El Seminario Fratelli Tutti: Solidaridad, Política y Humanidad  es para recapitular lo que ya hemos pensado y poner en forma lo que todavía queremos pensar sobre un texto fundamental: la carta encíclica Fratelli Tutti sobre la amistad social y la fraternidad. 

En el primer encuentro, Néstor y Santiago proponen dos entradas que configuran una clave de lectura de la Encíclica que resume el pensamiento de Francisco, completa y profundiza sus planteos anteriores. “La Fratelli” abarca la hondura del mundo y de la acción, y es un texto hecho tanto con arquitectura como con artesanía, con la rigurosidad del manifiesto y la poesía. Y con el tiempo meditado y urgente del discernimiento.  

La fuerza y la provocación de Francisco no está sólo en su texto y en su mensaje: queremos ponernos con esa misma fuerza en su la recepción. Por eso apostamos por generar y ofrecer un ámbito para profundizar en los planteos de Francisco en la Fratelli Tutti, reconocernos en ellos y transformarlos en una interpelación. 

La palabra que nos interpela es una que además de ser pronunciada nos habilita, nos constituye, nos hace sujetos. Una palabra que nos toca y nos desvía de nuestra inercia. Una palabra que tiene consecuencias y se traduce en gestos. Una interpelación puede habilitar un recomienzo: esa es la invitación central de la Fratelli Tutti.

PARA SALIR DE LA CÁRCEL PERFECTA o ¿POR QUÉ LEER LA FRATELLI TUTTI? / Néstor Borri

Italo Calvino escritor italiano del siglo XX, tiene un viejo libro de ensayos que se llama Seis propuestas para el próximo milenio. La intención de ese texto era dejar una serie de criterios para asumir y encarar lo que estaba por venir (aunque todavía era 1985). Uno de sus ensayos plantea un acertijo que sirve para pensar algunas dimensiones de lo que, efectivamente, se nos vino en el siglo XXI. “¿Cómo se sale de una cárcel perfecta?», pregunta Calvino, para luego responder: «Se imagina una cárcel aún más perfecta y luego se busca la diferencia con la cárcel en la que uno está. Por esa diferencia es la salida”.

Algo de esto es lo que provee Fratelli Tutti. En sus páginas, quizás esté esa diferencia que nos abre una salida. Y aunque uno no puede adivinar siempre las intenciones de Francisco, si puede, con coraje, arriesgarse a interpretarlas. ¿Cuál sería la cárcel perfecta de nuestros días? Aquella en la que ya no pudiéramos imaginar ni decir nada capaz de escapar a la lógica tecno burocrática neoliberal.  Un mundo donde cualquier planteo o demanda es capturable por la trama del capital. En esta cárcel que por momentos se presenta cómo perfecta, una palabra afirmada en la politicidad del gesto fraterno y efectivo, sostenida con firmeza y belleza, desafía la clausura total. Las afirmaciones de la Fratelli Tutti interpelan esa lógica feroz generando esa diferencia donde aún es posible pretender conectar con lo verdadero y así salir de este discurso que se muerde la cola, de esta parálisis, esta queja, esta decepción, este bloqueo. 

Francisco propone un diagnóstico, pero además un destrabamiento. «Un mundo en sombras», es el título del capítulo uno,  donde describe fenómenos de este tiempo que atentan contra la fraternidad universal. Ante ese panorama abrumador, toma lo mejor de la tradición cristiana, y también la astucia  y singularidad de la tradición argentina, para intervenir en medio de la tempestad y generar una brecha; una hendija por dónde se filtre la luz, que disipe la oscuridad que se cierne sobre el mundo.

No es casualidad que la brecha que rompe y habilita haya sido, justamente, una dimensión que últimamente ha estado bajo muchos ataques: la necesidad de tener palabras consistentes, palabras que nos permitan salir del balbuceo y del ruido. Porque , en última instancia, una cárcel perfecta sería aquella donde la palabra pudiera ser finalmente destruida. Y esta advertencia se puede leer éticamente, políticamente, geopolíticamente, pero también en términos teológicos. El fin está donde la palabra no pudiera más hacerse carne, donde no fuera ya posible pronunciarse e interpelar. La eliminación de la palabra constante y de los textos de referencia es la batalla, acaso final, del neoliberalismo, del capital, del mal o como queramos llamarlo. Palabras que son la mediación del conmoverse y del gesto.

Me voy a permitir una apreciación riesgosa, porque es un tema delicado, pero lo quiero recordar porque la secuencia resulta significativa sobre este tema. Cuando unos días antes de ser publicada la Fratelli Tutti se conoció el título de la encíclica, al instante surgieron críticas de algunos sectores: “¿Por qué fratelli y no -fratelli e sorelle-? Es decir, por qué el título no era “hermanos y hermanas, todos y todas”, ¿Por qué no hablaba de fraternidad y de sororidad también? Era un debate muy genuino y todos sabemos el gran desafío que tiene la sociedad y especialmente la Iglesia en la inclusión en paridad de las mujeres en muchos planos. Pero el punto es este: que se cuestionaba la encíclica antes de su publicación y, por tanto, claro, antes de ser leída. Desde el vamos. Desde el título. Y Francisco, que quizás sabe más por argentino que por Papa- o en todo caso el Vaticano – lo que importa es la secuencia- dijo: Fratelli Tutti es una cita de San Francisco de Asís, entonces, el texto se sostiene así. ¿Por qué cambiar la cita textual? Ese fue el planteo sobre un texto de un Papa que, por otro lado, cualquiera puede comprobar que en cada una de sus interlocuciones saluda diciendo “fratelli e sorelle” . Este es un caso que vale recordar, porque señala el peligro siempre presente en este tiempo de esa cárcel perfecta que a veces nos secuestra las palabras, enredándonos en ella, nos distrae en lo superficial o en las formas, y exprime y restringe  el sentido de lo que podemos imaginar y decir. Y el ejemplo vale, además, porque creo sin duda que Fratelli Tutti es la encíclica del cambio de mundo, de la pandemia y de lo que, a falta de mejores términos, llamamos infodemia y también fragmentación y en el fondo eliminación de toda palabra significativa, por la vía de la sobresaturación de los discursos.

Y este texto modal hay que leerlo en contraste y tensión con los ruidos, los balbuceos, los cacareos y las malas praxis de diagnóstico. Las primeras semanas de la pandemia circuló mucho un compilado de ensayos que se llamó La sopa de Wuhan. Era un conjunto de textos que compilaba los diagnósticos apresurados donde algunos pensadores, filósofos o políticos, en su mayoría europeos o radicados en países centrales, leían lo que estaba pasando. Si uno vuelve a leer ese viejo PDF, puede notar que casi todo lo que han dicho hace agua. Y si uno además lo lee en paralelo con Fratelli Tutti, puede llegar a una conclusión que muy tempranamente la entendimos acá. ¿Por qué hay que leer la Fratelli Tutti? Para ahorrar tiempo. Para tener un texto consistente que hace la diferencia.

Hay una frase de Rodolfo Kusch que dice que “para formular un pensamiento hace falta una constante”. En tiempos donde vivimos enredados en un modo comment, en un estilo de opinión permanente, el desafío de pensar puede estar en como encontrar esa constante que nos permita avanzar y trascender el mero comentario. Son tiempos áridos en los que faltan textos, palabras y referencias que fijen y anclen los debates. Cuando Kusch decía esta frase, posiblemente estaría pensando que la constante era la noción de pueblo. Entre pueblo y Fratelli Tutti hay una reversibilidad recíproca, como si fueran dos caras de lo que está mencionado allí.

Fratelli Tutti es el título de la encíclica pero también lo que cifra el sintagma. Entre esas dos palabras tan bellas, es preciso concentrarse en tutti, que califica y da horizonte a fratelli. Porque no se trata solo del llamado a ser hermanos, sino de asumir la dimensión universal y de todos para responder y garantizar ese llamado. Fratelli Tutti es una cita, un recuerdo, una invitación, una advertencia, un criterio y una interpelación. Y es muy interesante recordar, en todos estos registros, cuál fue el momento de la vida y obra de San Francisco de Asís donde la cita está tomada. Si Laudato Si, la primera encíclica de Francisco, era la cita de un canto de alabanza, Fratelli Tutti viene de lo que se llama las admoniciones. La admonición es un diagnóstico de lo que está mal, y una invitación a corregirlo. ¡Qué mal quedaría en la textualidad contemporánea escribir admoniciones! Enseguida seríamos acusados de totalitarios o stalinistas. Porque parte del ensombrecimiento de la palabra, de esa amenaza de cárcel perfecta, se da donde toda cuestión que se afirma con fuerza es acusada de totalitaria. Es una marca de la ética contemporánea, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, que azuzando el fantasma del nazismo o del stalinismo, cualquier cosa que se afirma demasiado es sellada como imposición. Con lo cual, estamos otra vez en el problema de la institución de toda palabra pronunciada. Apenas se pueden decir palabras intercambiables.

Tenemos la oportunidad de poner a la Fratelli Tutti en clave de una invitación, de advertencia, descripción, criterio. Ponerla como texto y como sintagma, como una interpelación a nosotros que nos constituye o nos da la posibilidad de constituirnos como sujetos y, básicamente, de responder.

Dicho todo esto, insisto con lo fundamental: los lean la Fratelli Tutti. Leámosla porque vale la pena, porque se ahorra tiempo, porque alivia y nos salva de un montón de vueltas. Y además porque es bella literaria y poéticamente, con palabras muy labradas y fragmentos para recitar de memoria.

ARQUITECTURA Y ARTESANÍA DE FRATELLI / Néstor Borri

Francisco habla mucho de la arquitectura y la artesanía. Visualizar la estructura de la Fratelli Tutti puede ayudar muchísimo a entenderla. Literalmente, encíclica significa “carta circular”. Y es muy interesante, porque el recorrido de Fratelli Tutti, que tiene 8 capítulos, da una vuelta completa, entre las palabras, los temas y las direcciones. 

Desde Factor Francisco entendimos que está construida como un díptico, una bisagra y una articulación que tiene un núcleo en el centro, y que se abre en el principio y el final, uno de entrada y diagnóstico, y otro de salida y recomienzo.

Los capítulos son: (1) Las sombras de un mundo cerrado, (2) Un extraño en el camino, (3) Pensar y gestar un mundo abierto, (4) Un corazón abierto al mundo entero,(5) La mejor política,  (6) Diálogo y amistad social, (7) Caminos de encuentro , (8) Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo

Esta relación que se puede hacer -entre otras, claro-, nos resulta potente y bastante clara en su simetría: el primero con el último, el segundo con el anteúltimo, etc. Como si lo doblamos en dos; como si pudiéramos llegar desde sus extremos al centro.

O sea: conectando: 1 y 8,  2 y 7, 3 y 6  y finalmente, en el núcleo o en la base, los capítulos 4 y 5.

Entonces queda así la secuencia:

(1) Las sombras de un mundo cerrado y (8) Las religiones al servicio de la fraternidad en el  mundo /

(2) Un extraño en el camino y (7) Caminos de reencuentro / 

(3) Pensar y gestar un mundo abierto y (6) Diálogo y amistad social 

(4) Un corazón abierto al mundo entero y (5) La mejor política.

En esta correspondencia, incluso la repetición de las palabras, se da este descenso, o mejor, esta ida hacia lo hondo. Hacia lo que entendemos que es el núcleo, la bisagra, donde está el eje de la Fratelli Tutti: el punto de contacto entre un corazón abierto y la mejor política. 

Y luego, la salida por el mismo camino por el cual fuimos llegando a ese núcleo, a ese mismo corazón que habla del corazón-política. Pensar y hacer un mundo junto con la práctica del diálogo que construye la amistad, el reflejo del desvío del camino (donde esta esa figura central de la encíclica que es la parábola del Buen Samaritano), y, otra vez, en el campo de lo que vemos y hacemos, la relación entre el mundo en sombras y lo que pudieran hacer no sólo la Iglesia o el cristianismo, no sólo la religión, sino las religiones en ese mundo.   

Con ese corazón herido y en llamas que trae la figura del Sagrado Corazón, en el que la devoción popular supo ver el centro de la persona y de lo que nos salva, y con el Sol Inca de nuestra bandera, que flamea haciéndonos comunidad, armamos desde Factor Francisco un alfabeto gráfico, unos símbolos con los que representamos e ilustramos la Fratelli Tutti. Dos símbolos que para nosotros hablan del núcleo: el corazón abierto y la mejor política; el misterio y la estructura; la mística y la política. Y habla también de un entrecruzamiento, de algo que está muy en juego en esta dimensión que ayuda a destrabar: la relación entre la acción y la situación, entre lo subjetivo y lo objetivo, entre interioridad y mundo. 

Esas son nuestras preguntas: ¿Qué es lo que nos permite destrabar la relación de fuerzas entre lo personal y lo colectivo, lo individual y lo masivo, lo personal y lo político, la escala grande y lo micro? 

Esta articulación nos permite tematizar cosas que además están muy presentes en muchos pensadores, del debate mundial pero muy especialmente de la reflexión política argentina, y que son rescatadas desde la vieja tradición evangélica tan fuerte y singularmente actualizada con Francisco, donde aparece, como dijimos una figura central y emblemática: la parábola del Buen Samaritano. Pieza emblema de los Evangelios, relato bello y simple y al mismo tiempo polifacético, que tiene resonancias de toda la Biblia, que resuena también en las ideas de responsabilidad por el otro, de justicia y misericordia del Judaismo y el  Islam. Figura negada y relato acaso olvidado, pero que a la vez es central en la historia de la humanidad, en el origen de algo del extraviado occidente. La pregunta universal por el prójimo, cuya respuesta se vuelve más universal aún porque quien actúa, “el buen samaritano” es un forastero, un impuro, un “extraño en el camino”. Un inesperado que responde, que no pasa de largo, levantando al caído.  

Esta es nuestra lectura de la globalidad de la encíclica. Hay otras escalas y fragmentos desde donde puede ser leída. 

DE LA PATRIA AL MUNDO Y DE UNA PLAZA A LA OTRA / Santiago Barassi

En un rincón de la arquitectura de Fratelli Tutti hay una perla desbordada de mística y política. Hay un camino de entrada, de diagnóstico, pero que también se perfila ya en una propuesta de salida, que tiene en el centro la Parábola del Buen Samaritano.  

Hay un registro muy interesante para mencionar sobre esos pasajes del Evangelio que Francisco recuerda, medita y desarrolla. Porque esa elección y esa reflexión, conecta con una experiencia muy local, una marca de nuestra historia y de la historia misma del autor de este texto. 

En un Tedeum muy emblemático de Argentina, porque fue el 25 de mayo de 2003, cuando Néstor Kirchner asumió la presidencia y todavía dolían las heridas del 2001, el cardenal Jorge Mario Bergoglio hizo una homilía con la figura del buen samaritano. Es interesante pensar como Francisco, siendo el Obispo de Roma y Pontífice de la Iglesia Católica, no deja de ser también ese cura argentino, el que fue arzobispo y cardenal criollo, y que ahora está poniendo en perspectiva global y universal una reflexión, una teología, anclada en esta historia y esta política, que es la de nuestro pueblo con sus marchas y contramarchas, sus encuentros y confrontaciones. Sus tensiones vivas.

Cuando traza la reflexión sobre la parábola en Fratelli Tutti, Francisco recuerda que toda esta historia surge de una pregunta que un discípulo le hace a Jesús: “¿Quién es mi prójimo?”. Y la narración de Jesús para dar cuenta del prójimo, de los hermanos y las hermanas, nos conecta con la ponderación sobre el título Fratelli Tutti donde el eje está puesto no solo en la fraternidad, sino en en su dimensión y en la necesidad de esta de ser universal. Francisco advierte esto en la segunda frase al abrir la encíclica. Deja en claro que no quiere hacer un resumen de doctrina respecto a la fraternidad, sino especialmente y sobre todo ponerla en su proyección universal. Y ahí aparece, junto a la figura luminosa de Francisco de Asís, la historia del buen samaritano. Como indicación, ilustración y como respuesta sobre hasta dónde o con quién ser bueno. Las fronteras del  “comprometerse con”.

En la historia del samaritano, como ya se sabe, hay dos figuras que pasan por el camino donde hay un hombre caído, herido, moribundo, al que han golpeado y saqueado unos ladrones. Esas dos figuras, el sacerdote y el levita siguen de largo sin ayudarlo Son los dos expertos, uno en las almas y rituales, el otro en las leyes y en los procedimientos del derecho. Los dos que saben lo que hay que hacer, sea en el plano religioso o sea en el plano de las leyes. Y estos dos, los expertos, son justamente los que ven al caído y pasan de largo. Ahí hay un mensaje. Si no una sospecha, por lo menos deja una advertencia sobre las  voces, aun las mejor intencionadas e informadas, que vienen a dar recetas desde una abstracción sobre cómo deberían resolverse las cosas. 

En la narración de Jesús, ¿quién es el que obra?, ¿quién es el que “la hace”? No necesariamente el que tiene la teoría, lo correcto o la intención, incluso la mejor, sino el que se compadece -se conmueve- y por eso se desvía de su camino. 

Esta imagen, esta dinámica, esta comparación conecta con los pasajes de diagnóstico y descripción que hace Francisco respecto al mundo actual, donde señala que estamos como “anestesiados”, como si hubiéramos ido perdiendo la sensibilidad para poder conmovernos ante el otro. Una advertencia recurrente incluso sobre lo que parece bueno o perfecto, pero no es eficaz porque nos paraliza. En un punto no importa si es en la indiferencia, la queja, la crítica, la vorágine de la acción, la perfección o la utopía. Advirtiendo, una vez más, también sobre los  activismos, Francisco invita al gesto que es acción.

RECOMIENZO (77-78-79) / Santiago Barassi

Hay otra entrada que proponemos a la Fratelli Tutti. 

En el capítulo dos, en los apartados 77, 78 y 79 Francisco propone una lectura de la figura y más ampliamente de toda la parábola del buen samaritano. Junto a la invitación a leer la encíclica, recomendamos especialmente una lectura atenta de estos tres apartados, para entenderlos, profundizarlos, para rezarlos también los que puedan. El subtítulo del apartado es “Recomenzar”, que bien podría haber sido el título de toda la encíclica, y que como Francisco no lo usó, podemos decir medio en broma –pero no tanto- que nosotros sí lo usamos para nuestro libro de ensayos sobre la pandemia: Recomenzar. La pandemia, Francisco y la patria. 

La idea de recomenzar es nuclear en la propuesta de Francisco. Como en la historia del samaritano, el recomienzo es un desvío, una salida del camino ya transitado hacia un nuevo punto, donde se puede cambiar la dirección. Recomenzar, ahora, un nuevo camino. Y lo que Francisco nos plantea en Fratelli Tutti es esta oportunidad de recomenzar y hacer el desvío, de suspender la inercia ya caminada para poder encontrar y conectar con la dimensión de la agencia del sujeto, es decir, con la posibilidad que cada uno tiene ante una situación precisa de obrar de uno u otro modo. Francisco lo pone en el plano de la oportunidad: “todos los días se nos presenta la oportunidad”.

Y en el corazón de ese mensaje y esa invitación, Francisco nos advierte que no hay que esperar todo de los que no gobiernan. No es tanto una crítica a los gobernantes, sino la advertencia de que necesitamos tener protagonismos más inmediatos, más arrojados. Y no en un impulso sin sentido colectivo ni organicidad, en una lógica de trabajo donde somos hormigas aisladas y desconectadas. Justamente, las hormigas van para adelante solas, pero al mismo tiempo no pierden su lógica de organización total. Y ahí se las ve en movimiento, levantando. 

¿Y todo esto para qué? Para iniciar procesos. Es otra idea constante en el pensamiento de Francisco, desde su texto programático Evangelii Gaudium para acá: la idea del gesto y la decisión como fuerza capaz de desencadenar otros gestos y otras decisiones. En estas reflexiones, todo el tiempo se presenta un modo donde se conjuga la dimensión más subjetiva, más inmediata, más individual, con las cuestiones estructurales donde pensar transformaciones a gran escala. 

En el apartado 77 Francisco escribe una frase que, además de ser muy bella, pone en el centro el sujeto teológico de la salvación, pero que es o puede ser pensado también como el   sujeto político de la historia. Dice Francisco que para desviarse del camino, para levantar al caído, solo nos hace falta “el deseo puro y gratuito de ser pueblo”. Una vez más, aparece la decisión individual puesta en la perspectiva colectiva de un nosotros y una escala grande. Obrar como el samaritano no es sólo tener compasión individual. Es un compromiso, una decisión y voluntad de levantar al caído que nace por el hecho de saberse pueblo. Ahí se constituye esa fraternidad, la declaración “fratelli tutti”. Fratelli Tutti porque somos un pueblo, porque en definitiva el destino de aquel y de cada uno están conectados por esa dimensión. Es un compromiso con el pueblo y con el saberse pueblo. Un deseo gratuito, puro y simple de ser pueblo. Esto atraviesa el texto de Fratelli Tutti en general, pero atraviesa también el pensamiento de Francisco en todos sus documentos. Es un núcleo para pensar cómo se conecta la voluntad y la decisión individual con la perspectiva de escala, histórica y política. 

Y en el apartado 78 Francisco se pone un poco más preciso. Agrega: “hay que comenzar de abajo y de a uno«, y “pugnando por lo más concreto y local”. El gesto del recomienzo y de levantar al caído empieza de abajo y de a uno, es concreto, y es local. Pero al mismo tiempo, es desde ahí donde se puede avanzar “hasta el último rincón de la Patria y del mundo”. 

Habría que ver cuantas veces, en las encíclicas modernas de la Iglesia Católica, aparece el concepto de patria con tanta centralidad. La Patria y el mundo Francisco los pronuncia casi como sinónimos. O, por lo menos, marcando la imposibilidad de pensar algo a escala mundial sin pasar primero por la instancia de la patria, un atajo que muchas veces nos propone o nos vende la globalización, que quiere civilizar a pesar o en detrimento de la patria, del pueblo, de la pertenencia a lo local.

Y, finalmente, Francisco señala otra advertencia: todo esto no lo podemos hacer individualmente. Está el gesto de cada uno, la decisión, el desvío, que nace de esa agencia del sujeto, de esa posibilidad individual de elegir, de esa libertad y es compasión que se puede sentir en el corazón. Pero Francisco aclara que no es solamente desde la individualidad, sino que, como reza uno de sus principios cardinales para el discernimiento: “el todo es superior a las partes”.

Así es el recorrido. Pasa por el gesto, por la agencia y la libertad del sujeto. Pasa por las decisiones en el plano personal que tienen repercusiones en situaciones concretas. Pasa de abajo y de a uno. Pasa en lo local, pero construyendo un nosotros. Y pasa, al mismo tiempo, poniendo la tarea en perspectiva de patria y de mundo.

Muchas veces, en las militancias y en ciertas concepciones de las construcciones políticas el exitismo prima por encima de otras dimensiones o búsquedas que pueden ser contempladas. Se termina ponderando el olfato de quién es el amigo del campeón, en vez de buscar o seguir a quien está construyendo en perspectiva de mediano y largo plazo, de trascendencia y de compromiso. Pero una ética del exitismo nos deja vulnerables y sin herramientas para esos momentos donde la cosa se pone brava, donde hay contramarchas y derrotas, y debe tenerse fuerza para recomenzar desde abajo. Francisco insiste en la necesidad de no tenerle miedo al dolor y a la impotencia. Incorpora la necesidad de poder atravesar los momentos dolorosos, los momentos de derrota, como la condición para poder perseverar y construir en una perspectiva y un tiempo de los pueblos, donde hay avances y retrocesos, y construcciones colectivas. No se puede avanzar si se anula la dimensión del fracaso y la derrota. El recomienzo uno lo puede situar en la pandemia como punto bisagra, como un punto de suspensión de las inercias que nos presenta la oportunidad de redefinir. Pero en realidad, en las trayectorias personales u organizativas siempre existió y existirá la posibilidad o necesidad de recomenzar. 

Y por último, llegamos al apartado 79. Ahí Francisco dice: “todos tenemos responsabilidad sobre la herida, que es el pueblo mismo y todos los pueblos del mundo”. Otra vez aparece la figura donde se conjuga la compasión por el caído y el derrotado, y al mismo tiempo donde no solo se juega el individuo y el humano que da fuerza al gesto concreto, sino que el herido y el caído es el pueblo. Es el pueblo que es el hermano, o el pueblo que se manifiesta en un hermano. Y no solamente el pueblo propio, sino todos los pueblos.

Francisco siempre señala que la autoestima dañada de los pueblos y la dominación cultural son un círculo perverso perfecto. Advierte la importancia de evitar la destrucción de la autoestima de los pueblos. Esto no puede dejar de recordarnos los ataques y los agravios, y acaso la oportunidad hasta ahora desaprovechada, de que en el plano nacional todavía no hayamos logrado poner a Francisco como momento de universalización de lo mejor de lo nuestro. Esto también está en el núcleo de Factor Francisco, no como una apología del Papa o un salir a su defensa, sino porque es importante dimensionar lo que este compatriota representa, aunque si no fuera argentino también valdría la pena hacer este seminario. Pero entendemos que a nosotros nos habla dos veces, en dos dimensiones. Todo lo que dice tiene un sentido también en nuestra escala nacional, y como un modo de defender nuestra autoestima, de cuidar y hacernos cargo de ese pueblo nuestro herido en su autoestima y su cotidianidad. Es eso lo que queremos cuidar y defender.

TRADUCIR / Néstor Borri

Todo dicho. Y ahora a traducir. Cuando Francisco firma la Fratelli Tutti el 3 de octubre del 2020, a los pies de la tumba de San Francisco de Asís, casi no pronuncia palabras, como si dijera “acá está todo dicho”. Pero se detiene especialmente y agradece a los traductores.

En el mismo libro de Italo Calvino que antes comentaba, se recupera un dicho muy pícaro que tienen los italianos: “traduttore, traditore”: el traductor es un traidor. El sentido es que para traducir algo siempre hay que traicionar el texto. Parece una acusación, pero en realidad también es un señalamiento. Porque una traducción literal, “sin traición”, sin involucramiento, fracasa. Uno no puede traducir letra a letra y palabra a palabra y esperar que quede una buena traducción. Se muestra con claridad en la poesía, pero le cabe a toda palabra, a todo texto. La única manera de traducir una poesía es, casi podríamos decirlo así,  escribir otra. Y ahí volvemos a la cuestión de la diferencia y la oportunidad de recuperar la fuerza de imaginar y decir. Pero sobre todo de involucrarse en la escucha y el sentido, en la implicancia de un texto, de unas palabras, para llevarlas a otros. Y también a la acción.  

En esos párrafos que recorren la parábola del buen samaritano, texto clásico y original, fuertemente semita, se hace muy evidente también, que la reflexión viene de una tradición cristiana que se pensó Latinoamérica, y especialmente Argentina. Y no en cualquier año o cualquier escena, como dijo Santiago, sino de la segunda mitad del siglo XX, y que en la trayectoria de Bergoglio tiene su anclaje en el corazón de la catástrofe y de la salida de la catástrofe: la secuencia que va por lo menos de 2001 a 2003, y más allá. Y por si ya fuera extraño que en un magisterio de la Iglesia se use la palabra patria, se agrega que Francisco no habla de “las patrias”, sino de la patria y el mundo, como si la hubiese escrito en una sóla patria y no en todas. Ahí hay una sutileza para leer. Como si para hablar de todas las Patrias, cada cual debiera detenerse en la suya. 

Hay otra pista para seguir. El capítulo 4 se llamá “Un corazón abierto” y como dijimos precede al capítulo “La mejor política”. El centro que señalamos. No hace falta ninguna literalidad ni sacar ninguna conclusión lineal, pero queremos proponer un ejercicio: véase lo que dijo Perón cuando salió al balcón de la Plaza ese 17 de octubre. Ni más ni menos que: “vengo con el corazón abierto”. Puede ser una casualidad, claro. Y no hay que dejar la puerta abierta para que esto sirva para las acusaciones berretas al “peronismo del Papa”. Es un riesgo. Pero vale escuchar en paralelo. Es decir, si que la hay, pero la hay porque se debe traducir, conectar, hacer un tráfico de palabras y de los escenarios y actores -todos, no solo los que enuncian-, del mismo modo que en la interpretación de la parábola. Francisco propone identificarnos con todos los personajes. 

Los invitamos a traducir, a conectar, a abrir: a hacer poesía con lo escuchado.

Es importante reafirmar algo evidente: que la encíclica Fratelli Tutti es un texto para el mundo católico, pero también para leer extramuros de los templos, fuera de los caminos habituales. Es un texto para compartir, para traducir y para “traicionar”. Para involucrarse en la tarea de llevarlo a los corazones y las multitudes. En el sentido de traccionarlo a la hora de llevarlo a la acción y de compartirlo con otros. Al fin y al cabo, compartir ya es traducirlo. Y aunque sus destinatarios somos tutti, acá en Argentina, los que tienen compromisos sociales y colectivos son destinatarios de manera muy singular y central. Interprela de manera directa a la apertura de corazón que hace a la mejor politicidad de todas las prácticas.

Francisco parece haber sido concreto con eso: cuando terminaron las primeras y más duras restricciones de la pandemia, para hacer “algo tranquilo” el Papa se va nada menos que a Iraq. Y para agregar elementos, se junta con un Ayatolá chiita, en un acto que al interior de la Iglesia no deja de marcar, como señala el mismo capítulo 8 sobre el papel las religiones, mucha valentía de apertura. Lo que hay que leer en esa jugada de encontrarse con los  líderes religiosos es la respuesta a un momento donde el mundo, al mismo tiempo que se cierra, se diviniza, en el sentido en que se erige como ídolo. Dicho de otra manera: Francisco propone un rol de las religiones en el mismo momento en que el capitalismo se manifiesta como lo que efectivamente, además de un sistema social y económico, es: una religión. El dinero es su ídolo, y su cerrazón esférica y global, borrar las aristas de la vida de los pueblos. 

El mismo párrafo que empieza diciendo “es posible comenzar, pugnando por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria y el mundo”, termina en: “solo hace falta el deseo puro y gratuito de ser pueblo”. Siempre es posible el gesto, porque es de la dimensión del acto. Y el deseo siempre está por venir. Se articulan, se juntan de algún modo en la decisión.

¿Qué es lo que pasa con el levita y el sacerdote, que son incapaces de actuar? Que “ya saben”. Ese es su problema: Ya saben. Y otra cosa: lo suyo son discursos puros. Porque probablemente no son tipos que dicen que no quieren ayudar al caído, pero seguro que cada uno de ellos va por el camino recitando lo que aprendió en su propio Foro Social Mundial o en su manual sobre lo que habría que hacer. “No al habriaqueísmo” dijo una vez Francisco en ese programa de su papado que es la exhortación pastoral Evengelii Gaudium. En el número 96, expresado de esa manera tan argentina. Una advertencia ante  los discursos puros y perfectos, utópicos. No por nada, en la parábola de Jesús el que actúa es el impuro, un samaritano, un extranjero.

Acá también hay, muy especialmente, una crítica para el campo propio, no importa cual consideremos que sea. Un ejemplo: si cada uno de nosotros agarra diez pensadores intelectuales, formadores de opinión de este país, o busca la prensa más propia, más progresista, más comprometida, más cercana al propio pensamiento, y les pregunta si conocen la parábola del Buen Samaritano, van a ver cuantos de ellos no la conocen.  Sucede en cierta opinión ilustrada: gente que no tiene problemas en citar a Walter Benjamin o a Marx, u otros autores más contemporáneos y sofisticados, pero que por ignorancia o por vergüenza, no tendrán esta parte de nuestra tradición -que también es tradición de Occidente- presente. Uno podría quejarse, decir que es una barbaridad. Pero vamos a decirlo más tranquilamente: es claro que es una macana o de mínima un desperdicio que los bienpensantes, los que organizan la cultura y proponen una ética, muchas veces de modo progresista, no tengan estas referencias o que incluso las nieguen. Es algo para recuperar y preguntarse en los espacios solidarios, vinculados a la justicia social, a los derechos, a la preocupación por el otro. En la política, en la cultura, en los movimientos, en la gestión, en el pensamiento y, en síntesis, prácticamente en todos los  marcos interpretativos. 

Con Fratelli Tutti Francisco nos da la oportunidad de traer ese texto forastero y más ampliamente, esa tradición que también es nuestra pero que hemos hecho forastera por los motivos que fueran, acercándola a las conversaciones que tenemos que tener para recrear nuestra realidad social, nuestras conversaciones, nuestra doctrina política y nuestra ética. A nuestras vidas.

En el capítulo 2, cuando Francisco analiza todos los personajes de la parábola dice que “todos somos todos” los personajes, que tenemos algo de cada uno, que en parte estamos en el lugar de cada uno de ellos. 

El Buen Samaritano, que entre todos es aquel que se hace prójimo, no obra centrado tanto en el derecho del otro, si no que, conmovido, se hace cargo sobre todo de su propia obligación de ayudarlo. Para nosotros, para aquí y ahora, una ética de obligaciones cuando lo que estamos siempre dispuestos a afirmar es -y por suerte- una perspectiva de derechos, aporta un plus que a veces nos puede faltar. Se propone una ética pero por eso mismo una práctica, una acción, de la obligación y de la justicia social, y no sólo y únicamente de los derechos. Con lo importante que son los derechos; no alcanzan. Es necesaria la fuerza práctica y política de la obligación.

Ese samaritano, ese forastero, el desviado del camino que levanta al caído es todos, es cualquiera, es cada uno y es el pueblo. Porque la problemática de cómo vamos a volver a componer lo común entre el gesto y el deseo, entre el gesto de solidaridad y misericordia  y el deseo de ser pueblo, hace falta un trabajo entre todos, el de cualquiera, el de cada uno, el de pueblo. Pero además, hace falta, en todo ellos, lo inesperado y el inesperado. Ese es el buen samaritano. La performatividad, o lo que se suele llamar la “enacción”: es dejar de hacer análisis, diagnósticos, y traer un mundo a la mano en la “enacción” del gesto.

En cualquier espacio donde estemos, esto nos deja una pista que además, sin la necesidad de haber leído la Fratelli Tutti, todos palpitamos que es así. Sentimos la saturación del discurso, la reverberación de la queja y nuestra propia autovictimización. Por eso está la necesidad, como dice Francisco, de que “no seamos infantiles”. 

Para la medida de la práctica, de cada cual y de los grupos, es importante reconstruir la autoestima. No solo en el sentido de apreciarnos, sino también en el de que estimemos nuestra madurez, nuestra adultez, nuestra capacidad. En cualquier campo o plano donde nos encontremos, el aporte de Fratelli Tutti es ese destrabamiento y un alivio que es necesario, posible y urgente, traducir a todos los planos, campos y lenguajes, a todas las estructuras de conversación donde estamos. Porque la politicidad de cada escena nos los exige, nos lo pide, y lo tenemos muy al alcance de la mano para poder trabajarlo, concretarlo, decidirlo. Lo propio del gesto: hacerlo.  

TODOS / Santiago Barassi 

Francisco dice, efectivamente, que todos tenemos un poco de cada personaje, pero las diferencias se diluyen ante el caído. Solo hay dos tipos de personajes: los que se hacen cargo del dolor y los que pasan de largo. Es el modo en que termina armando la escena, y es la interpelación central de Francisco, que recuerda además a una de sus primeras reflexiones sobre la pandemia, cuando dijo que de una pandemia se sale mejores o peores, no salimos iguales. Ahí está el núcleo. En tiempos donde los discursos y las ideas están plagadas de muchos a priori, donde se señalan los buenos y los malos tan rápidamente -que los hay, porque no se trata de un relativismo tampoco-, está la pista de poder constatar, corroborar y confirmar en los actos aquello que se dice en el discurso y que se dice pensar. Valen las palabras siempre y cuando tengan su correlato en el gesto concreto, y quizás, por qué no, sea el gesto la verdadera performatividad de la palabra, cuando puede hacerse carne y sostenerse. Ahí es donde considero que está el núcleo de todo este valioso texto.

Como dice Néstor, leer Fratelli Tutti hace bien. No solamente porque uno ahorra tiempo, sino además porque necesitamos hacer un análisis y una interpretación de lo que nos ha pasado como humanidad y como pueblo en estos últimos meses tan singulares, atravesando un acontecimiento que conjuga dimensiones muy prácticas, muy concretas, pero al mismo tiempo muy trascendentales. A partir de esa conjugación y planos que explícitamente lo pone Francisco en el capítulo 5 sobre la mejor política, este texto nos puede oxigenar mucho para el año que viene. 

Sabemos que necesitamos un plus, una energía más para encarar lo que se viene, y estamos convencidos de que en Fratelli Tutti hay parte de ese plus, o al menos podemos activar ese segundo aire, como se dice en el fútbol, para correr hacia lo que viene. Ojalá que este seminario pueda servir para eso: identificar y hacernos cargo de eso que estamos necesitando con seguridad todos y todas, en cada rincón de la patria y el mundo. 

GESTO Y DESEO, HASTA EL ÚLTIMO RINCÓN / Néstor Borri

Nos parece fundamental para todo este ciclo poner al lado de Fratelli Tutti otros textos. Es algo que hicimos, con mucho riesgo quizás, publicando hace unos meses la encíclica con La Comunidad Organizada de Perón, a dos columnas. Pero más allá de todos los otros autores y sus diagonales (Calvino, Kusch o Borges), el texto fundamental que tenemos que ponerle al lado es una narrativa que compile todo lo que aprendimos en las no pocas pandemias que hemos vivido como pueblo. 

Porque durante esta pandemia que es el neoliberalismo, que es la guerra mundial en cuotas, que es el coronavirus, algo de lo universal nos ha tocado a todos. Y eso ha sido para muchos de nosotros un acontecimiento que, antes de que vivamos en la nueva normalidad, es necesario que lo pasemos en limpio y lo pongamos en palabras. 

Porque la inercia, como fuerza de la indiferencia, es feroz. Y es muy importante, por último, tener la fuerza y la astucia de encarnar los textos. Encarnarlos en la experiencia de vida. Porque sabemos que si llegamos hasta acá, hasta la Fratelli Tutti y a escuchar al Papa Francisco, es que son todos y todas militantes, gente comprometida con los espacios, sea la política, la educación, la iglesia, la cultura, la economía o lo que fuera. 

Y cuando uno tiene la suerte de encontrarse con compañeros y compañeras que además están cerca de la tradición redentora, encendida y exigente del cristianismo, y además de las versiones arriesgadas de este Papa argentino y del sur, poder vivirlo y conversar juntos es una oportunidad para plasmar ese deseo puro y gratuito de ser pueblo. 

Al comienzo de la encíclica hay otra frase muy bella, “somos tomos caminantes de la misma carne humana”. Todos hermanos, todos caminantes. Peregrinos. En Argentina hay algo para aportar local y universalmente: esa traducción de Francisco a la acción compartida, a la pugna desde lo más concreto y local hasta el último rincón de la patria y el mundo.

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