«En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente.»

Francisco, “Un plan para resucitar”

Cuando escribe lo que le importa, Francisco es un quirógrafo: escribe a mano. El “Plan para resucitar” es un manuscrito que demandaba la presión del músculo, la presencia del cuerpo y la personalidad de la caligrafía. El sueño se hace a mano y sin permiso, dice la canción. En medio de la pandemia que paraliza el planeta y lleno de la fuerza pascual que desafía a la muerte cara a cara, el Papa del fin del mundo pone el gancho y se pone el poncho para avanzar como un baqueano entre la peste y la depresión generalizada. Su apuesta es por la esperanza. El modo de decir que hace siete años se filtra en los documentos Vaticanos, insiste en que “Dios nos primerea”: nos precede en nuestro caminar sacando las piedras que nos paralizan. Hay un nuevo orden de las cosas que invita e irrumpe, pero que en primer lugar demanda una respuesta, creatividad y conversión. El plan tiene más de arrojo que de cálculo. Se hace en presencia. Hay más variables que certezas. Pero se juega con la seguridad de tener el ancho de espadas: Dios jamás abandona a su pueblo.

Carcel de Devoto, foto de Adrian Lugones

EL ACONTECIMIENTO Y EL PLAN

“Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar.”

Un acontecimiento rompe la inercia y desarticula los planes, justamente porque lo que busca la planificación es neutralizar la posibilidad del acontecimiento. Un “plan para resucitar” es casi un oxímoron y, sin embargo, desde esa tensión Francisco proyecta la esperanza. En definitiva, lo que de verdad está en discusión en todo esto es cómo encarar el momento decisivo. ¿Qué debe ser priorizado? ¿Qué es sacrificable y que es sagrado? En la pandemia se planteó la dicotomía entre “salvar la economía” o “cuidar a los hombres y mujeres”. Hay otros planes con otras prioridades.

El mesías sorprende y organiza. Así describió Francisco la irrupción de Jesús en un pasaje del Evangelio, en el que, no casualmente, entra a “una casa”. El modo en que opera la resurrección es la irrupción de una vida en nueva forma. El COVID-19 no es lo decisivo, pero, por despeje y sacudida, nos puso ante un momento decisivo. No se trata de sobrevivir, sino de nacer a la vida nueva. Hay que actuar con sorpresa -audacia, arrojo- para re-organizar la vida y el poder. El acontecimiento puede ser la oportunidad para desplegar el plan. Hay que estar vigilantes, estar presentes y ponerse en marcha-acción-salida.

Foto de Juan Ignacio Ronconi

POR DESBORDE

“Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba.”

Francisco insiste con una manera singular de entender las transformaciones: el desborde.

Desconcierta a muchos, porque su “teoría del cambio” no es estrictamente una teoría, y tampoco se trata mucho de “el cambio”. En Francisco la cuestión es el discernimiento y no tanto “el saber”; es la transformación más que la mera “innovación” del paradigma del capital acelerado y descartador.

Una noticia desbordante es la que se sale de cuadro y va más allá, vinidndo. Pero para ser efectiva, toca el corazón y en el núcleo de lo que ha de ser transformado. Más que enfrentarlo- que lo hace- lo asume. “Atender a la estructura íntima” de las cuestiones, dice el Papa en Querida Amazonia para abordar el tema exigente de la ordenación de las mujeres. Un ejemplo, “Acariciar los conflictos” es su fórmula para procesar los enfrentamientos (y hay que leer esto en relación a la ternura, y donde dice conflictos entender la cercanía y las heridas). “Jueguen al borde”, es su mensaje para los jóvenes y “sueñen en grande”, a los movimiento populares.

Una noticia desbordante no es sólo ni tanto «un hecho«. Una noticia es lo que se dice, lo que se nombra, llama y formula ante un hecho. Por eso la resurrección no será simplemente algo empirico inmediato, o lo será de otro modo: es un acontecimiento que requiere la implicación, la jugada, el jugarse. Apuesta. Es práctica, potente y política. Popular, agregaría sin problemas el Papa a la serie.

“El reino de Dios ya está entre ustedes” insiste Jesús al llegar a cada pueblo en la Palestina del siglo I. Ya está pero aún no lo comprenden. El agotamiento del mundo conocido, el del supuesto derrame-paz en una aldea global de espejitos de colores, ya era evidente antes del COVID-19. Los que lo niegan no son obtusos sino atrapados, interesados o implicados en un sistema que mata. Y sin embargo, el perfume -o la sangre- derramada de los que se organizan, luchan y crean lo nuevo, se expande y crece desde las periferias. Hay una forma de vida, en la que no todo tiene precio y donde lo sagrado es lo que es para todos, que se impone en lo cotidiano. En medio de la muerte, de la lógica que prioriza lo inerte, hay una potencia vital que puede romper el círculo. Vida en abundancia, y que rebalse. No hay garantía alguna de que suceda la transformación, la certeza de la resurrección, sin la conversión de los discípulos (léase ciudadanos, sujetos, militantes, cualquiera, cada uno, todos). La efectividad de la resurrección demanda una dis-posición. Depende de cómo se pongan. 

Foto de Tamara Grinberg

SUJETO PASCUAL DE TRANSFORMACION

“Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable; es más, ustedes poseen una voz autorizada para testimoniar que esto es posible”

La resurrección impacta en la historia. No es sólo una creencia que redefine la mirada humana sobre el límite de la muerte, sino que es la buena noticia que transforma la muerte. Transforma el mal desde adentro. No por mera oposición bien-mal. No es la moralina progresista, ni liberal, ni de izquierda, todas ellas caidas en ser ideologías de la pureza y de la luz. Es otra cosa: “una victoria que no ´pasa por encima´ del sufrimiento y la muerte, sino que los traspasa, abriendo un camino en el abismo, transformando el mal en bien, signo distintivo del poder de Dios”. La resurrección es el corazón de la encarnación. No niega la muerte y el dolor humano, no niega el mal. Lo supera desde dentro. Es el modo en que el proyecto de salvación del pueblo se concreta en la historia.

En Francisco el “Plan para resucitar” viene acompañado de la definición, invitación e interlocución de, por lo menos, un “sujeto pascual”. Es como la Magdalena que por amor busca a su amado maestro, antes que ningun otre. “A los hermanos y hermanas de los movimientos y organizaciones populares”, dice la carta publicada por el Vaticano el mismo domingo de Pascua. No cualquier día. Es en la celebración central de la Iglesia Católica y en medio de la pandemia mundial que paraliza al planeta, que el Papa dirige un mensaje a los movimientos populares. Hay que protagonizar la salida. El “Plan de resurrección” no es tanto un ejercicio espiritual para renovar la esperanza en la fuerza de la vida, como la puesta en marcha la confianza en que los descartados del sistema que se asfixia son quienes harán nuevas todas las cosas. Pónganse ya en camino. Salgan del sepulcro, de la inmovilidad, de lo propio y de la sumisión. Salgan de la fatalidad y del pensamiento fatalista. Y hagámoslo ya. Desde ahora la reconstrucción-resurrección. 

Foto de Sebastián Gil Miranda

PROTAGONIZAR LA SALIDA: EL PULSO DEL ESPÍRITU

“Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia.”

Un jinete lanzado al galope con su caballo, un piloto atravesando la tormenta, un cirujano abriendo un órgano vital, un artista ante su obra, un dirigente en su acción. El pulso conecta la capacidad con la templanza personal. Es la frialdad-precisión que encauza la adrenalina vital. Es la clarividencia para avanzar sin el panorama completo. El arte de leer señales o el saber-hacer-estando del baqueano. Es una epistemología y un ritmo. La incertidumbre que hace balbucear a los intelectuales -la gente del saber experto- en medio de la pandemia muestra que los diagnósticos “sapientes” evidencian sus límites y demandan otra respuesta. La opinión queda desvelada por cacareo, autorreferencia, veleidad, inercia. Los expertos que funcionan, son políticos.

“El pulso del Espíritu” como fuente, guía y fuerza para intervenir en este momento concreto de la historia. El plan necesita de ese soplo -espíritu- que encienda el fuego que ilumine lo que viene. Ese impulso viene de tomar el pulso. Un ritmo que coordina fidelidad, búsqueda, lealtad y apuesta. 

Foto de Sandra Cartasso

GEOPOLÍTICA Y ACCIÓN TRANSFORMADORA DE LOS PUEBLOS

“Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estado céntricos, sean mercados céntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad.”

El desborde en el que Francisco pone su esperanza y llama a actuar, parte de una insuficiencia y un plus. Por un lado, la advertencia respecto al paradigma tecnocrático. El Papa lo señala con claridad: no es tanto si el marcado o el estado son la solución. El tema es el paradigma tecnocrático que actúa y se plasma en ambos. Por eso advierte también: “no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo”.

Hay una necesidad y una responsabilidad de poner en cuestión las imágenes que ordenan la salida o la repetición. Es una cuestión de imaginación: “Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que sólo el Evangelio nos puede proporcionar”.

Para un no creyente, donde aquí dice “evangelio” es preciso buscar su propia mejor-buena-noticia, su propio núcleo transformador. Para un creyente cristiano, “el evangelio”, no es solo la fe, la Iglesia ni la religión. Es fundamentalmente la buena noticia que irrumpe como un mensaje que transforma. Y si esto lo ponemos en calve nacional, es la claridad para no buscar en la sección de internacionales las recetas para pensar el futuro sino de recuperar los signos, las tradiciones y la fuerza de lo que ayer y hoy trajo felicidad para las mayorías. Quizás ahí este la fuente de la que tantos pueblos puedan beber para animares a “una nueva imaginación de lo posible”.     

Foto de Trabajadores del Teatro Cervantes

RECOMENZAR COMO UN SOLO PUEBLO

“Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real.”

En la reconstitución y la lógica de lo que se regenera, Francisco pone a las mujeres como pioneras del nuevo comienzo. “Bendito” e “insustituibles” son los adjetivos que elige para referirse al “genio femenino”. “Fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca (…) sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar”.

Francisco acerca, y quizás identifica, el genio femenino con el modo de actuar-estar del pueblo. Algo de esto está dicho también en la carta a los movimientos populares. Las que están en lo cotidiano, las que no abandona, las que paran la olla multiplicando el pan. Y son también las mujeres, en el texto que medita el papa en el “Plan para resucitar”, las que van a ungir a su maestro. La unción es marcar para elegir. Ungir es perfumar, es cuidar, es embellecer. Es ternura, es plus: no solo necesidad sino también belleza. Desborde del poder, de lo que se puede y de lo posible.

Pero el ungido es también el elegido. Es el líder, el mesías y cada. «Lo miró con misericordia y lo eligió”, es el lema papal de Francisco. Saberse elegido es construir una autopercepción acerca de la tarea que cada uno tiene en el flujo vital de un pueblo haciendo la historia. Es la “unción de la corresponsabilidad”. De todos y cada uno, y con una trascendencia singular para las autoridades cuando estas asumen que “no pueden sin la fuerza del pueblo”.

“No sin el pueblo”, es un criterio central de Francisco.

En Francisco, como en el evangelio y la historia, el Espíritu es una fuerza invasora “que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas”. Es una fuerza que impulsa a sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5). El apocalipsis, como se ve en la cita, no es una catástrofe sino una narrativa que posee símbolos y aliento para las batallas decisivas, las de las cosas últimas que son las primeras (escatología, se dice), y aliento para resistir y crear, para hacer que venga lo que trae más vida para todos y todas. Vida en abundancia y para el pueblo.   

Foto de Marian Fuentes

PLANIFICAR DESDE LA ESPERANZA

Cuando apareció la meditación “Plan para resucitar”, a un compañero le vino una imagen: es un plan quinquenal. La planificación de un horizonte sacudido por una conversión sustancial. La esperanza en una redención colectiva porque también fue personal.  

Durante la pandemia/cuaresma/pascua, Francisco insiste en una meditación sobre la esperanza.

La distingue de la ilusión y del optimismo. La separa con fuerza del optimismo porque este, en última instancia, esa una cuestión de carácter. Puede venir bien, pero no tiene gracia, en varios sentidos del término. Frente a él, la esperanza es una disposición vital y política, volcada con una fuerza extra al afuera y a lo que viene, que rebalsa también los bordes de la felicidad-buena onda del mundo. La otra distinción es respecto a la ilusión, que es del plano de las meras imágenes. El imaginario es la ideología. El sistema de ideas es un sistema de imágenes, fatales, como el pensamiento. Imágenes que se cierran sobre sí mismas y cierran la mirada. Ilusión: falsedad, puro “mundo”. La ilusión del progreso, o sea, más capitalismo del mismo. Y, sobre todo: más de lo mismo.

Francisco planifica desde la esperanza. Confía en que la fuerza irrumpe y da la batalla a las imágenes, de la fatalidad o la repetición, con símbolos fuertes. Los de ayer, hoy y siempre. Pasado hecho memoria, presente desde los héroes anónimos, futuro desde la esperanza que no es proyección de lo que hay sino irrupción de lo que conmueve.

En esas coordenadas está el plan. Y, en su borde y desborde, la resurrección.

UN PLAN PARA RESUCITAR

“De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: ‘Alégrense’” (Mt 28, 9). Es la primera palabra del Resucitado después de que María Magdalena y la otra María descubrieran el sepulcro vacío y se toparan con el ángel. El Señor sale a su encuentro para transformar su duelo en alegría y consolarlas en medio de la aflicción (cfr. Jr 31, 13). Es el Resucitado que quiere resucitar a una vida nueva a las mujeres y, con ellas, a la humanidad entera. Quiere hacernos empezar ya a participar de la condición de resucitados que nos espera.

Invitar a la alegría pudiera parecer una provocación, e incluso, una broma de mal gusto ante las graves consecuencias que estamos sufriendo por el COVID-19. No son pocos los que podrían pensarlo, al igual que los discípulos de Emaús, como un gesto de ignorancia o de irresponsabilidad (cfr. Lc 24, 17-19). Como las primeras discípulas que iban al sepulcro, vivimos rodeados por una atmósfera de dolor e incertidumbre que nos hace preguntarnos: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3). ¿Cómo haremos para llevar adelante esta situación que nos sobrepasó completamente? El impacto de todo lo que sucede, las graves consecuencias que ya se reportan y vislumbran, el dolor y el luto por nuestros seres queridos nos desorientan, acongojan y paralizan. Es la pesantez de la piedra del sepulcro que se impone ante el futuro y que amenaza, con su realismo, sepultar toda esperanza. Es la pesantez de la angustia de personas vulnerables y ancianas que atraviesan la cuarentena en la más absoluta soledad, es la pesantez de las familias que no saben ya como arrimar un plato de comida a sus mesas, es la pesantez del personal sanitario y servidores públicos al sentirse exhaustos y desbordados… esa pesantez que parece tener la última palabra.

Sin embargo, resulta conmovedor destacar la actitud de las mujeres del Evangelio. Frente a las dudas, el sufrimiento, la perplejidad ante la situación e incluso el miedo a la persecución y a todo lo que les podría pasar, fueron capaces de ponerse en movimiento y no dejarse paralizar por lo que estaba aconteciendo. Por amor al Maestro, y con ese típico, insustituible y bendito genio femenino, fueron capaces de asumir la vida como venía, sortear astutamente los obstáculos para estar cerca de su Señor. A diferencia de muchos de los Apóstoles que huyeron presos del miedo y la inseguridad, que negaron al Señor y escaparon (cfr. Jn 18, 25-27), ellas, sin evadirse ni ignorar lo que sucedía, sin huir ni escapar…, supieron simplemente estar y acompañar. Como las primeras discípulas, que, en medio de la oscuridad y el desconsuelo, cargaron sus bolsas con perfumes y se pusieron en camino para ungir al Maestro sepultado (cfr. Mc 16, 1), nosotros pudimos, en este tiempo, ver a muchos que buscaron aportar la unción de la corresponsabilidad para cuidar y no poner en riesgo la vida de los demás. A diferencia de los que huyeron con la ilusión de salvarse a sí mismos, fuimos testigos de cómo vecinos y familiares se pusieron en marcha con esfuerzo y sacrificio para permanecer en sus casas y así frenar la difusión. Pudimos descubrir cómo muchas personas que ya vivían y tenían que sufrir la pandemia de la exclusión y la indiferencia siguieron esforzándose, acompañándose y sosteniéndose para que esta situación sea (o bien, fuese) menos dolorosa. Vimos la unción derramada por médicos, enfermeros y enfermeras, reponedores de góndolas, limpiadores, cuidadores, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas, abuelos y educadores y tantos otros que se animaron a entregar todo lo que poseían para aportar un poco de cura, de calma y alma a la situación. Y aunque la pregunta seguía siendo la misma: “¿Quién nos correrá la piedra del sepulcro?” (Mc 16, 3), todos ellos no dejaron de hacer lo que sentían que podían y tenían que dar.

Y fue precisamente ahí, en medio de sus ocupaciones y preocupaciones, donde las discípulas fueron sorprendidas por un anuncio desbordante: “No está aquí, ha resucitado”. Su unción no era una unción para la muerte, sino para la vida. Su velar y acompañar al Señor, incluso en la muerte y en la mayor desesperanza, no era vana, sino que les permitió ser ungidas por la Resurrección: no estaban solas, Él estaba vivo y las precedía en su caminar. Solo una noticia desbordante era capaz de romper el círculo que les impedía ver que la piedra ya había sido corrida, y el perfume derramado tenía mayor capacidad de expansión que aquello que las amenazaba. Esta es la fuente de nuestra alegría y esperanza, que transforma nuestro accionar: nuestras unciones, entregas… nuestro velar y acompañar en todas las formas posibles en este tiempo, no son ni serán en vano; no son entregas para la muerte. Cada vez que tomamos parte de la Pasión del Señor, que acompañamos la pasión de nuestros hermanos, viviendo inclusive la propia pasión, nuestros oídos escucharán la novedad de la Resurrección: no estamos solos, el Señor nos precede en nuestro caminar removiendo las piedras que nos paralizan. Esta buena noticia hizo que esas mujeres volvieran sobre sus pasos a buscar a los Apóstoles y a los discípulos que permanecían escondidos para contarles: “La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo” (1). Esta es nuestra esperanza, la que no nos podrá ser robada, silenciada o contaminada. Toda la vida de servicio y amor que ustedes han entregado en este tiempo volverá a latir de nuevo. Basta con abrir una rendija para que la Unción que el Señor nos quiere regalar se expanda con una fuerza imparable y nos permita contemplar la realidad doliente con una mirada renovadora.

Y, como a las mujeres del Evangelio, también a nosotros se nos invita una y otra vez a volver sobre nuestros pasos y dejarnos transformar por este anuncio: el Señor, con su novedad, puede siempre renovar nuestra vida y la de nuestra comunidad (cfr. Evangelii gaudium, 11). En esta tierra desolada, el Señor se empeña en regenerar la belleza y hacer renacer la esperanza: “Mirad que realizo algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notan?” (Is 43, 18b). Dios jamás abandona a su pueblo, está siempre junto a él, especialmente cuando el dolor se hace más presente.

Si algo hemos podido aprender en todo este tiempo, es que nadie se salva solo. Las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos. La Pascua nos convoca e invita a hacer memoria de esa otra presencia discreta y respetuosa, generosa y reconciliadora capaz de no romper la caña quebrada ni apagar la mecha que arde débilmente (cfr. Is 42, 2-3) para hacer latir la vida nueva que nos quiere regalar a todos. Es el soplo del Espíritu que abre horizontes, despierta la creatividad y nos renueva en fraternidad para decir presente (o bien, aquí estoy) ante la enorme e impostergable tarea que nos espera. Urge discernir y encontrar el pulso del Espíritu para impulsar junto a otros las dinámicas que puedan testimoniar y canalizar la vida nueva que el Señor quiere generar en este momento concreto de la historia. Este es el tiempo favorable del Señor, que nos pide no conformarnos ni contentarnos y menos justificarnos con lógicas sustitutivas o paliativas que impiden asumir el impacto y las graves consecuencias de lo que estamos viviendo. Este es el tiempo propicio de animarnos a una nueva imaginación de lo posible con el realismo que solo el Evangelio nos puede proporcionar. El Espíritu, que no se deja encerrar ni instrumentalizar con esquemas, modalidades o estructuras fijas o caducas, nos propone sumarnos a su movimiento capaz de “hacer nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

En este tiempo nos hemos dado cuenta de la importancia de “unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (2). Cada acción individual no es una acción aislada, para bien o para mal, tiene consecuencias para los demás, porque todo está conectado en nuestra Casa común; y si las autoridades sanitarias ordenan el confinamiento en los hogares, es el pueblo quien lo hace posible, consciente de su corresponsabilidad para frenar la pandemia. “Una emergencia como la del COVID-19 es derrotada en primer lugar con los anticuerpos de la solidaridad” (3). Lección que romperá todo el fatalismo en el que nos habíamos inmerso y permitirá volver a sentirnos artífices y protagonistas de una historia común y, así, responder mancomunadamente a tantos males que aquejan a millones de hermanos alrededor del mundo. No podemos permitirnos escribir la historia presente y futura de espaldas al sufrimiento de tantos. Es el Señor quien nos volverá a preguntar “¿dónde está tu hermano?” (Gn, 4, 9) y, en nuestra capacidad de respuesta, ojalá se revele el alma de nuestros pueblos, ese reservorio de esperanza, fe y caridad en la que fuimos engendrados y que, por tanto tiempo, hemos anestesiado o silenciado.

Si actuamos como un solo pueblo, incluso ante las otras epidemias que nos acechan, podemos lograr un impacto real. ¿Seremos capaces de actuar responsablemente frente al hambre que padecen tantos, sabiendo que hay alimentos para todos? ¿Seguiremos mirando para otro lado con un silencio cómplice ante esas guerras alimentadas por deseos de dominio y de poder? ¿Estaremos dispuestos a cambiar los estilos de vida que sumergen a tantos en la pobreza, promoviendo y animándonos a llevar una vida más austera y humana que posibilite un reparto equitativo de los recursos? ¿Adoptaremos como comunidad internacional las medidas necesarias para frenar la devastación del medio ambiente o seguiremos negando la evidencia? La globalización de la indiferencia seguirá amenazando y tentando nuestro caminar… Ojalá nos encuentre con los anticuerpos necesarios de la justicia, la caridad y la solidaridad. No tengamos miedo a vivir la alternativa de la civilización del amor, que es “una civilización de la esperanza: contra la angustia y el miedo, la tristeza y el desaliento, la pasividad y el cansancio. La civilización del amor se construye cotidianamente, ininterrumpidamente. Supone el esfuerzo comprometido de todos.

Supone, por eso, una comprometida comunidad de hermanos” (4).

En este tiempo de tribulación y luto, es mi deseo que, allí donde estés, puedas hacer la experiencia de Jesús, que sale a tu encuentro, te saluda y te dice: “Alégrate” (Mt 28, 9). Y que sea ese saludo el que nos movilice a convocar y amplificar la buena nueva del Reino de Dios.

NOTAS

1. R. Guardini, El Señor, 504.

2. Carta enc. Laudato si’ (24 mayo 2015), 13.

3. Pontificia Academia para la Vida. Pandemia y fraternidad universal. Nota sobre la emergencia COVID-19 (30 marzo 2020), p. 4.

4. Eduardo Pironio, Diálogo con laicos, Buenos Aires, 1986.

Daniel Santoro, El descamisado gigante ayuda a cruzar el riachuelo a la mamá de Juanito Laguna (2006)

CARTA A LOS MOVIMIENTOS POPULARES

PASCUA 2020

A los hermanos y hermanas de los movimientos y organizaciones populares.

Queridos amigos:

Con frecuencia recuerdo nuestros encuentros: dos en el Vaticano y uno en Santa Cruz de la Sierra y les confieso que esta «memoria» me hace bien, me acerca a ustedes, me hace repensar en tantos diálogos durante esos encuentros y en tantas ilusiones que nacieron y crecieron allí y muchas de ellas se hicieron realidad. Ahora, en medio de esta pandemia, los vuelvo a recordar de modo especial y quiero estarles cerca.

En estos días de tanta angustia y dificultad, muchos se han referido a la pandemia que sufrimos con metáforas bélicas. Si la lucha contra el COVID es una guerra, ustedes son un verdadero ejército invisible que pelea en las más peligrosas trincheras. Un ejército sin más arma que la solidaridad, la esperanza y el sentido de la comunidad que reverdece en estos días en los que nadie se salva solo. Ustedes son para mí, como les dije en nuestros encuentros, verdaderos poetas sociales, que desde las periferias olvidadas crean soluciones dignas para los problemas más acuciantes de los excluidos.

Sé que muchas veces no se los reconoce como es debido porque para este sistema son verdaderamente invisibles. A las periferias no llegan las soluciones  del mercado y escasea la presencia protectora del Estado. Tampoco ustedes tienen los recursos para realizar su función. Se los mira con desconfianza por superar la mera filantropía a través la organización comunitaria o reclamar por sus derechos en vez de quedarse resignados esperando a ver si cae alguna migaja de los que detentan el poder económico. Muchas veces mastican bronca e impotencia al ver las desigualdades que persisten incluso en momentos donde se acaban todas las excusas para sostener privilegios. Sin embargo, no se encierran en la queja: se arremangan y siguen trabajando por sus familias, por sus barrios, por el bien común. Esta actitud de Ustedes me ayuda, cuestiona y enseña mucho.

Pienso en las personas, sobre todo mujeres, que multiplican el pan en los comedores comunitarios cocinando con dos cebollas y un paquete de arroz un delicioso guiso para cientos de niños, pienso en los enfermos, pienso en los ancianos. Nunca aparecen en los grandes medios. Tampoco los campesinos y agricultores familiares que siguen labrando para producir alimentos sanos sin destruir la naturaleza, sin acapararlos ni especular con la necesidad del pueblo. Quiero que sepan que nuestro Padre Celestial los mira, los valora, los reconoce y fortalece en su opción.

Qué difícil es quedarse en casa para aquel que vive en una pequeña vivienda precaria o que directamente carece de un techo. Qué difícil es para los migrantes, las personas privadas de libertad o para aquellos que realizan un proceso de sanación por adicciones. Ustedes están ahí, poniendo el cuerpo junto a ellos, para hacer las cosas menos difíciles, menos dolorosas. Los felicito y agradezco de corazón. Espero que los gobiernos comprendan que los paradigmas tecnocráticos (sean estadocéntricos, sean mercadocéntricos) no son suficientes para abordar esta crisis ni los otros grandes problemas de la humanidad. Ahora más que nunca, son las personas, las comunidades, los pueblos quienes deben estar en el centro, unidos para curar, cuidar, compartir.

Sé que ustedes han sido excluidos de los beneficios de la globalización. No gozan de esos placeres superficiales que anestesian tantas conciencias. A pesar de ello, siempre tienen que sufrir sus perjuicios. Los males que aquejan a todos, a ustedes los golpean doblemente. Muchos de ustedes viven el día a día sin ningún tipo de garantías legales que los proteja. Los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado. Ustedes, trabajadores informales, independientes o de la economía popular, no tienen un salario estable para resistir este momento… y las cuarentenas se les hacen insoportables. Tal vez sea tiempo de pensar en un salario universal que reconozca y dignifique las nobles e insustituibles tareas que realizan; capaz de garantizar y hacer realidad esa consigna tan humana y tan cristiana: ningún trabajador sin derechos.

También quisiera invitarlos a pensar en «el después» porque esta tormenta va a terminar y sus graves consecuencias ya se sienten. Ustedes no son unos improvisados, tienen la cultura, la metodología pero principalmente la sabiduría que se amasa con la levadura de sentir el dolor del otro como propio. Quiero que pensemos en el proyecto de desarrollo humano integral que anhelamos, centrado en el protagonismo de los Pueblos en toda su diversidad y el acceso universal a esas tres T que ustedes defienden: tierra, techo y trabajo. Espero que este momento de peligro nos saque del piloto automático, sacuda nuestras conciencias dormidas y permita una conversión humanista y ecológica que termine con la idolatría del dinero y ponga la dignidad y la vida en el centro. Nuestra civilización, tan competitiva e individualista, con sus ritmos frenéticos de producción y consumo, sus lujos excesivos y ganancias desmedidas para pocos, necesita bajar un cambio, repensarse, regenerarse. Ustedes son constructores indispensables de ese cambio impostergable; es más, ustedes poseen una voz autorizada para testimoniar que esto es posible. Ustedes saben de crisis y privaciones… que con pudor, dignidad, compromiso, esfuerzo y solidaridad logran transformar en promesa de vida para sus familias y comunidades.

Sigan con su lucha y cuídense como hermanos. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los bendiga, los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles esa fuerza que nos mantiene en pie y no defrauda: la esperanza. Por favor, recen por mí que también lo necesito.

Fraternalmente,

Ciudad del Vaticano, 12 de abril de 2020

Carta a los movimientos populares

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