El punto de partida de Factor Francisco es este: importa tanto Francisco -lo  que dice, hace, propone o pueda significar- como su recepción. Pero hace un tiempo venimos comprendiendo que es hora de seguir profundizando y, además de factorear, vino el tiempo de asumir una tarea más precisa, muy específica, que va por el lado de deducir, indagar, dilucidar, explicitar, lo que sean, para nosotros o para otros, las implicancias políticas del pensamiento de Francisco. 

En este ensayo volvemos a presentar una serie de reflexiones e intuiciones sobre el cruce entre mística y política en el mensaje de Francisco, avanzando hacia un primer paso en la conceptualización respecto a una concepción de la acción y la articulación de sus planteos y nuestras prácticas militantes. La fuente de estas palabras son intervenciones recientes en diferentes lugares del país – especialmente Buenos Aires, Tandil y Mar del Plata. En escenarios concretos. Con desafíos de «emplazamiento»: situados, con toma de partido, en batallas concretas, con posiciones tan tomadas como necesitadas de replanteo. Búsquedas comunes de compatriotas, compañeros y hermanos. Elegimos entre dos riesgos: el que algunos señalan como recortar a Francisco por sesgar su pensamiento al vincularlo a lo que otros llaman «partidismos», y el dejarlo en unos niveles de abstracción moral genérica, interesante por lo abarcativo del resultado, pero también fácilmente reducible, en ese movimiento, a no mucho más que un conjunto de «habríaqueísmos» o sloganes sin consecuencias. Nuestra opción es por el primer riesgo: llevar buenas noticias y desafíos específicos, preguntas encarnadas a los nuestros, y desde los nuestros a todos, para que el todo resultante sea más consistente, más amplio, más universal y más comunitario.

PAPA-PUEBLO Y EL PELIGRO DE LA GRIETA

El punto de partida de Factor Francisco es este: importa tanto Francisco -lo  que dice, hace, propone o pueda significar- como su recepción. Algo básico para cualquier figura, pensamiento o mensaje, pero en este caso especialmente importante por el tipo de función -un Papa- y por la singularidad de su perfil, que en parte conocemos, en parte intuimos y en no poca medida seguimos descubriendo.

La idea del par Papa-Pueblo, mensaje-recepción, palabra-respuesta está presente desde el principio en nuestra manera de abordar a Francisco. 

El momento histórico y la coyuntura política donde esto sucedió y sucede refuerza otra cosa que pensamos desde el principio: no podemos darnos el lujo ni caer en la desgracia de que la figura quede anclada en un dispositivo por un lado real, pero por otro lado con una formulación “berreta”, que a falta de mejor nombre y para entendernos rápido vamos a llamar -otra vez y a pesar nuestro- la “grieta”. Creemos que tenemos la tarea de lograr llevar la recepción de Francisco desde la interpretación en la grieta a la escucha de nuestros conflictos reales y significativos. La grieta era y es una caricatura de nuestros conflictos reales. De ahí su poder de convocatoria. Y por eso, más que meramente pretender cerrarla, vale ver lo que encubre e ir hacia su fondo, atravesándola.

Entonces nos propusimos desde el principio factorear a Francisco en una dimensión presente y en tanto encarnada, histórica, también política. No puede ser de otra manera, lo que no quiere decir que toda forma de abordaje político del pensamiento de Francisco valga igual.   

Hay un chiste que circula que dice “el que opera a un operador, tiene cien años de perdón”. Francisco también dijo tempranamente que “Dios no se cansa de perdonar”. Con estas licencias y sabiendo que es un tiempo de tomar riesgos y jugar al borde -adentro pero al borde-, insistimos en la tarea de operar con Francisco y a Francisco: operar su escucha y de algún modo retrucarle. Hay un diálogo, que se viene construyendo y crece pero que aún debe extenderse, entre nosotros, con Francisco, en y con el pueblo. Las grandes cosas, las cuestiones estratégicas y los pensamientos epocales, a veces necesitan ser pensados en una conversación intensa que tenga capacidad de juego, de confianza, de exploración, de espadeo. Lo que necesitamos son debates que sean además buenas conversaciones, con el gran desafío de encender las nuestras antes que criticar la esterilidad de las ajenas. 

Las palabras que corren peligro de ser vaciadas son las nuestras. No solo por la banalización y ataque de unos, sino por la rutinización y desencarnación en nosotros mismos. El Papa Francisco es muy crítico del capitalismo, el sistema vigente y la lógica tecnoburocrática que absorbe todo, pero aún así pone el acento de su interpelación en su “propia fuerza”, la Iglesia, la que ve en una situación crítica y de necesario recomienzo. El Papa actual es un hombre que fue llamado no casualmente de Argentina, desde el fin del mundo, como él mismo dijo, para un momento donde su propio movimiento de larga memoria, atraviesa un momento de peligro, acaso de agotamiento, de ruina. Y en ese punto conecta con el estado y vitalidad del movimiento nacional y popular en Argentina, en tanto ambas guardan una memoria de redención. 

Ni siquiera hace falta decir que el cristianismo es un puente para el peronismo. No hacen falta grandes metáforas. Fenomenológicamente, como experiencia histórica, nos atrevemos a decir que en algo, el peronismo y el cristianismo, son lo mismo: son el recuerdo, la vivencia, la proyección y el ejercicio de proyectar una experiencia corporal -individual y colectiva- de redención, de sanación y de felicidad popular. Es lo que recordamos de ambos fenómenos, de maneras distintas y articuladas en planos diferentes, pero son análogas. Hay que mantener la diferencia sin dejar de ver la analogía. El cristianismo y el peronismo tienen que ver con la vida. Con diferentes grados de universalidad y trascendencia, pero ambos son pensamientos con base histórica concreta y trascendencias específicas. 

POSGUERRA Y RECOMIENZO 

El nombre de Francisco ya de por sí señala un recomienzo. El Francisco del cual el Papa toma el nombre es el de Asís, el santo del año 1200, que es el de una iglesia en ruinas. El loco de Asís irrumpió en ese momento de agotamiento y aridez de una institución total pero en profunda crisis, planteando un recomienzo con premisas simples y prácticas: volver a lo fundamental, encontrarse con el pueblo y los pobres, y predicar la alegría. Francisco de Asís es una figura de un tiempo de cambios profundos, de transformaciones de estructuras, de fin de un mundo y nacimiento de otros. En esas bisagras de la historia se hacen urgentes nombres y hombres de recomienzo. 

¿Y qué tipo de conversaciones y de debates tenemos hoy por delante? Son discusiones de posguerra. Son discusiones después del desastre. No sin el desastre. La guerra vuelve como madre de la historia, como puntuación de los tiempos. La historia de occidente está organizada, en su versión más clásica, por una experiencia de redención: antes y después de Cristo. Algo de guerra habrá tenido para que funcione como mojón temporal de toda una civilización.


Para cualquiera de las experiencias de redención, incluso las que trascienden y traccionan del campo propiamente político o religioso -y vale para pensar ahora en este momento hiper coyuntural que estamos viviendo como país-, se vuelven fundamentales y estratégicos los debates y las conversaciones que no estiren la memoria, sino que sean capaces de recomenzar la experiencia que las originó. 

Las experiencias se retoman y revitalizan no por estiramiento sino por recomienzo. Se puede decir casi axiomáticamente, forzando un poco: las experiencias de redención no se estiran, se reinician, se reinventan, cada vez de nuevo. Si algo todavía es cristianismo/peronismo, es necesario recomenzarlas. ¿Y con que recomienzan? Con palabras claras, experiencias compartidas y gestos precisos. 

Pero es importante tener la conciencia de que no se pueden estirar. Un poquito sí, pero sólo lo suficiente para que sigan disponibles para un nuevo recomienzo, para que podamos, cada vez, recomenzar con una apuesta nueva. Esa es la razón de su continuidad. Como dice la canción: “no es lo mismo vivir que honrar la vida”. No es lo mismo repetir que somos cristianos, peronistas, militantes o como nos queramos llamar -el nombre es una medicación- que hacer de nuevo lo que dio origen a ese nombre. 

LA BARCA, LA PATRIA Y LA TEMPESTAD

Francisco, en y desde Roma, enfrenta estructuras, desafía inercias institucionales, pero sobre todo apuesta por la regeneración de la fuerza mesiánica que la Iglesia Católica sigue, luego de dos mil años, teniendo como memoria y núcleo. Su fuerza y los modos en que encara cada una de estas tareas conjuga una mística y una política que puede ser fuente y posibilidad para nosotros en Argentina. ¿Cómo atravesar las derrotas? Si hay algo de lo que sabe el cristianismo es cómo transformarlas en victorias. No por negación sino por atravesar el núcleo de lo que nos derrotó. Es mística y política. La mística de cómo conservar un rumbo, una disciplina, una autoestima, en los momentos en los cuales sopla la tempestad. La política de lograr expandir y contagiar la fortaleza y alegría de conservar una verdad que puede redimir, curar y transmitir felicidad.

La tempestad es el modo en que Francisco nombró la pandemia y la barca la imágen que eligió para recordarle a la humanidad nuestra interdependencia y destino común como especie humana. “Todos en la misma barca” y “nadie se salva solo”, frases del Papa que llegaron a ser slogans oficiales del gobierno argentino, son referencias de la cultura cristiana que siguen funcionando como metáforas para comprender y dar respuesta a un tiempo crítico y de decisiones. 

Estar todos en la misma barca sigue siendo un desafío para la Patria. Cada uno desde su lugar y su respectivo compromiso, militancias y organizaciones inmediatas, y en lo que puede ser en un plano de construcción política más amplia, de un proyecto nacional, estamos ante el desafío de poder traducir a la realidad esto que es una realidad. Es evidente que estamos todos interconectados, que estamos todos necesitados de poder encontrar esas articulaciones, esas conversaciones, esos debates con perspectiva de unidad, que habilite un todo mayor.

“Todos en la misma barca” sigue siendo una noción central de la discusión pública, política y ética de este tiempo histórico. ¿Quién se sube a la barca de la Patria y a quien se lo tira por la borda? ¿Quiénes son los descartables, los que no son merecedores, en esta lógica de la meritocracia, de poder ser parte de esta barca? ¿Quién es sacrificable en Argentina? Lo más revolucionario de los planteos de Francisco, lo que más tensiona el pensamiento hegemónico actual, es su insistencia permanente a que nadie es descartable y que nadie se queda afuera: “empezando por los últimos, todos”. 

La última encíclica de Francisco, Fratelli Tutti, tiene en su centro este dilema. “Hermanos Todos”, el gran texto de pandemia del Papa, plantea la necesidad de pensar la fraternidad en su perspectiva universal. En ese “Fratelli Tutti”, hermanos todos, la hermandad es importante, pero el desafío es que sea con y para todos. ¿Cómo ampliar la fraternidad para que la barca pueda ser un lugar para todos?

DESBORDE Y AUTOESTIMA

Recientemente se vivió un nuevo 17 de octubre, ¿Qué es lo que se celebra y recuerda? Un acontecimiento en el cual se redefinieron los contornos de la barca de la Patria. Un momento histórico en el cual los que entendían la Patria como un velero exclusivo para el disfrute de los selectos, vieron cómo se expandía y convertía en una especie de catamarán más amplio, incluso en un rompehielos hacia los confines del mundo. A partir de ese día, la Patria fue más grande. Una enorme conquista que sigue interpelandonos respecto a cómo acontece una experiencia de redención que transforma la historia. 

En un documento muy potente de Francisco, Querida Amazonia, que es una reflexión situada sobre los planteos del Papa acerca del medioambiente y el cuidado de la Casa Común y también sobre cómo transformar la institución de la Iglesia, hay un momento donde Francisco habla de la necesidad de pensar las transformaciones por desborde. Es una idea muy potente que habilita nuevas formas de pensar los modos de resolver dilemas. Un modo de concebir los conflictos que señala que frente a los límites que encontramos, los que fijan los contornos de una situación y las posibilidades para la acción, el desafío es alimentar procesos en los que nuevas lógicas se están gestando hasta que desborden el marco existente en que fueron concebidos. Este desborde es el que fuerza y obliga nuevas formas, la ampliación y redefinición de esos límites para poder volver a contener la vitalidad y traducirla en vida nueva.

El 17 de octubre fue un desborde. La convocatoria oficial al paro general era para el 18 de octubre, pero hubo una efervescencia que desbordó los tiempos y dilemas de la organización sindical ya incipientemente poderosa. La lógica del desborde la experimentamos también en lo que fue el 2019, cuando hubo que redefinir los límites del modo en que estábamos pensando muchas cosas. Pero todavía lo tenemos que volver a pensar, porque es claro que estamos encontrando límites muy severos. Vivimos un momento donde la Patria está dañada, la gente golpeada, la militancia cansada. Se viene haciendo un esfuerzo muy grande y nada alcanza. 

En Francisco hay una fuerza que puede animarnos y ponernos nuevamente en salida. Su pensamiento nos habilita y destraba para ir más allá. Lo hemos vivido en primera persona. En Francisco hallamos una constante para poder reflexionar, producir e incluso desbordar los propios marcos en los cuales veníamos pensando y actuando. Factoreando a Francisco nos factoreamos a nosotros mismos. 

El desborde tiene mucho que ver con el amor propio y la autoestima. La lógica de embarrar a Francisco y traerlo a la grieta permanentemente y querer reducirlo, esmerilar, es una operación -en clave negativa- sobre la autoestima nacional. Porque Francisco es la posibilidad de reencontrarnos con la fuerza de lo que somos como pueblo. Francisco es Bergoglio. Bergoglio es un compatriota. Pero ante todo es un contemporáneo que, con su luces y sus sombras, lleva al centro de occidente, a Roma, la potencia de nuestro pueblo, las conquistas de las que estamos hablando, la irreverencia de nuestra gente para redefinir los límites de su existencia colectiva. 

Cuando se trata de esmerilar y de achicar lo que Francisco es, -más allá del afecto o admiración sino desde la cuestión histórica de lo que significa-, se busca atacar el autoestima nacional. Es una operación constante: pegarnos en el amor propio, tratar de ir talándonos ahí para que no podamos desbordarnos, para que no podamos crecer. En Francisco, como factor y símbolo, se despliega también esa disputa mística y política de lo que somos y podemos ser como pueblo. 

EL RIESGO DE LA DESACTIVACIÓN 

Las operaciones de desactivación de lo más potente del pensamiento de Francisco son múltiples y no necesariamente malintencionadas. Vale señalarlas como modo de comprenderlas y, quizás, para evitar quedar encerrados en esa dinámica que nos deja en el mismo lugar o, peor aún, lo desactiva para devolverlo en contra nuestro.

Por un lado, es la operación antes señalada que pugna por dar vuelta la cosa y evitar que pueda celebrarse que los argentinos tenemos un papa argentino. Todos sabemos cómo, quiénes y porqué lo hacen. Incluso algunos de los que hacen esa operación son los que antes eran bergoglistas acérrimos, y hasta llegaron a ser francisquitas por unos días.

A veces se busca también la neutralización por repetición, por tomarlo a Francisco en la superficie, algo a lo cual no es ajena como actriz social y nacional la Iglesia Católica. Ni siquiera hay que decir que lo hace por mala voluntad, sino muchas veces por falta de resto. 

Y además, la operación viene a veces desde nuestra propia parte, incluso con intenciones buenas o genuinas. Hay una neutralización por literalidad, como decir que “Francisco es Perón”, o que “francisquismo y peronismo son intercambiables”. Hay una manera de decirlo así, de citar, que nos confirma y nos tranquiliza. Está bien, no hay problema, pero eso no deja de ser una reducción de lo que puede significar estar siendo testigos de un acontecimiento como es, ni más ni menos, un Papa de la Iglesia Católica argentino.

La desactivación es, en definitiva, aquella operación sobre el mensaje de Francisco que no tiene consecuencias en la propia existencia y en las decisiones concretas. En este punto, queremos compartir algo de lo que nos pasó a nosotros directamente, como personas concretas que hacemos Factor Francisco. En un primer momento, tuvimos la intuición de que la tarea pendiente en Argentina era cómo factorear la figura del Papa para su recepción, y para eso queríamos hacer, primero, una reflexión sobre nuestra realidad nacional. En seguida vimos que además era una reflexión sobre lo que impacta en nuestra militancia, nuestro compromiso político, nuestras construcciones. Y no pasó mucho para que nos demos cuenta que podía ser, también, una reflexión sobre nuestras vidas, y que ya tenía sentido, una vez que pasábamos por ahí, reflexionar en torno a nuestra práctica en todos los planos. Tiene sentido en gente como la nuestra, donde la amistad y la política, en suma, el compañerismo, nos define identitariamente. Y recién cuando entramos ahí, en ese núcleo vital y personal, que pudimos hacer el camino inverso y así volver sobre la militancia y la conducción, sobre la realidad, el momento del mundo, sobre el factor y sobre el papa. 

LAS IMPLICANCIAS POLÍTICAS

Pero hace un tiempo que venimos comprendiendo que es hora de seguir profundizando. Y además de factorear vino el tiempo de asumir una tarea más precisa, muy específica, que va por el lado de deducir, indagar, dilucidar, explicitar, lo que sean, para nosotros o para otros, las implicancias políticas del pensamiento de Francisco. 

Para concluir este ensayo, y entendiendo esto como un primer paso en la conceptualización de las implicancias políticas del pensamiento de Francisco, compartimos algunos ejes respecto a una concepción de la acción y la articulación de su mensaje y nuestras prácticas militantes: 

Primero, tenemos la intuición de que aporta un diferencial. Paradójico, porque en un punto su diferencia nos devuelve a lo más propio. ¿Cual es la mejor manera de ser otro? Ser nosotros mismos desde la fuente. 

Segundo, nos plantea una distancia, una brecha, una cierta “lejanía” o perspectiva para vernos. Las cosas que dice Francisco son dichas desde otro lugar institucional y otra fuente doctrinal y experiencial, otro plano de lo humano que es lo religioso y lo espiritual. Es otro lugar que tiene correspondencia con el que es políticamente el nuestro, pero es otro lugar. Porque el Papa si bien es un jefe de estado y un actor político, sobre todo es un referente espiritual. Incluso es más un referente espiritual que uno “religioso” y trasciende incluso lo institucional eclesial, algo que él expresa y concreta cada vez que se conecta con otros líderes espirituales de otras religiones. Y es una distancia para vernos porque además proyecta lo nuestro en lo universal. 

Tercero, nos aporta una hondura. Nosotros tuvimos la impresión ya durante el gobierno anterior que para seguir militando íbamos a necesitar más espiritualidad. Hoy lo volvemos a experimentar; no hay caso. Así como necesitamos más conceptos, más “fierros”, más organización, vamos a necesitar más mística. Todos lo estamos sintiendo. Estamos en tiempos arduos y áridos. 

Cuarto, Francisco nos provee una anchura. Ver más a lo ancho, ver a nuestro pueblo en términos de “hermanos todos». No es casual que donde antes decíamos Frente para la “Victoria”, ahora digamos “Todos”. No porque no haya que vencer, sino porque el tema de “todos” es condición recíproca de vencer. Que sea con todos los que sea posible. 

Quinto, nos aporta largor, una distancia de tiempos largos, para atrás y para adelante. Una larga memoria. Nuestras militancias recientes tomaron como paradigma quizás sobre todo el tiempo largo que empieza en los años setenta. Y no porque los otros no estuvieran, sino porque se volvió más paradigmático. Pero todos vamos viendo que es necesario recuperar hacia atrás y hacia adelante largores nuevos, para imaginar nuevas figuras militantes.

En sexto lugar, Francisco traza una diagonal, un discurso que viene de otro lado y que lo teníamos un poco olvidado: la fuente cristiana. Primero estuvo un poco olvidado y después se ha recuperado de un modo un poco folclórico, con las frases clásicas como el peronismo y su inspiración en la Doctrina Social de la Iglesia. Pero en general, tenemos más ilustración que Evangelio, más deconstructivismo, mas marxismo, incluso más Laclau. Que está perfecto, son aportes valiosos y fundamentales. Pero Francisco aporta otras nociones, otras emociones, otras memorias, otras categorías políticas, unas que no sólo no estaban ni están del todo tematizadas, sino que muchas veces son negadas, olvidadas e incluso despreciadas. Evitadas en todo caso, por temor, inercia o ignorancia. O porque nadie ha sabido ponerlas a disposición de modo oportuno, pedagógico, afectivo, estratégico, político o espiritual al fin. 

Y por último, nos regala un dinamismo “destrabador”. En Fratelli Tutti, muchas de las cosas que decimos ahora sueltas están puestas en fila, en argumento, en secuencia, en orden que ayuda a poner en movimiento el pensamiento. Un panorama preciso pero a la vez imbuido de presencia, de cercanía, de tensión de quien no meramente diagnóstica sino que, involucrado, encarnado, se responsabiliza y declara su lectura de la situación. 

La figura central que está en la encíclica es la del buen samaritano. La parábola de Jesús es conocida. Un hombre viaja por un camino de Judea y es golpeado por un ladrón. Queda el costado del camino, herido, caído. Pasa un sacerdote y sigue de largo, seguramente diciendo qué importante sería moralmente levantarlo. Pasa un levita, un especialista en leyes, y quizás pensaba en lo importante de una perspectiva de derechos, y quizás hasta ya tenía una ley para levantarlo, la mejor ley; pero sin embargo, pasa de largo. Y después pasa un extranjero, un samaritano, uno del que no se esperaba nada y no dice nada, pero que hace. El samaritano se desvía del camino, levanta al caído y lo lleva a su casa para cuidarlo. Y esto que puede parecer una tontería, todos nos damos cuenta de que bien puede ser una receta de campaña, en el más puro sentido de marketing, cuando el marketing es lo que nos permite elaborar consignas, eslóganes, ir directamente al mensaje-palabra-gesto-cosa que queremos decir y demostrar que somos. 

Por supuesto, no es que esto último no lo hayamos hecho. Pero todos entendemos que debemos hacerla todavía más. Sobre todo en un momento donde no podemos exigirle a los otros lo que debemos hacer nosotros mismos. Hay un plano de responsabilidad militante que tenemos cada uno de nosotros. No vale tanto criticar ni a las derechas, ni a los evangelios, ni a los macristas. Se puede criticar, y lo vamos a seguir haciendo, pero eso vale siempre y cuando sepamos que hay un montón de cosas a nuestro alcance personales, grupales y organizativos, que son nuestras. Porque la características de un gesto es que siempre es posible. Siempre es posible hacer el gesto, y siempre es una responsabilidad propia. No hay nada que impida hacer un gesto, nunca. 

Esto está dicho especialmente en los números 77-78-79 de Fratelli Tutti. Francisco dice: “Es posible recomenzar, de a uno y de abajo, pugnando por lo más concreto y local, hasta el último rincón de la patria del mundo, con el mismo cuidado que el viajero de Samaria tuvo con el caído.” Y después agrega: “no seamos infantiles, no le pidamos a la dirigencia lo que debemos hacer nosotros mismos”. 

Asumamos el dolor, hagamos lo que tengamos que hacer. Es lo mejor que tenemos. Nos resucita. Y Francisco tiene una frase muy bella: “solo falta el deseo puro y gratuito de ser pueblo”. Es entre que el gesto siempre es posible y el deseo que siempre tiene que concretarse, que siempre está medio en falta. ¿Y cuándo viene? Cuando aparece la decisión del gesto. Todo lo demás vendrá por añadidura. Pero si uno espera para actuar que llegue el afiche, que se remarque que rumbo, el día que eso efectivamente pase, si no está el gesto, se caerá en el vacío. Lo que tiene de aliviador esta perspectiva es que el gesto lo tenemos a disposición nosotros mismos, no se lo podemos pedir a nadie. Y ponerlo en palabras y en la escritura de una gran tradición nos puede ayudar a salir del cacareo. Nos puede aliviar, al menos, de seguir dando vueltas en modo comentario, en modo balbuceo, en modo criticar, en modo queja, y hacer las declaraciones donde ya no se trata de si es mejor decir que hacer, sino que en la política que nosotros necesitamos los gestos son palabras, y las palabras son hechos que dan sentido a lo que hacemos.

Nuestra tarea la vemos así: ser contemporáneos de nuestro tiempo, lo que implica tres cosas. Por un lado, estar en el mundo mismo donde debemos tomar decisiones y posicionarnos, reconfigurar el destino por la via de las opciones. Y en ese mismo movimiento, anticiparnos. Para eso, la cuestión que vemos es esta: es tiempo de dar cuenta del seguimiento, de la fidelidad – que es la lealtad en movimiento- a lo universal que nos ha pasado. De esto que nos ha pasado, Francisco es a la vez cosa y señal. Nos ha pasado Francisco en nuestro tiempo, y el mismo nos señala lo que nuestro tiempo nos trae – y nos exige- para hacernos, en el mismo movimientos, sujetos individuales, pueblo y generación. Por eso, deducir, discutir, celebrar y atarear las implicancias políticas – y si nos permiten repetirlo una vez más, también «redentoras»- del pensamiento del Papa, de cara a los dolores y apuestas de nuestra gente. En eso podemos estar, queremos ser y nos disponemos a andar.

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