Unos párrafos modo #FF, las palabras del «mago blanco», una reflexión anticipada del teólogo catalán y los apuntes al paso de la flor de todos los jardines. Un verdadero cóctel tropical para dimensionar lo que se está desatando en el #SinodoAmazonico y que avanza como una hiedra, como musguito en la piedra, por las entrañas mismas de la ciudad eterna, los palacios vaticanos y los largos pasillos donde la curia se sorprende y, ojalá, se conmueva.

Donde reinaba la jungla del capital irrumpe el misterio gozoso de los pueblos de la floresta. Roma, como todas las ciudades, necesita de la Amazonía para seguir siendo eterna. Lo que florece en la periferia, perfuma y revitaliza el centro. mbién lo interpela, también lo cuestiona.

No es el exotismo lo que este sínodo reconoce sino la diversidad, singularidad y abundancia de la vida de los pueblos. Los pueblos perdidos y periféricos, la riqueza invaluable que custodian y su vida amenazada, laten en sus músicas y ritmos. Eso es lo que se quiere poner en el centro de la reflexión de la Iglesia. Su sola existencia es una voz profética en un mundo que se consume a sí mismo.

Pero nada de esencia abstracta o idealizada. Tampoco una reflexión intelectualizada marcada por las categorías de los -ismos-. «El indigenismo y el desarrollismo sin admiración y comprensión son mera ideología que se pierde la vitalidad de los pueblos y se piensa siempre desde afuera«.

Francisco piensa desde lo que conoce con el tacto, el olfato y el gusto. Y por eso retoma el dilema nacional de «civilización y barbarie» para plantear que está de fondo en el sínodo panamazónico. Las controversias que organizaron nuestros debates culturales y políticos son llevados como contenidos y factor para animar el debate sinodal. Las palabras, problemas y pasiones que se gestaron en esta periferia anómala como insumos para el futuro. ¿Cuales son los valores que deben primar a la hora de encarar un conflicto? ¿Donde reside la legitimidad de la fuerza? ¿Que y quien puede ser matado? ¿Que y quien debe ser salvado? En el momento que las topadoras y las llamas avanzan sobre la selva, Francisco invita a la Iglesia a responder esas preguntas.

Los cantos, ornamentos y bailes amazónicos mezclados con el mármol y el incienso de San Pedro, incomodan. Molestan a los que creen que en la doctrina y la liturgia está Dios. «¿Qué diferencia hay entre llevar plumas en la cabeza y el “tricornio” que usan algunos oficiales de nuestros dicasterios?», se pregunta Francisco planteándole un ejercicio básico de deconstrucción de su etnocentrismo a la curia romana. Pero no sólo a ella. Las formas hegemónicas y naturalizadas de expresar la fe cristiana son las que están en cuestión. La irrupción en el centro de lo que está condenado a permanecer en las periferias, siempre inquieta. A veces enfurece, pero el problema no son las plumas, ni los cantos ni los bailes. También, en su momento, irritaron los bombos, las gorritas y la alegría de los muchachas y muchachos de los hogares de Cristo –los fisuras– cuando coparon la basílica de Lujan para rezar. Lo que perturba al centro es recordar que los periféricos existen, seguirán existiendo… y luchan por su existencia. Francisco les recuerda a los purpurados que a la vida se la abraza como viene. Pero sobre todo les hace tomar nota que esta no deja de venir. Y muestra, con los hechos, con el cuerpo, cómo es posible estar en medio de ella, y hasta donde. En este octubre del XXI, las patas de los periféricos se regocijan en las venerables fuentes de la Piazza San Pietro.

Puede ser una exageración, pero esta irrupción es como un segundo descubrimiento de América. Las ínsulas extrañas de San Juan de la Cruz y la utopía de Santo Tomás Moro, aquellas metáforas de la lejanía, vuelven ahora en los cuerpos y cantos de sus habitantes, cuando el límite de la civilización todopoderosa se hace evidente. La piedra que los arquitectos desecharon es la piedra angular.

Porque en la Amazonia están en juego, en carne viva, las discusiones en torno a los límites de la modernidad. Esa modernidad desencantada y cada vez más destructiva que se encuentra en este momento de decadencia con lo que dejó en el camino. Lo sagrado, no sólo de la tradición católica sino lo de la vida de cada pueblo. Lo sagrado de los pueblos, eso por lo que se está dispuesto a morir, interpela y desafía a la modernidad.

Por eso los amazónicos van con sus mártires, con sus luchas contra las maquilas, las mineras y las trasnacionales del desmonte. Van con su cosmovisión y su certeza existencial de que sin la selva no hay vida, y desafían la racionalidad ciega, estrecha y mortífera del lucro sin fin.

No es cuasal que este desafío tenga de manera innegable, y sobre todo, rostro de mujer. No se trata tanto de los viri probati ( probos varones) sino de la irrupción de las gentes reales de la Amazonia y por eso mismo sobre todo de las mujeres. De ellas y de lo femenino como potencia vital para la Iglesia y para el mundo, porque son los pueblos los que están hechos de potencia femenina sin excusa, por mas que se intente negarlo. Como se dice en estos días en el Vaticano, la Amazonia es mujer, y son ellas las que con su presencia y valentía abren nuevos rumbos y anticipan con hechos otro modo de ser humanos, de vivir juntes y organizar la comunidad. Y los que se animan a ver que la Amazonia es mujer, saben tambien que la Iglesia lo es.

De la orilla brava vinieron, del agua turbia y la correntada. Como una hiedra frondosa, los cuerpos y bailes, los pasos y colores de allá se superponen a los mármoles de la ciudad eterna. En medio del ruido atroz de la mercancía desatada y el murmullo de los turistas, el grito de la tierra y de los pobres, es música de alabanza y también ritmo de la lucha y la esperanza. «Un indio, verá lo que yo vi, tranquilo e infalible como Bruce Lee», como dice Caetano..

SANTA MISA DE APERTURA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS PARA AMAZONIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Basílica Vaticana
XXVII Domingo del Tiempo Ordinario, 6 de octubre de 2019


El apóstol Pablo, el mayor misionero de la historia de la Iglesia, nos ayuda a “hacer Sínodo”, a “caminar juntos”. Lo que escribe Timoteo parece referido a nosotros, pastores al servicio del Pueblo de Dios.

Ante todo dice: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos» (2 Tm 1,6). Somos obispos porque hemos recibido un don de Dios. No hemos firmado un acuerdo, no nos han entregado un contrato de trabajo “en propia mano”, sino la imposición de manos sobre la cabeza, para ser también nosotros manos que se alzan para interceder y se extienden hacia los hermanos. Hemos recibido un don para ser dones. Un don no se compra, no se cambia y no se vende: se recibe y se regala. Si nos aprovechamos de él, si nos ponemos nosotros en el centro y no el don, dejamos de ser pastores y nos convertimos en funcionarios: hacemos del don una función y desaparece la gratuidad, así terminamos sirviéndonos de la Iglesia para servirnos a nosotros mismos. Nuestra vida, sin embargo, por el don recibido, es para servir. Lo recuerda el Evangelio, que habla de «siervos inútiles» (Lc 17,10). Es una expresión que también puede significar «siervos sin beneficio». Significa que no nos esforzamos para conseguir algo útil para nosotros, un beneficio, sino que gratuitamente damos porque lo hemos recibido gratis (cf. Mt 10,8). Toda nuestra alegría será servir porque hemos sido servidos por Dios, que se ha hecho nuestro siervo. Queridos hermanos, sintámonos convocados aquí para servir, poniendo en el centro el don de Dios.

Para ser fieles a nuestra llamada, a nuestra misión, san Pablo nos recuerda que el don se reaviva. El verbo que usa es fascinante: reavivar literalmente, en el original, es “dar vida al fuego” [anazopurein]. El don que hemos recibido es un fuego, es un amor ardiente a Dios y a los hermanos. El fuego no se alimenta por sí solo, muere si no se mantiene vivo, se apaga si las cenizas lo cubren. Si todo permanece como está, si nuestros días están marcados por el “siempre se ha hecho así”, el don desaparece, sofocado por las cenizas de los temores y por la preocupación de defender el status quo. Pero «la Iglesia no puede limitarse en modo alguno a una pastoral de “mantenimiento” para los que ya conocen el Evangelio de Cristo. El impulso misionero es una señal clara de la madurez de una comunidad eclesial» (Benedicto XVI, Exhort. apost. postsin. Verbum Domini, 95). Porque la Iglesia siempre está en camino, siempre en salida, jamás cerrada en sí misma. Jesús no ha venido a traer la brisa de la tarde, sino el fuego sobre la tierra.

El fuego que reaviva el don es el Espíritu Santo, dador de los dones. Por eso san Pablo continúa: «Vela por el precioso depósito con la ayuda del Espíritu Santo que habita en nosotros» (2 Tm 1,14). Y también: «Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de prudencia» (v. 7). No es un espíritu cobarde, sino de prudencia. Alguno piensa que la prudencia es una virtud “aduana”, que detiene todo para no equivocarse. No, la prudencia es una virtud cristiana, es virtud de vida, más aún, la virtud del gobierno. Y Dios nos ha dado este espíritu de prudencia. Pablo contrapone la prudencia a la cobardía. ¿Qué es entonces esta prudencia del Espíritu? Como enseña el Catecismo, la prudencia «no se confunde ni con la timidez o el temor», si no que «es la virtud que dispone la razón práctica a discernir en toda circunstancia nuestro verdadero bien y a elegir los medios rectos para realizarlo» (n. 1806). La prudencia no es indecisión, no es una actitud defensiva. Es la virtud del pastor, que, para servir con sabiduría, sabe discernir, sensible a la novedad del Espíritu. Entonces, reavivar el don en el fuego del Espíritu es lo contrario a dejar que las cosas sigan su curso sin hacer nada. Y ser fieles a la novedad del Espíritu es una gracia que debemos pedir en la oración. Que Él, que hace nuevas todas las cosas, nos dé su prudencia audaz, inspire nuestro Sínodo para renovar los caminos de la Iglesia en Amazonia, de modo que no se apague el fuego de la misión.

El fuego de Dios, como en el episodio de la zarza ardiente, arde pero no se consume (cf. Ex 3,2). Es fuego de amor que ilumina, calienta y da vida, no fuego que se extiende y devora. Cuando los pueblos y las culturas se devoran sin amor y sin respeto, no es el fuego de Dios, sino del mundo. Y, sin embargo, cuántas veces el don de Dios no ha sido ofrecido sino impuesto, cuántas veces ha habido colonización en vez de evangelización. Dios nos guarde de la avidez de los nuevos colonialismos. El fuego aplicado por los intereses que destruyen, como el que recientemente ha devastado la Amazonia, no es el del Evangelio. El fuego de Dios es calor que atrae y reúne en unidad. Se alimenta con el compartir, no con los beneficios. El fuego devorador, en cambio, se extiende cuando se quieren sacar adelante solo las propias ideas, hacer el propio grupo, quemar lo diferente para uniformar todos y todo.

Reavivar el don; acoger la prudencia audaz del Espíritu, fieles a su novedad; san Pablo dirige una última exhortación: «No te avergüences del testimonio […]; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios» (2 Tm 1,8). Pide testimoniar el Evangelio, sufrir por el Evangelio, en una palabra, vivir por el Evangelio. El anuncio del Evangelio es el primer criterio para la vida de la Iglesia: es su misión, su identidad. Poco después Pablo escribe: «Pues yo estoy a punto de ser derramado en libación» (4,6). Anunciar el Evangelio es vivir el ofrecimiento, es testimoniar hasta el final, es hacerse todo para todos (cf. 1 Cor 9,22), es amar hasta el martirio. Agradezco a Dios porque en el Colegio Cardenalicio hay algunos hermanos cardenales mártires, que han probado, en la vida, la cruz del martirio. De hecho, subraya el Apóstol, se sirve el Evangelio no con la potencia del mundo, sino con la sola fuerza de Dios: permaneciendo siempre en el amor humilde, creyendo que el único modo para poseer de verdad la vida es perderla por amor.

Queridos hermanos: Miremos juntos a Jesús crucificado, su corazón traspasado por nosotros. Comencemos desde allí, porque desde allí ha brotado el don que nos ha generado; desde allí ha sido infundido el Espíritu Santo que renueva (cf. Jn 19,30). Desde allí sintámonos llamados, todos y cada uno, a dar la vida. Muchos hermanos y hermanas en Amazonia llevan cruces pesadas y esperan la consolación liberadora del Evangelio y la caricia de amor de la Iglesia. Tantos hermanos y hermanas en Amazonia han gastado su vida. Permitidme de repetir las palabras de nuestro amado Cardenal Hummes. Cuando él llega a aquellas pequeñas ciudades de Amazonia, va a los cementerios a buscar la tumba de los misioneros. Un gesto de la Iglesia para aquellos que han gastado la vida en Amazonia. Y después, con un poco de astucia, dice al Papa: “No se olvide de ellos. Merecen ser canonizados”. Por ellos, por estos que están dando la vida ahora, por aquellos que han gastado la propia vida, con ellos, caminemos juntos.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2019/documents/papa-francesco_20191006_omelia-sinodo-amazzonia.html

APERTURA DE LOS TRABAJOS DE LA ASAMBLEA ESPECIAL DEL
SÍNODO DE LOS OBISPOS PARA LA REGIÓN PANAMAZÓNICA SOBRE EL TEMA “NUEVOS CAMINOS PARA LA IGLESIA Y PARA UNA ECOLOGÍA INTEGRAL”

SALUDO DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Aula del Sínodo
Lunes, 7 de octubre de 2019


Sorelle e fratelli, buongiorno!

Benvenuti a tutti e grazie per il vostro lavoro di preparazione: tutti hanno lavorato tanto, da quel momento di Puerto Maldonado fino ad oggi. Grazie tante.

[Hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Bienvenidos y gracias por vuestro trabajo preparatorio: todos han trabajado mucho, desde aquel momento en Puerto Maldonado hasta hoy. Muchas gracias.]

El Sínodo … voy a hablar en castellano, mejor.

El Sínodo para la Amazonia podemos decir que tiene cuatro dimensiones: la dimensión pastoral, la dimensión cultural, la dimensión social y la dimensión ecológica. La primera, la dimensión pastoral es la esencial, la que abarca todo. Nos acercamos con corazón cristiano y vemos la realidad de la Amazonia con ojos de discípulo para comprenderla e interpretarla con ojos de discípulo, porque no existen hermenéuticas neutras, hermenéuticas asépticas, siempre están condicionadas por una opción previa, nuestra opción previa es la de discípulos. Y también con ojos de misioneros, porque el amor que el Espíritu Santo puso en nosotros nos impulsa al anuncio de Jesucristo; un anuncio —todos sabemos— que no se tiene que confundir con proselitismo, pero nos acercamos a considerar la realidad amazónica, con este corazón pastoral, con ojos de discípulos y misioneros porque nos apura el anuncio del Señor. Y también nos acercamos a los pueblos amazónicos en punta de pie, respetando su historia, sus culturas, su estilo del buen vivir, en el sentido etimológico de la palabra, no en el sentido social que tantas veces le damos, porque los pueblos poseen entidad propia, todos los pueblos, poseen una sabiduría propia, conciencia de sí, los pueblos tienen un sentir, una manera de ver la realidad, una historia, una hermenéutica y tienden a ser protagonistas de su propia historia con estas cosas, con estas cualidades. Y nos acercamos ajenos a colonizaciones ideológicas que destruyen o reducen la idiosincrasia de los pueblos. Hoy es tan común esto de las colonizaciones ideológicas. Y nos acercamos sin el afán empresarial de hacerles programas preconfeccionados, de “disciplinar” a los pueblos amazónicos, disciplinar su historia, su cultura; eso no, ese afán de domesticar los pueblos originarios. Cuando la Iglesia se olvidó de esto, de cómo tiene que acercarse a un pueblo, no se inculturizó; incluso llego a menospreciar a ciertos pueblos. Y cuántos fracasos de los cuales hoy nos lamentamos. Pensemos en De Nobile en India, Ricci en China y tantos otros. El centralismo “homogeneizante” y “homogeneizador” no dejó surgir la autenticidad de la cultura de los pueblos.

Las ideologías son un arma peligrosa, siempre tendemos a agarrar una ideología para interpretar un pueblo. Las ideologías son reductivas, y nos llevan a la exageración en nuestra pretensión de comprender intelectualmente, pero sin aceptar, comprender sin admirar, comprender sin asumir, y entonces se recibe la realidad en categorías, las más comunes son las categorías de “ismos”. Entonces cuando tenemos que acercarnos a la realidad del algún pueblo originario hablamos de indigenismos, y cuando queremos darle alguna pista de salida a su vivir mejor, no le preguntamos, hablamos de desarrollismo. Estos “ismos” reformulan la vida desde el laboratorio ilustrado e iluminista. Son lemas que van echando raíces y programan el acercamiento a los pueblos originarios. En nuestro país, un lema: “civilización y barbarie” sirvió para dividir, para aniquilar y llegó al culmen, hacia fines de los años 80, a aniquilar la mayoría de los pueblos originarios, porque eran “barbarie” y la “civilización” venía de otro lado. Es el desprecio de los pueblos y —voy a la experiencia de mi tierra— eso, “civilización y barbarie”, que sirvió para aniquilar pueblos, todavía sigue en mi patria, con palabras ofensivas, y entonces se habla de civilización de segundo grado, los que vienen de la barbarie; y hoy son los “bolitas, los paraguayos, los paraguas, los cabecitas negras”, siempre ese alejarnos de la realidad de un pueblo calificándolo y poniendo distancias. Esa es la experiencia de mi país. Y después el desprecio. Ayer me dio mucha pena escuchar aquí dentro un comentario burlón sobre ese señor piadoso que llevó las ofrendas con plumas en la cabeza, decime: ¿Qué diferencia hay entre llevar plumas en la cabeza y el “tricornio” que usan algunos oficiales de nuestros dicasterios? Entonces corremos el riesgo de proponer medidas simplemente pragmáticas, cuando por el contrario se nos pide una contemplación de los pueblos, una capacidad de admiración, que hagan hacer un pensamiento paradigmático. Si alguno viene con intenciones pragmáticas rece el “yo pecador”, se convierta y abra el corazón hacia una perspectiva paradigmática que nace de la realidad de los pueblos.

No hemos venido aquí a inventar programas de desarrollo social o de custodia de culturas, de tipo museo, o de acciones pastorales con el mismo estilo no contemplativo con el que se están llevando adelante las acciones de signo contrario: deforestación, uniformización, explotación. Ellos también hacen programas que no respetan la poesía —me permito la palabra—, la realidad de los pueblos que es soberana. También tenemos que cuidarnos de la mundanidad en el modo de exigir puntos de vista, cambios en la organización. La mundanidad se infiltra siempre y nos hace alejar de la poesía de los pueblos. Venimos a contemplar, a comprender, a servir a los pueblos; y lo hacemos recorriendo un camino sinodal, lo hacemos en sínodo, no en mesas redondas, no en conferencias o en discusiones ulteriores; lo hacemos en sínodo, porque un sínodo no es un parlamento, no es un locutorio, no es demostrar quién tiene más poder sobre los medios y quién tiene más poder entre las redes para imponer cualquier idea o cualquier plan. Esto configuraría una Iglesia congregacionalista, si pretendemos buscar por medio de las encuestas quién tiene mayoría. O una Iglesia sensacionalista tan lejana, tan distante de nuestra Santa Madre la Iglesia católica, o como gustaba decir a san Ignacio: “nuestra Santa Madre la Iglesia jerárquica”. Sínodo es caminar juntos bajo la inspiración y la guía del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el actor principal del sínodo. Por favor, no lo echemos de la sala. Se hicieron consultas, se discutieron en las Conferencias Episcopales, en el Consejo Presinodal, se elaboró el Instrumentum laboris que, como saben, es un texto mártir, destinado a ser destruido, porque es punto de partida para lo que el Espíritu va a hacer en nosotros y, ahora, caminar nosotros bajo la guía del Espíritu Santo. Ahora hay que dejar que el Espíritu Santo se exprese en esta Asamblea, se exprese entre nosotros, se exprese con nosotros, a través de nosotros y se exprese “pese” a nosotros, pese a nuestras resistencias, que es normal que las haya, porque la vida del cristiano es así.

Y entonces, ¿cuál será nuestro trabajo aquí para asegurar que esta presencia del Espíritu Santo sea fecunda? Primero de todo, orar. Hermanas y hermanos: yo les pido que recemos mucho. Reflexionar, dialogar, escuchar con humildad, sabiendo que yo no sé todo. Y hablar con coraje, con parresía, aunque tenga que pasar vergüenza, decir lo que siento, discernir y, todo esto dentro, custodiando la fraternidad que debe existir aquí dentro. Y para favorecer esta actitud de reflexión, oración, discernimiento, de escuchar con humildad y hablar con coraje. Después de cuatro intervenciones tendremos un espacio de cuatro minutos de silencio. Alguno decía: “Es peligroso, Padre, porque se van a dormir”. La experiencia del Sínodo sobre los jóvenes, que hicimos lo mismo era más bien la contraria, que tendían a dormirse durante las intervenciones, al menos sobre algunas, y se despertaban en el silencio. Finalmente, estar en el sínodo es animarse a entrar en un proceso. No es ocupar un espacio en la sala. Entrar en un proceso. Y los procesos eclesiales tienen una necesidad. Necesitan ser custodiados, cuidados, como el bebé, acompañados al inicio. Cuidados con delicadeza. Necesitan calor de comunidad, necesitan calor de Madre Iglesia. Un proceso eclesial crece así. Por eso, la actitud de respeto, de cuidar la atmósfera fraternal, el aire de intimidad es importante. Y se trata de no ventilar todo, como viene, afuera. Pero no se trata respecto a quienes debemos informar de un secreto más propio de las logias que de la comunidad eclesial, pero sí de delicadeza y de prudencia en la comunicación que haremos fuera. Y esta necesidad de comunicar fuera a tanta gente que quiere saber, a tantos hermanos nuestros, periodistas, que tienen la vocación de servir a que se sepa, y para ayudar a esto, están previstos los servicios de prensa, los briefings, etc.

Pero, un proceso como el de un sínodo se puede arruinar un poco si yo al salir de la sala digo lo que pienso, digo la mía, y entonces se da esa característica que se vio en algunos sínodos: del sínodo de adentro y del sínodo de afuera. El sínodo de adentro que sigue un camino de Madre Iglesia, de cuidado de los procesos y el sínodo de afuera que, por una información dada con ligereza, dada con imprudencia, mueve a los informadores de oficio a equivocaciones. Gracias por esto que ustedes están haciendo, gracias por rezar unos por otros, y ánimo. Y, por favor, no perdamos el sentido del humor.

http://w2.vatican.va/content/francesco/es/speeches/2019/october/documents/papa-francesco_20191007_apertura-sinodo.html

DEL GOZO DEL EVANGELIO A LA APUESTA DE AMAZONIA

Xabier Pickaza

Benedicto XVI quiso ser y fue un papa teólogo, pero no pudo culminar su propuesta en línea académica, y así renunció al papado, apartándose a un lado del camino, y le sustituyó Francisco que venía de la Biblia (no de la Academia) y de la calle de una gran ciudad, con los problemas de una humanidad convulsa, y de la tierra amenazada por la inercia de unos, el cansancio de otros y el egoísmo brutal de los más poderosos.

Francisco ha querido que la Iglesia salga de su recinto amurallado, propio de una fortaleza defensiva, con un culto cerrado, una moral de imposición y un orden inmutable. Así quiere hacernos “callejeros” de la fe, que abandonemos la iglesia‒museo (num 95), donde muchos obispos-presbíteros parecen “generales derrotados” (num 96), volviendo a la tarea de los caminantes de la vida, desde Galilea al mundo entero.

Francisco no quiere que guardemos tumbas, como si fuéramos momias del pasado, sino que ofrezcamos con Jesús nuevos relatos de vida para la ciudad del evangelio, como programa y tarea de transformación integral. En ese contexto sigue resonando su propuesta, como si Jesús hablara por su boca, diciendo: no a la cultura del descarte, no a una teoría del derrame, no al fetichismo del dinero, no a la insequidad… (núm 53), que engendra violencia y después condena a los violentos que nacen de ella, no a los que culpan a los pobres de serlo, no a la falsa teoría de la buena-mano del mercado…

Evangelii gaudium (2013). 1. Sentido fundamental

Francisco retoma en ese contexto algunos elementos de la exhortación de Pablo VI, Evangelii Nuntiandi (1976), cuyo mensaje había sido en gran parte acallado por el desarrollo posterior de la Iglesia, a partir de Juan Pablo II. Siete son los temas centrales de la exhortación:

(1) Reforma de la Iglesia, fundada y centrada en su “salida” misionera. El nuevo papa ha querido que la iglesia abra las puertas de su recinto amurallado, que deje de centrarse en sí y tomarse como portadora de una moral absoluta, y que dialogue en las periferias del mundo con los excluidos y marginados a los que Jesús anunció el Reino.

(2) Renovación de los agentes pastorales, no sólo obispos y/o presbíteros, sino todos los creyentes (varones y mujeres) que ponen su vida al servicio de los demás, en la línea del evangelio. Francisco quiere superar la visión de una iglesia “que hemos convertido en museo, donde muchos obispos-presbíteros parecen generales derrotados” (núm. 96), más que agentes de la buena nueva de Jesús

(3) Iglesia como pueblo de Dios, más que una jerarquía que se siente superior. Fiel a su primera vocación jesuítica y a su estudio y trabajo pastoral,Francisco quiere una iglesia-pueblo, creadora de cultura de cercanía humana, una iglesia “callejera”, de vecinos que se juntan, celebra y dialogan, superando el escándalo de templos y casas religiosas cerradas.

(4) Una teología de “homilía”, es decir, de palabra inmediata, dialogada, celebrada. Le interesa menos el gran pensamiento en el que se movía Benedicto XVI, propio de eruditos y especialistas. A su juicio, la teología no es un discurso magisterial, ni una lección teórica, sino una conversación, un diálogo cercano al pueblo, desde el evangelio.

(5) Inclusión social, primacía de los pobres. Francisco tiene una clara conciencia social, y piensa que la Iglesia debe dialogar con la economía y la política, pero desde la raíz del evangelio y de la vida de los marginados y excluidos de la sociedad opulenta. En ese contexto ha creado o recreado palabras de gran impacto como la cultura del descarte y el derrame, el fetichismo del dinero, la violencia de los que mienten llamado violentos a los otros y culpan a los pobres de ser pobres, hablando de la buena mano del dinero.

(6) Paz como don, con la necesidad de abrir caminos de transformación desde los pobres, con el pueblo, más que con sabios y poderosos, transformando las parroquias y las diócesis en lugares de encuentro concreto de los hombres, no en oficinas de administración religiosa.

(7) Y todo eso desde una nueva espiritualidad, en un contexto de maduración concreta y compartida de la vida con los todos los hombres, en un plano “artesanal”, es decir, de comunión humana desde la misma calle, y no en un tipo de oficinas técnicas donde cuentan los números, no las personas.

Evangelii Gaudium 2. Palabras fundamentales

Ha sido un texto sorprendente, una bocanada directa de evangelio, venida desde la periferia de una ciudad rota, pero llamada a componerse, como Buenos Aires. Ése fue y sigue siendo el auténtico Francisco, como si el evangelio pudiera retornar con toda su frescura a la ciudad del Vaticano, para volver desde allí al mundo entero, al comienzo del tercer milenio de la Iglesia.

Primerear, tomar la iniciativa. La iglesia no se puede hipotecar por su pasado teológico o sacral, sino que debe volver a Jesús que primerea en amor (cf. 1 Jn 4,10); por esodebe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro de los hombres, buscar a los alejados y ponerse en los cruces de los caminos para invitar a los excluidos de la vida de este mundo.
Involucrarse, no quedarse fuera con simples palabras. Jesús se implicó, vivió entre los enfermos y excluidos, los posesos, los pobres (empobrecidos), comprometiéndose por ellos y con ellos. Frente a una iglesia de sacristía y alcanfor, que aconseja a los pobres con palabra vacías, Francisco quiere una iglesia de calle, con «olor a oveja», es decir, a humanidad.
Acompañar, una misión de presencia. Una iglesia cerrada en sí ha dejado fuera a intelectuales y obreros, a emigrantes, a mujeres, corriendo así el riesgo de seguir hermosa pero vacía. Ha querido enseñar, como si tuviera una respuesta ya firmada de antemano; pero, a fin de hacerlo, ella debe empezar escuchando.
Fructificar, un camino de fecundidad. Los frutos de la nueva iglesia no se cuantifican en dinero, ni en número de “practicantes” (oficinas, bautismos, misas), sino en humanidad, en vida regalada, compartida, esperanzada, superando en el camino un tipo de derecho canónico que tiende a cerrarse en sí mismo.
La última palabra es festejar, esto es, celebrar la vida. La comunidad evangelizadora de la iglesia ha de ser un lugar de fiesta, de fe compartida, canto y gozo de amor, que se expresa en la eucaristía. Sin la celebración de la vida, desde el nacimiento hasta la despedida en amor y esperanza de resurrección, no existe iglesia

Sínodos sobre la familia (2014‒2015). Amoris laetiti (2016).

Benedicto XVI había escrito una encíclica de base sobre el amor y la familia, con el título Deus caritas est (Dios es Amor, año 2005). Pues bien, Francisco ha retomado y aplicado el tema, desde la raíz del evangelio, convocando un sínodo doble sobre la familia familia (2014 y 2015), para escribir después una exhortación post‒sinodal (Amoris Laetitia, La alegría del evangelio), que no ha sido todavía asumida y recreada por el conjunto de la Iglesia.

(a) Unos la consideran miedosa, a medio camino, abriendo principios y líneas de evangelio que después se cierran en la práctica, desde una dudosa “ley natural”.

(b) Otros, en abierta oposición al papa (incluso entre cardenales y obispos), piensan que su doctrina es herética, propia de un papa que está abandonando la “disciplina” secular de la Iglesia en materias de “fe y costumbres”. Pero unos y otros tenemos que reconocer que antes que ley el amor es gozo (gaudium), es alegría de la vida para todos, no imposición de unos sobre otros, por ejemplo, sobre los homosexuales.

Resultado de imagen de Amoris Laetitia
Entre otros temas, el Papa trata sobre el amor y el matrimonio hetero‒sexual, en línea de fidelidad, pero también de libertad, pero dejando abierto un camino hacia la valoración cristiana de las relaciones homosexuales, superando la visión de unos textos anterior del Vaticano (1975 y 1992) donde se decía que los actos homosexuales son “intrínsecamente desordenados”, y que la tendencia homosexual es objetivamente desordenada, partiendo de una exégesis parcial de la Biblia y de una mala interpretación del derecho natural.

Éste ha sido por ahora el gesto más significativo de la nueva doctrina eclesial, pues el papa Francisco ya no dice que la homosexualidad sea mala, en sentido físico o personal (y que deba ser prohibido‒reglado por ley), sino que es una tendencia y una forma distinta de ser y amar, es decir, de gozar, una tendencia que puede resultar a veces problemática (como es problemático todo amor), pero no desordenada.

En esa línea, Francisco insiste en la fidelidad personal y en la indisolubilidad de base del matrimonio…pero sabiendo (y aceptando) que muchos matrimonios se rompen, dejando abierto el tema del reconocimiento de un tipo de “divorcio cristiano”, con una nupcias bendecidas también por la Iglesia. Eso significa que Francisco no quiere cerrar las puertas totales de la iglesia a los homosexales, y también a los hombres y mujeres divorciados y/o casados de nuevo, abriéndoles de hecho la puerta a la comunión eucarísica.

Este cambio de perspectiva (poner la alegría antes que la ley del amor) ha levantado la ira de algunos auto‒nombrados guardianes de la tradición, que siguen acusando a Francisco de hereje; pero ha iluminado la esperanza de millones de católicos (homosexuales o no, divorciados o no) a quienes él ofrece una posibilidad de entender el amor y las relaciones humanas en línea de libertad y creatividad evangélica.

Sin duda, esta exhortación (Amoris Laetitia) no ha resuelto por ley todos los problemas, ni sobre el estatuto de las parejas homosexuales (¿qué tipo de matrimonio o de unión creyente puede establecerse entre ellos?), ni sobre la participación eucarística de homosexuales “casados” y/o de creyentes divorciados y vueltos a casar, pero ha dejado el tema abierto en línea de gozo y amor, teniendo en cuenta que las rupturas y esperanzas eclesiales sólo pueden ser resueltas volviendo a la raíz del evangelio, dentro de las circunstancias actuales de la humanidad, allí donde se dice que el evangelio ha de ser (y es) buena nueva de gozo y amor para los antes excluidos, como los homosexuales. Como diría san Pablo, no se trata de destruir la ley, sino de instaurarla de otra forma, con otra libertad, desde el evangelio.

Sínodo sobre la Iglesia en la Amazonia

Comienza hoy (7.10.19) este Sínodo cuyo fondo y objetivos principales pondré de relieve dentro de unos días, a medida que avancen sus sesiones, pero evocando ya desde ahora algunas de las cuestiones que parecen estar en su fondo:

1. Estructura patriarcal y jerarquía de género. El estilo de gobierno del papado y de la iglesia católica actual (2020) sigue siendo patriarcalista (no evangélico), pues sólo los varones pueden ser obispos y presbíteros en ell . Éste es un problema de fondo, que no se resuelve con la simple ordenación presbiteral o episcopal de mujeres (cosa que podría hacerse con un simple decreto, como en otras iglesias episcopales, luteranas y anglicanas), sino que exige un cambio intenso, desde la raíz pascual del cristianismo.

Ciertamente, algunos teólogos esgrimen argumentos ontológicos (de naturaleza) para mantener la situación, diciendo que sólo los varones como tales pueden ser ministros de un Cristo varón. Pero esa situación parece que puede y debe cambiar, y el tema pude plantearse en el contexto del Sínodo de la Amazonia.
No se trata de un simple cambio de organigrama, sino de una transformación de fondo de las comunidades, desde la experiencia de comunión liberadora de Jesús, a partir de los pequeños y excluidos (entre ellos los conquistados y colonizados, los indígenas de los pueblo originarios…=, pues la autoridad de la Iglesia no jerárquica (como un “ordo” social helenista o romano), sino de identidad personal, en línea de evangelio, abriendo así espacios de comunicación y comunión directa, de varones y/o mujeres, desde y para los más pobres. Los cambios que esa transformación exige pueden resultar dolorosos, en una determinada línea de falso honor eclesial, pero resultan necesarios para que se despliegue y realice la mutación del evangelio.

2. Impulso misionero, recrear la Iglesia. Este sínodo de la Amazonia plantea el tema de una misión nueva, desde la periferia. En los siglos anteriores, el vértice papal ha querido mantener y ha mantenido un control fuerte sobre la vida y misión de las iglesias, realizando una labor de coordinación y suplencia notable. Pues bien, ha llegado el momento en esa misión evangelizadora la programen y realicen las mismas iglesias particulares, en comunión con Roma, pero sin dependencia de ella, con los medios que hoy existen de coordinación directa (sin pasar por un punto central)…

Se necesita una misión que no sea ya occidental, con pensamiento ontológico griego y derecho romano, sino una misión que brote la raíz del evangelio, retomando su impulso desde los nuevos centros de la vida, entre los que destaca el mundo de los excluídos (colonizados, amenazados de muerte) de la Amazonia. Ha llegado el tiempo de superar una visión jerárquica de la comunión entre las comunidades, con una iglesia por encima (o sobre) las demás, conforme al esquema feudal impuesto por Roma, al comienzo del segundo milenio (con la Reforma Gregoriana). Ese modelo ha podido realizar un tipo de “suplencia”, en tiempos duros de Iglesia. Pero ha llegado el momento de volver a un modelo de evangelio, propio del principio de la Iglesia, que era comunión de comunidades, un modelo que, por otra parte, responde mejor a la dinámica de la ciencia (de los medios de comunicación) y de la antropología moderna.Eso significa que las iglesias particulares pueden y deben recuperar su identidad, su independencia, como herederas y portadoras del Reino de Cristo, cada una con autonomía bautismal y eucarística, de vida y misión, con responsabilidad sobre el conjunto de las iglesias. No se trata de “descentralizar”, ni de conceder más autonomía a las iglesias locales, sino de que ellas se centren y se impliquen en sí mismas, desde el evangelio, con autonomía total, para abrirse así en comunión, no porque les falte algo que han de recibir de arriba, sino porque quieren y pueden compartir con las otras iglesias lo que son y tienen.

No se trata pues de criticar el impulso misionero del papado, sino el de insistir en la responsabilidad y autoridad universal, pues todos los cristianos, por el hecho de serlo, son misioneros del evangelio, creadores de Iglesia, porque “allí donde estén dos o tres reunidos en mi nombre allí estoy yo en medio de ellos” (cf. Mt 18, 15‒20). Toda reunión mesiánica de dos o tres es ya iglesia, con plena autoridad, es decir, con responsabilidad misionera, no sólo para aumentar el número de creyentes (para tener así más poder), sino para vivir en gozo y independencia el evangelio.

3. Amor y ministerios, vida afectiva y misión del clero. El problema fundamental para la iglesia católica vino dado en torno al año mil, con la crisis de identidad del paso del milenio, que se resolvió con la Reforma Gregoriana, en línea de jerarquía y superioridad papal, con el establecimiento de unos ministerios fuertes, con gran autoridad sacramental y social, en una línea feudal que más que evangélica. Pues bien, ahora, pasados mil años desde aquella reforma, el tema de los ministerios puede y debe replantearse, no sólo por imperativos externos (pérdida de poder civil del clero, posible riesgo de pederastia…), sino por la dinámica interior del mismo evangelio, con la vuelta a los orígenes y la nueva conciencia eclesial de las mujeres, en línea de comunión personal de todos (varones y mujeres), desde los más pobres y excluidos, al servicio de la nueva humanidad de Cristo.

Ciertamente, través de una historia larga y problemática (con grandes valores, pero con muchas deficiencias) los ministros o servidores de la Iglesia se han vuelto “jerarquía superior sagrada” (de tipo patriarcal, masculino), con su identidad especial de cuerpo endogámico y su poder sobre el “resto” de los fieles. Más aún, desde el comienzo del segundo milenio, el Papa ha retenido el poder de nombrar, dirigir y remover a todos los obispos de la iglesia romana (y por ellos al resto del clero), imponiendo además el celibato sobre el conjunto de los ministros, para insistir de esa manera en su separación y elevación sobre el el resto de los cristianos. De esa forma, los obispos se han vuelto delegados del Papa de Roma, que actúa como super‒obispo y que, a través de la Congregación de los Obispos, dirige la estructura y funcionamiento de todas las iglesias.

Sin duda, algunos obispos se sienten autónomos y actúan de forma carismática, al servicio de la libertad cristiana, sabiendo que son servidores, no clase superior sobre los fieles. Pero la mayoría parecen delegados de un Papa que les nombra, dirige y sanciona, para formar así un orden‒jerarquía, en línea de “nobleza” cristiana, como se vio con toda claridad en la Revolución Francesa, donde el clero aparecía vinculado a la nobleza como “segundo estado”. Esa visión resulta hoy “folklórica” en un campo social, y carente de todo fundamento cristiano (de evangeli). El “clero” cristiano no forma un segundo estado, ni una nobleza eclesial, avalada por un sacramento distinto del bautismo (sin negar en modo alguno el valor sacramental de los ministerios y su función evangélica, que no ha de ser menor, sino mayor a la que tuvo en momentos anteriores).

Pues bien, en este campo es necesario que las comunidades recuperen no sólo la libertad original del evangelio, sino su forma de organizarse y ordenar los ministerios, de manera que los ministros, varones o mujeres, presbíteros u obispos, no estén por encima del resto de los creyentes, sino que ejerzan una función importante al servicio de todos. Por otra parte, no se trata de “romper los lazos con Roma”, sino de crear comunidades vivas y autónomas, unidas en red de amor con las restantes comunidades cristianas, en unidad y colaboración con las demás iglesias, con ministros que broten de las mismas comunidades, varones o mujeres, célibes o vinculadas a otras formas de comunión personal y afectiva.

4. Vuelta a la Iglesia carismática. El tema no se puede plantear y resolver quizá desde Roma y Bizancio, desde Rusia o España, porque existen demasiado “intereses creados”; porque la historia de poder de la Iglesia nos ha hecho ciegos al evangelio. Ese cambio radical, esa vuelta al evangelio, sólo podrá darse desde lugar que nos parecen marginales, como la Amazonia.

El problema no es el exceso de poder jurídico de los ministros de la iglesia, sino su falta de poder carismático, su pérdida de identidad cristiana. Es aquí donde debe darse el cambio, y ese cambio es mucho más posible en la Amazonia que en Madrid o Roma En otro tiempo, ese cambio era casi imposible, pues obispos y presbíteros eran no sólo representantes de iglesia, sino dirigentes políticos y/o personas de gran autoridad social, como he mostrado, desde la disputa de las investiduras (siglo XII-XIII) a la Constitución Civil del Clero (Revolución Francesa), formando una jerarquía endogámica de poder sobre los fieles. Pues bien, ahora que aquella situación ha terminado los ministros pueden y deben ser nombrados por cada comunidad, en comunión con la Iglesia universal, sin dejar de ser “cristianos de base”, sin convertirse en jerarquía sacral por encima del resto de los fieles.

Las mismas circunstancias sociales, con la autonomía de las iglesias (y, sobre todo, con la vuelta al evangelio) parecen exigir que se abandone la imposición (no la elección carismática) del celibato, que ha sido importante, como signo de clase separada, desde la reforma gregoriana, pero que ha perdido el sentido y función que en principio tuvo, no para quitar “autoridad” a los ministros, sino para que puedan tener una autoridad más evangélica que brote de su propia opción, al servicio del evangelio, y no de un tipo de poder de clase, entendido en forma legal (como estado de vida), no carismática.

En esa línea, parece normal que las comunidades puedan elegir ministros (obispos y/o presbíteros) varones y/o mujeres con madurez afectiva, llamados por el Espíritu de Cristo e impulsados por sus mismas iglesias para realizar una función evangélica y misionera, sin poder social más alto, por llamada evangélica, desde y para los más pobres. Sólo en ese contexto, con el cambio del modo de preparación, nombramiento y estilo de vida de los ministros podrá replantearse el tema de la posible pederastia clerical, sin que la Iglesia como tal aparezca involucrada de cada caso delictivo, pues cada persona, deberá ser “juzgada” y en lo posible sanada (siempre desde la perspectiva de las víctimas, y para bien de ellas) en clave eclesial de evangelio y también (al mismo tiempo) en clave social, sin que, como he dicho, la iglesia pueda resguardarse en un tipo de poder social (de clase sagrada) para ocultar a los pederastas ante la ley civil.

No se trata de introducir pequeños cambios o de permitir unas ligeras variantes retóricas (misas en latín o de espalda al pueblo), sino de recuperar y desarrollar la libertad evangélica y la comunión de vida en la celebración de los signos del Reino, desde el interior de la misma liturgia de la vida, no como gesto separado de ella, sino como expresión de la autoridad recreadora de la vida en común, en línea de evangelio. No se trata de pedir permiso a la Congregación del Cultos para cambiar algún tipo de ceremonia formalista, sino de asumir y ejercer con naturalidad la libertad cristiana, propia de todos aquellos que acogen el evangelio y quieren celebrar (actualizar) el misterio y tarea de Jesús en el agua del renacimiento humano y el pan compartido de la comunidad, en apertura a todos los hombres, en especial a los pobres.

(Dentro de tres o cuatro días, visto ya el despliegue del Sínodo, volveré sobre el tema, para destacar los temas de fondo que están en juego en este Sínodo de la Amazonia, para la Iglesia entera).

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¡LA AMAZONIA EN ROMA! Apuntes al paso…*

* de nuestra amiga, asesora permanente del Sínodo de Obispos y corresponsal estrella de #FF, María Luisa Berzosa fi

Domingo 6

A las 10 de la mañana de un maravilloso domingo otoñal en Roma,  con temperaturas casi veraniegas y con puntualidad  vaticana,  comienza la misa solemne de apertura de este Sínodo en la basílica de San Pedro.

Larga procesión de sacerdotes,  obispos,  arzobispos,  cardenales,  el Papa… el resto de participantes ya esperábamos dentro.  Cantos,  lecturas,  preces,  en diversas lenguas y una procesión de ofrendas llena de color y ritmos de la Amazonía,  con sus frutos e instrumentos representativos.

Al terminar la celebración vamos saliendo a ritmo de canciones rítmicas y en la basílica se da un desorden ordenado que llega hasta el centro de la plaza y sigue en la misma hasta que Francisco se asoma a la ventana a las 12 para breve catequesis,  rezo del Angelus y los saludos correspondientes.

Pero no quiero dejar de destacar la homilía que nos ha regalado el Papa y que sin duda se puede seguir en todas las Redes. Su lenguaje directo,  claro,  aterrizando en la vida cotidiana la Palabra,  ha sido un buen inicio con mucho  ánimo y alegría.

Comentando los textos de este domingo,  Francisco ha dicho algunas cosas que me han tocado especialmente y que no me resisto a explicitar:

Hemos recibido un don para ser dones. Un don no se compra, no se cambia y no se vende: se recibe y se regala. Si nos aprovechamos de él, si nos ponemos nosotros en el centro y no el don, dejamos de ser pastores y nos convertimos en funcionarios: hacemos del don una función y desaparece la gratuidad, así terminamos sirviéndonos de la Iglesia para servirnos a nosotros mismos. Nuestra vida, sin embargo, por el don recibido, es para servir.

Y continuaba afirmando:

Para ser fieles a nuestra llamada, a nuestra misión, san Pablo nos recuerda que el don se reaviva. El verbo que usa es fascinante: reavivar literalmente, en el original, es “dar vida al fuego”. El don que hemos recibido es un fuego, es un amor ardiente a Dios y a los hermanos. El fuego no se alimenta por sí solo, muere si no se mantiene vivo, se apaga si las cenizas lo cubren. Si todo permanece como está, si nuestros días están marcados por el “siempre se ha hecho así”, el don desaparece, sofocado por las cenizas de los temores y por la preocupación de defender el status quo.

Lunes 7

La vida en Roma comienza pronto y el Sínodo se adapta a su ritmo.  Hoy a las 8.30 estábamos convocados en el Altar de la Confesión de la Basílica de San Pedro. Cuando llegué,  apenas pasadas las 8,  me encontré ya una multitud que cantaba y danzaba al ritmo de las canciones que a modo de mantra venimos repitiendo desde la Vigilia del otro día:  al centro de un inmenso circulo de sinodales y personas de la Casa Común (iniciativa de la UISG)  una gran red,  fotos de mártires, una canoa, remos, instrumentos musicales desconocidos en esta parte del mundo pero que suenan muy bien…  nos une una danza con  canciones que suman diversidades en la misma polifonía:  “todo está interrelacionado,  somos Uno”,  “sigue echando las redes a lo hondo” …”los hijos, hijas,  el sol,  los árboles,  los mares,  alabamos al Señor” …

Martes 8

Mis impresiones sobre el Sínodo son todavía pocas pero intensas … desde el domingo con la homilía tan profunda y al mismo tiempo tan aterrizada de Francisco, recibimos un buen baño de ánimo y esperanza,  de alegría,  de ganas de meternos en esta aventura eclesial de no poca responsabilidad e incidencia para la iglesia y el mundo.

El comienzo de actividades el lunes  con la procesión tan colorista,  tan llena de danzas,  de canciones,  de instrumentos …me daba la experiencia de universalidad de nuestra iglesia,  todos y todas cabemos simbólicamente junto a la tumba de Pedro …y las palabras escuchadas a Francisco abriendo esta asamblea,  fueron también un buen empuje para entrar en este Sínodo tan especial en sí mismo y con repercusiones universales.

Días intensos de escucha activa de tantas intervenciones como se dan en el Aula.  Partiendo del Documento Preparatorio,  bastante aterrizado  -documento mártir en palabras de Francisco destinado a morir en estas semanas- para que nazca uno nuevo,  vamos escuchando a las personas con una buena dosis de valentía,  claridad y firmeza,  desde una realidad sufriente,  poniendo ante nuestros ojos y haciendo resonar en nuestro corazón,   los gritos de esa inmensa parte de la humanidad.

Esta manera de hablar con tanta libertad y de modo directo,  es una base indispensable para que el discernimiento vaya encontrando su camino,  ya que la realidad es el punto de partida ineludible para seguir con los oídos del corazón abiertos y dejarnos conducir por los territorios, quizá desconocidos,  que nos invitan a la búsqueda conjunta para ir descubriendo el sueño de Dios para su humanidad.

Los espacios de silencio entre las intervenciones ayudan más de lo que a primera vista pueda parecer. Dan ocasión para el descanso y el silencio profundo que envuelve el Aula en esos momentos, nos posibilita registrar los movimientos internos que se van produciendo.

Como es fácil suponer,  en este Sínodo las lenguas predominantes son el portugués y el español,  por lo que puedo escuchar en directo sin necesidad de traducción, lo cual también es un alivio no pequeño.

Francisco se despide esta tarde diciendo que el miércoles por la mañana “estoy en la plaza y por tanto nos vemos a las 16.30 de nuevo”.

Miércoles 9

Salgo pronto de casa;  la luz del sol se abre paso en un cielo espléndidamente azul,  con una brisa fresca que acaricia y da ligereza al paso. Cuando llego al atrio del Aula sinodal aprovecho para saludos y fotos para acompañar los textos,  como me piden de nuestro equipo de comunicación y de otros medios que te asaltan al paso y te dejan poco tiempo para responder a las preguntas que les inquietan.

Personalmente procuro colaborar con su trabajo -aunque  se me comprime el horario- pero también constato que a veces dichos medios se nutren de rumores más que de fuentes fidedignas y así no ayudan a que tomen cuerpo de noticia y de verdadera información-comunicación,  los temas sinodales que nos interesan pero algunos forman parte de lo que llamamos “información sensible” y por tanto hay que cuidar con mucho respeto, el tratamiento de los mismos para que lleguen a buen puerto.

Me hago responsable de lo que digo,  pero rechazo enérgicamente cualquier autoría que se me pueda atribuir por otros cauces. Y esto me parece importante tenerlo en cuenta a la hora de la comunicación,  que valoro inmensamente y que no quiero apartarme de la misma, es un elemento imprescindible en nuestro mundo,  no lo dudo,  por eso mismo insisto en su cuidado exquisito,  casi con  mimo.

Y esta misma mañana vuelven a primera plana los ataques al Sínodo desde dentro de la iglesia,  pero cuando se están escuchando las intervenciones en directo y se profundiza en el documento preparatorio,  se intuye fácilmente que son otros los motivos de esas críticas tan negativas y del modo de hacerlas.

Cuando iniciamos la oración matutina, dos versos de salmos me llaman la atención porque sin duda tocan los sentimientos que me habitan: “el que me sigue no camina en tinieblas,  sino que tendrá la luz de la vida”, y otro,   “no juzgara por apariencias, sino con justicia y equidad”.  Esto me deja en paz para continuar escuchando a mis hermanos y hermanas sinodales y también a lo que Dios va dejando en mi corazón a través de la diversidad de voces tan ricas y desafiantes.

Y de fondo siguen las palabras de Francisco en la apertura:  “Sínodo es caminar juntos bajo la guía del Espíritu Santo,  El es el actor principal,  no lo echemos de la sala”.  Y más adelante continuaba:  “Que el Espíritu Santo  se exprese entre nosotros,  con nosotros,  a través de nosotros y pese a nuestras resistencias,  es normal que las haya”.

Hemos escuchado a lo largo del día voces femeninas,  indígenas y otras que con mucha fuerza,  traen la Amazonía en su corazón porque de nacimiento o de adopción,  se sienten parte y contagian las necesidades de nuestros hermanos y hermanas.  Y mucho más lo hacen las personas originarias,  varones y mujeres,  vestidos con sus trajes típicos visualizan otras tradiciones,  otra cultura,  otro modo de expresar y vivir su fe con un cúmulo de sabiduría ancestral que nos conecta con la tierra de una manera cósmica.  Palabras fuertes de una realidad que es urgente,  expresadas desde el corazón y de un camino que viene siendo largo.

Hay voces sobre la Amazonía en su inmensidad y riqueza con la problemática socio-política y económica de esta región que abarca 9 países;  pero también se escucha con fuerza la dimensión pastoral porque no se puede dejar sin ayuda espiritual a tantas personas ante la carencia de sacerdotes;  seguro que el Espíritu va a suscitar otras maneras de respuesta.  Y de la mano de este punto está fuertemente presente el papel de la mujer en la iglesia,   su escaso reconocimiento cuando se ocupa de tantos campos como parte activa de la misma.

Intervienen también personas invitadas especialmente para este Sínodo,  así como hermanos de otras iglesias no católicas,  todos y todas desde el diálogo interreligioso buscando lo que nos une y señalando que las diferencias que nos separan no son tan grandes ni tan graves y que la Amazonía y otras zonas de nuestro planeta nos necesitan unidos para afrontar el complejo mundo que nos habita.

Las sesiones de Aula son moderadas de manera alternativa por los 3  cardenales nombrados por Francisco:  Pedro Barretto sj,  de Perú y lo hace en castellano,  Baltasar Porras,  de Venezuela,  también en su lengua y Joao Braz,   del Dicasterio para la vida religiosa en el Vaticano,  lo hace en portugués.  Cada uno según su estilo nos ayudan a la escucha activa y al silencio profundo,  recordando algún texto bíblico o invitándonos a cantar algunos de los mantras que ya se nos han hecho familiares: “tudo está interligado como se fossemo um, tudo está interligado nesta casa comum”.

La última hora de la tarde se dedica a escuchar resonancias del día;  el Papa ha pedido la palabra y nos ha hecho un eco magnífico de lo escuchado en el Aula en cinco puntos;  violencia de la mujer;  laicos/as; culturas;  congregaciones religiosas;  formación de sacerdotes.

Hemos terminado esta primera parte de sesiones en el aula, -congregaciones generales-  en el lenguaje sinodal;   mañana día 10,  comienzan dos días de  trabajo en grupos por lenguas -círculos menores-. Cambia la dinámica por la propia lengua y por el número de los participantes,  pero lo dejo para el próximo capítulo de estos “Apuntes al paso” …

Muchas gracias por vuestra lectura y los ecos que me hacéis llegar. Seguimos …

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