nuestros poetas y cantores, lo saben nuestros mejores líderes. Tener espíritu es dejarse encender por la fogata de amor y guía, por las razones de vivir y luchar, de cuidar, de creer y de construir. Lo sabe cada cual , en cada casa y en la tierra comun que compartimos Lo sabe el pueblo: si estamos donde él está, el coraje sobra y la vida sale adelante.

CARTA DE FRANCISCO

A LOS SACERDOTES DE LA DIÓCESIS DE ROMA

Queridos hermanos:

En este tiempo pascual pensaba encontrarlos y celebrar juntos la Misa Crismal. Al no ser posible una celebración de carácter diocesano, les escribo esta carta. La nueva fase que comenzamos nos pide sabiduría, previsión y cuidado común de manera que todos los esfuerzos y sacrificios hasta ahora realizados no sean en vano.

Durante este tiempo de pandemia muchos de ustedes me compartieron, por correo electrónico o teléfono, lo que significaba esta imprevista y desconcertante situación. Así, sin poder salir y tomar contacto directo, me permitieron conocer “de primera mano” lo que vivían. Este intercambio alimentó mi oración, en muchas situaciones para agradecer el testimonio valiente y generoso que recibía de ustedes; en otras, era la súplica y la intercesión confiada en el Señor que siempre tiende su mano (cf. Mt 14,31). Si bien era necesario mantener el distanciamiento social, esto no impidió reforzar el sentido de pertenencia, de comunión y de misión que nos ayudó a que la caridad, principalmente con aquellas personas y comunidades más desamparadas, no fuera puesta en cuarentena. Pude constatar, en esos diálogos sinceros, cómo la necesaria distancia no era sinónimo de repliegue o ensimismamiento que anestesia, adormenta o apaga la misión.

Animado por estos intercambios, les escribo porque quiero estar más cerca de ustedes para acompañar, compartir y confirmar vuestro camino. La esperanza también depende de nosotros y exige que nos ayudemos a mantenerla viva y operante; esa esperanza contagiosa que se nutre y fortalece en el encuentro con los demás y que, como don y tarea, se nos regala para construir esa nueva “normalidad” que tanto deseamos.

Les escribo mirando a la primera comunidad apostólica que también vivió momentos de confinamiento, aislamiento, miedo e incertidumbre. Pasaron cincuenta días entre la inamovilidad, el encierro y el anuncio incipiente que cambiaría para siempre sus vidas. Los discípulos, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban por temor, fueron sorprendidos por Jesús que «poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes!” Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo”» (Jn 20,19-22). ¡Que también nosotros nos dejemos sorprender!

«Estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor» (Jn 20,19).

Hoy, como ayer, sentimos que «el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de todos los afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo y no hay nada verdaderamente humano que no tenga resonancia en su corazón» (Const. past. Gaudium et spes, 1). ¡Cuánto sabemos de esto! Todos hemos oído los números y porcentajes que día a día nos asaltaban y palpamos el dolor de nuestro pueblo. Lo que llegaba no eran datos lejanos: las estadísticas tenían nombres, rostros, historias compartidas. Como comunidad presbiteral no fuimos ajenos ni balconeamos esta realidad y, empapados por la tormenta que golpea, ustedes se las ingeniaron para estar presentes y acompañar a vuestras comunidades: vieron venir el lobo y no huyeron ni abandonaron el rebaño (cf. Jn 10,12-13).

Sufrimos la pérdida repentina de familiares, vecinos, amigos, parroquianos, confesores, referentes de nuestra fe. Pudimos mirar el rostro desconsolado de quienes no pudieron acompañar y despedirse de los suyos en sus últimas horas. Vimos el sufrimiento y la impotencia de los trabajadores de la salud que, extenuados, se desgastaban en interminables jornadas de trabajo preocupados por atender tantas demandas. Todos sentimos la inseguridad y el miedo de trabajadores y voluntarios que se expusieron diariamente para que los servicios esenciales fueran mantenidos; y también para acompañar y cuidar a quienes, por su exclusión y vulnerabilidad, sufrían aún más las consecuencias de esta pandemia. Escuchamos y vimos las dificultades y aprietos del confinamiento social: la soledad y el aislamiento principalmente de los ancianos; la ansiedad, la angustia y la sensación de desprotección ante la incertidumbre laboral y habitacional; la violencia y el desgaste en las relaciones. El miedo ancestral a contaminarse volvía a golpear con fuerza. Compartimos también las angustiantes preocupaciones de familias enteras que no saben cómo enfrentarán “la olla” la próxima semana.

Estuvimos en contacto con nuestra propia vulnerabilidad e impotencia. Como el horno pone a prueba los vasos del alfarero, así fuimos probados (cf. Si 27,5). Zarandeados por todo lo que sucede, palpamos de forma exponencial la precariedad de nuestras vidas y compromisos apostólicos. Lo imprevisible de la situación dejó al descubierto nuestra incapacidad para convivir y confrontarnos con lo desconocido, con lo que no podemos gobernar ni controlar y, como todos, nos sentimos confundidos, asustados, desprotegidos. También vivimos ese sano y necesario enojo que nos impulsa a no bajar los brazos contra las injusticias y nos recuerda que fuimos soñados para la Vida. Al igual que Nicodemo, en la noche, sorprendidos porque «el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni adónde va», nos preguntamos: «¿Cómo puede suceder eso?»; y Jesús nos respondió: «¿Tú eres maestro en Israel, y no lo entiendes?» (cf. Jn 3,8-10).

La complejidad de lo que se debía enfrentar no aceptaba respuestas casuísticas ni de manual; pedía mucho más que fáciles exhortaciones o discursos edificantes incapaces de arraigar y asumir conscientemente todo lo que nos reclamaba la vida concreta. 

El dolor de nuestro pueblo nos dolía, sus incertidumbres nos golpeaban, nuestra fragilidad común nos despojaba de toda falsa complacencia idealista o espiritualista, así como de todo intento de fuga puritana. 

Nadie es ajeno a todo lo que sucede. 

Podemos decir que vivimos comunitariamente la hora del llanto del Señor: lloramos ante la tumba del amigo Lázaro (cf. Jn 11,35), ante la cerrazón de su pueblo (cf. Lc 13,14; 19,41), en la noche oscura de Getsemaní (cf. Mc 14,32-42; Lc 22,44). Es la hora también del llanto del discípulo ante el misterio de la Cruz y del mal que afecta a tantos inocentes. Es el llanto amargo de Pedro ante la negación (cf. Lc 22,62), el de María Magdalena ante el sepulcro (cf. Jn 20,11).

Sabemos que en tales circunstancias no es fácil encontrar el camino a seguir, ni tampoco faltarán las voces que dirán todo lo que se podría haber hecho ante esta realidad altamente desconocida. Nuestros modos habituales de relacionarnos, organizar, celebrar, rezar, convocar e incluso afrontar los conflictos fueron alterados y cuestionados por una presencia invisible que transformó nuestra cotidianeidad en desdicha. No se trata solamente de un hecho individual, familiar, de un determinado grupo social o de un país. Las características del virus hacen que las lógicas con las que estábamos acostumbrados a dividir o clasificar la realidad desaparezcan. La pandemia no conoce de adjetivos ni fronteras y nadie puede pensar en arreglárselas solo. Todos estamos afectados e implicados.

La narrativa de una sociedad profiláctica, imperturbable y siempre dispuesta al consumo indefinido fue puesta en cuestión develando la falta de inmunidad cultural y espiritual ante los conflictos. 

Un sinfín de nuevos y viejos interrogantes y problemáticas —que muchas regiones creían superados o los consideraban cosas del pasado— coparon el horizonte y la atención. 

Preguntas que no se responderán simplemente con la reapertura de las distintas actividades, sino que será imprescindible desarrollar una escucha atenta pero esperanzadora, serena pero tenaz, constante pero no ansiosa que pueda preparar y allanar los caminos que el Señor nos invite a transitar (cf. Mc 1,2-3). Sabemos que de la tribulación y de las experiencias dolorosas no se sale igual. Tenemos que velar y estar atentos. El mismo Señor, en su hora crucial, rezó por esto: «No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del maligno» (Jn 17,15). Expuestos y afectados personal y comunitariamente en nuestra vulnerabilidad y fragilidad y en nuestras limitaciones corremos el grave riesgo de replegarnos y quedar “mordisqueando” la desolación que la pandemia nos presenta, así como exacerbarnos en un optimismo ilimitado incapaz de asumir la magnitud de los acontecimientos (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 226-228).

Las horas de tribulación ponen en juego nuestra capacidad de discernimiento para descubrir cuáles son las tentaciones que amenazan atraparnos en una atmósfera de desconcierto y confusión, para luego hacernos caer en derroteros que impedirán a nuestras comunidades promover la vida nueva que el Señor Resucitado nos quiere regalar. Son varias las tentaciones, propias de este tiempo, que pueden enceguecernos y hacernos cultivar ciertos sentimientos y actitudes que no dejan que la esperanza impulse nuestra creatividad, nuestro ingenio y nuestra capacidad de respuesta. Desde querer asumir honestamente la gravedad de la situación, pero tratar de resolverla solamente con actividades sustitutivas o paliativas a la espera de que todo vuelva a “la normalidad”, ignorando las heridas profundas y la cantidad de caídos del tiempo presente; hasta quedar sumergidos en cierta nostalgia paralizante del pasado cercano que nos hace decir “ya nada será lo mismo” y nos incapacita para convocar a otros a soñar y elaborar nuevos caminos y estilos de vida.

«Llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes!”» (Jn 20,19-20).

El Señor no eligió ni buscó una situación ideal para irrumpir en la vida de sus discípulos. Ciertamente, nos hubiera gustado que todo lo sucedido no hubiera pasado, pero pasó; y como los discípulos de Emaús, también podemos quedarnos murmurando entristecidos por el camino (cf. Lc 24,13-21). Presentándose en el cenáculo con las puertas cerradas, en medio del confinamiento, el miedo y la inseguridad que vivían, el Señor fue capaz de alterar toda lógica y regalarles un nuevo sentido a la historia y a los acontecimientos. Todo tiempo vale para el anuncio de la paz, ninguna circunstancia está privada de su gracia. Su presencia en medio del confinamiento y de forzadas ausencias anuncia, para los discípulos de ayer como para nosotros hoy, un nuevo día capaz de cuestionar la inamovilidad y la resignación, y de movilizar todos los dones al servicio de la comunidad. Con su presencia, el confinamiento se volvía fecundo gestando la nueva comunidad apostólica.

Digámoslo confiados y sin miedo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rm 5,20). No le tengamos miedo a los escenarios complejos que habitamos porque allí, en medio nuestro, está el Señor; Dios siempre ha hecho el milagro de engendrar buenos frutos (cf. Jn 15,5). La alegría cristiana nace precisamente de esta certeza. En medio de las contradicciones y de lo incomprensible que a diario debemos enfrentar, inundados y hasta aturdidos de tantas palabras y conexiones, se esconde esa voz del Resucitado que nos dice: «¡La paz esté con ustedes!».

Reconforta tomar el Evangelio y contemplar a Jesús en medio de su pueblo asumiendo y abrazando la vida y las personas tal como se presentan. Sus gestos le dan vida al hermoso canto de María: «Dispersa a los soberbios de corazón; derriba a los poderosos de su trono y enaltece a los humildes» (Lc 1,51-52). Él mismo ofreció sus manos y su costado llagado como camino de resurrección. No esconde ni disfraza o disimula las llagas; es más, invita a Tomás a hacer la prueba de cómo un costado herido puede ser fuente de Vida en abundancia (cf. Jn 20,27-29).

En reiteradas ocasiones, como acompañante espiritual, pude ser testigo de que «la persona que ve las cosas como realmente son y que se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada, pero con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Y de ese modo se anima a compartir el sufrimiento ajeno y a no escapar de las situaciones dolorosas. De ese modo se da cuenta de que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Esa persona siente que el otro es carne de su carne, no teme acercarse hasta tocar su herida, se compadece y experimenta que las distancias se borran. Así es posible acoger aquella exhortación de san Pablo: “Lloren con los que lloran” (Rm 12,15). Saber llorar con los demás, esto es santidad» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 76).

«“Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban al Espíritu Santo”» (Jn 20,22).

Queridos hermanos: Como comunidad presbiteral estamos llamados a anunciar y profetizar el futuro como el centinela que anuncia la aurora que trae un nuevo día (cf. Is 21,11); o será algo nuevo o será más, mucho más y peor de lo mismo. 

La Resurrección no es sólo un acontecimiento histórico del pasado para recordar y celebrar; es más, mucho más: es el anuncio de salvación de un tiempo nuevo que resuena y ya irrumpe hoy: «Ya está germinando, ¿no se dan cuenta?» (Is 43,19); es el por-venir que el Señor nos invita a construir. 

La fe nos permite una realista y creativa imaginación capaz de abandonar la lógica de la repetición, sustitución o conservación; nos invita a instaurar un tiempo siempre nuevo: el tiempo del Señor. 

Si una presencia invisible, silenciosa, expansiva y viral nos cuestionó y trastornó, dejemos que sea esa otra Presencia discreta, respetuosa y no invasiva la que nos vuelva a llamar y nos enseñe a no tener miedo de enfrentar la realidad. Si una presencia intangible fue capaz de alterar y revertir las prioridades y las aparentes e inamovibles agendas globales que tanto asfixian y devastan a nuestras comunidades y a nuestra hermana tierra, no tengamos miedo de que sea la presencia del Resucitado la que nos trace el camino, abra horizontes y nos dé el coraje para vivir este momento histórico y singular. 

Un puñado de hombres temerosos fue capaz de iniciar una corriente nueva, anuncio vivo del Dios con nosotros. ¡No teman! «La fuerza del testimonio de los santos está en vivir las bienaventuranzas y el protocolo del juicio final» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 109).

Dejemos que nos sorprenda una vez más el Resucitado. Que sea Él desde su costado herido, signo de lo dura e injusta que se vuelve la realidad, quien nos impulse a no darle la espalda a la dura y difícil realidad de nuestros hermanos. Que sea 

Él quien nos enseñe a acompañar, cuidar y vendar las heridas de nuestro pueblo, no con temor sino con la audacia y el derroche evangélico de la multiplicación de los panes (cf. Mt 14,13-21); con la valentía, premura y responsabilidad del samaritano (cf. Lc 10,33-35); con la alegría y la fiesta del pastor por su oveja perdida y encontrada (cf. Lc 15,4-6); con el abrazo reconciliador del padre que sabe de perdón (cf. Lc 15,20); con la piedad, delicadeza y ternura de María en Betania (cf. Jn 12,1-3); con la mansedumbre, paciencia e inteligencia del discípulo del Señor (cf. Mt 10,16-23). 

Que sean las manos llagadas del Resucitado las que consuelen nuestras tristezas, pongan de pie nuestra esperanza y nos impulsen a buscar el Reino de Dios más allá de nuestros refugios convencionales. Dejémonos sorprender también por nuestro pueblo fiel y sencillo, tantas veces probado y lacerado, pero también visitado por la misericordia del Señor. Que ese pueblo nos enseñe a moldear y templar nuestro corazón de pastor con la mansedumbre y la compasión, con la humildad y la magnanimidad del aguante activo, solidario, paciente pero valiente, que no se desentiende, sino que desmiente y desenmascara todo escepticismo y fatalidad. 

¡Cuánto para aprender de la reciedumbre del Pueblo fiel de Dios que siempre encuentra el camino para socorrer y acompañar al que está caído! La Resurrección es el anuncio de que las cosas pueden cambiar. Dejemos que sea la Pascua, que no conoce fronteras, la que nos lleve creativamente a esos lugares donde la esperanza y la vida están en lucha, donde el sufrimiento y el dolor se vuelven espacio propicio para la corrupción y la especulación, donde la agresión y la violencia parecen ser la única salida.

Como sacerdotes, hijos y miembros de un pueblo sacerdotal, nos toca asumir la responsabilidad por el futuro y proyectarlo como hermanos. Pongamos en las manos llagadas del Señor, como ofrenda santa, nuestra propia fragilidad, la fragilidad de nuestro pueblo, la de la humanidad entera. El Señor es quien nos transforma, quien nos trata como el pan, toma nuestra vida en sus manos, nos bendice, parte y comparte, y nos entrega a su pueblo. Y con humildad dejémonos ungir por esas palabras de Pablo para que se propaguen como óleo perfumado por los distintos rincones de nuestra ciudad y despierten así la discreta esperanza que muchos —silenciosamente— albergan en su corazón: «Atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados. Siempre y a todas partes, llevamos en nuestro cuerpo los sufrimientos de la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo» (2 Co 4,8-10). Participamos con Jesús de su pasión, nuestra pasión, para vivir también con Él la fuerza de la resurrección: certeza del amor de Dios capaz de movilizar las entrañas y salir al cruce de los caminos para compartir “la Buena Noticia con los pobres, para anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (cf. Lc 4,18-19), con la alegría de que todos ellos pueden participar activamente con su dignidad de hijos del Dios vivo.

Todas estas cosas que pensé y sentí durante este tiempo de pandemia quiero compartirlas fraternalmente con ustedes para ayudarnos en el camino de la alabanza al Señor y del servicio a los hermanos. Deseo que a todos nos sirvan para “más amar y servir”.

Que el Señor Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Y, por favor, les pido que no se olviden de rezar por mí.

Fraternalmente,

Francisco

Roma, en San Juan de Letrán, 31 de mayo de 2020, solemnidad de Pentecostés.

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