El gran peligro de los buenos textos es que su fuerza y su potencia generen una adhesión y admiración tan fuerte, que pueden distraer a los lectores de las implicancias e invitaciones incómodas que se siguen de su contenido. 

Laudato Si es el documento más conocido de Francisco (aunque probablemente es la exhortación pastoral Evangelii Gaudium el texto que expresa mejor su programa, y que por lo tanto conviene ser leído en conjunto). También es la encíclica más citada de la historia del magisterio católico moderno.  Además, contó desde el principio con una extendida adhesión fuera de los circuitos de la Iglesia, bastante más temprano y mayor entre políticos y activistas que en los espacios propiamente pastorales. 

Leerla hoy en Argentina y en el mundo, un quinquenio después de su publicación, es un ejercicio que vale la pena hacer. Acompañamos esta invitación con unas claves de lectura orientadas a rescatar, debajo y junto a la fuerza del planteo ambiental, las implicaciones políticas y de construcción que ella misma motiva y anima, pero también exige.   

5 años de Laudato Si: entre la oportunidad de confluir y el riesgo de una adhesión sin consecuencias

No conviene distraerse. “Laudato Si” no es una  encíclica verde sino un desafío al concepto ecológico de los países centrales y una reubicación de la problemática ambiental en el corazón de la problemática social. Ya desde la mención de la “casa común”, ese oikos que es “casa” pero también economía, marca la lectura. Tanto como esa mención a lo común en la que resuena el eco del destino universal  -colectivo, común- de los bienes. Se trata no sólo del bien común, posible coartada valórica o moral, sino de los bienes comunes.

Laudato Si es un texto central en el  debate global en lo que va del siglo XXI.  Se cumplen cinco años de su aparición y en todo el mundo -mientras la pandemia atraviesa los océanos y se detiene diferencialmente en desiguales lugares desnudando los límites de los criterios de hierro que rigen el globo-  se proponen reflexiones sobre la más conocida encíclica de Francisco.

Sin embargo, no se trata sólo de adherir a ella ni de publicitarla, ni de legitimarse con el asentimiento a sus afirmaciones. Leerla con todas sus implicancias, e incluso completarla con lo que le toca a los que quieran ser fieles a la misma, es lo que está en juego realmente. Tomando otro enunciado “francisquista”: no se trata de repetir la consigna “hacer lío”. Se trata de hacerlo. Y de meterse en líos. Ya desde la lectura. 

Un enroque de la agenda global 

El desplazamiento que propone la LS es múltiple y en diferentes direcciones: del centro a la periferia, y viceversa. Del norte al sur. De Occidente al extremo-extremo oriente no occidental, o sea: las periferias donde puede amanecer. 

La jugada consiste en un enroque que pone en el corazón de occidente los conflictos, deseos y modos de respuesta de la periferia a los límites de la modernidad neoliberal. No solo los de la Amazonía, los campesinos sin tierra o los trabajadores sin derechos laborales de América Latina, sino también el desborde de la crisis migratoria que muestra la estrechez del cosmopolitismo europeo. 

No se trata solamente de una agenda de temas o una visibilización de la crisis civilizatoria que explota en lo social y ambiental:  contiene también las coordenadas de una  respuesta que viene cargada de la fuerza del sur del mundo. En la insistencia de la imposibilidad de separar “el clamor de la tierra del clamor de los pobres” se escucha también la voz de Leonardo Boff y de tantos otros que en América Latina hace décadas demuestran que un amor eficaz demanda una fe que se nutre de las luchas de los de abajo por una dignidad real. 

Cuando articula el grito de la tierra con el grito de los pobres, Francisco hace un planteo que es a la vez teológico, social, político, económico y ambiental. La multiplicidad de niveles que sintetiza genera  la fuerza del planteo, aunque al mismo tiempo, puede dar coartada a quienes quieran asentarse sobre los conceptos o las implicancias que se derivan de algunos de ellos. Por eso hay que estar atentos a las “zonas duras” y las afirmaciones exigentes de lo que dice Francisco. 

Una zona fundamental: las afirmaciones políticas y económicas incómodas de la LS

El paradigma tecnocrático y el capitalismo financiero son el núcleo conceptual-material que amenaza al planeta. Es el hipercentramiento antropológico de occidente y su fase superior neoliberal la que se fuma bosques, pueblos y mares en una carrera sin final. El fenómeno objetivo tiene como contrapartida, fundamento y ariete, un pensamiento fatal y fatalista. 

La necesaria subordinación de la economía a la política es quizás el movimiento  central que propone Francisco en “Laudato Si”. En el mismo movimiento, el Papa señala la necesidad de ir más allá de  una política procedimental, hacia una marcada y desbordada por el protagonismo de los pueblos.

El paradigma de la sociedad civil y de los meros consensos, que prima en el mundo de los activistas y en las democracias liberales, es desafiado por la lógica de los pueblos. Esto implica concebir como sujeto de la historia una entidad mítica que rebalsa al sujeto, lo contiene, le da sentido y lo trasciende. Ser pueblo es estar en diálogo con el pasado, el presente y el futuro de la comunidad. Sobre esto, sin embargo, que acredita un acto de fe y de entrega, quedan siempre exigidas y pendientes las jugadas de construir el pueblo y el poder popular con la fuerza de ese reconocimiento. De otro modo, se estaría confiando en una entidad que, teniendo la fuerza del mito, no necesitaría la consistencia de construcción que implica la encarnación y la historicidad. Aquí habría una advertencia a quienes quisiera que el pueblo fuera puro dato o esencia  a la que adherir, sin exigencia de politización y toma de partido. 

Francisco habla también de la solidaridad intergeneracional. Es el respeto por la sabiduría de quienes conservan esa vida práctica y cercana a la tierra y sus procesos, como también, la conciencia que el consumo presente no puede condenar a la escasez y amenazar la supervivencia de los que están viniendo. Sin embargo, aquí hay que leer algo más que la imagen bucólica de jóvenes idealistas y viejos sabios: hay que animarse a ver, quizás, la idea de que entre quienes hoy no deciden (por años de más o por falta de ellos) se encuentra la potencia y la memoria que necesitan quienes, hoy, aquí y ahora, deben tomar las decisiones urgentes. La solidaridad intergeneracional es un desafío de construcción de poder, también.   

La centralidad de los pueblos y la casa común

Los pueblos comparten una temporalidad que los acerca a la sabiduría de la madre tierra. “El tiempo es superior al espacio”, uno de los cuatro principios de Francisco para la construcción de un pueblo, parece ser el mantra de un bosque siendo talado que sabe que va a volver. Los pueblos conservan una memoria y tienen una perspectiva superior. Pero hablar del destino universal de los bienes o el cuidado de la casa común, sin contemplar pueblos libres y organizados para ejercer su soberanía, es hablar en el aire. Son las comunidades cohesionadas y consustanciados con el desarrollo de su localidad las que verdaderamente resguardan los recursos y las ponen en perspectiva de bienestar común. 

Francisco insiste por diversos caminos con una apuesta por el pueblo y los pueblos. Sabe que la salvación de este mundo, que no es algo metafísico a esta altura sino una evidencia empírica y vital, no vendrá de los grandes centros financieros de poder, sino de los que padecen la debacle ambiental en el agua que toman, el aire que respiran y la tierra que les falta.  La hipertecnificación y adaptación de la vida no tiene límites en la lógica del 1% que concentra gran parte de la riqueza socialmente producida. Su respuesta a la crisis ambiental no les exige renunciar a la avaricia sino que aborda el drama ambiental en su obsesiva innovación por complejizar y a la vez singularizar la existencia. Es siempre una respuesta global e individual.

Entre estos dos polos, los pueblos del mundo y los procesos centrales e impersonales del capitalismo realmente existente, hacen falta personas y grupos que tomen la responsabilidad de encarnar objetiva y subjetivamente las construcciones que expresan este conflicto. Como dice el Papa, a los conflictos hay que acariciarlos: pero eso implica en primer lugar, como toda ternura efectiva, estar “de cuerpo presente” en la materialidad de los mismos. Las caricias si, pero en el campo de batalla y construcción.    

Espiritualidad para ir más allá de lo posible

“Laudato Si” es la única encíclica papal que no tiene el título en latín. “Alabado seas mi señor” cantaba el loco de Asís en su lengua romance, la que sea hablaba en las calles y los bares. Es un canto de agradecimiento a la belleza y la abundancia en las palabras de todos los días. La lengua muerta heredada del imperio no logra expresar lo que se necesita para dar vuelta esta inercia que nos lleva al fin de la historia. 

La transformación es un cambio de perspectiva. Max Weber decía que la subjetividad moderna y capitalista se comprendía en el cambio de mirada del hombre al cruzar un bosque: del miedo a los espíritus que allí habitan, a sólo poder ver en él leña para cortar y vender. Esa voracidad por comprender y dominar, que no es otra cosa que la receta para mitigar siempre el miedo, terminó por encerrar a la humanidad en una calle sin salida. La luz que iluminaba todo terminó por traer la noche de cara al futuro. 

Al poner la figura de Francisco de Asís en el inicio y el núcleo de la encíclica, Francisco Papa hace un planteo de trascendencia de la modernidad y del capitalismo, señalando tiempos, convocando figuras y  jugando en los límites de un paradigma, señalando lo que hay del otro lado . Por eso Laudato Si es un texto que vuelve a pensar la historia larga de la modernidad para convocar a que se organice lo que va más allá de ella. Organizarse, darse los órganos, los planes, las intervenciones para ir más allá de ella. Es una propuesta que rebalsa por todos lados la programación instrumental, alentando una espiritualidad que de consistencia política histórica a acciones concretas y urgentes. Y que convoca a las negociaciones, los diálogos y los encuentros, pero también a las confrontaciones y costos que implicarán ir más allá del cerco de hierro del pensamiento fatal que sacrifica a los pobres y a la tierra en nombre de la ganancia, pero también en nombre de la “gestión” que vendría a reemplazar a la política real, con su barro y sus demandas.

La teología de Francisco hace de la espiritualidad y la alegría elementos de conocimiento y de transformación. Convoca una fuerza, un impulso, un pulso también, una intensidad que el Papa sabe que proviene de más allá del mundo. Por eso sus recurrentes menciones, en la prédica cotidiana, a la “mundanidad”. Pero no conviene confundirse a la hora de traducir esto en construcción concreta, de esa que se espera de quien se alimente de grandes textos, como esta encíclica. “Salir de la mundanidad” no implica, políticamente hablando, ir a una zona de consignas amables y abarcativas, citas de autoridad plasmadas como lema o cofradías de gente que hace tertulias hablando de aquello en  lo que coincide, pero sin costo vinculante alguno. Salir de la mundanidad implica, políticamente hablando -y si se está hablando realmente de la casa común- salir del lugar donde se asordinan los gritos, e ir allí donde ellos son en realidad clamores históricos que interpelan y convocan. Ahí donde incomodan y exigen.   

El entusiasmo por la ecología y el coraje en la economía

Por eso, para cuidar la casa común hay que cuidar la naturaleza, con pequeños y grandes gestos. Y con mística y espiritualidad. Los dos conjuntos pueden, en cierto sentido, ser asumidos por ricos y pobres, incluidos y excluidos, norte y sur. Pero a la par de eso, para cuidar la casa común en los términos que plantea el Papa  hay que pasar también por  tópicos fuertes y controversiales, menos cómodos y más costosos a la hora de hacerse cargo:  el fortalecimiento del mercado interno, la acción política, la intervención de los estados a favor de las mayorías, la limitación del lucro y las ganancias, la responsabilidad de las élites y la distribución de la riqueza. O la garantía de tierra, techo y trabajo, para decirlo con la síntesis de Francisco mismo.

En la Argentina de hoy, la potencia de la  “Laudato Si” puede quedar a merced de un planteo moralista o eticista, meramente declamativo, civista y apenas vestido de dialogal, si no se la asocia a planteos como el salario universal (que el Papa invitó a implementar en un mensaje a los movimientos populares, nada menos que el día de la Pascua, ocasión solemne si las hay para un Pontífice). Es un ejercicio interesante para hacer: analizar cuántos de los que adhieren a la Laudato Si mencionan esta medida distributiva. Lo mismo vale para la reflexión sobre la necesidad de que los más ricos aporten con sus impuestos, proporcionalmente, acaso no a la construcción del bien común, pero al menos a compartir los costos sanitarios de la emergencia.    

Poco importa aquí el matiz nacional-popular, socialdemócrata o alternativo, cristiano o secular, con que se exprese la adhesión a la Laudato: si no se toma partido a partir de lo que allí se dice, y si no se está dispuesto a las construcción de poder concreta que implica, la encíclica quedará como un documento más. 

En Argentina están todas las condiciones dadas para que el contenido de este documento bello y oportuno se haga carne, modelo y proyecto. Hay que cantar con Francisco “Alabado seas” -Laudato Si!-  y poner manos al cuidado popular de un proyecto común.  

Ese es un posible destino, entre nosotros, para el entusiasmo que ha generado LS: alimentar la fuerza para una construcción que trasciende las declamaciones. Y motivar para una pelea amorosa, pero pelea al fin: la del cuidado de la tierra y de la dignidad de todos. La de la patria-casa común, con todos adentro.

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