Hay Iglesia en la marcha del 24 de marzo, no porque vayan algunos que son cristianos, sino porque hay mujeres que no se resignaron ni resignan a la muerte, cuya sed de justicia las hace seguir andando. Hay mujeres que resucitan nietos perdidos, los recuperan, los devuelven a la vida y los llevan al banquete de la identidad, del amor, a la sede de su verdad. Este año, la Iglesia reconoce esto: se da cuenta. Le hace caso a lo que el pueblo ya sabe, lo registra y lo pone para la Iglesia universal como ejemplo. Cuatro víctimas del terrorismo de estado son elevadas a los altares. El obispo Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Grabriel Longeville y el trabajador rural Wenceslao Pedernera.

1.  La resurrección en medio del pueblo y la carcajada insoportable.

No soportan la carcajada inmensa de los muertos que no fueron vencidos. Nada como eso temen. Por eso niegan la muerte todo el tiempo. Por eso, en esa risa y esa luz que se intuye y a la vez es tan certera, está nuestra fortaleza, la tozudez y el escándalo de los poderosos de siempre. El escándalo de la cruz, dice Pablo. Y la risa insoportable: alegría de la resurrección que no es solo luz sublime, sino también y sobre todo, pueblo que se reencuentra y marcha. Todas las escenas de resurrección en los evangelios son episodios de gente desencontrada que se encuentra y, habiéndole ardido los corazones, se pone en marcha. Tarde o temprano, la marcha se plasma en comida y banquete, en gritos y brindis. Nuestro banquete sabe que nuestros muertos no fueron vencidos. Fueron muertos, matados, asesinados, escarniados, torturados, negados.  Pero no vencidos.

Por motivos no ajenos a esto nuestro movimiento de derechos humanos, único en el mundo, no es solo eso. El movimiento, lo que se mueve en torno a los derechos humanos, la memoria, la verdad y la justicia en Argentina es imagen –y parte constitutiva- de esa caminata. Una caravana mesiánica de afirmación de que la muerte no tiene la última palabra. Por eso mismo, cada 24 de marzo es marcha y es también banquete y fiesta. La alegría fue creciendo en los años, con el rencuentro en la memoria y con la construcción de justicias que nos fue encendiendo. Vamos a las marchas a encendernos, a saciarnos de encuentro para seguir. Caminata y banquete abierto a todos y que por eso invita una y otra vez a nuevas generaciones a sumarse.

Cada baldosa, la plaza de cada ciudad, cada 24 de marzo es una fiesta peligrosa para el poder. Este año, la manera de entender al movimiento de derechos humanos como parte constitutiva de nuestra historia y experiencia social, finalmente, tienen en la compleja y contradictoria Iglesia Católica un punto de lucidez y encuentro. Quizás tarde. Seguro, en su propios y nos siempre apropiados tiempos. Pero ahora, este año, la Iglesia reconoce esto: se da cuenta. Le hace caso a lo que el pueblo ya sabe, lo registra y lo pone para la Iglesia universal como ejemplo.

Cuatro víctimas del terrorismo de estado son elevadas a los altares. El obispo Enrique Angelelli, los sacerdotes Carlos de Dios Murias y Grabriel Longeville y el trabajador rural Wenceslao Pedernera.

La muerte de esos muertos, pero más aún el modo en que vivieron, las razones por la cuales fueron asesinados, pero también su modo de seguir brillando es considerada modelo de santidad. Son “elevados a los altares” como se dice. Elevados: para que todos los vean. A los altares: mesa donde se renueva la fiesta.

Tan fuerte es la risa de los que siguen viviendo más allá de la muerte, tan grande la caravana redentora, justiciera y encontradora, que la tantas veces impermeable -y a veces cosas peores- Iglesia, lo ve y da una señal. Porque leyó la señal.

2.     Redenciones, justicias y mesianismos        

En la década anterior hicimos una reflexión profunda sobre la noción de pueblo asociada al populismo. De nuestro movimiento popular, de nuestras identidades políticas, de nuestras luchas recientes. Populismo, ya se ha dicho y reflexionado, es un mote despectivo que hemos sabido indagar y asumir, para entender que del mismo modo que tomar en cuenta al pueblo es constitutivo de toda política que se precie de tal, siempre además generará el ruido que lleva a que se considere a esa política como de segunda, inapropiada, no deseable o simplemente merecedora de ser superada, cuando no perseguida o eliminada. Lo que era descalificación, lo hemos podido asumir como pensamiento, como identidad y como provocación. Si la década pasada fue de reivindicación de ese término, estos años neoliberales son también el tiempo en que un hombre venido de este país lleno de populistas, tierra gestora de populismos, sede histórica de un populismo singular, con nombre propio e histórico, llega a administrar una institución muy antigua, anquilosada, golpeada y en crisis: la vieja Iglesia Católica de Roma. La misma que es, entre otras pero de manera singular, portadora de la idea y la memoria de un mesías, y por lo tanto de una parte importante del mesianismo tal como se lo conoció en occidente.

Esta década puede ser oportunidad para reencontrarnos con el mesianismo tal como lo hicimos con el “populismo”. Mesianismo es también un término estigmatizado y estigmatizante, con los consabidos motes coloquiales que son sus sinónimos: iluminado, salvador, redentor. Adjetivos muy atacados por derecha y la progresía. También, hay que decirlo, palabras vaciadas por quienes son su dueños originales, los portadores de la tradición de la que provienen.

Esta década, o más bien esta inflexión histórica que la transita –de derrota y dolores, de resistencias, tópicos todos ellos no ajenos al mesías- es un momento en que nos reencontramos con los sentidos profundos de las luchas de nuestro pueblo y con la importancia de que nuestras militancias puedan encenderse con una luz que es más fuerte que la que existía en la victoria: construimos frentes para las victorias, pero la etapa nos exige ahora hacernos frentes para las derrotas, para transitar los dolores, las resistencias y las persecuciones. Porque la lucha es mucho más que su momento positivo y victorioso: es un camino de cruz y subterráneos, de heridas que marcan la piel y de repensar de nuevo todo. Pensar las luchas de nuestro pueblo, que una y otra vez, cada vez que avanza toma el nombre de peronismo. Es el nombre de la que fue su experiencia de redención, su banquete, su multiplicación de los panes, su entrada gozosa al centro antes vedada al pueblo común. Experiencia en la cual, como dice la historia y nos llega en el eco de los que la vivieron, valía “dar la vida por Perón”.

Los compañeros que van a ser beatificados, no eran necesariamente o estrictamente peronistas. No se trata de eso. Si eran parte de este pueblo. De este pueblo que cuando disfruta o se planta dice “viva Perón” o “vivaperóncarajo”. Como onomatopeya y grito que detiene el discurso de la mentira como una puntuación venida de otro mundo. O como exclamación de afirmación y celebración, como suspiro o coronación de un logro o un disfrute profundo.  

3.     Cuatro santos riojanos

No es casual que los que son beatificados sean un grupo. Cuatro. Son figuras de una comunidad. La santidad y el martirio no son heroísmos individuales. Sí: el martirio es sufrido, vivido, sostenido por corazones individuales, pero siempre, para que tengan o encuentren su sentido es necesario verlo como parte de un pueblo. De la historia de un pueblo. De él  vienen, en sus luchas se gestan y en un pueblo –“asamblea que reconoce”, tal es la definición de ecclesia- es que sus heridas y su muerte es reconocida como señal de una santidad y propuesta de un modo de seguir andando.

Que sean estos cuatro no es una cuestión de cantidad, sino la pauta de eso. De que son parte de un proceso histórico y rostros singulares en una  multitud. Así, los nombres de cuatro son un emblema, los primeros de muchos, la primicia de un pueblo nuevo. El que reconoce y llora sus heridas, vela su muerte, guarda su memora, sabe y hace su justicia, trae de nuevo su rostro y sonrisa. Una multitud que son los 30 mil, como los 30 mil son la parte luminosa y revenida de una multitud que es todo el pueblo que puso vida. ¿Llega tarde la Iglesia a esto que el pueblo ya sabe?  Reconoce como puede, también es una institución limitada y cuánto. Pero el hecho es que llega. Así funciona la institución: es un reflejo humano –santa y pecadora- de lo que el pueblo que cree “primerea”.

Cómo será de fuerte el testimonio, qué fuerte es la fuerza, qué luminosa es la luz, qué atronadora será la verdad, que es esta misma Iglesia que dudó, negó, defenestró, y participó de la dictadura, la que finalmente los levanta frente a todos como modelo. Nos dice que son presencia en el cielo y los pone como intercesores para nosotros con lo más decisivo, lo más feliz, lo más bello, lo que más quema, lo que más enciende y lo que más ilumina. Lo que la religión llama Dios. Así es. Otra vez: cómo será la fuerza de estos que la misma Iglesia que los negó hoy los levanta. No es casual que La Nación y muchos de los que lo leen y aquellos de quienes el diario es voz y arma, haya salido, con otras voces, a protestar y mentir por la beatificación de los mártires. Les complica el discurso, desprecian a las víctimas.  Y además, lo dicho: no soportan la carcajada, no pueden admitir esa luz en la luz.

¿Es tarde? ¿Tarde para qué? Temprano en todo caso para que el que pueda ver que vea y el que pueda animarse a acercarse al fuego se queme, y salga a incendiar.

4.     Santos, entonces herejes

La santidad es un momento de una biografía. Momento en el sentido de un instante o una secuencia, un tiempo enamorado o doloroso, y también en el sentido de momento flector: torsión de una fuerza que desvía y arde el camino. Toda santidad es una airesis -una herejía, eso significa la  desviación disruptiva de praxis que interpela todo. Es la experiencia vivida o reconocida de estar tomados por la poesía del mundo, raptados por y en el corazón de la historia. No es casual que Angelelli haya sido un poeta siempre conmovido, desbordado y contenido a la vez, que ponía en palabras el misterio y la cercanía de su pueblo. Tenía que poetizar tanto como profetizar. Ahí hay una santidad cercana. Santo, también,  de tierra adentro, del pobrerío, de las personas, de los viejitos y los pibes, del apretón, del coraje, del pensamiento, de la doctrina, a veces quizás de la intransigencia. Santo de los dos oídos: al pueblo y al evangelio. A la misma altura los dos oídos y los dos escuchados. Angelelli: Intransigente y poeta. Intransigente en su poesía, poeta en su profecía. Hombre de pueblo en su ser poeta. Todo esto hasta las últimas consecuencias. En la ruta, en medio del desierto llevando y trayendo, preocupándose para hacer justicia, para proteger a otros, a su pueblo, su rebaño, a su gente. Cercano al abrazo, metido en las luchas, subido al pulpito para la denuncia o la caricia, la súplica y la exigencia, rondando sus gentes con abrazo y ternura.

Un santo es un militante, no siendo esto un adjetivo sino sustantivamente: santidad es un nombre de militancia. Un santo es, también, alguien que se conjura con otros, jura y perjura vivir o morir de cara a la gloria, no del éxito sino de la trascendencia más allá de toda cosa del mundo.

5.       Poner lo que hay que poner

Si un santo es un hereje conjurado, “mártir” significa testigo. Se llama a los órganos “pequeños testigos” porque cuando se jura, se jura poniendo como testigo a aquello que guarda nuestra identidad deseo, nuestra potencia generatriz, uno de nuestros centros. Eso se debe a que, cuando los antiguos  juraban, lo hacían literalmente agarrándose lo que más las importaba (la Biblia lo refleja diciendo “poniendo su mano bajo el muslo…). Como quien dice “te lo juro por mis hijos” y tantas expresiones coloquiales que todos sabemos. Se juraba así. Las propias gónadas están en juego en el juramento y la conjura, en la promesa. Lo que se pone cuando llega el momento es eso. Por eso, testigo no es el espectador, no es el que cuenta, sino el que tiene lo que hay que tener y se la juega cuando llega el día o la noche. Se trata de estar dispuestos a poner lo que hay que poner, lo más generador y originador, lo que sostiene el eros desde el cuerpo, lo que da identidad y nos diferencia. Lo que hace sed de amor y el agape. Testigo no es el que observa, comenta o analiza, sino el que arriesga y pone lo que genera pensamiento, descendencia. Un testigo es un corajudo.  O alguien que, sin serlo, en el momento responde con lo suyo, su coraje, el que tiene.

Testigos que dan testimonio de que es posible vivir por fuera del goce capitalista, del mandato de simplemente estar vivo. Hay vida más allá de la muerte porque la muerte también es vida, si es señal de otra cosa y camino para otros modos de vivir juntos. Si la muerte es palabra que pronunciándose abre nuevas conversaciones gozosas.

6.     Altares, odio a la fe y rezos

La subida a los altares de estos hombres va a hacer que se siga hablando de ellos. Que esta historia no se pierda depende de nosotros. Necesitamos saber no sólo como murieron, sino por qué murieron y cómo vivieron. Cómo y por qué los mataron. La iglesia, oficialmente, dice “odio a la fe”. Podemos, en todo caso estar seguros que no los mataron por rezar el rosario. O, si rezaban el rosario, podemos adivinar que no lo rezaban con cualquiera ni por cualquier cosa. Los misterios que recorrían rezando en esos rosarios eran los misterios dolorosos, gozosos, luminosos y gloriosos de su pueblo, como son, aunque estén tapados por la estética sulpiciana o barroca de nuestras iglesias, los misterios evangélicos que las doñas recorren cansinas o entusiastas en mil capillas todavía hoy. Repiten una y otra vez las palabras del anuncio, del momento en la que una joven cercana al linaje de David se encuentra con el ángel de la fuerza que la Biblia llama Gabriel. Es odio a la fe cuando lo que la fe canta es algo parecido a lo que esa mujer cantó: “Se acordó de su pueblo, aquí estoy, veo a aquél que derriba a los poderosos y eleva a los humildes”

Ser santo no es cualquier cosa. Ser “beatos” es más peligroso de lo que las resonancias de la palabra podrían inclinar a creer.

7.       El Papa

El camino viene de lejos, pero es este, Francisco, el Papa que hace esto. No fue él quien lo empezó pero si es el que lo lleva a término. Fenomenal saber, sentir, experimentar que quien lo lleva a término es este hombre que sabemos contradictorio, difícil para muchos de descifrar en cuanto a la experiencia histórica en la que los riojanos fueron asesinados.

Ahora bien: el cargo, y más aún el perfil de Pedro es siempre contradictorio, desde la historia del Pedro original. Y la función es así desde el vamos: porque “Pedro” y “Papa” son nombres de funciones político-institucionales, de gestión en la limitación y de construcciones de precarias unidades. Función de mantener la doctrina y adaptarla, de ver que se hace mientras los objetivos últimos no se cumplen, mientras se espera la vuelta que no llega pero siguen sonando los ecos de la experiencia fuerte, de la lucha ardua, de los milagros y curaciones. Gestionar en la limitación una experiencia de otro mundo que se vivió, se recuerda y que hay que mantener viva. Eso hacen los Papas, herederos todos ellos de Pedro, el timorato, el arrebatado, el que amaba al maestro, la piedra. Gente muy real, demasiado real.

Cuando uno sabe que Francisco es Bergoglio y que Pedro ahora es el Padre Jorge, que el sumo pontífice es un argentino, vemos que quien lleva a término el reconocimiento del testimonio que santifica, el que hace santos a cuatro víctimas de la dictadura, es alguien que es un ser humano histórico, con su biografía y en su momento histórico. Son humanos los que proponen otros modelos humanos. Es una cuestión de humanidad, de limitación, hasta de especulación si cabe. No importa. La grandeza, si está, está en la consecuencia, la luz está en la iluminación, lo que sucede es lo fundamental. Es Bergoglio, es Francisco, es un argentino, el que le propone a todos un modelo universal desde la periferia, para ser compartido y traducido por y para todo el pueblo. Cuatro compañeros luchadores son reconocidos por la iglesia como modelos de santidad y de vida.

Ya dijimos también, Iglesia significa la asamblea de todo el pueblo. La dimensión católica de este concepto lleva al extremo la preocupación de que ese “todos” sea realmente un “todos y todas”, un todo que quiere incluir de verdad a todos. Unidad en la diversidad, pueblo de pueblos, toda grieta y distancia superada por un velar común sobre la línea que nos separa de aquello que mata la vida del pueblo, que asesina su caminar, que secuestra su nombre.

Por eso hay Iglesia en la marcha del 24 de marzo, no porque vayan algunos que son cristianos, sino porque hay mujeres que no se resignaron ni resignan a la muerte, cuya sed de justicia las hace seguir andando. Hay mujeres que resucitan nietos perdidos, los recuperan, los devuelven a la vida y los llevan al banquete de la identidad, del amor, a la sede de su verdad. Que cura y vivifica. Hay pueblo porque hay luchadores. Hay puedo porque, también, hay de todo. Hay asamblea del pueblo porque hay justos y pecadores, porque hay división y puterios, también en causas sublimes. Y porque hay caminos de unidad, hay pueblo y el pueblo es Iglesia, asamblea de gente construyendo salvación para todos. Reencontrándose con sus muertos y haciéndolos bandera.

8.       Para la victoria, oración y militancia, en unidad. Un poco de catecismo para el 24

Hay tres figuras de la Iglesia en el catecismo clásico. La Iglesia triunfante, son los que ya están en el cielo. Los mártires son eso, nuestro verdadero frente de la victoria definitiva, no exenta de dolor pero siempre llena de vida. La otra es la Iglesia militante, así la nombra la doctrina. Es la que todavía está en camino, la que construya la unidad, la que marcha, la que articula y también se divide, la que peca, la que gana y pierda, la que vive en la estructura y en lo cotidiano, en la contradicción y los límites. Y está también, dice el catecismo, la Iglesia orante. La que pone palabra, la que dialoga con el absoluto, la que discute con Dios y a la vez canta su gloria, la que hace tanto silencio como  canto desbordado de lamento o de gratitud. La oración por antonomasia son los salmos, que van desde la poesía erótica hasta los cantos de guerra, del relato intimista al análisis socio político. Siempre hablando de una alianza, un acuerdo, una unidad, que también es un lecho nupcial, una fiesta, un encuentro amoroso, un caminar juntos.

No son tres iglesias separadas. En cada uno de nosotros, en cada espacio, están esas dimensiones. Los muertos marchan con nosotros. No hace falta decir nada para saber que el 24 de marzo los muertos marchan con nosotros o nosotros con ellos. Vamos a los 24 porque es el lugar de encuentro de los militantes. Vamos porque ahí nos reconocemos como militantes, es un sacramento de reconocimiento, una fiesta de encendedura, una liturgia que nos hacemos para volver a cantar nuestras canciones, llorar a nuestros muertos y pasarle los emblemas a nuestros hijos. Y también es oración, plegaria y canto, un clamor que se eleva y una con-moción interna, un conmoverse en la palabra de los carteles y pancartas, en las fotos que escriben el momento con los dedos en v o los ojos llenos de lágrimas.

9. Liturgia y sacramento

En la marcha del 24 uno está en la multitud y está solo. Esa la soledad común. Como cada uno frente a su propia muerte, pero juntos también en eso. Cuando cantamos el himno y gritamos “o juremos con gloria morir”, es individual y colectivo, es como una conjura cuando se canta ahí, porque se canta con todos y se vuelve universal.

Respiramos juntos en todas las plazas. Nos inspiramos en la contemplación de los que caminan y en la misteriosa y evidente presencia de aquellos que caminan ausentes-presentes, contornos de otra presencia, entre los que caminamos. Transpiramos todos, en esta tierra incendiada, en la que no sabemos que hacer sino cantar. Conspiramos juntos, para que el tiempo de la tribulación termine, que la bestia que se cierne sobre todos y todas y todes sea derrotada o al menos ceda hasta que nos reencontremos un poco y nos pongamos de pie. Ahí estamos presentes cuando decimos “presentes”. Vienen los victoriosos a visitar también conmovidos las luchas que incendió sus días, y tocan de nuevo sus días caminando con otros. Por eso lloramos y cantamos, estamos nosotros ahí. Y es una oración.

10. Amén

Es así, acá. Están los que murieron: su santidad nos empuja. Estamos nosotros, en este presente que nos desafía a redoblar la fuerza. Es un año de elecciones, de decisiones, de santificaciones, de mística y política, de peligro y de fiesta, de unidad en camino. Frente a eso, decimos: así sea.

¡Presentes!: Eso es lo que nuestros muertos quieren que cantemos.