En la terraza de un café hay una familia gris. 
Pasan unos senos bizcos
buscando una sonrisa sobre las mesas. 
El ruido de los automóviles destiñe
las hojas de los árboles. 
En un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los transeúntes, que se
me entran por la pupilas. Me siento tan lleno que tengo miedo de estallar…Necesitaría dejar algún lastre sobre la vereda…
Oliverio Girondo, Apunte Callejero

El Hombre de Corrientes y Esmeralda está en el centro de la cuenca hidrográfica, comercial, sentimental y espiritual que se llama República Argentina. Todo afluye a él y todo emana de él. Un escupitajo o un suspiro que se arroja en Salta o en Corrientes o en San Juan, rodando en los cauces, algún día llega a Buenos Aires. El Hombre de Corrientes y Esmeralda está en el centro mismo, es el pivote en que Buenos Aires gira.
Raul Scalabrini Ortiz, el Hombre que está solo y espera

Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro. Hechos para el amor, hay en cada uno de nosotros «una ley de éxtasis: salir de sí mismo para hallar en otro un crecimiento de su ser». Por ello, «en cualquier caso el hombre tiene que llevar a cabo esta empresa: salir de sí mismo».
Francisco. Fratelli Tutti, 88  

Una esquina, una encrucijada, un cruce, un encuentro y unos carteles

Palabras que nos crucen, nos topen, nos muevan, nos digan, nos pronuncien y nos transformen. Todos esperamos una palabra que nos sea dirigida. Una invitación, un llamado, un abrazo, una indicación. Una señal.

Algo que interrumpiera el trajin cotidiano y nos traiga un anuncio. 

Todos esperamos, todos pasamos de largo, todos estamos disponibles para seguir el rastro. Lo saben la publicidad, el espectaculo, los periodistas, los artistas, la política, el semáforo, los vendedores ambulantes, los pastores, los community manager.   

Una señal inesperada puede hacernos cambiar el rumbo, si primero logra detenernos un momento y somos capaces de abrir un minuto de asombro y silencio en el que podamos escuchar otra cosa. Las calles de la ciudad estan tomadas por el miedo, las maquinas, la mercancia y los medios. Y no obstante, la estrella de la buena noticia y el pesebre del mesias, suceden alli mismo: en el cielo de todos los dias con su cruz del sur desdibujada y en la ciudad rara, como encendida. 

Poner unas palabras en un cartel, pegar el cartel en unas calles y esquinas. Toparse con esas palabras de casualidad, leerlas a medias por encima del barbijo, verlas de reojo mientras se compran unas empanadas para el almuerzo en el trabajo o se entra al bar o se va al banco a hacer un plazo fijo o a cobrar el plan. No es facil detenerse ante un cartel en la metropoli inmensa. Tampoco es facil que una palabra te toque el alma o la mente, apenas la atención o los ojos. 

Pero es posible. Es posible escuchar entre el ruido, levantar la vista del celular, y que resulte que sea de otro resplandor de donde venga una palabra que nos sea dirigida. 

En estos momentos donde todo parece diluirse y perder consistencia, nos hace bien apelar a la solidez que surge de sabernos responsables de la fragilidad de los demás buscando un destino común. La solidaridad se expresa concretamente en el servicio, que puede asumir formas muy diversas de hacerse cargo de los demás. El servicio es «en gran parte, cuidar la fragilidad. Servir significa cuidar a los frágiles de nuestras familias, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo». En esta tarea cada uno es capaz de «dejar de lado sus búsquedas, afanes, deseos de omnipotencia ante la mirada concreta de los más frágiles. […] El servicio siempre mira el rostro del hermano, toca su carne, siente su projimidad y hasta en algunos casos la “padece” y busca la promoción del hermano. Por eso nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas».

Fratelli Tutti, 115

En una esquina cualquiera de una ciudad de espaldas a un río, una noche de verano de un año de catastrofes en que los días se contaban por muertos e infectados, en un país austral que sin embargo llega hasta el trópico, salimos a pegar unos carteles que contienen frases inesperadas.

Con nombre de cantina y musicalidad de tarantela o pasodoble, los carteles, parecidos a los que promocionan la cumbia o el box, dicen: ES POSIBLE RECOMENZAR. FRATELLI TUTTI.

Otros señalan frases ambiguas por potentes y viceversa sobre las grandes cosas del mundo y el pensamiento: el tiempo, el espacio, el todo, las partes, la realidad, la idea, el conflicto, la unidad. Las frases vienen de un documento que habla de la alegria con su viejo nombre latino que remite al gozo: Evangelli Gaudium, La alegria de la Buena Noticia. Es el programa de acción del Papa de Roma del Siglo XXI, que vino de esta ciudad. Nos contaron que a su vez, las frases vienen de una carta que le envió Rosas a Facundo Quiroga, mientras nuestro país tomaba forma entre desgarros y justicias. En la encíclica, el apartado se llama Cuatro principios para construir un pueblo. Los dejamos pegados, en el barrio de Monserrat, el barro de los negros en la blanca CABA.

Salimos a pegar esos carteles con frases del Papa argentino, aca en Buenos Aires, en la tierra que lo vio nacer, cuyas marcas y contradicciones lleva el Pontifica.  

Esto nos ayuda a reconocer que no siempre se trata de lograr grandes éxitos, que a veces no son posibles. En la actividad política hay que recordar que «más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se nos llena de rostros y de nombres!». Los grandes objetivos soñados en las estrategias se logran parcialmente. Más allá de esto, quien ama y ha dejado de entender la política como una mera búsqueda de poder «tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida».

Fratelli Tutti 195

Por varios motivos lo hicimos, pero entre ellos, uno principal: necesitamos palabras nuevas que nos orienten entre el líquido viscoso del nihilismo vacío, el ruido sin sentido y el balbuceo del comentario sin límites. Y para que vengan a articular e interrogar nuestros mejores debates e intercambios, aquellos en las que intentamos trama la malla de lo común, la larga conversacion con la que se constituyen los pueblos. El diálogo corajudo y persistente con el que podemos y debemos, en  todo caso necesitamos, intersectar el traqueteo infinito donde la palabra se desarma envenenada por la logica de mercancía y el odio. 

Que nos salgan al encuentro, siendo nuestras o venidas de lo nuestro, pero ahora pronunciadas desde Roma, siempre esplendorosa y decadente. El capitalismo es una religión y se muestra mas que nunca como lo que es. Por eso, la vieja Iglesia Católica, golpeada y en muchos sentidos en ruinas, sostiene sin embargo, en recipientes de triste barro, un tesoro de palabras que constituyen el nucleo de la promesa de redención de esta parte del mundo. Es bueno escucharlas otra vez, en otra escena, en otros labios, en otras impresiones, con otros colores. Tratamos de sumarnos a eso, de aportar a esa trasposición que las pronuncie de nuevo. 

«La vida es el arte del encuentro, aunque haya tanto desencuentro por la vida». Reiteradas veces he invitado a desarrollar una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Es un estilo de vida tendiente a conformar ese poliedro que tiene muchas facetas, muchísimos lados, pero todos formando una unidad cargada de matices, ya que «el todo es superior a la parte». 

Fratelli Tutti, 215

Cuando comenzamos a hacer Factor Francisco, dijimos esto: acá hay una señal para nosotros, un mensaje a descifrar y una provocación a responder. Una operación por realizar. Una escucha, pero también una respuesta. 

Se veían ya muchos agotamientos y vacios, inercias y limitaciones. También habíamos experimentado como sociedad y como pueblo que lo mejor que tenemos es el pueblo, y al mismo tiempo que este pueblo del que somos parte está sometido a ataques y a nuestra propia debilidad. También habíamos vivido juntos la potencia del entusiasmo, proporcional a la ferocidad de los sacerdotes de la mercancía, los profetas de la tristeza y los proveedores de miedo.

No habíamos visto todavía esto: que lo que se podía perder era aún más, o que íbamos a tener que enfrentar una situación global inedita que pondría en jaque nuestra omnipotencia y desnudaría nuestros olvidos y claudicaciones. 

Ahora, que vemos los límites pero también los límites de los límites, o sea, que es posible andar pero que para andar necesitamos algo más que nuestros propios pasos y brújulas, vemos esto: la política es central pero insuficiente, y que necesitamos algo del misterio y la espiritualidad para que la experiencia de redención, justicia y alegría que queremos proponer y construir sea viable. En los triunfos, y también en las caídas y en la espera. O sea, otras banderas para luchar y otras armas para usar como herramientas. Lucha almada: en el terreno que la mercancía y el capital arrasador reclaman para sí. El de la soledad frágil y común de cada uno, en los dolores del duelo y la batalla, los ecos, susurros y gritos de la memoria y los clamores y fulgores del deseo. En el baile, en la batalla, el juego y la fiesta. 

La amabilidad es una liberación de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”. Pero de vez en cuando aparece el milagro de una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia. Este esfuerzo, vivido cada día, es capaz de crear esa convivencia sana que vence las incomprensiones y previene los conflictos. El cultivo de la amabilidad no es un detalle menor ni una actitud superficial o burguesa. Puesto que supone valoración y respeto, cuando se hace cultura en una sociedad transfigura profundamente el estilo de vida, las relaciones sociales, el modo de debatir y de confrontar ideas. Facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes.

Fratelli Tutti, 224

La pregunta que se nos hace sigue siendo la misma que nos hicieron un minuto antes de salir -de perder-el paraíso: ¿Qué has hecho? Y un poco, después, todavía cerca del umbral, pero afuera, la pregunta que completa la primera:¿Dónde está tu hermano?

La respuesta inercial, dada, la del plano inclinada y de los sintagmas disponibles a priori, sigue siendo la misma triste respuesta: ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Pero, ahora, otra vez, ante la misma pregunta, ante el desafío de ponerse la patria al hombro, después de tanta pena y tanta herida, se puede ensayar otra respuesta: Fratelli Tutti.   

Hermanos todos: como declaración, sueño, advertencia, apuesta y tarea.

Esa es la consigna que nos permite decir: la esperanza es audaz, es posible recomenzar. 

Recomenzar

Francisco, Fratelli Tutti, 77-79

Cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil. Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y transformaciones. Seamos parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas. Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos. Como el viajero ocasional de nuestra historia, sólo falta el deseo gratuito, puro y simple de querer ser pueblo, de ser constantes e incansables en la labor de incluir, de integrar, de levantar al caído; aunque muchas veces nos veamos inmersos y condenados a repetir la lógica de los violentos, de los que sólo se ambicionan a sí mismos, difusores de la confusión y la mentira. Que otros sigan pensando en la política o en la economía para sus juegos de poder. Alimentemos lo bueno y pongámonos al servicio del bien.

Es posible comenzar de abajo y de a uno, pugnar por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaría tuvo por cada llaga del herido. Busquemos a otros y hagámonos cargo de la realidad que nos corresponde sin miedo al dolor o a la impotencia, porque allí está todo lo bueno que Dios ha sembrado en el corazón del ser humano. Las dificultades que parecen enormes son la oportunidad para crecer, y no la excusa para la tristeza inerte que favorece el sometimiento. Pero no lo hagamos solos, individualmente. El samaritano buscó a un hospedero que pudiera cuidar de aquel hombre, como nosotros estamos invitados a convocar y encontrarnos en un “nosotros” que sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades; recordemos que «el todo es más que la parte, y también es más que la mera suma de ellas».

 Renunciemos a la mezquindad y al resentimiento de los internismos estériles, de los enfrentamientos sin fin. Dejemos de ocultar el dolor de las pérdidas y hagámonos cargo de nuestros crímenes, desidias y mentiras. La reconciliación reparadora nos resucitará, y nos hará perder el miedo a nosotros mismos y a los demás.

El samaritano del camino se fue sin esperar reconocimientos ni gratitudes. La entrega al servicio era la gran satisfacción frente a su Dios y a su vida, y por eso, un deber. Todos tenemos responsabilidad sobre el herido que es el pueblo mismo y todos los pueblos de la tierra. Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, la actitud de proximidad del buen samaritano.

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