Las implicancias políticas del pensamiento de Francisco, dimensión que desde hace semanas venimos planteando y desplegando a modo de profundizar la recepción del mensaje del Papa en la Argentina de hoy, se explicitan y vigorizan cuando se cruzan con los nombres propios de nuestra historia y pueblo. 

Bergoglio – Kirchner / Néstor – Francisco: un par doble de apellidos y nombres que representan un nudo -una disputa, un conflicto, una tensión- y a la vez contienen un abrazo -un encuentro, una unidad, un destino- que habla de los modos en que los debates, las construcciones y las redenciones de nuestro pueblo se desarrollan en los planos espirituales, políticos y proféticos. 

“Quisiera que me recuerden” y “recen por mí”, frases dirigidas al pueblo y a la historia, son reversos de dos protagonistas del tiempo reciente de nuestra Patria, completamente contemporáneos y al mismo tiempo puestos en perspectiva histórica y universal, por el acontecimiento de la muerte y la transfiguración papal. 

A pocos días de haberse recordar el aniversario de la partida física del ex presidente y en camino a cumplirse 20 años del estallido social de diciembre del 2001, volvemos a poner en diálogo a Bergoglio y Kirchner como un ejercicio de comprensión y reconocimiento del modo en que el tiempo y el espacio transforman y desbordan los conflictos generando nuevas formas de unidad y representación. Néstor y Francisco, dos nombres que conservan sus distancias pero que comprenden una unidad superior que habla de la grandeza de nuestro pueblo y la trascendencia de nuestro amor por lo que somos y queremos ser.

LOS NOMBRES DE LA UNIDAD

Lo que nos une es lo que también nos conmueve y nos interpela. Por eso lo que nos une siempre estará cerca de nuestras controversias y nuestras alegrías, de nuestras heridas y nuestras fiestas. Pasadas, presentes y futuras: por eso estarán siempre, porque tienen la temporalidad de las fiestas y las heridas. Pero sobre todo, lo que nos une está siempre cerca de las zonas donde debemos y podemos tomar decisiones.

Lo que nos une no es abstracto. Está hecho de la misma materia que nuestros sueños. Por eso lo que nos une tiene nombre. Tiene nombres. Se trata de los nombres que nos unen: los quiénes. “Lo que se cifra en el nombre”, como diría Borges. Y en gestos y en rostros. Por eso es posible recordar a Néstor Kirchner desde una reflexión hecha con y desde Francisco. Y recordarlos juntos al tiempo que los ponemos en el mismo presente. 

Lo que se cifra en los nombres de Néstor y Francisco son extrañamente contemporáneos entre sí. El segundo no se llamaba así -y es probable que no supiera que así se llamaría, o que en caso de imaginar un nombre futuro no era ese-. Y Néstor no supo que el cardenal de Buenos Aires se llamaría Papa Francisco. Si están juntos como tales es en dos sentidos: en la tormenta hermosa y dolorosa de nuestra historia, pero sobre todo en la memoria y el discernimiento vivo de nuestro pueblo, tanto más que en las fracturas de nuestra sociedad. Y en el amor también: el difícil.

Bergoglio y Kirchner comparten un siglo. Dos, en realidad. Y unos enfrentamientos también. Representan muchas cosas, pero es posible detenerse en una muy significativa, porque responde al punto donde se volvieron ambos centrales para pensar la Patria y sus destinos para configurarlos. Representan, en su despliegue en el siglo XXI, dos maneras de entender cómo posicionarse y avanzar en ese nudo que fue la gran crisis del 2001, de la que se cumplen pronto 20 años. En eso están juntos, y en las formas de encarar esa salida en la primera década del siglo es que hay que ver sus tensiones, su no caber, su ser demasiado grandes para estar al mismo tiempo en el mismo espacio. Pero el tiempo es superior al espacio, por eso ahora podemos y debemos verlos juntos. Porque estamos otra vez en una zona difícil de los procesos sociales, económicos, políticos y también existenciales. Y porque podemos aprender de sus invitaciones y decisiones. Pero sobre todo, de sus gestos y opciones.

CRISIS Y SAMARITANIA

Cuáles son las diferencias y las cercanías, las correspondencias, los debates saldados, las razones que cada uno finalmente tenía, los límites de cada cual en la salida de esa crisis, de una crisis, de la que quizás fue “la” crisis -la zona de peligro, el abismo, la caída- más importante que les tocó vivir en términos políticos y biográficos a ambos. A la crisis del 2001 habría que agregarle, seguramente, la dictadura militar, pero nos centramos por un momento en la primera, con la conciencia de que las posiciones frente a los derechos humanos y el terrorismo de estado tienen su propia especificidad. Pero también sabiendo que la secuencia que se plasma en 2001 y se despliega desde 2003 no es ajena a aquella. 

Si se lee la encíclica Fratelli Tutti se encontrará en su núcleo un texto de Francisco que proviene -como muchos de ellos- de sus reflexiones en Argentina. En este caso específico un capítulo entero, prácticamente, donde recoge un reflexión sobre El Buen Samaritano que fue dicha de manera casi literal en el tedeum de Bergoglio el mismo día de la asunción de Néstor Kirchner, el 25 de mayo de 2003. Desviarse del camino, levantar al caído, curarlo, buscar a otros, no pasar de largo. Visto en perspectiva, pueden verse las coincidencias, por lo menos en las búsquedas y las preocupaciones. 

El carácter de las diferencias es probablemente más complejo (aunque no hay que descartar que el verdadero nudo de la cosa, de su “enfrentamiento”, está  en realidad en las coincidencias). Podríamos proponer algunas pistas y coordenadas para interpretar esto: los significados y mecanismos del diálogo, los ritmos y tiempos, el margen de los acuerdos y confrontaciones, los actores incluidos y los dispositivos para activar su voz. Los costos de oportunidad, los costos en general. Las ideas sobre la urgencia y el largo plazo, las formas en que concebían al enemigo.

CONSTRUCCIÓN Y SALVACIÓN

Más allá de las diferencias en el análisis de los hechos y el balance propiamente político que otros podrán aportar mejor que nosotros, queremos  tener presente una matriz de fondo de ambos y una diferencia dentro de esa matriz. Tanto Néstor como Francisco, y tanto Kirchner como Bergolgio, están asociados a procesos de nuestro pueblo que, sea desde lo espiritual, sea desde lo histórico, tienen que ver con la redención. Entendida como reparación -simbólica y material- y también como encuentro. No tenemos miedo de decir que Néstor Kirchner, como lo ha señalado la Iglesia respecto a muchos líderes políticos  -con diferente valoración-, es parte de la dinámica de construcción y de salvación de nuestro pueblo. La teología católica y la doctrina de la Iglesia plantean que el mesías, el que salva, no es sólo “sacerdote”, también es “rey”. La dimensión histórica política, pero paradójica para “la política del mundo”, es constitutiva de la salvación cristiana. 

Es fácil encontrar gestos de correspondencia, de similitud, hasta de hermandad entre Néstor y Francisco. No se trata de endiosar al presidente ni de partidizar al Papa. Pero se pueden ver con amplitud los caminos de dos compatriotas delante de su destino y de su pueblo, de sus cargos y sus llamados (el lema papal de Francisco: “Lo miró con misericordia y lo eligió”). Palabras pero sobre todo puestas del cuerpo. Néstor y Francisco son hombres que se han lanzado al contacto de las manos del pueblo, besando sus heridas. Es posible verlos en fotos: tan cerca del pueblo que terminan ellos mismos magullados. En la salida. Lo que son, lo que fueron, lo que vayan a ser, no está separado de esto: se sumergieron en la multitud del pueblo. Y recorrieron sus caminos. Por eso usan mocasines parecidos. Por eso mismo tienen distancia respecto a bastones de mando, mitras y anillos y oropeles. Por eso son bravos. Y por eso el odio de los que odian, de los que sienten peligro de perder sus privilegios, se activa una y otra vez contra sus figuras, pero sobre todo, contra lo que representan.

Vengo a proponerles un sueño” decía Kirchner. “Sueñen, sueñen, sueñen en grande” dice Francisco en cada mensaje a los movimientos populares o a los jóvenes. Literal: mismas palabras. Sobre todo, la misma intención e igual intuición. Llevada por lo que probablemente les pasa a ambos: sienten la sed que sólo el sueño puede despertar, y la hacen colectiva. 

Vengan y soñemos: encontrémonos. 

Convocar a los últimos y transformar con valentía, el coraje arriba y abajo, es la otra lección que nos dejan, porque los sueños se pueden hacer decisiones, colectivas también, pero sobre todo plasmadas en movimientos propios, tomas de riesgo, gestos valientes. A ser completados por todos: nunca “imitados”, pero puestos como inspiración y, si cabe, también como seguridad. La que da el arrojo y también el desparpajo alegre del que conduce con amor. 

Además de la sacerdotal y la política, la tercera dimensión de “lo que salva” es la profética. Portar y traer una palabra que es “buena noticia”, anuncio y denuncia, pero sobre todo invitación y gesto que abraza, interpelación y criterio para el hambre y la sed de justicia, y para vivir juntos en fraternidad y amistad. 

Recordamos a Néstor en esa estela. Encontramos en Francisco una oportunidad de resignificar en Kirchner un ejemplo real, concreto, vital, con nombre y apellido, con la culminación y la reconciliación que la muerte trae, poniendo una secuencia vital y política en las manos llenas de ternura de Dios, para los que creen, y en el mar profundo del pueblo que recoge todo gesto, todo nombre, todo temblor, todo coraje, toda caricia, toda decisión. El Pueblo y lo sagrado se encuentran en el amor, que así es como vence. 

QUISIERA QUE ME RECUERDEN / RECEN POR MI

“Quisiera que me recuerden” / ”Recen por mí”. Son sus pedidos. Resuenan desde patrias retóricas y mundos de memoria y deseos. Estas solicitudes contienen un núcleo de su interpelación. Lo necesitan. También son condición e invitación: un punto donde estamos nosotros como pueblo. O también se puede decir así: poniéndose entre ese recuerdo y ese rezo, hay un lugar para hacerse pueblo. El deseo puro y gratuito que puede plasmarse ahí, en las palabras de estos compatriotas que suenan en nuestro corazón, y pueden movernos hasta el último rincón de la Patria y el mundo. Recuerdo y rezo no son sublimes sensaciones interiores: se plasman, brillan, cada vez que tomamos la decisión corajuda de desviarnos del camino y levantar al caído. El lugar, las invitaciones y la oportunidad para poner nuestra fuerza, y así levantarnos cada uno. Y todos.

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