El pueblo en general, y los que tenemos un compromiso político en particular, estamos haciendo la experiencia de preparar y esperar a la vez algo que no se trata meramente de un cambio de gobierno. Se siente una brisa de recomienzo en el aire, como invitación, pero al mismo tiempo como exigencia. Son días de liturgias, ceremonias y fiestas. Sagradas, profanas, populares e institucionales. Para procesar todo esto, desde #FactorFrancisco creemos que el pensamiento de nuestro compatriota que la pelea desde Roma puede servir de manera especial para volver a pensar que nos pasó como pueblo en estos años, que se está procesando en estos días y que nos demanda el tiempo que se viene en Argentina.

1.

Esperando lo que viene. Lo venidero es una categoría del modo cristiano de entender la vida y la historia. Tiene sus correlatos en la política, porque en su versión original, eso que se acerca tiene la forma de una promesa y de una esperanza. Y el nombre de lo que viene es político desde el vamos. Difícil de agarrar porque lo escuchamos con oídos muy modernos. Lo que viene tiene el nombre de “un reino”. Suena fiero porque no somos monárquicos y menos aún teocráticos. Pero no es tan difícil escuchar ahí que lo que muchos esperan es justamente otro modo de gobernar las cosas del mundo, de la vida, la de todos los días.

Nos sentimos así: expectantes y esperanzados con lo que viene, doloridos también, porque los golpes han sido muchos y la resistencia ardua.

Es el tiempo de una inflexión y una esperanza tensa. Gozosa pero difícil. La experiencia es esta: estamos de frente mirando a un acontecimiento, con ganas de que se abra otra etapa, “un tiempo bueno y nuevo, pincelado de otras formas, tirando un poco más a los colores fuertes, como dice la canción”. No es otra cosa de lo que en la vieja y golpeada liturgia cristiana se plasma y se cuenta en el tiempo llamado, justamente, de “adviento”.

El pueblo en general, y los que tenemos un compromiso político en particular, estamos haciendo la experiencia de preparar y esperar a la vez algo del plano de lo instituyente. Algo que se instituya. Una fuerza instituyente. Instituir: establecer; poner a estar. Más literalmente, significa: poner en pie. Todos sentimos que no se trata meramente de un cambio de gobierno. Se siente una brisa de recomienzo en el aire, como invitación, pero al mismo tiempo como exigencia. Una respiración que tiene, aunque a muchos les asiste la idea de tarea y epopeya redentora, el impulso de levantar a los caídos, de remontar el naufragio.

Son días transidos de liturgias.

Por supuesto el día 10, con la ceremonia de pase de mando, del encuentro popular en las calles, de juramentos y canciones. Himnos. Pero también otras liturgias. En Lujan, este 8 de diciembre, habrá una ceremonia donde se encontrarán, en un evento bastante excepcional, el presidente saliente y el entrante.

Y en muchas casas, locales políticos, barrios y pueblos, atravesando los diferentes modos de creer y pensar, de encontrarse y andar el tiempo, se sucederán también rituales y liturgias diversas.

En #FF creemos esto: el pensamiento de Francisco puede servir de manera especial para indagar que nos pasó como pueblo, que se está procesando en estos días y que nos demanda el tiempo que viene en Argentina. Cultura del encuentro, cultura del descarte, compasión y misericordia, salida al pueblo, todos adentro, acariciar los conflictos. Unidad como horizonte y fuente, la importancia del todo sobre las partes, de las cosas tangibles sobre las ideas abstractas. De entre todas las intuiciones de Francisco, es claro que la centralidad del pueblo es la que brilla en esta etapa, la que incomoda a muchos y la que esperanza y motiva a tantos.

2.  

Los cuatro años que pasaron fueron difíciles. También anómalos. Por primera vez, las disputas profundas y de larga duración de la historia argentina no implicaron interrupciones institucionales ni derivaron en estallidos sociales. La contraofensiva de los que se creen dueños de la Patria y de la historia contra la felicidad de las mayorías, no tomó la forma de golpe o genocidio sino que tuvo que tramitarse en el marco de la democracia. Esto no aplacó su avaricia y ferocidad, pero si obligó una sofisticación mayor a la de sus antecesores de uniforme y puso límites a su capacidad de perpetuarse. Esto ha resignificado lo que se conoce como la “derecha” y también replanteado los contornos y los desafíos de nuestra democracia.

Otro signo de la singularidad de esta última etapa, es el rol de la Iglesia Católica. La historia del siglo XX –y del XIX también- registra como una constante la “complicidad” de las sotanas en cada avance de las elites sobre los derechos conquistados por el pueblo. En cada etapa de restauración, la bendición de la jerarquía católica fue un factor legitimador de peso y los pastores que defendieron la dignidad de los hombres y mujeres de a pie fueron la excepción. Hombres de coraje que se diferenciaron y muchas veces tuvieron problemas con sus propios hermanos en el episcopado, como Enrique Angelelli -beatificado este mismo año con sus compañeros mártires-, Miguel Hesayne -fallecido hace pocos días-, Novak -en proceso de beatificación- y Don Jaime De Nevares. Profetas como ellos no es fácil volver a tener, pero su semilla y su ejemplo parecen dar un poco de fruto y es claro que no es ajeno a esto el mensaje de Francisco. No fue unánime ni monolítica, pero a diferencia de etapas anteriores la Iglesia Católica, y en particular la conducción de la Conferencia Episcopal Argentina, no solo cuestionó la voracidad de los poderes fácticos sino que acompañó con persistencia los reclamos de los movimientos populares. Fue un respaldo importante, pero falta mucho. Más aún en la etapa que se abre, en la que ya no se trata de resistir sino de reconstruir, y para la cual se necesita no solo acompañar sino escuchar voces proféticas que marquen horizontes y animen la fuerza.

También tuvo y tiene fuerza singular el sentimiento de muchos y muchas en este tiempo. Tuvimos la impresión, que perdura, de estar en una experiencia límite en la lucha por el corazón del pueblo. La sensación de una “batalla final” por el destino de la nación. No porque fuera la última batalla -aunque el riesgo de desguace y destrucción todos lo vimos de algún modo- sino porque realmente lo que se jugaba era mucho. Algo que tenía que ver con las “cosas ultimas” (eso es lo que significa “escatología”), en el sentido de las mas profundas, las decisivas, las del destino final. 

La respuesta que se pudo dar y que en el último tiempo se reflejó primero en una unidad política y luego en la elección misma, mostraron responsabilidad digna de ser reconocida. Vista desde la gente, admirable porque mostro una sabiduría muy profunda del conjunto de la sociedad. Una sabiduría silenciosa y subterránea, esa que es necesaria en los momentos límite.

La ferocidad de unos, la responsabilidad de otros, la sabiduría de las mayorías, la novedad en la actitud de algunos actores, como la que mencionamos para la Iglesia, y la apuesta contundente a canalizar por la vía de la política y la democracia el desconecto social, habla de lo mucho que estaba en juego y redobla lo importante de haber llegado a este momento. Estamos en un escenario que nos coloca ante una nueva disputa porque ahora lo que toca es construir otro tiempo.

3.

Las ideas de frente y unidad, de nuevo contrato social, de acuerdos y pactos, que atraviesan el espectro político están presentes en la propuesta del nuevo gobierno y además circulan en los formadores de opinión, los analistas y casi toda la dirigencia. La ciudadanía misma, los movimientos, organizaciones y diversos sectores de la comunidad sienten que este tiempo requiera operatividad en la unidad.

En Lujan, este domingo 8 de diciembre la Iglesia Católica hizo un llamado con las consignas de PAZ y UNIDAD. Vuelve entonces a resonar esa vieja pregunta: ¿Es posible la unidad y la paz en la disputa histórica de las dos almas de la nación? Y también: ¿qué rol cumple la Iglesia Católica, y su episcopado en esta cuestión?

Este interrogante, que es el de siempre, no puede responderse como se hizo en la experiencia reciente. Queremos decir: por un lado, no hay por qué responderlo en el análisis de manera inercial, diciendo “la iglesia siempre juega igual”, o con consignas clásicas para el análisis político militante. Y tampoco se puede responder de la misma manera, ya no en la reflexión, sino en el nivel de la práctica. De la apuesta. 

Todos sabemos que lo que tenemos por delante es difícil. Tan difícil que roza lo imposible, tan imposible que la tarea se presenta sobrehumana. Tan más allá de nuestras meras fuerzas que sentimos que toca, justamente, el ámbito de lo sagrado. Esa experiencia que cada sector y cada persona procesa en su propio lenguaje íntimo o desde su propia cultura política: la certeza de que el desafío histórico, las tareas políticas frente a las que nos encontramos, requieren un plus, una especie de fuerza extra. Ese fuego que se conecta con lo sagrado de cada uno y de todos. Algo que tiene que ver y que articula la mística con la política.

No es casual. Es esa dimensión de lo trascendente que está expresada en el himno nacional: el grito sagrado. El que los mortales tenemos que oír.  Ese mismo que, al final, hace referencia a un juramento -a una conjura, a una promesa solemne y también sagrada- en que se juega la gloria, la belleza, la felicidad, lo más hondo y lo más cotidiano y elemental de la vida. Vivamos.

Tenemos la sensación que, para construir esta unidad, para salvar lo que hay que salvar y defender lo que está siendo atacado, lo que está en riesgo, son importantes nuestras fuerzas de siempre pero que necesitamos algo más.

La convocatoria a la Basílica de Luján puede verse como un ritual más, o puede simbolizar o canalizar también algo de esta sensación. Desde ciertos análisis se podrá decir que se trata de la Iglesia Católica presentándose, nuevamente, como dueña del núcleo de la argentinidad. Y algo de esto siempre puede ser cierto, de modo que razones no les faltaran a quienes lo miren con sospecha, o incluso lo rechacen. Vale. Pero también podemos acercarnos a eso desde otro lado. Desde la importancia para esta etapa, ahora en la víspera del 10, de la dimensión de lo trascendente en la construcción política.

Y reconocer que esa dimensión finalmente la representamos con el material disponible, con los elementos que están al alcance y que muchos de esos elementos son los de la religión. Aunque no sean los únicos, aunque por suerte camina, aunque no deban ser excluyentes y ojalá no quieran ser centrales ni discriminadores. Pero esos símbolos de la unidad que nos trasciende y de la esperanza que nos desborda, están también en las expresiones religiosas populares e institucionales. Nuevas y viejas. Piadosas o sociales. Clásicas y heterodoxas. Mas reflexivas o más vivenciales. Teológicas y pastorales. Cristianas o no. Más allá de lo católico siempre, pero también en la mixtura con lo católico y en el ancho espectro de espiritualidades diversas. Si necesitamos música y política, para la paz y la unidad, no la vamos a encontrar solo en el catolicismo. Pero también es claro que algo de eso se puede articular y potenciar con los signos más tradicionales, de entre los cuales la Virgen de Lujan y su basílica son un claro –y también controversial- ejemplo. Dicho de otro modo: algo de lo que ahí se puede conmover, lo vamos a necesitar.  

4.

Y esto va más allá de Argentina. No es casual que los símbolos religiosos estén a la vista en todos los conflictos de la región –y del mundo- en estos meses.

Ahora que el capitalismo funciona como una religión, libra sus batallas con símbolos religiosos y ataca en términos políticos también en ese campo. Las sociedades se encuentran, desde arriba y desde abajo, desde adentro y desde afuera, confrontando y encontrándose también en los andariveles expresivos de la religión.

Pero proponemos mirar más allá. A un plano, en lo profundo de los pueblos, donde los actores colectivos y los sujetos individuales replantean su relación con lo trascendente a la hora de dar sus batallas y gestar sus redenciones. Pensamos que es posible indagar los caminos recorridos por nuestra sociedad en estos meses que pasaron –y en los que vienen- desde esta perspectiva que lo conecta con lo trascendente, la mística y la espiritualidad.

La serenidad con la que el pueblo argentino evitó el caos, esperó sufriendo pero resistiendo y creyó en la salida política en estos meses de 2019, puede ser una expresión de todo esto. Como conjunto y a través de sus expresiones organizadas, en la vida cotidiana y en la militancia política, gran parte de la población ejerció una especie de sabiduría histórica profunda y contundente.  También se desplegaron prácticas de contención, ejercicios de calma, clarificación y de certeza tensa. Una actitud madura de creer y esperar, de evitar estallidos que se sabía nos iban a lastimar.

Nuestro pueblo demostró una prudencia elocuente, una madurez sapiencial que asimiló la memoria, una capacidad de procesar los aprendizajes de lo que efectivamente hay que cuidar como sagrado. Y una manera de ejercer este cuidado que se vive como trascendente y se expresa en una disciplina. En diferentes sectores sociales y sin que deje de haber mezquindades y tensiones, roscas y malestares, pequeñeces y errores. Pero lo que primó fue una mística pragmática de unidad y solidaridad.

Un ejemplo controversial de esto: en el mismo año en que uno de los elementos sociales más novedosos de la sociedad argentina es la irrupción y la fuerza del movimiento de mujeres, resulta que el presidente saliente y el electo se encontrarán en la Basílica de Luján. Esto se puede ver en la escena de una disputa de suma cero, como un tira y afloje -alguno dirá una extorsión- para ver quién es el dueño del alma del pueblo y de la identidad de la sociedad. Pero hay un nivel, una profundidad, una mirada, que puede ver estas dos situaciones no como enfrentadas sino como expresando polarmente realidades no solo cercanas sino hermanadas: que nos queremos vivas y vivos, todas, todos y todes, que nos queremos encontrar, que queremos seguir unidos en la lucha. Incluso en las disputas internas que tengamos que darnos y con lo más propio, de memoria y de novedad de nosotros mismos. Es así. Una tensión que queremos conservar para poder vivir juntos. Una realidad contradictoria que no queremos reemplazar por una revolución de la alegría que disuelve los conflictos y pretenda canalizarlos con mera gestión técnica, vendiendo el verso de que se puede eliminar toda confrontación.

Si la experiencia de estos años incorpora una nueva insignia en la memoria, será la que surja de haber visto la coherencia profunda de la unidad, la fuerza y la trascendencia del pueblo en las cosas que son centrales para la vida plena de todos.

5.

En ese plano, tienen cosas en común incluso las partes enfrentadas a los dos lados de la grieta, los pañuelos verdes o celestes, los peronistas y los antiperonistas. Se mezclan ahí donde están hechas de gente del pueblo o que se puede reconocer como tal. O los pañuelos celestes y los verdes, ahí donde quienes los portan saben que las discusiones seguirán y serán fuertes, pero que hay cosas que ni unos ni otros estamos dispuestos a entregar: dignidades y éticas de fondo, unidades en lo esencial que, si las entregamos a la maquina feroz del capital y los negocios, nos aniquilan del todo. Esas cosas que, si se las dejamos a los CEOS, no nos permitirán ni siquiera darnos los debates y peleas que deberemos darnos al interior del campo popular y frente a otros sectores, porque sencillamente nos van a destruir como pueblo.

Por eso el tema del hambre está tan en el centro. La realidad y el escándalo del hambre es lo que ha evidenciado este peligro, y un peligro aun mayor, de algún modo, que el hambre misma: que el hambre se naturalice en Argentina. Acá estamos otra vez frente a una de esas “cosas últimas”, centrales, íntimas, importantes, innegociables. Ante nuestro límite y ante lo más sagrado de nosotros.

En este mismo camino es que palabras que antes estaban en manos de la derecha o de los sectores conservadores, ahora tenemos que disputarlas y expresarlas con la fuerza del pueblo, porque no las podemos regalar. Orden es una de ellas. Reconciliación puede ser otra –palabra controversial por nuestra historia reciente y que la Iglesia no supo casi nunca traducir en su vertiente popular y democrática-. Vale replantearla y rescatarla, no regalarla, y por un hecho muy simple: parece que la vamos a necesitar.

Lo mismo pasa con las palabras que son consigna de este domingo en Lujan: “Paz y unidad”. Paz que no es la de los cementerios, impuesta por los que excluyen y matan a los pobres y los que luchan. Unidad que no es solo de los “buenos y limpios”, sino que está desafiada, como la paz a construir, por el mandato de que no hay gente descartable, de que es con todos adentro, de que para hacer bello a un arco iris necesitamos de todos los colores y no solo los que nos gustan. El Papa lo dijo hace poco: “que todo arco iris es un arco iris hecho de imperfecciones”.

6.

Es el momento de encontrarnos con otros, pero también de reconciliarnos con nosotros mismos como pueblo. Reencontrarnos con nuestra argentinidad, tal como somos, dejando de lado el fantasma de una alegría que deja afuera, empobrece, persigue, condena y hasta mata, a un 40 por ciento de la población.

El panorama de haber llegado al límite, la experiencia de enfrentar un peligro grande, la conciencia de haber dado un paso adelante con sabiduría: todo eso nos pone frente a cuestiones de principio.

Francisco propone cuatro: la unidad prevalece sobre el conflicto, el todo más importante que las partes, las cosas más importantes que las ideas y el tiempo como superior al espacio. Hay que tomarlos en serio para esta etapa.

Algo de eso nos pasó y es bueno tenerlo presente para que nos siga orientando: volver a la realidad que tapaban las palabras vacías, las de los otros pero también las nuestras. El reconocimiento de que los próximos pasos los tenemos que dar todos y que cada parte vale como tal si se remite al horizonte del conjunto. Que más allá de los espacios, el tiempo que transforma es el que vale, y que con tiempo aun los espacios más cristalizado pueden transformarse. Y que la unidad puede y debe prevalecer no solo para que los conflictos se superen, sino para que tengan sentido y para que puedan ser conflictos verdaderos. La unidad que se construye desde esta perspectiva sabe que los conflictos verdaderos enfrentan, pero sobre todo unen. Francisco suele decir algo singular sobre esto: “hay que acariciar los conflictos”. Enfrentarse y confrontar llegado el caso, pero hay una ternura de fondo que no se debe perder, y es fundamental para que toda batalla tenga sentido. Y destino.

Cuando estén leyendo esta nota, habrá una misa en la basílica de Luján. La mujer que está en el lugar central de ese templo entró a la historia diciendo: “se acordó de su pueblo, desplego la fuerza de su brazo, elevó a los humildes, derribó a los soberbios y llenó de bienes a los pobres”.

Es el viejo canto popular que llamamos Magníficat.  

Es un mensaje que empieza diciendo así: mi alma canta.

Esa es la maravillosa música. El grito sagrado.

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