Un Papa es una herramienta limitada pero eficaz para mantener a lo largo del tiempo la memoria, el reabaño, las instituciones y la doctrina. Es el símbolo que garantiza la persistencia y la historicidad de una experiencia de redención.

La cuestión y la función del Papa es el viejo problema y la apuesta al «Para todos» (Kahtolicos).

El problema del Papa, de un Papa, de todos los Papas y del papado es: ¿Cómo hacemos para que la salvación, la felicidad, la plenitud, la redención, la justicia, dure y se exprese cuando somos cada vez más, diferentes entre nosotros y mas diversos?

Lo que hace un Papa, bien o mal, tenebrosa o maravillosamente –y casi siempre en un punto intermedio- es plasmar de manera suboptima, pecadora y santa, contradcitoria y ambigua, realmente limitada y por limitada real, la experiencia de que la muerte puede ser vencida, la comunidad reunida, el fuego encontrado, las bienaventuranzas sostenidas.

El tema del Papa es la asamblea, la iglesia, reunir, juntar, sostener en la fe a un conjunto que esta siempre atravesado por la división y la lucha, pero que no pierde su vocación por ser todos uno, o al menos, ser todos juntos.

El tema de un Papa es siempre político. Politizar al Papa es, en todo caso, dar versiones sobre los sentidos políticos que el papa ya tiene, provee, convoca o interroga.

El hecho de que los Papas muchas veces sean nefastos, contradictorios u opinables, es el reflejo de que hay una apuesta de hacer redención histórica, de manera encarnada en el tiempo, y por lo tanto al borde de las cosas que consideramos mundanas. El tema del Papa no es en primer lugar el de los angeles, sino el de las gentes. Del mismo modo, los Papas no son santos antes de ser canonizados: en general son gente a las que se llama a la santidad, pero eso es otra cosa. Un papa es una persona.

Pedro, el primer papa, lejos de ser el mas valiente o el mas puro de los discípulos, era bastante timorato y todo el tiempo era reprendido y chicaneado por el Mesias. Pero, incluso habiéndolo negado, es el que después será capaz de organizar la esperanza.

Es también el que afirma que el Mesías es el Mesías, que Jesús es Jesús, que el acotencimiento redentor, el episodio intenso de justicia y felicidad popular, está presente y lo sostiene. Y es el que después, pasada la pasión, vencida la muerte, reconocida la resurrección y encendido el espiritu, sale a contar a todo el pueblo que la historia recomienza.

Pedro es también el que resuelve la relación entre los que creyeron antes y los que se suman.  Entre los propios y los que vienen de afuera, los que también quieren estar en la asamblea, en la en la comunidad, y con los mismos derechos. Es el que negocia con Pablo, porque no hay Pedro sin Pablo.

Un pedro, un Papa, resuelve las tensiones del todo, del afuera y del adentro, del juntos, del sumar y del abrir, del organizar y del articular. Del subsistir y cambiar siempre apuntando al para todos.

Un pedro es una piedra, es algo que afirma y un Papa es justamente eso. Un uno concreto, encarnado y limitado pero que asume la función de piedra fundamental.

Un Papa argentino es la oportunidad de ver de cerca y con ojos históricos como funciona todo esto. Francisco es una expresión universal de lo que nuestro pueblo vivió como experiencia de redención, de justicia, de comunidad, de encuentro. También de infierno, de desgarros, de crímenes, de rupturas, de desencuentros.

Un Francisco es un Pedro argento, un Papa periferico, uno de los nuestros que lleva al centro la mucha agua -sangre, sudor y lagrimas- que ha corrido por este rincón del fin del mundo, nuestra periferia lejana, compleja, mezclada y contradictoria.

Francisco es un Papa sui generis, cercano, irreverente, criticable, astuto, sagaz, pícaro. Un Papa que abre la curia, arma comisiones, rompe el protocolo como un Néstor, enciende fuegos como una Evita, la rockea como un Charly, la lucha como una Estela, la universaliza como un Jorge Luis, la gana como un Diego y organiza pueblos como un Perón también.

Un Papa argentino es un evento que no se repetirá en mil años ni en dos mil, aunque nunca se sabe. Solo un pueblo elegido puede tener calamidades y plagas como las nuestras. Un Papa venido de un pueblo elegido tan pero tan periférico demuestra una cosa: todos los pueblos son pueblos elegidos. El pueblo elegido son todos y todos guardan una débil fuerza mesiánica que puede encenderse cuando se animan a juntarse y a entregarse a la gracia de dejarse encender. Un pueblo resplandece cuando dice a «brillar mi amor», cuando asume que para salir del infierno a veces hay que ir hacia al fuego como la mariposa.

El Papa argentino es un obsesivo de la unidad. La proclama como medio y como fin, pero concibiendola en una necesaria cercanía con el conflicto. El sentido e incluso la subsistencia y trascendencia de la unidad se afirma en el conflicto y por eso es «superior». En Francisco y en su tradición, trayectoria, matriz y horizonte, la unidad es estar en contacto con los conflictos. Francisco se «inclina» sobre ellos, no los niega, los trata y los toca. Allí irrumpe lo que viene.

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