El acontecimiento de la pandemia entra en un tiempo nuevo. Sea por el devenir mismo de este momento histórico o el avance de la vacunación, hoy empezamos a ver y vislumbrar la salida. Vale entonces pensar en lo vivido y tratar de condensar algo de lo aprendido. Pero sobre todo ver los nuevos desafíos y problemas que nos tocan, junto con las condiciones, los elementos, las motivaciones y la fuerza que tenemos para recomenzar.

LA TEMPESTAD

En el momento más álgido de la pandemia y de mayor angustia, especialmente en Italia y en Roma, que es su ciudad y su diócesis, Francisco usó la figura de la tempestad como imagen y signo de la pandemia. La tempestad como aquello que desnuda nuestra vulnerabilidad y nos saca el maquillaje cotidiano, pero también cómo esa experiencia compartida que nos recuerda que estamos todos en la misma barca. 

La tempestad como cimbronazo. Como momento de cuestionamiento a nuestras seguridades y certezas, y de explicitación de los límites de un modelo agotado. La pandemia mostró de modo crudo y dramático lo que Francisco ya venía señalando: vivimos en un sistema que se pasó de rosca y que ya no da para más. 

El acontecimiento de la pandemia es una marca que va a quedar como referencia histórica y quizás como punto nodal de trayectorias institucionales y personales. Están las tempestades colectivas y la tempestad de cada cual. Está cada uno en medio del agua con su propio sueño, su vida interrumpida, su existencia. Por eso llevamos la tempestad como una marca. Como la retirada de una anestesia. 

La interpretación de la pandemia está en las discusiones, en diálogos y consignas, pero sobre todo está en un momento de salida. Y es la salida, si la hay, la que consideramos. ¿Cómo se sale de la tempestad? ¿Qué viene después? ¿Qué se puede esperar? ¿Qué aprendizaje nos queda? A esta altura de la tempestad, cuando parece que el cielo aclara y se serena el agua, es tiempo de recapitular y conectar con la posibilidad de un recomienzo. 

LA TEMPLANZA

El pueblo argentino, entrando ya golpeado y tensionado por los años de agravio y veneno de la etapa amarilla, atravesó todos estos meses conservando una conciencia y una unidad mayoritaria en la certeza de que nadie se salva solo. Esto se tradujo en una solidaridad espontánea, más allá de las grandes narrativas y figuras.

Es importante observar, agradecer, contemplar y tomar nota del hecho de que Argentina no estalló. Las medidas de aislamiento temprano, las obras para robustecer el sistema de salud y el acompañamiento financiero generalizado de parte del estado, no hubiese sido suficiente sin la templanza de nuestro pueblo. Un esfuerzo responsable y silencioso de millones de argentinos que no fue solo espontaneidad, sino que estuvo mediado por militantes, dirigentes, organizaciones y colectivos, que aportaron contención y dirección a esa templanza.

Es preciso valorar esto, tomar dimensión del esfuerzo y agradecer, antes de ver las miserias y pasadas de roscas de nuestra sociedad: los odiadores, los antivacunas, las patinadas de la gestión política, las idas y venidas, pifies, errores y todo lo que fuera. Sobre estas debilidades, errores y vicios que también son parte de nuestra sociedad, operan los que quieren desgastar el autoestima de nuestra gente. Por eso hay que poner en valor la templanza que nos sostuvo y nos sostiene. Es un capital sagrado que es coraje y postura en este tiempo, y con el que contamos para seguir andando.

EL TIEMPO

Todo esto es la música y el tono del tiempo histórico que atravesamos estos meses, pero también del que se abre por delante. Tiempo de saber y conocer las heridas que tenemos y persisten, los dolores que todavía arden. Hay los que se convirtieron en mártires de la pandemia. Ramona. Padre Bachi. Tantas y tantos de los más de cien mil muertos por el Covid. Llagas que van a quedar para lo que se viene. Presencias y ausencias. La finitud y las pérdidas, en una vida que continúa.

Las vidas mismas, vidas desnudas, vida de cada cual, soledad compartida, casas y barrios, cercanías y soledades, marcadas por este tiempo. Son marcas de lo cotidiano que también reflejan este tiempo transido por el reacomodamiento geopolítico, sus tensiones y guerras: de vacunas, del agua, de finanzas, de liderazgos, de culturas, de rutas y mares. De tecnología. Momento también de inflexión civilizatoria: clima, digitalización, migraciones. Lo que llamamos, a falta de mejor término, neoliberalismo, que también toma como un vampiro, fuerzas de la pandemia e intenta acomodarse. Pero no todo se le presta: algo se le sustrae también. 

Y es un tiempo de América Latina, esta parte del mundo en la encrucijada de los océanos, las potencias y los hemisferios. Pueblos buscando su destino, gobiernos y votaciones. 

Y en Argentina es un tiempo especialmente político. Un tiempo electoral. No es menor eso. El voto y la política, la elección de legisladores es una expresión -no única, pero significativa- de las decisiones que tomamos para lo que está en juego: el rumbo de lo común, la orientación del estado, la definición de cuáles son los ejes y las prioridades. Pero no sólo el rumbo, sino también el «cómo» vamos a componer lo común de nuestra sociedad. 

Todos los tiempos valen verlos desde los tiempos de los vivos con nombre. De cada quien y cada cual, con sus sueños y dolores. Con su fuerza y con sus ganas. Con la mera vida. Escenas concretas. Personas, familias, colectivos, que quieren y deben en el tiempo que viene recomponer sus trabajos, su escuela, sus paseos, su barrio, su casa, su comida. Todas las cosas concretas con las que cada uno decide y hace su vida, eso de cada cual que tenemos todos en común: las ganas de que regresen los abrazos y las mesas abundantes. 

LAS TAREAS

La salida no es algo para declamar. Es algo para hacer. Hay que atarear el camino de la salida. La salida no es un lugar sino una tarea. 

Cosas para hacer con lo vivido y aprendido. ¿Qué hacer con el dolor, con las marcas, las heridas de este tiempo de tempestad? ¿Cómo transformar el dolor en gestos concretos que permitan volver a poner en andarivel la vida? 

Somos un pueblo que ha sabido transformar las pérdidas y tragedias en fuerza, representación y resurrección. Muchas veces. Tenemos memoria de eso. No nos han faltado recaídas y faltas de fe.  

Y algo haremos también con la barca compartida. La casa de cada uno, el barrio de cada cual, es también la casa común, tierra y creación, que debemos cuidar y cultivar.

El gesto samaritano, el de levantar al caído, es la figura central de las tareas de la salida. No sólo por bondad y generosidad. Resulta también que esa gratuidad es lo único que coincide con el cálculo y el realismo más pragmático: sólo desviándonos de nuestro camino y nuestra inercia, y levantándose unos a otros, podemos ser eficaces si queremos seguir viviendo.

El gesto concreto y el deseo de ser pueblo. Como dice la Fratelli Tutti en sus emblemáticos números 77, 78 y 79. El gesto concreto es inesperado, pero siempre posible: podemos siempre recomenzar. Eso siempre está disponible. 

Falta solo una cosa, que faltando es siempre venidera: el deseo puro y gratuito de ser pueblo. Es así: siempre es posible la práctica del encuentro. La batalla del encuentro. La estrategia. La astucia. Y ahí radica la gratuidad y la estrategia. En esa posibilidad y ese deseo que se anudan en cada acción y en construcciones. 

RECOMENZAR

Un plan para resucitar. 

Tenemos la oportunidad de responder a este tiempo con tareas concretas. Como dice Francisco, no hay que esperar todo de los gobernantes y los dirigentes. No es un alegato anti político, todo lo contrario. Es el señalamiento de que podemos y debemos dar el paso nosotros: sacar el bastón de mariscal que tenemos en la mochila. 

Cargar con el dolor de los fracasos y “ponerse al servicio del bien”. Como nos dijo Horacio González en una de sus últimas entrevistas, que pudimos hacerle: estar disponibles para un nuevo tiempo histórico en Argentina y de los nuestros.

¿Cómo recomenzar? 

Recomenzar con lo que nos une. 

Recomenzar desde las periferias y los últimos. 

Recomenzar bien, con el pie correcto. 

Con lo puesto, y poniendo lo que hay que poner. Dispuestos y compuestos. Esa es la apuesta. Esa es nuestra posición.

Lo único que garantiza que compongamos lo de cada uno, en su individualidad y su persona, es que podamos recomponer lo común de la Patria y el pueblo.

Con una lógica sencilla: pugnando desde lo más concreto y local, cuidando con amor y abrazo cada herida. Hasta el último rincón de la Patria y el mundo. 

Desde el fin del mundo, como siempre, recomenzamos. Con un plan y un criterio para resucitar: hermanos todos.

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