En una inmensa plaza vacía de una ciudad a la que llaman eterna, un hombre levanta un pedazo de pan revestido de oro. En la ciudad y el mundo – urbi et orbi- miles lo siguen confinados en sus casas por una peste que sorpendió a los poderes, paralizó la economía mundial y descalabró las liturgias que sostienen la vida cotidiana de millones, pero también la letanía infinta con que se celebraba hasta hace poco el avance sin fin del capitalismo en su versión neoliberal.

Las imágenes de Francisco en la Plaza San Pedro rezando, bendiciendo y sobre todo haciendo gestos (besando la cruz, levantando una custodia, rezando a la virgen) impactaron en las audiencias. Lo hacen por su excepcionalidad y su dramatismo. Pero también por el hecho de que esas prácticas del campo de lo religioso, en general, son consideradas por muchos como arcaicas o insignificantes para la vida contemporánea. La pandemia pone a la vista limites de todo tipo y nivel, abre preguntas y confirma intuiciones sobre los agotamientos de la modernidad y el capitalismo. Todos ellos presentes en muchas de las cosas que plantea el Papa argentino, y que en nuestro país vienen siendo puestos en cuestión (y en transformación) desde distintos sectores del pensamiento y la política. Aqui, entonces, una primera crónica y panorámica conceptual para atravesar la cuaresma-cuarentena, en la misma barca.

REZAR / PODER

“La tempestad”, como el Papa llamó a la pandemia comentando la lectura evangélica, desnuda los límites de la modernidad capitalista y de las prácticas que sostiene al sistema mundo. También tensa los alcances y la hondura de la religión admitida, instrumental y funcional. La escena que teníamos hasta hace unas semanas ha mirado.

La pandemia cataliza los problemas, las tensiones y los agotamientos que ya estaban presentes y por eso la figura de Francisco y sus planteos y propuestas toman una nueva centralidad. Los ejes centrales de su mensaje eran la respuesta a una crisis civilizatoria que evidenciaba cada vez más sus límites.

Otro nivel de planteos nos implica también. Venimos haciendo un esfuerzo reflexivo y de traducción, para reponer en el campo de la práctica política, la cultura de lo colectivo y la praxis militante, elementos olvidados o desconocidos que se resumen en “lo religioso”. Es la dimensión trascendente, redentora de la cultura política y la doctrina del campo nacional popular. La misma que por un lado afloró con el entusiasmo militante de los años 2000, pero que encontró también sus límites y carencias al afrontar algo muy propio del ethos religioso: asumir las derrotas, atravesar los fracasos y resistir de un modo no sólo instrumental, sino sustancial, los embates de lo que Francisco, con toda la doctrina católica desde San Pablo, llama “mundo” o “mundanidad”.

¿Qué puede significar la posibilidad de “rezar” para militantes orientados a “construir” o “acumular” poder? ¿Qué significa la trascendencia y lo absoluto, en tiempos del reino de las diferencias y la autonomía? ¿Por qué, a la hora de referenciarse en alguien, Alberto Fernández, en contenido, estilo, gramática y explícita cita de autoridad y de alineamiento, elige al Papa argentino?

La pandemia, diluvio y catástrofe, catalizador y removedor, escenario y tema, simbólica  y real, es una oportunidad para replantear estos tópicos. Adentrarse en el monte fértil de lo místico, que el progresismo y el tono “habermasiano” de las ciencias sociales y la cultura política ha tendido a despreciar o temer, es una necesidad evidente.

Acá estamos. Desnudos en la impotencia. En el claustro de nuestras casas. El imperativo capitalista se suspende, sin caer, y quedamos expuestos a nuestra propia alma. Viendo muertes de ricos y famoso, de simples y anónimos. La pandemia: experiencia de la finitud y oportunidad para asomarnos más allá de nuestros conceptos inerciales.

CATOLICISMO / GLOBALIZACIÓN 

Pandemia es la categoría que otorga la Organización Mundial de la Salud a una enfermedad que se propaga a nivel planetario. La tan publicitada “aldea global” se efectivizó finalmente de un modo oscuro y trágico. Quizás no había otro modo posible en que se desenvolviese el mito de la globalización. Desde un primer momento Francisco advirtió que su relato de uniformidad eficiente escondía “una guerra mundial en cuotas” que ya estaba en curso. Pero la fluencia de las divisas y el capital, y el avance triunfal de lo que no sería nunca contestado o discutido encuentra un tope. Feroz. Contundente. Corporal. Una peste.

¿Estamos condenados? ¿Cómo se le hace frente a la globalización del terror? ¿Quién podrá salvarse de esta tragedia universal?

Universalidad y catolicidad son lo mismo pero en diferentes registros, y con connotaciones diferentes. En el corazón de la cuestión católica está el problema y la creación de un “para todos”: el de la salvación. Para todos, cada vez y siempre.

El problema de lo universal irrumpió desde el principio como discusión. ¿Quiénes entran? ¿Para quienes vale lo que Jesús trajo? ¿Bajo qué condiciones? San Pablo viaja hasta Jerusalén a plantear justamente esto: “no es solo para los judíos. Negociemos. No hace falta circuncidarse ni ir al templo para ser uno más del pueblo elegido. Porque todos los pueblos son el pueblo elegido.”

Por el mismo motivo que va a Jerusalén es que Pablo va después a Roma. Y, al menos la tradición así lo dice, Pedro terminó también allí. El cristianismo para ser católico, tenía que ir al centro del mundo. Y desde allí se dispersó: como un virus (más adelante, se expandirá CON los virus, cosa que bien supieron los pueblos originarios de América cuando, con la Biblia y la espada, les llegaron las enfermedades que los diezmarían).  

La cuestión es que desde el principio, la Iglesia tiene a su cuidado ese mandato de universalizar la buena noticia. No es que la institución haya creado la universalidad. Es que el problema de preservar ese “para todos”, fue uno de los vectores que le dio forma a la institución. Es por eso que no es casual que, en este tiempo en el que cruje la modernidad y su mellizo (¿siames?) el capitalismo, y la globalización encuentra sus entuertos no resolubles, resulte que también la Iglesia Católica esté en crisis, y al mismo tiempo tenga un resto desde donde aún reavivar su fuego inicial.

Ese soplo, que se espera nuevo, que de pronto llega para liderar una de las instituciones que fue central para occidente, vino de la periferia. Una voz para, quizás, activar el murmullo mesiánico, viene del sur. En este tiempo en que el sol cambia su sentido aparece un hombre de los confines. Que trae la experiencia desde el fin del mundo, Un Papa que hubo que buscar allá . El mismo lo dijo, Y enseguida, desde el primer momento, puso en el centro de la Iglesia, pero también de los debates globales, lo que el “mundo sin fin” (ilimitado como el discurso capitalista que tan bien ha conceptualizado Jorge Alemán) niega, olvida, desconoce, representa, teme y, llegado el caso, combate y rechaza.

La plaza está vacía y en ella un hombre besa una cruz en soledad. Desde la ciudad eterna pronuncia una antigua oración que empieza diciendo ¡Padre nuestro! y le habla a la humanidad para recordarle que estamos todos en una misma barca. Como un capitán en la tempestad, desafía a la pandemia levantando un trozo de pan en un engarce de oro, recordando a todos que aquel murmullo que nació en Palestina hace dos mil años dice que la muerte no tiene la última palabra. Pero no es una firmación esotérica. Dice que es el mundo- capitalismo el que no va más. Y no en abstracto, sino en el punto donde está sostenido por nosotros, cada uno y todos.

«La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad.«

«La tempestad pone al descubierto todos los int…entos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad.»

Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.

APOCALIPSIS / NOW. Y aquí.

La gran tormenta, los que temen y la batalla decisiva. Es la escena . Las imñagenes y el tono son de “apocalipsis”.No tanto en un registro bíblico sino más bien en los términos del cine catástrofe. Resuena, sin embargo, la referencia religiosa.

Los signos y las señales hablan del fin. Es que estamos ante las muertes. Flota la sensación de que se terminó la vida apacible, y también el trajín vertiginoso. “Las cosas de antes han pasado”, es la cita del Apocalipsis que muchos recordarán por haber sido incluida por John Cameron en el desenlace de Titanic.

Sin embargo, en el famoso libro que cierrala revelación cristiana, el sentido de la frase es de esperanza: “Enjugará toda lágrima de sus ojos; ya no habrá más muerte, ni habrá más luto, ni más lamento, ni afán, porque las cosas de antes han pasado» (Ap 21, 3-4).

El Apocalipsis no habla tanto del fin del mundo como de las batallas decisivas, consideradas finales. Y tiene una característica central como género: es un tipo de narrativa creado para dar esperanza a los cautivos y fuerza a los combatientes. A los que ya portan el otro mundo que viene. Y hace algo más, en un lenguaje simbólico que en su momento habrá sido apropiado, evocativo, sugerente: describe al enemigo en términos significativos y “habilitantes”.

No es difícil relacionar esto con la crudeza con que en estas semanas han quedado expuestos también los límites de las reflexiones de filósofos e intelectuales. Incluso de los mejores con los que contamos. Los eruditos de occidente balbucean casi al mismo ritmo con el que las lógicas operativas y los sistemas de contención de los países centrales -exceptuando la excéntrica China y la maquinal Alemania- también hacen agua.

Alberto Fernández ha remitido a Francisco y su mensaje para dar soporte, criterio y carnadura a sus posiciones y para articular sus discursos. Lo ha hecho en teleconferencia ante los líderes del G20, pero también desde antes de la pandemia. Antes lo hizo Cristina en el Foro ciencias sociales de CLACSO, “templo” de la reflexividad progresista. En medio de los discursos clausurados y la sobreabundancia de análisis de coyunturas, no es casual que sea la del Papa una de las pocas voces a escala global que puede desafiar al sistema mundo y mostrar una luz al otro lado del río.

En su reflexión en la plaza vacía, Francisco toma otra imagen de zozobra y batalla, de miedo y visión sobre lo que nos ha llevado a naufragar y temer. La tempestad.

El modo en que conecta la tormenta narrada por el Evangelio con la sociedad contemporánea, con el capitalismo tal como lo conocemos, pero también con la ética con que cada cual se enfrenta a su propio modo de vida y sus resultados. He ahí lo incisivo del mensaje de Francisco y el motivo por el que conmueve e incómoda. Es un análisis estructural y global que implica a cada cual, sea mero feligrés o pontífice, gobernante o cualquier ciudadano. Remite como lo viene haciendo en todo su magisterio a la necesidad de poner la política por encima de la economía y la vida de las mayorías junto al cuidado de la tierra. Casa común. Pero también remite a las mas «corporales» e inmediatas de las prácticas. dar de comer al hambriento, vestir del desnudo, cuidar a los enfermos, visitar a los presos. Son las llamadas «obras de misericordia» : centrales en la predica de Francisco, para muchos asumidas como extemporáneas y sensibleras probablemente hasta hace unas semanas. Pero que en la cuarentena personal, familiar, comunitaria, societal y global, aparecen con una fuerza interpelante asombrosa. Y precisa.

LA CUSTODIA / LO SAGRADO

The Mission. Jeremy Irons avanza con los guaraníes en medio del fuego y las balas de los bandeirantes. Lleva como estandarte y escudo contra los traficantes de esclavos, la custodia dorada, el  “santísimo sacramento”. Robert De Niro mira herido desde el suelo como camina la fe en medio del desastre. La ciudad utópica de las misiones jesuíticas en la selva americana es incendiada. Cierra los ojos para siempre cuando cae su compañero jesuita por el impacto de una bala de los arcabuces portugueses. Un guaraní levanta la custodia y sigue avanzando.

¿Qué custodia el sol de oro?

Lo más sagrado en la tradición Católica es el misterio de cómo el Dios hijo sigue estando presente cada vez que dos o más se reúnen en su nombre a partir el pan. En Jesús lo sagrado es lo que alimenta al pueblo y que construye los encuentros que lo mantienen fuerte y unido. No es casual que su primer milagro haya sido transformar el agua en vino para que la fiesta de bodas no termine. Jesús curaba el cuerpo y predicaba, enseñaba y proponía prácticas concretas y cotidianas: dar de comer, dar de beber, visitar a los enfermos y los presos, levantar a los caídos. Por ahí empezaba la religión.

El pan compartido, la unidad entre los hermanos y dar la vida por el otro. El Papa eleva y sacraliza eso en la Plaza vacía. “Solos nos hundimos”, le recuerda a la ciudad y a todo el globo. La fraternidad humana ha dejado de ser un imperativo moral para ser una necesidad efectiva. La cultura del descarte es hoy una discusión concreta en las mesas de crisis a la que se sientan los que deciden. Los signos que custodian la potencia mesiánica del murmullo milenario exclama en la noche: la salvación es para todos y con todos.  

La plaza está vacía y sin embargo estamos todos. Mirando muchos. Rezando algunos.

¿Cómo vamos a luchar? ¿Sostenidos por qué? ¿Quiénes sostendrán lo que nos sostiene?

En esta tempestad lo que está en juego es quiénes se sentarán a la mesa.

El pueblo lo sabe desde siempre.

La salvación, si es la que vale, es para todos.

Acá se puede leer y ver el «Momento de oración extraordinario» de Francisco en el Atrio de la Basílica de San Pedro – 27/03/2020

http://www.vatican.va/content/francesco/es/events/event.dir.html/content/vaticanevents/es/2020/3/27/uniti-in-preghiera.html

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