La santidad es un tema recurrente en el mensaje de Francisco. Recurrente, y con un sentido pastoral de peso, importante. Desde #FF venimos proponiendo reflexionar a Francisco por dos recorridos en líneas paralelas: la de su concepción y matriz de pensamiento de alguna manera a nivel de las “estructuras” de ideas; y a la vez venimos recorriendo lo que dice en el plano la geopolítica, sus intervenciones estratégicas como líder religioso. Sus acciones. 

Llegando ahora  el tema de la santidad y de los santos llegamos a una reflexión que, en cierto modo, sintetiza algo de estos dos recorridos, pero a la vez incorpora en algún punto una tercera dimensión: la cuestión del actor y de los sujetos y la praxis. Porque la santidad pone en juego la subjetividad, lo singular de cada cual, en tanto práctica y también como disciplina. 

No es casual que el catalizador para nosotros en estos días haya sido la figura potente, de algún modo milagrosa, heroica, martirial, acaso reinante, de Eva Perón. El 26 de julio fue un nuevo aniversario de su muerte, en el que siempre se refleja en la expresión popular esa expresión, con sus ecos polémicos siempre, de Evita como Santa del Pueblo. Avivada en los últimos tiempos, justamente durante el papado del argentino,  con pedidos formales al Vaticano por su beatificación.Hecho que no es nuevo ya que tiene tiene su antecedente en un temprano pedido  sindicato de los obreros gráficos que Pio XII rechazó de plano. Hace dos años lo volvió a expresar la CGT. Aunque es más que difícil que Evita sea canonizada,  su figura está orlada de los epítetos que acompañan los nombres de los santos… como virgen y mártir. Virgen en el sentido de entregada plenamente a una causa – también, a su hombre y líder – y mártir. También mística y para muchos, con todas sus acepciones, fanática. Pero nuestro tema ya no es Evita, sino que vamos a la cuestión de la santidad cuando es puesta en cuestión. 

Tratar el tema de la santidad es ir al punto donde se toca a cada uno, a su acción, a su responsabilidad. Contrastando con los proyectos, las ideas y con lo macro de toda historia, con la santidad viene la cuestión de las vidas vívidas, las vidas realmente vividas. Las vidas ciertas. Verdaderas. Las vidas incendiadas. Por estos rumbos  llegamos a la cuestión de la santidad.

MÍSTICA Y DISCIPLINA QUE SE VIVE EN EL PUEBLO

Para leer en Francisco su mensaje central sobre la santidad, hay a un texto poco conocido:,la exhortación apostólica Gaudete et exsultate. En castellano: “alégrense y regocíjense”. 

Más que un mensaje sobre los santos, dice ya desde su título que lo que aborda: el llamado actual – para todos- a la santidad. Francisco insiste ahí en que la santidad no es esquivar o salir de la carnadura de la historia y de las vidas, negar las subjetividades y los nombres propios, imágenes o ideas difundidas de la idiosincrasia de los santos. Asumir la santidad es lo contrario. Se trata de profundizar la vida, ir a fondo. En ese sentido dice: no teman a la santidad, no es renunciar a la vida, sino vivirla a pleno. Francisco habla directamente de las misiones y llamados, de aventura de la vida y las vidas vividas en su plenitud.

Algo que también es singular, y está muy pronto en el texto, es unir la dimensión de la santidad a la dimensión del pueblo. En Gaudete et exsultate hay un antecedente, la matriz,  del mensaje que luego se transformó en un eslogan para atravesar la pandemia: “nadie se salva solo”. La frase toca a la santidad. Nadie se santifica solo, Los santos no son solo vidas extraordinarias, ascéticas, místicas. No se trata sólo – ni tanto- de  misántropos o eremitas que se salvan retirándose a la soledad.  Es en la historia y la vida del pueblo que hay, también y sobre todo, santidad a ser buscada y peleada. Aunque el ayuno que motoriza la búsqueda pueda estar o no presente en los santos, Francisco recuerda que el proyecto de salvación del cristianismo,  de Jesús sobre todo, es la salvación de y en un pueblo. A la hora de pensar la santidad en y de Francisco, esto lo recorre todo.

NADIE SE SALVA SOLO

“Nadie se salva solo” es una necesidad, una verdad o una exigencia, que se volvió muy actual en la pandemia pero que más allá de eso engancha con toda la línea de Francisco. El mismo Papa, que es el Papá de la comunidad, de todos los pueblos cristianos, es un Papa de cada uno y de cada cual. Por eso, nadie se salva solo. Nadie es meramente “uno” y sin embargo, la salvación como la conversión, es siempre en primera persona. 

“Nadie se salva solo” se relaciona además con otras dos figuras muy presentes en los mensajes de Francisco: “los héroes anónimos de la pandemia” -más reciente- y los “santos de la puerta de al lado”, que propone en Gaudete ex exsultate. Tres frases que hacen sistema. Cuatro, cuando sobre todas ellas sobrevuela la idea de los pueblos, la comunidad de pertenencia, como origen y destino. Como alegría de ser pueblo. Porque gaudete es la alegría, dimensión fundamental en Francisco y sobre la que insiste como indicador e ingrediente de la vida verdadera. 

Vale mencionar en este punto una segunda pieza del magisterio y de los documentos de Francisco -bastante equivalente a Gaudete et exsultate-, que es su mensaje a los jóvenes, Christus vivit. Ahí aparece un elemento muy fuerte, que tiene que ver con este registro de la santidad. Francisco escribe todo el documento en primera persona. Habla en primera persona, y se dirige en primera persona a aquel a quien habla. Es análogo a su estilo, a su modo de ser un pastor, así como levanta el teléfono y llama a cada uno, o recibe en Santa Marta a cada uno. Como el llamado de Jesús, como esa intimidad cercana del psicoanálisis, y, a fin de cuentas, también como es la vida realmente vivida: tomar de uno en uno. Cada quien es cada cual. 

EN EL MUNDO, LLAMADOS A LA SANTIDAD

Gaudete et exsultate no es exactamente un documento “sobre” los santos. Es sobre y es en sí misma un llamado a la santidad en el mundo actual. Habla de los santos, por supuesto, pero sobre todo recuerda el llamado y la posibilidad de la santidad. Además de eso, la reconoce en muchas y muchos. 

En eso hay una apelación. Es sintomático, ilustrativo, los frentes por donde ataca el capitalismo cuando se convierte en religión. ¿Por dónde domina lo hegemónico? ¿Por dónde prende? Nos toma a cada uno. Agarra cada uno. Es lo que puede reconocerse citando a Margaret Thatcher, “anti santa”, figura que condensa el ideario neoliberal, cuando dijo “la economía es el medio, el objetivo es el alma”. En la dominación está la batalla por el alma de cada cual, por la integridad, la singularidad, de lo que cada uno puede hacer. Y eso también tiene su correspondencia con otros desarrollo de la filosofía política argentina, de la reflexión política nuestra, cuando se dice que cada uno lleva “el bastón de mariscal» -o la aureola de santo-. A cada uno le puede brillar el pecho, y ese misterio será siempre, por su fuerza radical y decisiva, una zona de disputa. 

LAS MILITANCIAS Y LA CLASE MEDIA DE LA SANTIDAD

Un llamado a la santidad en el mundo actual refiere a los desafíos de la individualidad, de la singularidad, del ser sujeto, de una vida que vale la pena ser vivida, frente a un núcleo de sentidos distorsivos y, muchas veces, peligrosos para el alma de cada uno. En eso, la santidad toca con la misión de la militancia política.

El militante es el formato subjetivo de la política. La santidad que propone Francisco no es tanto una santidad heroica, sino más bien un heroísmo del anonimato. Ahí hay un juego que dibuja nuevas formas, tensionando la figura del santo, la del militante, y también la del sujeto. Rodea lo que cada uno puede hacer y ser. Si en Fratelli Tutti Francisco recuerda que cada uno puede hacer el gesto del buen samaritano, y desviarse del camino para servir al prójimo, el mensaje de la exhortación del Papa  es que cada uno tiene un santo cerca, o puede ser un santo. Y, agregamos acá, un militante.

Otro modo de Francisco para nombrar a “los santos de la puerta de al lado”, es «la clase media de la santidad». Un mensaje así, sólo puede venir de la Argentina. Pero más allá del anecdotario, la frase da en el clavo sobre algo que se sintió exacerbado en este tiempo de la pandemia, pero que afecta desde antes las trayectorias tensionadas entre polos como el arriba y abajo, o izquierda y derecha, y que tiene que ver con la respuesta vital que se le puede dar a una crisis. Sea la pandemia, sea el desafío en general de pensar una vida cotidiana atiborrada de miedos, inseguridades y anhelos. La santidad es la propuesta de Francisco. La piensa en relación a las bienaventuranzas y como una fuerza a contracorriente, expresión que recuerda la frase evangélica de San Juan siempre citada por Francisco: esten en el mundo sin ser del mundo. Ahí aparece la mundanidad como un enemigo que hay que evitar. No el mundo. La mundanidad. No sean del mundo pero estén en el mundo; ¿dónde más?

Es interesante pensar esto conectado con las clases medias, una asociación directa entre el recurso literario de Francisco y un análisis societal. Porque Francisco hace una apuesta, y es que la respuesta sea política, pero además espiritual, mística, y en última instancia, concreta. Factible. Practicable.

DISCIPLINA Y DESBORDE

Como un sentido de la vida posible de ser vivida, como práctica cotidiana y heroica a la vez, la santidad articula el desborde con la disciplina. La disciplina es un rigor que mantiene el alma en el cauce de su corriente, frente a los mil llamados que, en esa disputa por la subjetividad, llaman a dispersarse, a consumir o consumirse, en goces variopintos y sin destino. Disciplina es sustraerse a desparramarse, a volverse locos en los deseos de la cuestión inmediata, de los mil frentes, a adormecer el alma, por el éxito o por la depresión. 

Como dice el Alain Badiou: “quien nada tiene, solo tiene su disciplina”. Siempre se puede, y tanto se debe, tener una disciplina. Y si uno mira el rodaje que esta palabra toma en la cultura, poder sostenerse en lo propio tiene resonancias, también, lacanianas, en el sentido de “no ceder en el propio deseo”. Hay algo ahí para seguir indagando.

No sólo conceptual o teóricamente. Estas reflexiones se cruzan con nuestro día a día. En esta semana se recuerda, con diferencia de horas, a San Ignacio de Loyola  y al beato Enrique Angelelli. En el primero, el fundador de los jesuitas, los ejercicios espirituales y el discernimiento, la vida como peregrinación y batalla donde se conjugan interioridad y organización. Y en el otro, la conjugada fuerza de la poesía y la profecía, con una coherencia que lo lleva al martirio. 

La otra dimensión es el desborde. Salir de sí, pero al mismo tiempo, vivir más allá de los propios límites. La plenitud es algo que se vive en la superación, y la superación es el encuentro. En una pastoral religiosa, es el encuentro con Dios. Pero es Dios a través del otro. Y eso vale para la subjetividad militante. Un encuentro real, encarnado y descarnado con el otro, como dimensión de lo pleno. La mística orienta la disciplina y el desborde. La santidad de la puerta de al lado, o la clase media de la santidad, no deja de resonar como un llamado a encontrar una mística de lo cotidiano.

Mística y militancia. Práctica y acciones. Pero al mismo tiempo, interioridad, conexión, que por un lado es con Dios, pero también es como uno mismo. En Francisco aparece una reversibilidad entre lo más singular del yo, en el sentido de un Dios que “te primerea”, que es más yo que yo mismo, donde resuena la apasionada búsqueda de Dios de San Agustín,  donde esmás interior que lo más íntimo mío” –Interior intimo meo. Superior summo meo-

El llamado a estar en eje, en el mensaje de Francisco a los jóvenes, dice mucho de eso. Es una advertencia sobre los mil frentes que confunden lo íntimo, que invitan a la dispersión, al fragmentarse, y fragmentarse que se pasa a ser totalmente liso, perdiendo toda arista. Es algo que por estar tan presente en la cultura contemporánea, en las redes y en los consumos, en los estallidos de las identidades, lo pone a Francisco a hablar al lado de los pensadores más críticos del mundo actual. 

LOS SANTOS DE FRANCISCO

Los santos se guardan y presentan en la memoria de la Iglesia como modelos inspiradores para tomar y recorrer la vida, para ser guiado y encomendarse. Se va a rezar a las capillas como buscan poemas en la biblioteca, regresando a lo que en otro tiempo, de la historia y de las trayectorias personales regaló un mensaje luminoso y significativo. Eso es volver a los santos patronos. Es una búsqueda de modelos que aparece en el propio movimiento de Francisco al escribir Fratelli Tutti, buscando la referencia de Francisco de Asís y de Charles de Foucauld, ambos citados en el texto. O la significancia de Francisco de Asís e Ignacio de Loyola en su recorrido personal, el santo jesuita y el franciscano, una mezcla bien interesante en la figura de Francisco Papa.

Podemos verlo en el movimiento de los santos argentinos que Francisco va canonizando en su magisterio. Aparece la canonización del Cura Brochero, una figura de tierra adentro, popular, anclado en lo que fue el mestizaje de la pastoral y la vida criolla. En un sentido diferente, la beatificación de los mártires riojanos, con la controversia por haber sido asesinados en una dictadura, pero también con la fuerza de lo que es el testimonio de un martirio tan cercano en el tiempo también se inscribe acá, con una nota especial. 

Otros argentinos avanzan en ese proceso – las causas de los santos- en el papado de Francisco. Está Jorge Novak, obispo de Quilmes defensor de los derechos humanos y los pobres,  figura contemporánea de un siervo de Dios. Está Enrique Shaw, empresario, fundador de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa (ACDE), hoy declarado venerable por el Vaticano, una decisión que suma otros actores y sectores. 

Lo mismo puede verse en la temprana opción, que alguno ha llamado operación, de canonizar a Juan Pablo II y también a  Juan XXIII.

Cada canonización es una señal.  Pero los santos de ayer y hoy  también resuenan en su mensaje. Todas sus encíclicas hablan de los santos. Tiene que ver con la pastoral de la Iglesia, pero es algo común de los últimos papas que “hagan” muchos santos. Urge la necesidad de devolver modelos, y en la lectura de los modelos que propone Francisco hay, también, una  hermenéutica de su mensaje. Fratelli Tutti empieza con Francisco de Asís y termina con Charles de Foucauld, dos europeos excéntricos, uno por estar muy al centro, y el otro por buscar la experiencia mística en África del Norte. Dos místicos. Pero también, dos recomienzos. Son personas que fueron a los pobres, a las periferias, pero al mismo tiempo quedaron en el centro de las tensiones. Charles de Foucauld es un santo del Mediterráneo. Va de Europa al Norte de África, como diciendo dónde está el centro. Francisco, en el 1200, estaba en Umbría, en Italia, en la cuna del protocapitalismo, y por eso Francisco de Asís es el patrono de Europa. ¿Dónde estaría el centro de nuestro Francisco, el Papa de las periferias?  Tal vez estaría en Lampedusa. Tal vez en oriente. En todo caso, es un buen ejercicio pensarlo.

SANTIDAD POPULAR, PROFANACIONES Y CANONIZACIONES EXTRAMUROS

Tomar las figuras de la santidad ayuda a pensar algo que corre detrás de la dimensión oficial, o en paralelo, o entrecruzado, que son las canonizaciones populares, las devociones más desbordadas de los límites que tiene nuestro pueblo. Son los santos excéntricos. Extramuros. 

Es una dinámica del pueblo argentino tener sus santos extramuros. El Gauchito Gil o Gilda son extremos de esa amplia gama de íconos de nuestra religiosidad popular. Pero nos interesa volver en este punto a Eva, llamada “santa del pueblo”, o por el pueblo hecha santa. En la cultura política y la cultura popular, otro argentino,  el Che Guevara, como un “Cristo” del siglo XX, un mártir de la Revolución, cargando con muchos elementos muy propios de la santidad: profeta, militante, entregado a la causa, y hasta asesinado en su pasión, con la foto de su lecho de muerte que recuerda al crucificado recorriendo las primeras planas del mundo. Su figura, controversial y provocadora, tiene detrás la sombra de las armas y la violencia. Pero es justamente esa contradicción de lo real, de la vida realmente vivida, donde se cruzan los grandes relatos y siguen funcionando los imaginarios religiosos. Si remotamente el Che fuera canonizado , cosa que no sucederá, no sería, en ese sentido, el primer guerrero del santoral.

A esos nombres, se suma en la cultura popular, de manera tan incipiente como veloz  el gran santo del desborde, pero al mismo tiempo, el de la magia y el de la unidad que nace de una gran alegría. Diego Maradona, en las devociones populares, con su carga de pasión y desparpajo,  aparece como santo súbito, incluso en estas últimas escenas que nos regala, del caos y el lío en su procesión funeraria.

Ídolos, héroes y santos son figuras cercanas, cada una con su propia especificidad. Obviamente el derecho canónico y la oficialidad institucional establecen, por motivos obvios y necesarios, distinciones y reglas. Pero lo que el derecho marca como permitido o no para el culto, se sabe desde siempre, la fuerza de la cultura lo mezcla y lo reutiliza. Santos oficiales son llevados, por vía de una profanación iluminada, al ruedo de la vida cotidiana. Y el amor de la gente sube a los altares a los profanos. Así funciona la dinámica colectiva del encuentro con lo sagrado cuando ilumina vidas concretas y pueblos que buscan.   

Tres figuras: Evita, el Che y Maradona. Polémicas a su modo, pero santificadas  a la vez por una compasión y también por un cierto humor, con un tono de desafío o incluso a veces de ironía. Una distancia, que separa y conecta. Tienen en común, junto con un particular reconocimiento de la gracia, sobre todo, un agradecimiento. Por ese lado conectan con los santos “oficiales”. 

SANTOS Y MILITANTES TODOS

¿Y qué tienen en común todos estos nombres? Son vidas incendiadas. Entregadas a lo colectivo de una manera u otra. Vidas singulares en su dramatismo, real o supuestamente. Porque la santidad sucede en las vidas vividas pero también en las biografías recibidas y recreadas en lo colectivo. 

La fuerza de esas figuras las intuyen hasta quienes los odian. Hasta el más tradicionalista de los críticos, aquel que podría escandalizarse porque alguien le diga  “santa” a  Eva Duarte o D10S a Maradona, no puede negar que está ante vidas de fuego. Vidas en que la fuerza del amor van acompañadas casi siempre con la presencia intensa y tensa del dolor, el sufrimiento y la muerte. 

Sea en santos oficiales o populares, el modo de asumir y atravesar el sufrimiento y el dolor, también la muerte , es un componente central. Si bien de ahí proviene el dolorismo, o una inclinación hacia devociones sacrificiales, el sufrimiento de estas figuras inspira el reconocimiento, y muestra que a pesar de lo que la cultura del capìtal intenta evadir, ocultar y distorsionar,  los humanos plenos son los que atraviesan el dolor. 

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Vidas ejemplares, algunas de las cuales son amadas desde lo colectivo.  Vidas cuyo sentido radica en el fervor de las multitudes, que en su momento fueron pagadas con una soledad absoluta. Algo de eso es lo que las vuelve, a unas y otras, un espejo, modelo, referencia e imagen a la que recurrimos en los momentos límites. 

El catecismo tradicional  considera a los santos como parte de la “iglesia triunfante”. Al conjunto de quienes caminan – caminamos- por la historia y el mundo, ese mismo esquema lo llama “militante”.

Por eso, traemos acá a los santos de todos, y a todos los santos, y la santidad como posibilidad e invitación para todos, tal como la presenta Francisco, Porque es una tensión para tender la militancia entendida como lucha pero también como vida cotidiana y compartida, y la santidad como inspiración militante, modelo y llamado, como ejemplo y paradigma, como refugio y consuelo. 

Pero sobre todo como fuego amigo, para encenderse y brillar. Para iluminar y calentar.

Para alegrar, alegrarse y alegrarnos todos. Como dijo alguien, la santidad arriba, y el regocijo aquí abajo.

https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20180319_gaudete-et-exsultate.html

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