En el inicio de este ciclo social y político que será decisivo para la vida de todos en nuestro país, ocho puntos del pensamiento y las propuestas del Papa que pueden inspirar, sostener y, también, iluminar y encender .

PUEBLO Y GAUDIUM
El pueblo y la alegría (gaudium, gozo en el latín de la liturgia y la teología) son dos ideas fuerzas que atraviesan toda la propuesta del Papa. Ambas, pueblo y alegría, están amenazadas y, sin embargo, se escapan de todos los paradigmas y corsets. Actúan por desborde y son al mismo tiempo frágiles e indispensables. En su propia contingencia está su fuerza.

Nada como estas dos dimensiones estuvo tan en peligro de ser aniquilado en lo colectivo y en lo íntimo de cada uno mientras, paradójicamente, se proponía en el país una «revolución de la alegría». Y pocas cosas son más indispensables de recuperar que el gozo – la síntesis de dignidad y felicidad- popular y la alegría de ser pueblo.

PERIFERIAS Y SALIDAS
Las periferias geográficas, sociales y existenciales, el Papa las propone como lugares centrales desde donde recrear la vida colectiva. Poner a los últimos en el centro es un movimiento equivalente a ponerse en salida – dinámica estructurante no sólo del discurso sino de toda la acción y el programa de Francisco. Y es, además, una orientación para la acción relativa a lo colectivo, a la vida y el compromiso institucional. Por eso mismo puede ser guía, por inspiración y analogía, para la tarea política, para la intervención del Estado y también para la ética social y el compromiso ciudadano.

Ciudadanizar la democracia no es tanto crecer en civismo e institucionalidad sino más bien tener el coraje y la claridad para empezar desde los últimos. Es la condición , el camino, la consistencia y el horizonte del «todos».

PRINCIPIOS DE DISCERNIMIENTO, CIUDADANÍA Y CONSTRUCCIÓN DE PUEBLO
A contracorriente de las modas académicas y el sentido común de la cultura política, Francisco plantea que llegar a ser pueblo es un estadío superior al de ser meramente ciudadanos. Hay en el sentido comun de la reflexión una idea recurrente que supone que el pueblo no tiene, sino mas bien no puede acceder o incluso niega la racionalidad del buen ciudadano. El Papa lee, dice y va a contrapelo: insiste en que no basta con la mera ciudadanía sino que se trata de inscribir la propia existencia ciudadana del día a día y del uno a uno, en la historia y sueños de ese algo superior a nosotros que es la pueblo, la nación, la familia humana.

La unidad prevalece sobre el conflicto; l tiempo es superior al espacio; La realidad es más importante que la idea; El todo es superior a las partes. Cuatro principios que están en el núcleo del pensamiento del Papa argentino. Vienen de la biografía de Bergoglio y de los textos hondos de nuestra historia. Están concebidos y luego propuestos como criterios y coordenadas de discernimiento para reconocernos, entendernos, y construirnos como pueblo. Proponen una lógica de construcción de lo colectivo que opera sobre el conjunto pero que igualmente aborda las situaciones y considera a los sujetos uno por uno, en su situación y proceso. El viejo discernimiento jesuita es también actitud de conocimiento y ponderación de la vida vivida y la historia común.

MISERICORDIA INEFICIENTE. La misericordia como opuesta al neoliberalismo.

Si se piensa en la «misericordia» se la concibe rápidamente, ya desde el sonido, como algo blando, una noción anticuada, una actitud conservadora y de sacristía. Sin embargo, la crueldad neoliberal que se plasma como eficiencia y exigencia, no sólo sobre los pobres sino para todo el cuerpo social, probablemente encuentra un límite únicamente en algo relativo al corazón humano: cuando la afectividad se activa. Obras de misericordia «corporales» dice el Papa, con una materialidad que mas de un marxista envidiaría: alimentar, visitar enfermos y presos, vestir. Cada vez que Francisco dice misericordia se refiere a un gesto de la cercanía y de las entrañas, pero también plantea un desafío estructural al modo de funcionamiento del capitalismo. Entre el sentimiento íntimo, el gesto propio y las transformaciones de fondo, la misericordia aparece como un orientador de las decisiones a contramano de la
máquina que con la meritocracia y el sacrificio modela el sistema-mundo, el alma humana y el funcionamiento de las instituciones.

En nuestro país, venimos de experimentar esto como herida y trauma. La ferocidad de la eficiencia y la crueldad de los -supuestamente- eficientes. Por eso tenemos la oportunidad y la exigencia de reconocer la solidaridad no es sólo un valor de la ética o de la práctica individual, sino un horizonte de las políticas públicas y una condición de la consistencia de la democracia que necesitamos para la etapa.

Vale advertir que muchos de los valores que la cultura contemporánea, e incluso en su versión progresista, señala como melosos, arcaicos o vetustos, puede que sean, paradójica pero contundentemente, los que contengan la fuerza efectivamente contrahegemónica que nos hace falta. Las tenemos tenemos a disposición, son prácticas ético-políticas de gran potencia, y sin embargo se nos escapan, tras la niebla que las cuenta como perimidas.

LÍMITES Y LOS “NO”
Venimos de una etapa política en la que un “sí” infinito y omnipotente, algo enloquecido, se afirmaba como vector organizador de la sociedad. Un “sí se puede” qué pretendiendo señalar potencialidades y apertura de horizontes habilitaba en el mismo movimiento justamente la posibilidad – incluso la necesidad- de descartar a la mitad de la población. El pensamiento de Francisco – que en esto no hace más que retomar el núcleo evangélico del catolicismo, incluso el de versiones más conservadoras, pues se trata justamente de lo que hay que conservar, preservar- plantea límites claros y necesarios. Dice “no” a un conjunto de lógicas y tendencias con mucha firmeza. No a una economía de la exclusión; No a la nueva idolatría del dinero; No a un dinero que gobierna en lugar de servir; No a la
inequidad que genera violencia
. En el programa del papado expresado en la exhortación “Evangelii Gaudium”, Francisco plantea la negatividad y los límites como un punto de partida y condición para detener el flujo infinito y arrasador del discurso del capital.

Frente a la insustancialidad del discurso capitalista en constante movimiento, algo de la detención y la interrupción. “No es posible morirse de hambre en la Patria bendita del pan”: la valentía de decir no es la condición de posibilidad para cualquier construcción. También para saber quienes son los que no están dispuestos a ser cómplices de la miseria planificada y disfrazada de modernización y sinceramiento.

JÓVENES Y VIEJOS
La solidaridad intergeneracional es un eje permanente de la prédica del Papa. Es una mirada de conjunto sobre jóvenes y viejos que rompe la lógica del mercado, la publicidad … y el Instagram. En Francisco hay una apuesta por las raíces como lo básico de lo vital y como ancla en el naufragio de la crisis civilizatoria y la destrucción de los lazos sociales elementales. La memoria colectiva, el ejemplo de los próceres, la recuperación hacia adelante de la tradición, pero también la relación con los abuelos concretos, con los viejos, los mayores, son condiciones para no transformarnos en ni dejarnos llevar por aquellos a los que Francisco no duda en llamar “los payasos de la historia”.

Los 100 años de deuda y la crisis ambiental nos hablan de los que nos implica a todos y de las consecuencias de la irresponsabilidad de quienes son indiferentes y se consideran fuera de la historia material y corporal de un pueblo.

Vale también pensar la solidaridad inergenerageneracional como advertencia del peligro de considerar que las transformaciones vienen solo de los jóvenes y de lo nuevo. Allí también hemos corrido y corremos el riesgo de extraviarnos en nuestras propias construcciones y apuestas.

DESCARTE, ENCUENTRO Y UNIDAD
Grieta y cultura del descarte son dos aspectos de la misma dinámica. La unidad y la inclusión son condiciones de un “todos” que sólo el encuentro puede garantizar. La cultura del encuentro no es una propuesta de armonía sin conflictos sino una vocación por la unidad que se plasma en acercamientos valientes y en inclusiones de coraje. Se trata de reconocer la estructura íntima de los conflictos y problemas. De sumar las diferencias «en un arcoiris de imperfecciones».

“Acariciar los conflictos” es algo que sólo se puede hacer si hay capacidad de acercamiento y escucha, de mirar a los ojos y de tender puentes inesperados, incluso imposibles.
Cerrar la grieta es un imperativo en tanto esa manera de abordar la conflictividad implicó un daño social y unas heridas cuyo costo es mayor que el valor de cualquier identidad o posición ideológica de las partes (la realidad es más importante que la idea). Aceptar y creer que de otro lado de la grieta quedó algo que también es parte constitutiva del alma de nuestro pueblo no es una claudicación sino una intuición política fundamental.

PONERSE LA PATRIA AL HOMBRO: espiritualidad, doctrina y disciplina
Toca recomenzar, otra vez. Para sostener las tareas, para ponerse la Patria al hombro, nos hace falta espiritualidad, doctrina y disciplina. Necesitamos ese plus de energía para reconstruir y reparar.

Es el plus de la espiritualidad que abre, pero también de la doctrina que orienta y de la disciplina que sostiene. Las fuentes de las que el Papa se nutre y que él provee para la escena cultural y política argentina, no son las únicas. Sin embargo, ellas forman parte de nuestra memoria y camino, de la trama de lo colectivo y de lo que somos como sociedad y como pueblo. Las tenemos a disposición, no como imposición sino como don. Ahí están: valen si las tomamos, y según como seamos capaces de tomarlas.

Francisco es una figura potente y a la vez controversial. Sería un desperdicio tanto ignorarlo o encasillarlo como mitificarlo de manera inercial.

El Papa argentino es un operador y un referente. En lo que él dice y representa hay pistas sobre como podemos salir de este laberinto. Vale para cualquier ciudadano del planeta, y -muchos en el mundo lo reconocen. Puede serlo , y sobre todo para nuestra tierra en este tiempo.

Francisco, un papa que hubo que buscar en el fin del mundo, como él mismo dijo.

En fin del mundo hay peligros, catástrofes y pestes.

Pero el fin del mundo es, también, un lugar y un tiempo de recomienzo.

×