En camino al primer aniversario de Fratelli Tutti, compartimos el segundo encuentro del Seminario Fratelli Tutti con el valioso aporte de dos compañeros y amigos de Factor Francisco, Carlos Raimundi y Maria Valeria Rezende.

Carlos Raimundi, militante y referente de larga trayectoria en el campo popular, Diputado Nacional en varios períodos (el último entre 2011 y 2015), se desempeña actualmente como embajador argentino ante la Organización de Estados Americanos (OEA). María Valeria Rezende es escritora, educadora popular y religiosa brasileña.Con ellos recorremos un segundo nudo de la Fratelli Tutti. 

Llamamos a este encuentro “Capitalismo y espiritualidad. Luz en medio de la oscuridad o cómo orientarse en la tormenta del mundo”. Hay dos dimensiones que desde Factor Francisco identificamos rápidamente, en la entrada y la salida del texto de la Fratelli Tutti, sus capítulos 1 y 8, el primero y el último.  “Las sombras de un mundo cerrado” en el inicio y “Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo” al final. 

Un mundo en sombras, y una cerrazón:  un diagnóstico sobre lo más crudo de un siglo XXI ya avanzado da paso, al final de la encíclica, a un servicio, unos actores, y un horizonte la fraternidad. Del diagnóstico a las tareas, de los obstáculos y las sombras que nos cierran a la puesta en marcha de un hacer luminoso para la salida.

Francisco abre una reflexión sobre las posibilidades y las exigencias de este mundo para una fraternidad universal. Y en una doble escala, la de las grandes estructuras, tareas, responsabilidades, de las estructuras políticas y económicas, y desde lo más propio, más íntimo y existencial de cada cual, con sus sueños, sus proyectos y su modo de hacer la vida.

CAPITALISMO, POLÍTICA Y ESPÍRITU: RECUPERAR LA DIMENSIÓN HUMANA

Carlos Raimundi

En primer lugar, quiero expresar mi alegría porque en este seminario veo la participación de muchos hermanos y hermanas de América Latina. A veces pienso que todavía hay que reforzar y reafirmar la idea de la Patria Grande como integración de nuestra región. Por poner una situación concreta, ahora nos debatimos por la escasez de cuatro o cinco vacunas, que son producidas por cuatro o cinco laboratorios en el mundo. Nuestra salud depende de un sistema absolutamente monopolizado y cartelizado. ¿Por qué será que todavía tenemos que reafirmar que tenemos que estar unidos como región sin darnos cuenta que las fuerzas que nos agreden del otro lado están absolutamente más unidos que nosotros?

Por eso es un gusto enorme, pero además una obligación, que todos los espacios de reflexión que habilitemos sean en dimensión latinoamericana. Y lo digo como argentino, un país que nunca sintió su sentido de pertenencia americana con tanta fuerza y profundidad como en las últimas décadas  En Argentina tenemos una cultura oficial, una narrativa de los sectores dominantes, que durante muchos años escribió una historia oficial e impartió manuales de instrucción pública para que admiremos lo que venía de las usinas culturales de Europa, ocultando nuestra pertenencia local y todas las riquezas por nuestra condición indoamericana. Es también una conquista y un valor que tenemos que sostener y profundizar en esto que, como tan bien describe Francisco, es la centralidad de lo local para llegar a lo universal.

 Hablar de capitalismo y espiritualidad me produce una primera impresión que es el escepticismo. La combinación de palabras parece un oxímoron, un imposible. El capitalismo se maneja con una lógica en la que el ser humano, en su dimensión espiritual, está completamente ausente. Solo prima el proceso de maximización de toma de ganancias que implica una categoría económica bajo la cual estamos, no podemos negarlo. ¿Cómo pueden coexistir capitalismo y espiritualidad? Y sin embargo, ambas categorías conviven dentro de la dimensión humana. Eso nos da una pista. Es sólo la dimensión humana la que puede aglutinar el capitalismo como entorno económico y la espiritualidad como la necesidad de  trascendencia, de ir más allá de lo meramente material. 

Creo que esa dimensión humana es la que tiene que recuperar la política. La política tiene que volver a mirar, a categorizar y a tomar decisiones a partir de una concepción integral del ser humano, que es su principio y su fin último. Yo estoy viviendo aquí en Washington, formando parte de la OEA; un organismo que tiene una gigantesca estructura burocrática, y si uno mira el organigrama va a ver una cantidad frenética de conjuntos y subconjuntos, de oficinas, comités y secretarías, y todas dedican, por su propia definición, a consolidar los Derechos Humanos, la democracia y el desarrollo. Uno ve semejante estructura y piensa que con tanto trabajo América debería ser el paraíso. ¿Por qué no lo somos? Entonces uno piensa que estas estructuras burocráticas han perdido la dimensión humana y se han desviado hacia el camino del autosostenimiento, perdiendo el objetivo fundamental para el que fueron creadas. Si se tuviera realmente vigente y presente ese objetivo fundamental semejante estructura tendría que dar como resultado -desde el punto de vista de la dimensión humana integral a la cual va dirigida la política- una calidad de vida muy superior a la que tenemos. Y si no lo tenemos es porque estamos perdiendo el centro, el sentido y la naturaleza de la política, que es el ser humano en sus dos dimensiones, material y espiritual.

Es ahí donde ubico inmediatamente la figura de Francisco, que siendo un líder de la dimensión espiritual, un líder religioso, asume sin embargo posiciones políticas muy marcadas, y entendiendo la política de esta manera integral. Francisco ha dado señales simbólicas extraordinarias: su primer gesto en Lampedusa, poniendo en escena la tragedia de los inmigrantes, sean las personas que tienen que atravesar el Meditarraneo o saltar un muro en Latinoamérica; su discurso maravilloso del 2014 ante los movimientos sociales en Bolivia, rescatando la dignidad y el desafío de lo que implica integrar las culturas de los pueblos originarios; su primer mensaje a los jóvenes: “hagan lío”, invitando a recuperar y mantener viva esa llama de rebeldía que puede traccionar un sistema. Y yendo más inmediatamente los gestos y los símbolos siguen apareciendo. Nada más hace unos meses visitó Iraq, escenario de la última gran guerra. Hace sólo unos días visitó Hungría y Eslovaquia clamando contra el antisiemtisimo como mensaje central. O en la asamblea de las Naciones Unidas del año pasado, que plantea un cambio en el Consejo de Seguridad y una nueva arquitectura en el sistema financiero.

Francisco asume posiciones profundamente políticas, siempre que entendamos la política en este sentido profundamente humanista que señalaba al principio. Porque lo que está juego en este tiempo, al menos en la política tradicional, es la pérdida de dimensión humana. Es algo que se nos transmite por los medios de comunicación. Nos llega como un mensaje cotidiano, casi imperceptiblemente, sutilmente, pero que va horadando nuestra valoración de la política como actividad noble, altruista, profundamente humana y humanista. 

Cuando doy clases le pregunto a mis estudiantes cuando creen que comenzó la crisis de este sistema económico mundial. Inmediatamente, la referencia es a septiembre de 2008, el gran desplome financiero con la caída de Lehman Brothers. Si uno lee los manuales de análisis políticos tienen la misma respuesta: la caída de Lehman Brothers fue una crisis equiparable a los efectos de la crisis de Wall Street de 1929. Pero si vamos a ver los datos de la realidad, este sistema económico que hacía muchos años antes venía arrastrando millones y millones de niños con hambre. ¿Por qué asociamos la crisis del sistema con la caída de un fondo de inversión? Porque hemos perdido el sentido ético de la política. La crisis del sistema debería ser advertida desde que hay un solo niño con hambre, y no casi mil millones como tenemos ahora. Hemos naturalizado la desigualdad. 

En enero del 2015 asistí en Santiago de Chile a un encuentro sobre los desafíos del futuro en el uso de la tecnología. En uno de los paneles se exponía una encuesta que fue realizada hace treinta años con niños de África y niños de las ciudades más avanzadas de Estados Unidos. A los dos grupos les preguntaron lo mismo: “¿qué soñás para el futuro?”. Los niños de Estados Unidos decían “sueño en el futuro tener máquinas que empacan caramelos y golosinas”. Los niños de África contestaron “soñamos con tener agua potable en nuestras casas.” Pasaron treinta años. Los niños de Estados Unidos tienen mucho más que máquinas que dan golosinas, tienen cosas que ni siquiera habían soñado. Y los chicos de África siguen sin tener agua potable en sus casas.

Si la política no se mueve en esa dirección la política no sirve, la política no existe. O en todo caso, existe para el desarrollo endogámico de un sector político. Cuando un niño que muere a consecuencia de un estallido, un bombardeo, ya sea enviado por un sector extremista de su país o por un estado extranjero, la política no le puede preguntar a ese niño cuál es la afiliación política de su padre. La política tiene que reaccionar a esa tragedia humana, porque eso es recuperar la dimensión humana de nuestra tarea, conectar la política con la trascendencia y la espiritualidad.

Pero cuidado, porque hay algunos que tomando este argumento de las tragedias dicen que ante las crisis humanas de un país extranjero hay derecho a intervenir militarmente. Entonces se desliga, se despoja la cuestión humana de otro factor fundamental que es el derecho que tienen los pueblos a ser soberanos. Estamos en un tiempo donde se están generando crisis humanitarias para justificar la intervención externa de los mismos poderes que por el bloqueo y las sanciones generaron las crisis humanitarias. Eso no es poner al ser humano en el centro. Eso es volver a poner al poder disfrazándolo de un salvataje humanista para eliminar el valor de la soberanía. Es un tema que Francisco toca en muchos de sus mensajes, pero especialmente en Fratelli Tutti, cuando plantea la relación entre lo local y lo universal.

Así como un ser humano no puede dialogar con otro si no es a partir de su identidad, los pueblos no pueden dialogar, tampoco, si no se respeta su identidad colectiva. Y el gran desafío de la política es crear condiciones de igualdad de oportunidades en todo punto de partida que los seres humanos deben tener como iguales para que, a partir de allí, tengan las herramientas para construir nuestras diversidades y nuestras singularidades, y relacionarnos desde esa intersingularidad. No desde el individualismo extremo. No desde el colectivismo extremo. Desde el diálogo a partir de la identidad. Eso vale para los seres humanos individualmente, y vale para los pueblos. Y en términos de pueblo, eso es el equivalente de soberanía. 

El neoliberalismo pregona la libre circulación de los factores productivos: libertad de capitales financieros, libertad de girar utilidad de los grandes monopolios a sus casas matrices después de extraerlos en las colonias. Pero cuando las personas que padecen los resultados de esa política depredatoria quieren emigrar a otro lugar con la ilusión de vivir un poco mejor se levanta la barrera del estado y dicen “usted aquí es ilegal” ¿Cómo la política tolera esa hipocresía?

Hay un proceso muy curioso que está in crescendo. Afortunadamente todavía no es mayoritario, pero está creciendo y tenemos que tener mucha atención. Es un fenómeno que está ubicando en un mismo lugar a los libertarios y a los neo nazis. Es lo que pasó en la puerta de Brandemburgo en Berlín. Los libertarios dicen que hay que destruir el Estado. Los neonazis, en nombre del estado justifican las peores aberraciones. Pero empiezan a juntarse contra un mínimo orden establecido, contra la autoridad del estado.

Cuando escucho a los ultraliberales, los liberales extremos, decir que el Estado no debería existir, hay que estar alertas porque no es un discurso tan loco. En nuestra cosmovisión a veces lo más sencillo, lo más fácil, lo más tentador, es pensar que el argumento no tiene racionalidad, porque eso nos ahorra discutirlo desde una determinada racionalidad que se contraponga. Pero hay que discutirlo, porque cualquiera sea el modelo de Estado, cualquiera sea la autoridad pública, tiene el rol de organizar y administrar los bienes universales. Esa persona que hace un discurso antiestado se tuvo que lavar la cara esta mañana, y para eso tuvo que abrir una canilla de la cual salía agua que venía de una red, y esa red es pública porque alguien la administra.  Y para poder llegar al canal de televisión donde pudo propagar ese discurso tuvo que tomar por una calle donde los coches iban en un sentido, porque si fueran en un sentido caótico no habría llegado nunca. ¿Quién administra ese orden de convivencia? La política, el estado, lo público. Si se barrieran todas las categorías sociales y el ser humano empezara de nuevo, algunos estarían inclinados al arte, algunos a la empresa y algunos a lo público. Es imposible no organizar la convivencia. Y desde allí tenemos que organizar un discurso.

Dice Francisco, en el párrafo 107 de Fratelli Tutti: “Todo ser humano tiene derecho a vivir con dignidad y a desarrollarse integralmente, y ese derecho básico no puede ser negado por ningún país. Cuando este principio elemental no queda a salvo, no hay futuro ni para la fraternidad ni para la sobrevivencia de la humanidad.”

La dignidad del ser humano como tal está por encima de cualquier circunstancia. Y eso lo tiene que validar una autoridad colectiva, una organización colectiva que haga la administración de lo universal, de lo público. 

¿Cómo podemos, entonces, encender alguna luz en este “mundo en sombras”? Recuerdo una frase de Martin Luther King: “aunque supiera que mañana el mundo va a desaparecer, yo igual plantaría mi manzana”. Esa frase siempre me ilumina. Y en honor a esa luz que nunca desaparece, y que en los momentos de adversidad se hace aún más intensa, pienso que la tarea está en que no podemos renunciar a determinadas cosas que hacen a lo humano ¿Cómo puede ser tan difícil de explicar algo tan obvio como que si hay personas que han acumulado fortunas de las cuales no nos alcanza la comprensión lógica para entender la cantidad de ceros que acumulan sus cifras tienen que contribuir con los que sufren hambre y pobreza? 

Piensen en este modo de vida. Almorzar y cenar en los restaurantes más caros. Habitar los hoteles más lujosos. Circular en los autos más costosos. Y así será con sus hijos, con sus nietos y les sobra dinero todavía, ¿Tan difícil es entender que tienen que pagar un impuesto para la gente que no tiene una millonésima de eso?  ¿Cómo puede ser tan difícil explicar que si yo dejo una política de salud en manos de un laboratorio, lo que va a tratar es de sostener la enfermedad porque tiene eso eleva la tasa de ganancia de su negocio, y que tengo que dejar el manejo de la salud en lo público, que es lo que necesita un pueblo sano? ¿Es tan difícil entender que si el mundo está dividido entre una parte de personas sobreexplotadas y otra de personas desocupadas tengo que equilibrar esa relación?

Si miro por la ventana acá en Washington, en el centro del poder mundial, voy a encontrar una basura por recoger, una maleza que limpiar, una calle que barrer. Y nadie duda de que el Estado tenga que encargarse de ordenar eso. Pero miro un poco más y veo que además hay pobres mendigando en esa basura y esa calle. ¿Cómo puede ser que la política no pueda conectar con esa necesidad de hacer con las personas que necesitan un proyecto de vida para integrarse socialmente? Cuando aparece la presencia de la política puesta en el corazón de la dimensión humana se puede dar como resultado, por ejemplo, una jornada laboral reducida. Desde luego que las empresas tienen que mantener la tasa de ganancia y no pueden disminuir la productividad que les proporciona una jornada laboral. Pero justamente, el papel de la política es mirar la realidad desde la condición humana, no desde la tasa de ganancia.

Esos son los desafíos. Hay tareas que se pueden hacer. Tenemos que regular a los grandes servidores de la tecnología digital, porque han concertado este último año y medio una tasa de ganancia extraordinaria pero además controlan los algoritmos y mercantilizan nuestros deseos. Manipulan nuestros deseos. Invadieron lo más profundo de nuestra humanidad a partir de la tecnología. Pero se hace difícil cuando hay un bombardeo mediático que narra la política desde la materialidad y no desde la  espiritualidad, desde su propia lógica interna y no desde la condición humana integral. 

Se pueden generar cadenas de valor más cortas, inclusive para ahorrar energía y no reproducir las condiciones de la pandemia. Se puede promover la economía social, pero no como economía marginal y de subsistencia, sino como patrón ordenador de un nuevo modelo de producción mundial que le deje más tiempo a las personas para la felicidad, para la contemplación, y no para dramatizarse de cómo van a hacer el día de mañana para consumir. 

Francisco dijo que de las crisis no se sale igual, se sale mejor o peor. Lo convino con la pregunta que se hizo más de una vez: “¿cómo vamos a estar después de esta pandemia?” Si la política interviene vamos a salir mejor. Si la política, en el sentido más altruista y humano del término, no interviene, esta pandemia finalizará pero no habremos terminado, será un cuarto intermedio hasta la próxima pandemia, porque no habremos erradicado lo que anula las condiciones fundamentales. 

LA VIDA EN EL PUEBLO DEL MUNDO

María Valéria Rezende

Debo confesar que al principio no entendí cuál podía ser mi aporte en un espacio de reflexión de estas características. Pero llegué a la conclusión que una de las cosas que se torna útil en este momento tan incierto del mundo es que soy una persona muy vieja. He visto el mundo cambiar de una manera increíble. Entonces voy a contar algunas historias de ese mundo y sacar con eso algunas conclusiones. Preguntarles además, a ustedes, qué conclusiones se sacan de esas historias.

Nací en 1942 en la ciudad de Santos, Brasil, cuando mi país acababa de entrar en la Segunda Guerra Mundial de parte de los Aliados. Era algo contradictorio, porque en ese entonces gobernaba en Brasil la dictadura de Vargas. Podría decirse que nací en medio de una construcción muy rara. Santos era el puerto más importante de América Latina, y lo es hasta el día de hoy. En el contexto de la guerra, y en un puerto tan importante, por las noches no se podían encender las luces. Hasta mis tres años  la noche era la oscuridad total y se oía la radio en ondas cortas para saber cómo iba la guerra. Pero se termina la guerra, y el movimiento del puerto renace muy rápidamente. Mi ciudad tenía casi dos tercios de población extranjera. Más de la mitad eran portugueses que habían emigrado por las condiciones de vida en la guerra. Pero había gente de todo el mundo. En Santos estaba la Bolsa Nacional del Café, que era la base de la economía brasileña en ese momento, y había un telégrafo que venía directamente de Londres trayendo los cambios de precio de la bolsa de café. También estaban los extranjeros de las compañías de navegación. Era un mundo muy loco, y yo sentía que estaba, como dije, en el medio del mundo. Solamente en la cuadra donde nací y crecí había gente de ocho culturas distintas. Y además estaba Brasil, que era en sí mismo un mundo, porque no había facilidad por nuestro país. Si queríamos viajar teníamos que tomar un barco que iba haciendo toda la costa del Brasil hacia el norte. No había carreteras. Por vivir en el medio del mundo aprendí varios idiomas sin saber que los estaba aprendiendo. Porque los niños muy chiquitos saltaban de casa en casa y jugábamos en todos los idiomas, aprendiendo sin saber que aprendíamos,

El hecho de haber vivido en ese medio del mundo me hizo comprender mis opciones en la vida. En mi familia había muchos escritores, pero yo no quería ser escritora. Los veía como gente que se quedaba encerrada en sus casas escribiendo. Lo que yo quería, en cambio,  era dar la vuelta el mundo, conocer ese mundo entero que pasaba por mi calle. Y eso fue lo que hice. Cuando estaba empezando la universidad me llamaron para la dirección nacional de la Juventud Estudiantil Católica. Íbamos y volvíamos viajando por América Latina, y cuando vino el golpe militar del 64 yo me encontraba en Montevideo. Mis compañeros se habían largado antes, pero como había sufrido una rotura de rodilla me quedé en Uruguay. Y cuando un día me llaman para decirme que había un golpe en mi país no lo creía. “No es un golpe, es una revolución”, estaba convencida. Porque los estudiantes de los sesenta estaban trabajando mucho. Teníamos una esperanza enorme. Teníamos el plan nacional de alfabetización con Paulo Freire a la cabeza, inspirado en lo que había hecho Cuba en el 61, que había suspendido las clases de secundario y universitario para ir al campo a alfabetizar a los campesinos. Nuestro plan era semejante, y nosotros, como líderes estudiantiles, viajamos por todo el país organizando las tareas. Cuando vino el golpe estaba segura de que quería seguir practicando esa vida. Por eso me pareció una alternativa muy buena hacerme misionera. Entré en una congregación religiosa que estaba repartida por todo el mundo y me fui. En ese momento, en Brasil ya habíamos empezado de manera poco canónica a mezclarnos en el medio popular, a desaparecer en el medio del pueblo como el fermento en la masa, como la sal en la tierra.

Dos cuestiones siempre me han afectado desde muy chica. Ya por entonces tenía muy claro que el dinero no me era indispensable. Mi padre era un médico de aquel viejo tiempo, y aunque no teníamos dinero no llevábamos una vida difícil. Pero yo veía gente que acumulaba más y más, y solo quería acumular. Entonces pensé “¿para qué sirve tanto dinero? Por más dinero que tenga uno no va a comer más que cinco o seis repartos por días”. Nadie aguanta comer solo el caviar del Mar Báltico, que es la comida más cara del mundo. Muchos días vas a querer arroz con frijoles y pollo. Yo no entendía para qué quieren tanto dinero. Y esa pregunta me ha acompañado toda la vida. EL dinero del que se puede disfrutar en la vida es muy limitado. Yo ya hice la cuenta de lo que necesito para resolver todos los problemas de supervivencia. Es poco. Es muy poco.

Aquí en mi casa, en nuestra comunidad, todavía está resistiendo una hermana muy anciana, de 92 años. Ya no se puede comunicar, está en las manos de los ángeles, pero la cuidamos con mucho cariño. Esta hermana estuvo mucho tiempo de su vida trabajando en varios lugares del mundo, porque participaba de la coordinación internacional de mi congregación, que tenía gente de Vietnam, de África, de Europa entera, de Latinoamérica. Ella viajó mucho, como yo, y una vez me dijo: “¿Sabes lo que he descubierto viajando? En el mundo entero los muy ricos y los muy pobres son iguales.” Prestando más atención a lo que decía, fui descubriendo que era verdad. Los ricos son todos iguales, usan las mismas marcas de ropa, comen en los mismos restaurantes, van a los mismos hoteles, y al día de hoy ya no pisan más la tierra. Viven en lugares altísimos con ascensores y terrazas con helicópteros, y del helicóptero se suben al avión. Esa gente no es más de esta tierra. Son una minoría. Luego fui prestando atención a los pobres. A primera vista parecen muy distintos, porque se visten cada uno a su manera, con lo que la naturaleza les permite. Pero cuando se pasa esa primera apariencia y se entra a la convivencia, uno ve que son todos iguales. ¿Por qué? Porque vivimos al nivel de las necesidades humanas fundamentales.

Una vez en Argelia me pasó algo que me convenció de este modo de ver las cosas. Fui a visitar una aldea amurallada, donde no se podía entrar de carro, sino sólo caminando, y cuando puse un pie adentro de la aldea vi que inmediatamente la calle se había vaciado. Veía a las últimas mujeres corriendo a meterse en sus casas. Yo sentía, intuía, que la gente me miraba por detrás de las ventanas y era esa gente. Y me sentí rara. No sabía si entrar o no entrar, pero seguí caminando. Tenía una tarea que hacer ahí. Doy unos pocos pasos, pero como el suelo era pedregoso y muy desnivelado doy con el pie en una piedra y me voy al suelo, rompiéndome la rodilla y sangrando – tengo un destino de tener problemas en las rodillas, tanto que al día de hoy no puedo rezar de rodillas-. Inmediatamente, todas las puertas se abrieron y las mujeres me llevaron adentro de sus casas para curarme. Me quedé tres días en sus casas, con ellas, que me cuidaron y no me dejaron salir sola hasta estar bien. Y logramos comunicarnos, porque algunas sabían algo de francés, y además después de tres meses en Argelia mis oídos empezaron a comprender de qué hablaban.

Esa experiencia de que pasado el primer extrañamiento entre los pobres, entre el pueblo, somos todos iguales y nos reconocemos como iguales, has sido la más importante de mi vida. Yo me siento en casa, y en todas partes, entre el pueblo. Y nunca viví sino en el pueblo. Como yo viaje siempre para trabajar como educadora popular en las comunidades nunca me hospede en hoteles, sino en la casa de la gente.

Los últimos años, acá en Brasil, fueron muy complicados. La pandemia de nuestro pueblo en el 2016, y nosotros estamos en la exigencia de pensar por qué pasa todo esto,  por qué esta locura de la gente que va detrás de ese otro loco que tenemos de Presidente. Yo quería entender, y me hice una hipótesis para tranquilizarme, para poder seguir pensando. Es una especie de ensayo que se publicó en un periódico literario de la ciudad donde vivo ahora. Mi hipótesis imaginaria –recuerden que soy ficcionista- dice así:

“Creo que hay una pequeña fracción de la humanidad que tiene un defecto de fabricación. No sé si es de origen genético, de formación cultural, o una combinación de las dos cosas. Tal vez tiene un componente genético que pudo haber sido recompensado por un modo de formación humana inteligente, o tal vez es el mal de una persona corriente que fue muy mal formada. Este grupo será de un diez por ciento de la población, un porcentaje muy pequeño de la humanidad. ¿Cuál es la característica anormal de esta gente? Es una especie de profundo vacío interior. Son personas que no reconocen ningún valor en sí mismas, que sufren una crisis de autoestima severa, que miran para adentro y no ven nada. Quieren existir, pero sólo se sienten existentes si los valida la mirada del otro. Por eso tienen que aparecer frente al otro como algo espantoso que atraiga las miradas. Y como su problema no se resuelve nunca, el juego no tiene límites.”

Hoy pasa mucho que en los shopping center que si uno va comprar un regalito chiquito te lo meten adentro de una cajita, y luego de otra cajita, y después lo envuelven en otro papel colorido con lazo de cinta enorme, y termina siendo que lo que viene afuera es mucho mayor que lo que está adentro. Y creo que esas personas son así. Se ven como una caja enorme pero son una caja vacía. Solo tienen valor si son revestidos de algo que cause envidia a los demás.

Pero si son tan pocos, ¿por qué nosotros, la mayoría, de vez en cuando los dejamos dominar todo? La gente del pueblo, la masa del pueblo no es así. La solidaridad es algo que nos es natural, porque estamos en el nivel de la naturaleza y de la manera en que fuimos hechos, y al vivir en el mundo tenemos que compartir es lo más natural. ¿Por qué esa gente logra dominar a la mayoría? Creo que es porque la mayoría no imagina cómo es que la otra gente es tan mala y no tiene ninguna empatía. Es difícil imaginar eso, porque el pueblo crece de manera muy próxima. Y esa gente es capaz de usar armas crueles que los normales no usarían. Por eso siempre es David contra Goliat. 

¿Cuál es mi esperanza? Que esa gente quiere llegar siempre al pico de la pirámide. Casi todas las instituciones sociales y políticas tienen una cierta estructura piramidal. Pero en lo alto de la pirámide solo hay lugar para uno. Entonces, esa gente no tiene amigos, tiene cómplices, y a medida que van subiendo las escaleras se van eliminando los unos a los otros porque ya no caben juntos. Esa es mi idea más optimista, y a eso apuesto. Escribí ese texto literario hace un año, y en Brasil se está confirmando. Porque en Brasil, la gente vacía del corazón se están acabando entre sí.

PUEBLO, POLÍTICA Y ESTADO

Néstor Borri –  Quiero enganchar las dos preguntas centrales de sus exposiciones. Carlos pensaba cómo puede ser que la política naturalice la injusticia, la violencia, la desigualdad. Y Valeria, después de compartirnos su historia, preguntaba cómo es que tantos permiten la dominación de esos pocos. De algún modo, son dos dimensiones que se enganchan en una misma pregunta: política y la gente. O bien, las sombras de un mundo oscuro, cerrado y el rol de las historias, de la espiritualidad, el del compartir.

El capítulo uno de  Fratelli Tutti tiene un primer subtítulo que se llama “sueños que se rompen” Es interesante para la política, como tarea social pero también espiritual, esta idea de armar sueños. No solo como utopías, sino en el sentido de imágenes, de armar la posibilidad o, más específicamente todavía, lo que da condiciones a las posibilidades. Tomo, también, esta bella imagen que compartió Valeria de las puertas que se abren para ayudar al caído, un gesto bien propio de la  parábola del buen samaritano. Otra dimensión, práctica, sostenida acá por una imagen casi cinematográfica, o por un ícono. 

En esa clave, quería devolverles y repreguntarles sus propios interrogantes¿Por qué la política banca la deshumanización? ¿Por qué lo naturaliza y pierde todo límite? Y por otro lado, ¿por qué las mayorías aceptan esa dominación o esas minorías concentradoras?

Carlos Raimundi

Para aquella persona que tenga interés de saber algo del lugar en donde estoy, puedo contarle que los organismos internacionales fueron creados en la segunda posguerra, en un mundo que vivía una situación que no tiene absolutamente nada que ver con la actualidad

La OEA es muy asimétrica. La conforman 34 países pero uno de ellos concentra el 84% por ciento del PBI del total. Cualquier apariencia de democracia, como el hecho de que cada estado tenga un voto, queda completamente anulada con esa asimetría estructural desde lo económico. Cuando viene aquí tenía la idea de que esta organización tiene muchas más oscuridades y sombras que luces, en el sentido de que en su soporte a los soportes democráticos, como mínimo, ha guardado silencio, cuando no ha sido cómplice de atropellos totalitarios. Esa idea con la que vine aquí no sólo se mantiene, sino que se reafirma. 

La pregunta, el planteo, el desafío de pensar las razones de por qué la política se ha deshumanizado, es tan grande, tan amplio, tan genérico, que me resulta muy difícil responder. Pero no porque no asuma respuestas difíciles. Si estuviera Biden aquí, o algún otro líder mundial, es probable que no pueda responder tampoco. Pero de eso se trata la vida, ¿no? Se responde caminando, se responde construyendo, se responde soñando, se responde enseñando, se responde predicando.

El otro día, cuando se cumplió el aniversario de nacimiento de Paulo Freire, circuló mucho una especie de parábola suya: resulta que hay un incendio y un colibrí  se acerca al fuego. Entonces le preguntan al colibrí qué hace. “Voy a buscar agua al río y hecho agua para apagar el río”. Le dicen “es imposible apagarlo de esa manera”, pero el colibrí contesta “bueno, yo estoy haciendo mi parte”. Eso es ser un maestro.

Hablamos antes de los sueños, ¿hay algo más real, más profundo, más íntimo, más personal que los sueños? Los sueños no son intangibles. Son patrimonios de cada uno de nosotros que soñamos. Y también hay sueños colectivos, porque si no hubiera sueños colectivos no hubieran existido grandes empresas y desafíos del pueblo.

Creo que la política tiene muy subutilizado dos rasgos fundamentales: su liderato ético y su liderazgo pedagógico. La política tiene que asumir un papel pedagógico, porque tiene un altavoz en su llegada a lo colectivo, A veces me pregunto por qué no utilizamos las herramientas que tenemos. En esta conversación tenemos la mirada de una persona caminante de la vida como María Valeria, que nos aporta una experiencia vivencial. Yo aporto una experiencia más del área de la política. Me pregunto, entonces, por los grandes líderes que tienen esa capacidad para conducir el Estado, de llamar a los sindicatos, a los trabajadores, a las organizaciones sociales, de fijar una agenda, de tener una estrategia y una capacidad de acceso a los medios de comunicación. ¿Por qué no hablan de estas cosas? ¿Cómo no usan la palabra para ir a lo sustancial, en vez de desperdiciarla en la frivolidad, la banalización de la vida, la política, los contenidos?

¿Cuál creo que es el camino? Todos los caminos. No hay un solo camino. Hay un solo sentido del camino, pero no hay una sola forma de caminar. Algunos caminarán dentro del arte, otros desde el humor, otros desde la educación y otros desde la política. Pero todos en el mismo sentido, que es devolverle la dimensión humana a la política para que la política no tolere las cosas que está tolerando y pueda hacer otra cosa, y tengamos más herramientas para enfrentar la mentira, el mensaje enfrentado y mal intencionado. 

Los medios  de comunicación, por distintas vías, siempre dejan imperceptiblemente, sutilmente, profesionalmente, un mismo mensaje: divorciar al pueblo del Estado. A veces he descrito en mis clases una mesa simbólica del poder real. Entonces les pregunto a mis estudiantes: ¿en esa mesa están sentadas las grandes cámaras empresariales? ¿Están los grandes monopolios de medios? ¿Están los bancos? ¿Está la cámara de la construcción, la embajada de los países poderosos? Sí, me dicen enseguida. Y además, pregunto yo, ¿está el Estado? También, me contestan. ¿Y cuál de todos esos sectores sentados a la mesa tiene más posibilidades de representar al pueblo que no tiene voz? Inmediatamente, me dicen que el Estado. Es curioso, porque cruzo la calle, y si le pregunto a los caminantes cuál de todos los sectores de esa mesa es el más corrupto me van a contestar, sin dudarlo, que es el Estado. El sector más necesario, es el que más nos hacen odiar. Y como el Estado ocupa un lugar central en el sistema político, divorciar al pueblo del estado es divorciar al pueblo de la política. Es divorciar las clases medias, haciéndolas soñar sin ser ellas oligarquía, de  las clases trabajadoras y los sectores populares.  El día que el Estado y el pueblo sean uno, que la política y el pueblo sean uno, y que las clases medias y las clases populares sean uno, habrá una coalición invencible para el poder. Ese es el camino que tiene que transitar la política a través de todas las herramientas que tiene subutilizadas y subaprovechadas.

María Valeria Rezende

Yo tengo que ser optimista. A mi edad, con el poco futuro que hay, tengo que serlo. Pero el optimismo no es solo una fantasía de mi cabeza. En los últimos años, en Brasil hubo sueños que se rompieron en pedazos. Pero no eran solo sueños. Eran sueños que parecían estar realizándose. Porque en los veinte años de dictadura en que los intelectuales y artistas nos metimos pedagógicamente en el medio del pueblo, y desaparecimos ahí -fue toda una generación que ni carrera profesional no ha tenido-nos metimos ahí, trabajamos, trabajamos, ¿y con eso qué pasó? En el inicio del siglo XXI llegamos allá arriba. Construimos un gobierno nacional que había salido del pueblo, de hecho y de derecho. ¿Porque quién es Lula? ¿De dónde vino? Yo lo acompañé desde que era un dirigente sindical. Era el pueblo que se estaba organizando, porque nosotros sabíamos que solo del pueblo  podía salir algo nuevo. Y durante quince años hemos tenido un cambio real en la vida.

No es que fuera perfecto, porque evidentemente no hemos logrado la gran mayoría que necesitábamos en el Congreso para evitar la crisis que hizo tambalear el proyecto. Pero el cambio que se dio era palpable. Por poner un solo ejemplo, antes, para que el hijo de un pobre o de un campesino, por más estudioso que fuera, pudiera ir a la universidad, tenía que deslocalizarse, irse a la capital. ¿Y cómo iba a vivir ahí? Durante estos quince años se crearon campus universitarios federales y estatales. Se multiplicaron, y fue un cambio fantástico, porque los muchachos y las muchachas podían ir a la universidad y volver a su casa.

Hubo una transformación enorme en el país. Algo empezó a funcionar, empezó a probar que quienes vivíamos del pueblo sí sabíamos, que no es verdad que los que son pobres son menos capaces. Diría más, son más capaces, porque la gente que ha sobrevivido quinientos años de explotación y opresión se ha fortalecido, son los más fuertes. Y el sueño nuestro que lentamente, con limitaciones, se iba realizando aún en sus primeras etapas, ponía en peligro los privilegios. Por eso han tratado de destruirlo. Pero ya es demasiado tarde, porque ahora no vas a convencer a ningún negro brasileño que nació para ser pobre porque es inferior. No vas a convencer a ninguna mujer brasileña que tiene que aceptar que gana menos porque es la voluntad de Dios.

Esa necesidad de dominar el corazón y las mentes para dominar físicamente el trabajo no va a volver atrás. Una vez que la gente descubre que sí puede y es capaz, no vuelve para atrás, nadie puede sacar la autoestima de su cabeza y decirles que no sirven para nada. Y eso es una esperanza para mí. Hay cosas que no aparecen en los medios de comunicación, pero la vida cotidiana que está caminando. A pesar de los sueños rotos, el pueblo está volviendo, incluso en las ciudades grandes. Porque el sueño que se ha interrumpido violentamente no se mata, algo de lo que se ha creado sobrevive. Hay toda una economía social que está funcionando fuera de los canales oficiales del sistema. Eso no se cuenta en los cálculos del Producto Bruto Interno, no se cuenta en los cálculos de la inflación, ni los bancos tienen nada que ver. Pero está pasando. La vida no se destruye tan fácilmente. Hay cosas nuevas que van a hacer un mundo nuevo. Estoy escribiendo una visión futurista utópica para jóvenes. Ustedes, amigos míos, podrán traducirlo al argentino.

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